Deseo de caza. Cap 43. Profesor Song, has bebido demasiado.

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Capítulo 43: Profesor Song, has bebido demasiado

Song Mingqi frunció ligeramente la nariz. Percibió un olor muy familiar: el aroma limpio del jabón.

Abrió los ojos y descubrió que se estaba moviendo. Tenía las piernas suspendidas en el aire y los brazos rodeando el cuello de alguien; al bajar la mirada, vio una cadena plateada presionada contra su antebrazo y, más abajo, el cuero cabelludo del otro, con un leve tono verdoso.

—¿Zhou Ling?

Aunque la frase era claramente una pregunta, a Zhou Ling le dio la impresión de que Song Mingqi no sonaba sorprendido. Ni de lejos tanto como él cuando recibió la llamada.

En realidad, Zhou Ling solo había borrado a Song Mingqi de WeChat; nunca lo bloqueó. Al principio sí apagó el teléfono durante un tiempo e incluso cambió de número, pero pocos días después volvió a encender el antiguo. En las noches de insomnio, no dejaba de revisar una y otra vez las llamadas perdidas de Song Mingqi y los mensajes antiguos.

Esa noche fue Song Mingqi quien llamó de repente, una llamada insistente, una tras otra, hasta despertarlo. Las llamadas a altas horas de la madrugada siempre daban miedo. Pensó que quizá había ocurrido algo peligroso y, al final, no pudo resistirse a contestar.

Tras descolgar, guardó silencio. Se dijo que, con que Song Mingqi pronunciara una sola palabra preguntándole dónde estaba, él no pensaba responder. Pero lo que oyó fue una voz desconocida.

—Disculpe que le molestemos tan tarde. ¿Es usted amigo del propietario de este teléfono? Ha bebido demasiado y está aquí con nosotros. ¿Podría venir a recogerlo?

La última vez que habían cenado juntos en aquel puesto de barbacoa, Zhou Ling ya había comprobado lo poco que aguantaba el alcohol Song Mingqi. Ahora estaba solo en un bar, con la familia y los amigos en el extranjero, sin nadie que pudiera llevarlo a casa.

Y, para colmo, con ese aspecto suyo… tampoco era muy seguro dejarlo así.

Dudó. Luego se incorporó en la cama.

—¿Por qué me llaman a mí? ¿Ha sido él quien ha pedido que me llamaran?

Al camarero le pareció una pregunta extraña. Bajó la vista hacia el móvil y comprobó que aquel número era, efectivamente, el que le había indicado el hombre que se marchó antes.

—Está completamente inconsciente. Hemos revisado su agenda y parece que el nombre con el que lo tiene guardado a usted es… bastante íntimo, así que decidimos llamarle.

Zhou Ling se quedó sorprendido, pero se dio cuenta de que ya estaba vistiéndose.

—De acuerdo. Voy enseguida.

Song Mingqi era alto, pero de complexión ligera. Cargado a la espalda, apenas parecía pesar.

Zhou Ling bajó la mirada. Los zapatos de vestir de Song Mingqi colgaban a ambos lados de su cintura; los pantalones se le habían subido hasta las corvas, dejando al descubierto un tramo de calcetines formales. Tenía algo de ascético y algo que no lo era en absoluto. En cualquier caso, era una imagen poco decorosa.

—Ha sido el camarero quien me ha llamado para que venga a recogerte —dijo Zhou Ling, tratando de ayudarlo a recordar, mientras ajustaba un poco más su agarre bajo las caderas.

—¿Si te llama cualquiera vienes?… ¿Y cuando te llamo yo no contestas? Dijiste que me debías la vida. No cumples lo que dices.

Song Mingqi hablaba con la lengua pesada por el alcohol. Su aliento era ardiente y le rozaba la oreja a Zhou Ling con palabras entrecortadas, inquietándolo sin remedio.

—Tenía miedo de que llamaras a la policía. Y no quería rendirme, así que pensé que era mejor no vernos. Tampoco quería ponerte en un aprieto —respondió Zhou Ling.

—Entonces… ¿por qué has venido ahora?

Zhou Ling guardó silencio unos segundos.

—Porque lo he pensado mucho. Y porque me daba miedo que no hubiera nadie que te llevara a casa.

