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¿No quiere, o no puede? Esa era la cuestión. Incluso más enrevesada que las cavilaciones de Hamlet.
La limitación del método de observación residía precisamente en eso: el investigador se encontraba en una posición pasiva y, en las escenas clave que verdaderamente requerían observación, casi nunca podía estar presente. Como ahora, con una sola puerta separando a Song Mingqi de Zhou Ling, sin ningún motivo razonable para entrar, condenado a esperar de forma pasiva el siguiente movimiento del otro.
Nunca como en ese instante había comprendido con tanta claridad aquel axioma de oro de la psicología criminal.
No le quedó más remedio que seguir espiando un rato, hasta que percibió unos pasos que se detenían a su espalda. Se giró de golpe.
—Señor, ¿necesita ayuda? —el camarero lo miró con suspicacia.
Song Mingqi se colocó apresuradamente las gafas de sol y, fingiendo calma, hizo un gesto con la mano.
—No, nada. Me he equivocado de sitio.
Sin esperar respuesta, bajó a toda prisa las escaleras y se metió en el coche.
Pero justo cuando más necesitaba abandonar el lugar, su querido automóvil decidió averiarse de la forma más absurda posible.
En realidad, dos días antes ya había dado señales: el sonido del motor no era normal. Pero Song Mingqi, absorbido por el trabajo, había optado por ignorarlo. Ahora no había marcha atrás.
Mientras llamaba al servicio de grúas, miró el reloj y calculó que la reunión de Zhou Ling no terminaría antes de una hora. Tenía tiempo de sobra para marcharse.
Como si el destino se burlara de él, quince minutos después se topó de frente con Zhou Ling, que había salido antes de tiempo.
Las chicharras chirriaban con estruendo. Cuatro ojos se encontraron; fingir que no se habían visto era imposible. Zhou Ling apenas se quedó inmóvil un segundo; su expresión no cambió. Parecía no tener intención de saludar, o quizá pensaba que, fuera del complejo residencial, un técnico de mantenimiento y un propietario debían ser simples desconocidos. Evidentemente, Song Mingqi no opinaba lo mismo.
—Qué coincidencia —dijo, tragándose la incomodidad y esforzándose por parecer un vecino afable—. ¿Qué haces por aquí?
—Reunión de paisanos. A cenar —respondió Zhou Ling con concisión.
A Song Mingqi no le dio importancia y dio una palmada sobre el capó.
—Ah, una comida familiar. He salido a comprar vino y el coche se ha estropeado.
¿Salir a comprar vino vestido con camisa y pantalón de traje? Teniendo en cuenta el “historial” de mentiras de Song Mingqi, Zhou Ling ladeó la cabeza con las manos en los bolsillos. Su mirada pasó fugazmente por los dedos manchados de tinta de rotulador del otro; era imposible saber si le creía o no.
—Esta vez es verdad —insistió Song Mingqi.
No sabía qué palabra había resultado graciosa, pero Zhou Ling esbozó una sonrisa apenas perceptible.
—¿Has llamado a reparar?
—No arranca —Song Mingqi volvió a mirar la hora—. La grúa tardará otros veinte minutos.
Aunque ya era de noche, esperar al aire libre seguía siendo como estar en una sauna. El calor acumulado bajo los árboles le hacía entornar los ojos; de vez en cuando tiraba del cuello de la camisa en busca de un poco de aire, dejando asomar las clavículas por el borde.
Zhou Ling lo observó un instante y, al final, se acercó. Al inclinarse hacia delante, Song Mingqi retrocedió medio paso por reflejo.
No se sabía qué había tocado Zhou Ling en el frontal del coche, pero el capó se levantó solo con un chasquido. Sus antebrazos se tensaron y, con un solo movimiento, lo alzó por completo, dejando al descubierto aquel entramado preciso y complejo de entrañas mecánicas.
Zhou Ling se inclinó para inspeccionar. El lado maniático de Song Mingqi reaccionó al instante y alzó la mano para detenerlo.
—Te vas a manchar la ropa.
A Zhou Ling no pareció importarle. Se subió el dobladillo de la camiseta por encima del hombro y la dejó colgada allí. La mirada de Song Mingqi aún no había decidido dónde posarse cuando los músculos firmes y poderosos bajo la camiseta interior irrumpieron sin miramientos en su campo de visión.
