Deseo de caza. Cap. 5.- Metodo de investigación I

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Capítulo 5.- Método de investigación I: observación mediante seguimiento

Zhou Ling resultó ser más perspicaz de lo que había imaginado.

Después de que lo desenmascarara con tanta facilidad, Song Mingqi pensó con inquietud que, si aquel hombre realmente tenía algún problema, acercarse a él con la excusa de una reparación ya no le permitiría averiguar nada más.

Por suerte –o por desgracia–, la entrada del sótano donde vivía Zhou Ling estaba justo enfrente del edificio de Song Mingqi, lo que le facilitaba enormemente la observación.

Muy pronto descubrió que Zhou Ling no vivía completamente solo. Tenía un viejo perro amarillo que lo acompañaba a todas partes, entrando y saliendo con él a diario. A veces, Zhou Ling jugaba un rato con el animal en el descampado frente a la puerta: lanzaba una y otra vez una pelota de tenis destrozada, y el perro, siempre entusiasmado, se la devolvía sin falta.

Aparte de eso, llevaba una vida verdaderamente solitaria. En todo el día apenas cruzaba unas pocas palabras con otras personas.

Durante el horario laboral, Zhou Ling no solo hacía reparaciones en el complejo residencial donde vivía Song Mingqi, sino que también aceptaba encargos de los edificios cercanos. Cuando estaba ocupado, lo estaba de verdad: se sentaba en los escalones a devorar una comida para llevar y, en cuanto terminaba, salía corriendo hacia el siguiente encargo. En los momentos de calma, hacía como los demás técnicos que se buscaban la vida: se agachaba en el pasillo oscuro junto a la oficina de administración de la propiedad, esperando a que surgiera trabajo.

Pero incluso en eso era distinto. Cuando estaba allí en cuclillas, no parecía especialmente ansioso por ganar dinero. En la mano giraba distraídamente una pequeña daga de mango de madera; sus dedos eran increíblemente ágiles, y el brillo frío de la hoja aparecía y desaparecía como una sombra. En varias ocasiones Song Mingqi creyó que Zhou Ling iba a cortarse, pero al final se demostró que solo eran aprensiones nacidas de un exceso de cautela.

Aunque aquel hombre resultaba muy sospechoso, hasta ese momento Song Mingqi seguía manteniéndose en una posición de mero observador. Su actitud hacia Zhou Ling era bastante objetiva, y no quería descartar a la ligera la posibilidad de otros culpables.

Hasta que un día se dirigió a los edificios de viviendas de los familiares de la mina y a los alrededores del mercado de ferretería, con la intención de estudiar de nuevo sobre el terreno la trayectoria del crimen.

Tras varias idas y venidas, coincidió con la conclusión de la policía: usar los callejones traseros para desplazarse era, en efecto, bastante justo de tiempo. Sin embargo, con casi un metro noventa de estatura, y tomando como referencia la fórmula de cálculo del paso –aproximadamente la altura multiplicada por 0,41–, Zhou Ling aún podría haber regresado tras cometer el delito. Aun así, ante la duda, la presunción de inocencia: aparte de conjeturas, Song Mingqi admitía que no tenía ninguna prueba concreta.

Justo entonces, en el punto más cercano a la escena del crimen, volvió a ver a Zhou Ling.

El calor era sofocante. El técnico, empapado en sudor, estaba frente a una pequeña tienda al otro lado de los edificios, comprando agua. Llevaba la chaqueta de trabajo manchada de grasa atada a la cintura, dejando al descubierto la musculatura oscura de la espalda y una vieja cicatriz ligeramente abultada en la piel.

Sobre el mostrador, un ventilador oscilaba de un lado a otro. Cada vez que se orientaba hacia él, la camiseta se le inflaba con el viento y entornaba los ojos. La segunda vez que el aire lo alcanzó, el tendero salió del fondo, junto al congelador, y le tendió una botella de agua mineral bien fría.

Pagó, alzó la cabeza y bebió a grandes tragos, gluglú tras gluglú. Quizá al notar que no era suficiente para aliviar el calor, al bajar los escalones vertió el resto del agua directamente sobre su cabeza.

Aquella sensación de frescor le hizo fruncir brevemente los rasgos, que se tornaron de pronto ferozmente agresivos. Enseguida sacudió la cabeza y se pasó la mano por el cabello de manera descuidada; la botella de agua mineral, ya aplastada, cayó con un estrépito seco dentro del cubo de basura cercano.

Song Mingqi lo observaba desde lejos y no pudo evitar pensar que en cada centímetro de aquel hombre se filtraba una fiereza indómita. Justo entonces advirtió que Zhou Ling alzaba la cabeza y dirigía la mirada hacia los edificios de viviendas de los familiares de la mina, al otro lado de la calle.