No eran palabras frías, pero las pronunció con el tono más distante posible. No le gustaba ver a Song Mingqi abandonándose de ese modo, solo, bebiendo hasta perder el sentido.

—…Entonces —reflexionó Song Mingqi con seriedad—, comparado con tu plan, ¿soy yo el más importante?

Zhou Ling nunca se permitía caer en trampas del tipo “una cosa u otra”. Se limitó a seguir caminando, respirando con pesadez.

—Te he fallado. Y además, tú eres el benefactor de mi hermana y mío.

—¿Y aun así haces cosas que tu benefactor te ha dicho que no hagas?

Zhou Ling dejó escapar una leve risa y enfatizó:

—Escucha bien: benefactor, no amo.

Pronunció las dos últimas palabras con una dicción clara y pausada. No se sabía muy bien por qué, pero dichas por alguien tan duro como él producían un efecto de contraste que resultaba inexplicablemente estimulante.

Song Mingqi sintió que aquel calor abrasador solo podía deberse al alcohol. Apartó la mirada de la nuca de Zhou Ling.

—…Sabes demasiadas cosas.

Zhou Ling interpretó la frase como un cumplido sincero y no dudó en atribuirse el mérito.

—Sí. Tú me las enseñaste.

La conversación murió allí. Ambos guardaron silencio durante un rato.

—¿A dónde me llevas? —preguntó Song Mingqi.

—A casa.

Song Mingqi miró a su alrededor. La noche era espesa; solo una hilera de farolas a medio encender iluminaba la calle, sin apenas peatones. Era, en efecto, la dirección del residencial Cuatro Estaciones, pero el bar quedaba a casi tres kilómetros, y eso sin contar que Zhou Ling cargaba con un hombre de casi un metro ochenta.

—Estoy borracho —recalcó.

—Lo sé —respondió Zhou Ling.

—Entonces ¿por qué no buscamos un hotel cerca? —insistió.

—Me da miedo que esté sucio, que no te acostumbres. Seguro que prefieres volver a casa.

—…

Song Mingqi se mordió el labio. Su primera reacción fue pensar que aquel hombre lo conocía demasiado bien; la segunda, que además era un auténtico idiota.

—Entonces ¿por qué no cogemos un taxi?

El tono de Zhou Ling seguía siendo poco amable.

—Los conductores no quieren subir a borrachos. Temen que vomites en el coche.

—…

Aquella noche era bastante patética. Desde que había crecido un poco, nadie lo había llevado a cuestas; ni siquiera su padre, que él recordara. Quiso bajarse y caminar solo, pero temió que, en cuanto lo hiciera, Zhou Ling se marchara. Así que se resignó a quedarse quieto sobre su espalda, intentando ganar algo de tiempo.

—Ve más despacio, me da vueltas la cabeza.

Zhou Ling redujo el paso.

—¿No me llevas a tu casa porque no quieres que sepa dónde vives ahora, por miedo a que te encuentre? —preguntó Song Mingqi con dolor de cabeza, cerrando los ojos—. No te preguntaré más.

Al cabo de un rato, Zhou Ling respondió con un suave:

—Mm.

—Me transferiste todo el dinero… ¿te alcanza para vivir este tiempo?

—Me quedé con tres mil yuanes.

Song Mingqi abrió la boca para decir algo más, pero Zhou Ling habló con voz grave:

—No intentes convencerme. Si, aparte de eso, no tienes nada más que decirme, también puedes callarte. Te dejaré en casa y me iré.

Song Mingqi no tuvo más remedio que guardar silencio. El viento que venía de frente era fresco; las hojas de los árboles empezaban a amarillear. Algunas hojas secas caídas crujían bajo los zapatos gastados de Zhou Ling. Con los brazos rodeándole el cuello, Song Mingqi observó la pequeña mancha de sombra que las farolas proyectaban de ambos en el suelo y, de pronto, tuvo un pensamiento extraño.

Ojalá este camino no tuviera final. Ojalá el tiempo se detuviera en esta noche. Así Wu Guan no saldría de prisión y el plan de Zhou Ling tampoco llegaría a ejecutarse.

Pero aquel pensamiento era completamente irracional, completamente impropio de Song Mingqi. Sabía muy bien que la tecnología para alterar el espacio-tiempo aún no existía y que, según la teoría de la relatividad de Einstein, solo viajando a la velocidad de la luz el tiempo dejaría de fluir para él.