Un cuerpo así, lleno de fuerza, destacaría incluso entre las esculturas del Louvre. Song Mingqi bajó la mirada en silencio, esforzándose por concentrarse también en el interior del vehículo.
Zhou Ling se inclinaba una y otra vez, cruzando frente a él para revisar el otro lado del motor. La fina cadena plateada se balanceaba con el movimiento y, al incorporarse, volvía a quedar pegada entre los pectorales. Los ojos de Song Mingqi se desviaban hacia allí sin querer, aunque nunca lograban distinguir el colgante. No sabía si era el calor del motor, pero sentía que cada vez hacía más calor.
Al cabo de un rato, Zhou Ling señaló hacia el interior con sus dedos de nudillos bien marcados.
—¿Tienes una caja de herramientas?
Song Mingqi fue rápido al maletero y se la llevó. Zhou Ling la tomó, trasteó un poco y aflojó un par de tornillos. Song Mingqi no tenía la menor idea de qué estaba reparando; solo sentía que aquellos bíceps abultados y la espalda en tensión casi lo empujaban fuera de su sitio.
No pasó mucho tiempo antes de que Zhou Ling se enderezara.
—Un cilindro ha fallado, quizá por acumulación de carbonilla. Arranca ahora y prueba.
Song Mingqi volvió al asiento y giró la llave. El coche arrancó sin problemas.
—Aun así tendrás que llevarlo al taller, pero puedes conducir hasta allí —dijo Zhou Ling mientras cerraba el capó—. ¿Tienes papel?
Song Mingqi le tendió unas cuantas servilletas de papel. Zhou Ling limpió el destornillador y lo guardó de nuevo; después se frotó las manos con el papel. El motor le había dejado los dedos completamente negros y, sin agua, no había forma de limpiarlos del todo, así que terminó por desistir.
A las diez de la noche daba comienzo la vida nocturna. Las guirnaldas de luces colgadas en los árboles se encendieron de pronto, y Song Mingqi vio cómo unos pequeños destellos se reflejaban en los ojos de Zhou Ling. Se veía más vivo que de costumbre, distinto al hombre de gorra y mono de trabajo que acudía a hacer reparaciones.
—¿Cuánto es? —preguntó, asomando la cabeza por la ventanilla con el móvil en la mano.
—Ahora no estoy trabajando.
La expresión de Zhou Ling se volvió de pronto ligeramente irritada. Sin volver la cabeza, se dio la vuelta y se marchó a grandes zancadas.
Song Mingqi siempre había creído que el dinero podía resolver la mayoría de los problemas.
Cuando era niño y veía que los demás tenían todo tipo de ropa además del uniforme escolar, lo comentaba en la mesa y su padre, Song Shengcheng, preguntaba: «¿Cuánto cuesta?».
Cuando presumía orgulloso de haber vuelto a sacar el primer puesto del curso, su padre volvía a preguntar: «¿Qué quieres? ¿Cuánto cuesta?».
Lo que Song Shengcheng mostraba con más frecuencia era su cartera; lo que menos, su mundo interior.
En realidad, Song Shengcheng entendía que Song Mingqi no quería dinero. Simplemente, no deseaba mostrarse indiferente, pero tampoco sabía decir frases cargadas de afecto como «Muy bien hecho, Mingzi». La educación masculina que había recibido lo había convertido en alguien que nunca exteriorizaba sus emociones, y además estaba convencido de que el exceso de cariño debilitaba a las personas. En cualquier caso, ante situaciones difíciles de manejar, creía que el dinero era una solución apropiada.
Claro que, si la madre de Song Mingqi siguiera con vida, habría desempeñado ese papel más suave y comprensivo. Nunca habría sido tan fría y torpe como él. Habrían sido, sin duda, una familia de tres con un padre severo y una madre afectuosa.
Pero los “si” no existen. Y, por lo que parecía, Song Mingqi había aceptado tan bien ese modelo que no lograba entender por qué Zhou Ling, que claramente necesitaba dinero, no reaccionaba ante él.
El viernes, por fin, el coche quedó reparado y el concesionario lo llamó para recogerlo. Tras la revisión habitual, Song Mingqi arrancó y decidió pasar por el supermercado y, de paso, por la oficina de correos para enviar una carta.