Se quedó mirando sin expresión durante un rato, antes de marcharse a grandes zancadas.

Según el análisis de Song Mingqi, el autor del caso de los edificios de vivienda era un delincuente narcisista; este tipo de criminales solía regresar con frecuencia a la escena del crimen para revivir el proceso de su acto.

Y Zhou Ling, deambulando a diario entre varios complejos residenciales cercanos, encajaba cada vez más con ese perfil.

Había en él demasiados elementos peligrosos sin explicación. A menudo, cuanto más parco es alguien en palabras, más intrincado es su mundo interior.

Zhou Ling era, sin duda, un individuo peligroso: fuerte y taciturno. Song Mingqi estaba cada vez más convencido de que lo único que tenía que hacer era encontrarle un punto débil.

Y hablando de puntos débiles, había algo más que resultaba muy extraño.

Zhou Ling tenía un día de descanso compensatorio todos los jueves. Durante la mayor parte del día se quedaba en el sótano y no salía hasta el atardecer.

El primer jueves, Song Mingqi supuso que simplemente había salido a divertirse: comer, beber, putas, juego o tabaco; seguramente caería en alguna de esas banalidades humanas. Pero lo inquietante fue que, al día siguiente, descubrió que tenía aún más heridas en la cara.

Su primera reacción fue llamar a Qin Huaisheng para confirmar si entre la noche anterior y ese día se había producido algún nuevo delito grave. Qin Huaisheng se mostró muy sorprendido:

—Por ahora no hemos recibido denuncias de ese tipo. ¿Ocurre algo, profesor Song?

Song Mingqi abrió la boca. Imaginó lo absurdo que sonaría decir que sospechaba que Zhou Ling había salido la noche anterior a matar a alguien, sin pruebas de ningún tipo. Al final, se tragó las palabras.

—Nada, si no hay casos, mejor así —dijo aliviado—. Gracias, agente Qin. Por cierto, ¿hay novedades en la investigación sobre Zhou Ling?

—Sus relaciones sociales son bastante simples; en lo esencial ya lo hemos descartado —respondió Qin Huaisheng—. Los pocos sospechosos restantes carecen de pruebas concluyentes. Al mismo tiempo, hemos abierto otras líneas de investigación y estamos realizando búsquedas y controles en el aeropuerto, la estación de autobuses y la de trenes de Guangnan. Probablemente llevará bastante tiempo. Si usted pudiera ayudarnos a acotar un poco más el ámbito, sería ideal.

Cuando el perfil psicológico no ofrece avances, seguir varias líneas en paralelo siempre es positivo. Pero Zhou Ling tenía un problema, de eso Song Mingqi estaba completamente seguro. Aun así, en ese momento decir más no serviría de nada. Su plan era elaborar, a partir de su propia investigación, un informe psicológico personal sobre Zhou Ling y presentarlo a la policía como sustento de su hipótesis de culpabilidad.

—De acuerdo —respondió Song Mingqi con ambigüedad—. Seguiré esforzándome.

Con el teléfono aún en la mano, se acercó a la ventana y separó con los dedos la rendija entre dos lamas de la persiana, mirando hacia la salida del sótano del edificio de enfrente. La escalera húmeda y oscura que descendía como una boca negra no dejaba entrever qué clase de mundo ocultaba en su interior.

Sin embargo, no podía vigilar los movimientos de Zhou Ling todos los días. Su trabajo principal era ser profesor en la Facultad de Psicología de la Universidad de Guangnan; tenía investigación científica que atender y clases que impartir.

Además, el viejo decano de la facultad se había jubilado recientemente y estaba a punto de llegar un nuevo decano designado desde arriba. Todos andaban inquietos, fingiendo estar extraordinariamente ocupados para demostrar que su trabajo era insustituible. Aunque Song Mingqi no tenía intención de adular a nadie, se vio arrastrado a la situación y obligado a completar una serie de tareas inútiles asignadas por otros dirigentes.

Para salvar la diferencia de horarios con Zhou Ling, instaló una cámara frente a la ventana, con la intención de grabar algunas imágenes.

Pero al revisar las grabaciones descubrió que la distancia era excesiva y lo filmado resultaba difícil de distinguir. Incluso en los fragmentos que podían identificarse a duras penas, Zhou Ling se comportaba como una hormiga obrera: una rutina de dos puntos fijos, salir a trabajar y volver a dormir, día tras día, sin información realmente útil.

Se dio cuenta de que necesitaba una oportunidad para acercarse a aquel hombre, pero durante mucho tiempo no logró encontrar el momento adecuado.

Hasta que, cuando ya estaba completamente atascado, la noche del miércoles, en la entrada del complejo residencial, fue testigo por casualidad de cómo Zhou Ling subía a una pequeña camioneta de carga junto con varias personas más.