¿Cómo podía estar pensando algo tan anticientífico?

Al cabo de un momento, lo entendió.

Huo Fan era, joder, un genio.

El lenguaje humano era, al fin y al cabo, un gigantesco sistema de mentiras. Hacer que el tiempo se detuviera no tenía en realidad nada que ver con la relatividad: era solo una palabra parecida a “amor”. Porque, si no, ¿quién querría permanecer eternamente en el mismo espacio-tiempo con alguien a quien detesta?

Pensándolo mejor, había muchas mentiras similares. Por ejemplo…

“Porque eres muy tonto”.

“Siempre me persigues, eres molesto”.

“No es nada, tu a tus asuntos”.

“Te metes donde no te llaman”.

Zhou Ling insistía en ducharse con agua fría aún con la pierna escayolada porque a Song Mingqi no le gustaba la suciedad; ganó el modelo de cromatógrafo jugando a los dardos porque a Song Mingqi le gustaba ese modelo; y tampoco era cierto que no encontrara aquella bolsa de manzanas: solo quería oír a Song Mingqi decirle un par de palabras más y, de paso, recibir un “buenas noches”.

La forma más eficaz de secuestrar y domesticar a alguien era golpearlo, amenazarlo, dañarlo. Si Zhou Ling realmente lo detestara, ¿por qué no había hecho nada de eso?

Esta noche, frente a una posible trampa, Zhou Ling había venido de todos modos. Incluso viniendo, si hubiera calculado el método más rápido y directo, podría haberlo dejado en el hotel más cercano. Pero su resultado había sido: “Seguro que prefieres volver a casa”.

El afecto no es un problema matemático. No consiste en llenar una piscina en el menor tiempo posible ni en llegar a la meta a la máxima velocidad. Se trata de qué es lo mejor para ti, de qué es lo que deseas. Aunque haya que dar un rodeo, aunque cueste tiempo, aunque implique hacer cosas que van en contra de lo que “yo quiero”. No tiene una fórmula fija.

Song Mingqi, con los ojos cerrados, encogió ligeramente los dedos sobre la espalda de Zhou Ling.

Esta vez no volvería a mentirle.

Cuando llegaron al complejo residencial, la luz de la luna era tenue y no había ni un solo transeúnte. Zhou Ling lo cargó hasta la entrada del edificio y solo entonces se agachó despacio para dejarlo en el suelo.

Song Mingqi soltó los brazos y logró mantenerse en pie, pero en cuanto se separaron su cuerpo volvió a tambalearse. Se aferró con fuerza al brazo de Zhou Ling. Este intentó zafarse sin éxito y no tuvo más remedio que dejarse abrazar.

—Me da vueltas la cabeza, no puedo caminar. ¿Te importaría subir conmigo?

Zhou Ling lo miró con recelo.

—En mi casa no hay policías —dijo Song Mingqi.

Así que Zhou Ling lo sostuvo y lo llevó hasta el ascensor. Ya frente a la puerta, Song Mingqi habló con los ojos cerrados:

—Ayúdame a poner la contraseña. He bebido demasiado, veo borroso el panel.

Zhou Ling introdujo con total naturalidad: 01123ok. Sonó un clic y la cerradura se abrió.

Solo entonces ambos reaccionaron: era la contraseña que Zhou Ling le había sacado cuando lo mantuvo retenido en aquel pequeño hotel. Uno no la había olvidado jamás; el otro, ni siquiera la había cambiado.

—Después de darle tu contraseña a alguien, deberías cambiarla —le recordó Zhou Ling frunciendo el ceño.

Song Mingqi no tenía intención de entrar solo. Seguía aferrado a su brazo, de pie en la puerta.

—Si la cambio, se me olvida. Esta es más fácil de recordar…

Zhou Ling recordó algunas fotos privadas que Song Mingqi guardaba en la nube y preguntó, algo incómodo:

—¿Es el cumpleaños de alguien?

—No… —Song Mingqi agitó la mano en el aire, con ese deje de embriaguez, para negarlo—. Es la sucesión de Fibonacci.

—…

Perfecto. Muy propio de Song Mingqi.

Zhou Ling no pensaba entrar.