Nada más llegar al buzón, la empleada de la ventanilla asomó la cabeza y le gritó desde lejos:
—¡Profesor Song, démela directamente a mí, no hace falta que la eche al buzón!
Ese día estaba de turno You Fei. Se conocían bien; Song Mingqi solía encargarle ediciones limitadas de sellos de colección.
Asintió y se acercó, deslizando la carta por la pequeña ventanilla.
You Fei la tomó y la sopesó un instante; le pareció un poco más gruesa que la anterior. Bajó la mirada hacia el sobre.
—Wu Guan… ¿otra vez a la prisión?
—Sí.
En ese trabajo, con el tiempo, se aprende que tanto las cartas dirigidas a prisiones como a hospitales esconden historias difíciles de contar. You Fei no indagó en la vida privada de los demás. Eso sí, pensó que, con la constancia que Song Mingqi demostraba durante cinco años seguidos, podría triunfar en cualquier cosa que se propusiera.
—Si algún día llega respuesta, se la traeré personalmente en cuanto la reciba.
Aunque esa posibilidad era cada vez más remota, Song Mingqi sonrió y se acomodó las gafas.
—Gracias.
—Ah, por cierto —dijo You Fei, esquivando a sus compañeros y apoyando la barbilla en la mano mientras bajaba la voz—. Últimamente he conocido a un amigo nuevo, se ha mudado al piso de abajo…
Song Mingqi lo entendió al instante.
—¿Tu novio?
—¡Ay, todavía no! —respondió ella, algo avergonzada—. Estamos conociéndonos. Parece bastante honesto, pero no sé qué piensa en realidad. Profesor Song, usted estudia psicología, ¿no? Cuando pueda, ¿podría echarme una mano?
La mayoría de la gente cree que las aplicaciones más habituales de la psicología en la vida cotidiana son, por un lado, tratar la depresión y aliviar el estrés; y, por otro, conquistar a alguien o desenmascarar mentiras.
En cierto sentido, no les falta razón. Sin embargo, si de verdad se quiere conocer a una persona de manera más científica, lo ideal sería que se sometiera a una evaluación psicológica formal. Pruebas como el *MMPI, el HAMD o el HAMA resultan, sin duda, mucho más precisas que un contacto breve y superficial.
*NT: (Son pruebas psicológicas diferentes. El MMPI perfila la personalidad en general, el HAMD mide depresión y el HAMA mide ansiedad).
De haber retrocedido unos años, sin duda habría respondido de ese modo. Pero el Song Mingqi actual ya entendía que la mayoría de la gente no buscaba ciencia, sino adivinación.
Hacía tiempo que dominaba la forma de responder sin aguar la fiesta:
—Claro, no hay problema.
El trayecto de regreso a casa fue fluido. Al entrar al garaje, pasó junto a la oficina de administración de la urbanización y, por pura casualidad, vio a Zhou Ling agachado en los escalones exteriores junto a varios compañeros, hurgando en sus fiambreras.
Lo que más llamaba la atención era que el puente de su nariz tenía otra mancha violácea. Solo entonces Song Mingqi cayó en la cuenta de que, absorbido por el trabajo, había perdido la noción del tiempo: ayer había sido jueves.
A propósito, Song Mingqi detuvo el coche justo delante de él, se quitó las gafas de sol y abrió la puerta para bajar.
—No esperaba que también supieras reparar coches. Era, efectivamente, acumulación de carbonilla; además, el cable del acelerador tenía un pequeño problema.
Ese elogio entusiasta, lanzado en público, cayó como una piedra en el agua y provocó una reacción en cadena. Los demás operarios de mantenimiento intercambiaron miradas cargadas de significado, lanzaron una sonrisa divertida a Zhou Ling y, uno tras otro, cerraron sus cajas de comida, se pusieron en pie y se marcharon.
En los escalones quedó solo Zhou Ling, fingiendo no escuchar nada, concentrado únicamente en seguir comiendo.
Tenía una mejilla inflada por la comida. En la fiambrera apenas había col hervida y judías verdes con tiras de carne, un plato insípido y aguado; aun así, comía de forma salvaje, devorándolo a grandes bocados, como si fuera un manjar exquisito.