Entre ellos había tipos con los brazos cubiertos de tatuajes y otros con peinados de cresta americana y el pelo teñido de amarillo. A ojos de Song Mingqi, parecían una auténtica banda mafiosa, reuniéndose para ir a ajustar cuentas. A uno de ellos lo había visto antes en una foto colgada en la pared de la oficina de administración del complejo: se llamaba Jiang Mingyu y era paisano de Zhou Ling.

El cansancio acumulado tras una noche entera de clases se esfumó al instante. Song Mingqi subió a su coche y los siguió sin pensarlo dos veces.

Diez minutos después, el vehículo se detuvo frente a la entrada del KTV Changliang.

Song Mingqi aparcó bajo la sombra de un árbol y observó cómo el grupo, entre empujones, risas y brazos echados por los hombros, bajaba del coche y entraba al local. Zhou Ling caminaba detrás, en silencio, con la cabeza ligeramente gacha, desentonando visiblemente con el resto.

Song Mingqi se puso unas gafas de sol para ocultar el rostro y los siguió al interior.

El KTV Changliang no era un lugar de consumo elevado: un hervidero de todo tipo de gente, con un olor penetrante a tabaco y alcohol. Manchas de luz roja y azul parpadeaban sobre el papel pintado amarillento de las paredes. La náusea de Song Mingqi se intensificó y aceleró el paso hacia dentro.

Llevar gafas de sol de noche ya resultaba extraño de por sí; no pocos transeúntes se giraban a mirarlo. Song Mingqi no tuvo tiempo de prestarles atención: mantenía la vista fija en el grupo que tenía delante mientras entraban en un reservado del segundo piso.

El personal de servicio entró y salió varias veces, llevando dos cajas de cerveza y luego a varias chicas. Desde dentro empezaron a oírse gritos al micrófono, con un acento difícil de ubicar, componiendo una forma de “música” que Song Mingqi era incapaz de comprender.

Solo cuando pareció que ya no habría más entradas ni salidas, se quitó las gafas y se acercó. La puerta tenía una estrecha franja de cristal, perfecta para espiar el interior.

Zhou Ling estaba sentado en el sofá individual del extremo izquierdo. Una mujer de cabello ondulado se apretujaba a su lado, intentando abrazarle el brazo. Zhou Ling, inexpresivo, se apartó un poco; la mano de ella quedó suspendida en el aire.

Aquel día Zhou Ling vestía una camiseta blanca limpia. Del cuello le colgaba una cadena plateada, cuyo colgante, fino como una lámina, no permitía distinguir su forma.

Por primera vez no llevaba la gorra de visera que usaba cuando trabajaba. Bajo la luz cenital, sus rasgos se veían con claridad. Tal vez por la atmósfera del lugar, Song Mingqi tuvo que admitir que tenía un rostro apuesto y severo a la vez. El pelo rapado había crecido un poco; el color, tan negro como el de sus ojos. Tendría poco más de veinte años, similar a los estudiantes universitarios varones de su facultad.

Los demás ya estaban emparejados, abrazándose y bromeando. Zhou Ling no era feo, así que la mujer, sin rendirse, volvió a arrimarse y alzó la mano para apoyarla en su brazo. Allí, los músculos se marcaban firmes y fluidos, con un aspecto que prometía una textura excelente. Pero antes de llegar a tocarlo, Zhou Ling le atrapó la muñeca con un movimiento seco y la apartó sin miramientos.

—Las personas con disfunciones suelen rechazar el contacto con el sexo opuesto—. Song Mingqi recordó de pronto la respuesta de Huo Fan.

En medio de aquel grupo dominado por el deseo y la carne, Zhou Ling era, sin duda, un bicho raro. No cantaba ni hablaba; simplemente se recostaba contra el respaldo del sofá, con los codos apoyados en las rodillas, los párpados caídos, abstraído como si cumpliera un trámite. La luz de la pantalla parpadeaba sobre su rostro, iluminándolo y apagándolo alternativamente.

Pronto, en el otro extremo del sofá, alguien empezó a hacer cosas aún más subidas de tono, besándose adrede con ruidos húmedos que provocaron las carcajadas del grupo. La mirada de Zhou Ling se deslizó en esa dirección; se detuvo apenas un segundo y luego se apartó. Entonces alzó el vaso y dio un sorbo a la cerveza.

Era un gesto típico de disimulo cuando alguien no sabe qué hacer.

Song Mingqi se dio cuenta de pronto de que observar a escondidas a los demás podía ser muy interesante. Alguien como Zhou Ling, que parecía frío e insensible, en realidad se sentía incómodo al presenciar escenas entre hombres y mujeres.

Y, por supuesto, eso también significaba, con toda probabilidad, que seguía siendo virgen.

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