—¿Al menos sabes dónde está el dormitorio?

Song Mingqi seguía sin soltarlo.

—No puedo abrir los ojos.

Zhou Ling no tuvo más remedio que volver a cargar con Song Mingqi. Se descalzó, entró solo con los calcetines puestos y alzó la mano para palpar la pared del recibidor. Por suerte ya había venido varias veces y conocía bien el lugar; enseguida dio con el interruptor de la luz del techo.

Song Mingqi se fue directo hacia el interior de la casa, a punto de desplomarse. Zhou Ling no pudo preocuparse por nada más: entre arrastrarlo y sostenerlo, lo llevó como pudo hasta la cama del dormitorio. Ni siquiera le dio tiempo a encender la luz; Song Mingqi cayó de cabeza sobre el colchón, y Zhou Ling, arrastrado por la inercia, perdió el equilibrio y quedó suspendido sobre él. Por fortuna, logró apoyarse junto a su oreja a tiempo y evitó caerle encima por completo.

Durante un instante, sus rostros quedaron peligrosamente cerca. Song Mingqi alzó de pronto el brazo; Zhou Ling cerró los ojos por reflejo y, al segundo siguiente, sintió unos dedos que se posaban con ligereza sobre su frente, tanteando con cuidado. Aquellos dedos, calientes por el alcohol, recorrieron la piel sin prisa. Zhou Ling se dejó hacer. No tardaron en encontrar una cicatriz áspera, ya cubierta por costra.

De izquierda a derecha, la recorrió despacio con la yema de los dedos. Luego, la muñeca cayó pesadamente de vuelta sobre el colchón.

—La frente ya está bien… la pierna también —murmuró Song Mingqi, diciendo incoherencias propias de la borrachera—. Qué bien… desde que me fui, todo, absolutamente todo, se fue arreglando…

Zhou Ling guardó silencio un momento antes de responder en voz baja:

—No todo está del todo bien.

—¿Ah, no? —Song Mingqi sonrió con languidez—. Pero si no apuñalé nada más.

La mirada de Zhou Ling descendió hasta su propio pecho. Allí seguía habiendo un vacío informe, un agujero negro, hueco y desolado. Sin embargo, de pronto no tuvo ganas de ajustar cuentas por eso.

La habitación estaba iluminada apenas por la luz exterior que entraba desde el balcón. Song Mingqi, acalorado, se quitó las gafas y las lanzó a un lado, luego aflojó la corbata, dejando al descubierto su largo cuello.

La nuez se movía al tragar saliva; la piel era tan fina que dejaba ver las venas de un azul pálido. Los labios de Song Mingqi también brillaban con un leve rubor. Zhou Ling contuvo la respiración mientras lo observaba.

Dejando a un lado todos los prejuicios erróneos, Song Mingqi tenía un rostro de belleza suave y serena.

Parecía frágil, como si no pudiera resistir un golpe. Pero ¿cómo iba a ser realmente débil alguien que había pasado cinco años repitiendo, una y otra vez, la misma empresa fallida? Dentro de aquel cuerpo no podía haber algo tan frío y delgado como aparentaba.

O quizá fuera como una costa azotada por enormes olas, una tras otra, hasta que finalmente se forma la playa.

Zhou Ling sintió que había tenido que emplear una enorme fuerza de voluntad para retirar el brazo y enderezarse, decidido a marcharse de allí.

Pero justo en ese momento, Song Mingqi abrió los ojos de repente.

Brillaban, húmedos, y Zhou Ling sintió que lo absorbían por completo. Cuando recuperó la conciencia de la situación, descubrió que Song Mingqi le había atado ambas muñecas con la corbata, con una rapidez sorprendente.

El giro inesperado no le permitió reaccionar de inmediato. Aun así, tampoco pensaba resistirse. Observó los movimientos de Song Mingqi como quien contempla a un conejo saltando frente a un león, intentando una defensa inútil.

La escena le resultó tan absurda que incluso dejó escapar una breve risa.

—Profesor Song, ha bebido demasiado. Para salir de aquí no hacen falta las manos, se usan las piernas.

Con total despreocupación, se giró para incorporarse. En ese instante, algo duro se apoyó contra la parte baja de su espalda.

Desde detrás, Song Mingqi dijo:

—No te muevas.

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