Ese desdén prolongado hizo que Song Mingqi se sintiera bastante mal parado. Cambió de tono, algo molesto.
—Pero agachado ahí estás un poco bloqueando la entrada.
En realidad, el lugar donde estaba Zhou Ling quedaba bastante apartado y no estorbaba en absoluto. Aun así, frente a la puntillosidad casi deliberada de Song Mingqi, Zhou Ling le lanzó una mirada y optó por ceder, desplazándose un poco hacia un lado.
Al moverse, el colgante que llevaba al cuello se deslizó por el escote ligeramente abierto. Song Mingqi se dio cuenta entonces de que no era más que una pequeña púa de guitarra.
—¿Por qué no entras a comer dentro? —preguntó Song Mingqi.
—No pertenezco al centro de administración. Solo puedo comer fuera.
—Ah, por cierto, el otro día se me olvidó preguntarte —añadió—. ¿Dónde compraste el balastro? ¿En el centro de ferretería frente a los edificios de familiares?
El ritmo de Zhou Ling se ralentizó. La comida, ya fría, comenzó a brillar con una capa de grasa que resultaba desagradable. Cerró la tapa de la fiambrera de cualquier manera.
—Sí, en el centro de ferretería.
—¿Vas mucho por ahí?
—Los de nuestro oficio solemos ir a menudo.
Zhou Ling se puso de pie. Su estatura pareció alargarse de golpe y su sombra cayó por completo sobre Song Mingqi, oprimiéndole incluso la respiración durante un instante.
Song Mingqi se quedó apenas un segundo en blanco antes de insistir:
—Parece que tienes la cara lastimada. ¿Qué te pasó?
La fiambrera vacía describió una parábola perfecta antes de caer en el cubo de basura. Esta vez, Zhou Ling no respondió. Tomó su chaqueta de trabajo y se marchó a grandes zancadas.
Por suerte, Song Mingqi no tardó en encontrar la respuesta por sí mismo.
En ese momento estaba sentado en un ring de boxeo clandestino, frunciendo el ceño y tapándose la nariz, soportando el suelo cubierto de basura, el hedor agrio del sudor y los gritos ensordecedores.
De no haber seguido a Zhou Ling, jamás habría sabido que, al este de Guangnan, existía un lugar así: la multitud era tan densa como una plaga de cucarachas, el aire húmedo y sofocante, y el recinto subterráneo parecía el interior de un gigantesco conducto de ventilación.
Ahora se arrepentía de no haberse cambiado de ropa antes de salir. Su camisa blanca y los zapatos de cuero reluciente desentonaban por completo con el entorno.
Tenía que observar el combate mientras luchaba por contener el impulso de limpiar sus zapatos y, al mismo tiempo, encogerse con agilidad cada vez que los brazos gruesos de la gente, alzados entre vítores, se balanceaban peligrosamente cerca.
—¡Joder, dale!
—¡Levántate, carajo! ¡Levántate!
—¡KO! ¡Precioso!
El asalto terminó. En el ring flotaba un olor denso a sangre. Song Mingqi miró aquella mancha oscura en el suelo, una mezcla espesa de sudor y sangre, y sintió un vuelco en el estómago. Los tímpanos le palpitaban de dolor, el ruido lo envolvía como si se hubiera hundido en aguas profundas. Justo cuando pensaba salir a tomar aire, Zhou Ling apareció por uno de los accesos laterales.
Cuando lo había seguido hasta allí, aún no estaba seguro de qué papel desempeñaba Zhou Ling en aquel lugar: organizador, planificador… o participante.
Ahora lo sabía.
No era más que un gladiador de fondo, uno de los que derraman sangre y sudor en el ring para entretenimiento ajeno.
Zhou Ling tenía el torso desnudo. La iluminación blanca y cruda hacía brillar sus músculos, y las sombras profundas acentuaban aún más sus formas.
Antes de empezar, ambos contendientes chocaron los puños a modo de saludo. A ojos de Song Mingqi, el cuerpo de Zhou Ling ya era imponente, pero su rival lo superaba todavía más. Una pelea así estaba destinada, sin duda, a ser sangrienta.
Sonó el silbato y Zhou Ling se lanzó al ataque.
Los movimientos del adversario –el juego de pies, los golpes– eran claramente profesionales. Zhou Ling, en comparación, parecía bastante más amateur, pero era joven y feroz. En un sitio como aquel, los que luchan sin miedo a morir resultan los más aterradores. El rival no reaccionó a tiempo y recibió un codazo directo en la mandíbula.
El impacto fue brutal. Ambos absorbieron una fuerza similar y quedaron aturdidos, suspendidos un segundo en un equilibrio precario. Zhou Ling fue el primero en reaccionar y aprovechó la ventaja para seguir atacando.
Sin embargo, la experiencia acabó imponiéndose. El boxeador profesional se defendió con firmeza y, tras un par de asaltos, la resistencia de Zhou Ling empezó a flaquear. El otro comenzó a atacar con método. Un puñetazo le dio de lleno en el puente de la nariz y la sangre brotó de inmediato.
Luego vinieron el abdomen, la barbilla, la sien. En el ring resonaban una y otra vez los golpes sordos de carne contra carne. Zhou Ling retrocedía sin cesar, acorralado contra una esquina, protegiéndose el rostro con los antebrazos para no ser literalmente molido a golpes.
Song Mingqi se dio cuenta entonces de que el morado en la mandíbula coincidía exactamente con el punto donde el casco se ajustaba bajo el mentón: una zona sin protección, propensa a amoratarse con facilidad.
El sudor corría por el cuerpo de Zhou Ling como lluvia, empapaba la lona y se convertía en una masa oscura bajo los pies. Las venas del pecho y las sienes se le marcaban con fuerza; los abdominales tensos enrojecían bajo el esfuerzo. A Song Mingqi le vino a la mente aquel olor suyo, agresivo, invasivo.
Si solo fuera una afición, podría entrenar en un gimnasio reglamentado; no habría necesidad de jugarse la vida. Si lo hacía por la elevada paga de cada combate, Song Mingqi no lograba imaginar para qué necesitaba ese dinero: Zhou Ling no parecía tener planes de futuro, gastaba poco y no tenía vínculos cercanos.
Quedaba, por supuesto, otra posibilidad.
Que sintiera una fascinación particular por ese nivel de violencia. Que necesitara desahogarse. Que aquello lo excitara.
A juzgar por lo que veía, esa opción resultaba cada vez más plausible.
Los vítores estallaron de nuevo. Zhou Ling encontró un resquicio, inmovilizó los brazos del rival y barrió sus piernas con una patada baja y contundente.
Ambos rodaron por el suelo. Algún hueso quedó en un ángulo incorrecto, y el dolor se reflejó con claridad en su rostro, pero en sus ojos ardía una furia imposible de extinguir. Los bordes enrojecidos, salvaje, aplastó la garganta del otro con el antebrazo y lo inmovilizó contra la lona, como si ejecutara una matanza.
La brutalidad del combate había superado el límite de lo que Song Mingqi podía soportar. No sabía por qué, pero las imágenes de escenas del crimen comenzaron a parpadear en su mente, superponiéndose al espectáculo ante sus ojos. Frunció el ceño con fuerza y abandonó la grada.
Fuera reinaba una calma relativa. Corría algo de viento y la luna estaba rodeada por un tenue halo.
Song Mingqi se quedó un rato sentado en el coche. Las sienes aún le latían con violencia. Tenía los dedos ligeramente temblorosos. Bajó la cabeza, sacó un bolígrafo de muelle del compartimento y empezó a pulsarlo. El clic acelerado fue volviéndose poco a poco regular, y con ello se sintió algo mejor. Sacó una toallita con alcohol y se limpió las manos que habían tocado la grada.
Tras frotarlas una y otra vez, la palidez de sus dedos fue dando paso a un leve tono rosado. Limpió también los zapatos, abrió la puerta del coche y caminó hacia el contenedor del callejón.
—¡Bang!
Un golpe seco le impactó de repente en la espalda.
Song Mingqi dejó escapar un gruñido ahogado. Perdió el equilibrio y cayó hacia delante. En el suelo sonaron dos golpes metálicos; probablemente las llaves del coche.
El dolor en los omóplatos llegó al mismo tiempo que una sensación viscosa y desagradable en la mano. Sabía perfectamente qué había tocado: los azulejos del muro, cubiertos de musgo húmedo.