[El regente desafiado por su subordinado 4]

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Arco III

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[El regente desafiado por su subordinado 4] Juego de prisión de celos/ En el sueño: Con los ojos vendados, látigo + fruta, clímax tras clímax

¡Absolutamente imposible!

Ying Linfei no podía creer que, bajo el hechizo de un sueño, hubiera seducido a un guardia sombra, ¡y encima a un hombre de verdad!

Ying Linfei, el regente que dominaba la corte con puño de hierro, arrogante y despótico, era un hombre capaz de obtener a cualquiera que deseara en la dinastía Pei. Mientras él quisiera, ¿a quién no podría conseguir? ¡Tenía que ser brujería!

Si He Shuqing conociera las dudas del protagonista, no dudaría en demostrarle físicamente lo erótico que puede ser la hipnosis.

Al amanecer, Ying Linfei esbozaba una sonrisa que prometía arrancar carne a dentelladas. Como era de esperar, tras la sesión matutina de la corte se dirigió personalmente a las mazmorras para interrogar a los asesinos gravemente heridos en el río.

Ying Linfei tenía bajo su mando a un grupo de crueles funcionarios, que disponían de innumerables métodos viciosos para maximizar el dolor a los prisioneros, garantizando que la muerte nunca llegue como misericordia.

Ying Linfei casi se ahoga en el río anoche, y había desenterrado recuerdos envenenados. Normalmente, tenía pesadillas con la sombra del agua y odiaba aún más a esa mujer despiadada. Pero en su lugar, un sueño lascivo lo dejó como adolescente tras su primera noche de burdel: corriéndose como un principiante bajo un hechizo.

En la loca aventura amorosa del sueño, Ying Linfei tuvo un momento de lucidez entre empujes brutales. Con el resplandor del intenso clímax, sus labios temblaban, su respiración era pesada y se sentía tan bien que no tenía fuerzas en el cuerpo. Ying Linfei luchó por escapar de la embestida del pene, ¡solo para ser arrastrado de vuelta y follado dos veces más!

Finalmente, el rostro de Ying Linfei se sonrojó, las lágrimas brotaron de las comisuras de sus ojos, su cuerpo joven y noble estaba lleno de rastros de sexo, su bajo vientre estaba lleno del espeso esperma de He Shuqing, su pequeño agujero apretado, rojo e hinchado, estaba ligeramente vuelto hacia fuera, y gotas de líquido blanco rebosaban del agujero rosado, era extremadamente lascivo….

Ying Linfei hizo una pausa para respirar. Se trataba claramente de un sueño, pero era tan real que producía un placer odioso e intenso, una contradicción que no podía explicarse. Hasta que despertó, parecía inmerso en la alegría incontrolable del amor. El rostro de Ying Linfei se ensombreció y no permitió que aquel sueño absurdo lo alterara.

En los calabozos imperiales, los alaridos de los prisioneros resonaban, helando la sangre de cualquiera que los escuchara. En medio de tanta suciedad y sangre, destacaba una exquisita sala de té impregnada de un delicado aroma. Ying Linfei bebía su té con elegancia y refinamiento, como si los gritos desgarradores a su alrededor fueran una melodía placentera. Los que osaron atentar contra su vida deben asumir las consecuencias.

Cuando los prisioneros quedaron roncos de tanto gritar, el hombre de azul dejó el látigo, se lavó las manos y se presentó ante la sala de té de Ying Linfei, haciendo una reverencia respetuosa. Contuvo la respiración y presentó un informe: “Su Alteza el Regente… han confesado todo.”

Ying Linfei dejó la taza de té y hojeó distraídamente los nombres en el informe, mientras una sonrisa sutil se dibujaba en sus labios: “Muy bien. Esto es un poco de sangre, matar una gallina puede servir de advertencia al mono”.

Los presentes contuvieron la respiración, incluido el verdugo, quien, pese a su crueldad, temblaba bajo la mirada opresiva del regente, y temió perder la vida si no tenía cuidado.

Ying Linfei soltó una risa burlona: “Has hecho un gran trabajo, aquí tienes una recompensa”. 

El verdugo estaba exultante: “Gracias, Su Alteza”.

De pronto, Ying Linfei alzó la mirada, buscando en vano a alguien: “¿Dónde está?”

Los guardias sombra se miraron entre sí hasta que el regente añadió con calma: “El Diecinueve”. 

Solo Ying Linfei podía pronunciar el nombre de He Shuqing, y Diecinueve era su nombre en clave como guardia sombra.

Al ver la expresión sombría de Ying Linfei, el guardia sombra Dieciséis se apresuró a explicar: “Mi señor… usted le ordenó recolectar agua de nieve en el jardín imperial”.

La primera nieve de la mañana había caído, y He Shuqing, incapaz de soportar el hedor a sangre y humedad de las mazmorras, había sido afortunado: el propio Ying Linfei, que hoy parecía irritado solo con verlo, le había evitado asistir al interrogatorio.

“¿Aún no regresa? ¿Acaso alguien lo habrá… detenido?”. Ying Linfei olvidó por un instante su propia contradicción: Ver a He Shuqing lo ponía nervioso, pero su ausencia lo inquietaba igual. Aunque ese rostro disfrazado le resultara insufriblemente falso… no significaba que otros no pudieran caer en su encanto.

Ying Linfei salió de la prisión con el rostro sombrío. Los guardias contuvieron un escalofrío. El regente se volvía cada vez más impredecible…

Ying Linfei era extremadamente desconfiado y su intuición era demasiado certera. He Shuqing se había topado con un viejo conocido.

Bajo la nieve que bailaba en el aire, la figura esbelta de He Shuqing se inclinaba sobre los ciruelos rojos, recogiendo copos con dedos pálidos y nudillos definidos. Aunque su rostro era ordinario, algo en su fría elegancia —especialmente esos ojos de obsidiana—atraía las miradas furtivas de las sirvientas de palacio.

Pero había otra presencia.

El joven emperador, envuelto en una capa blanca y un cuello de zorro escarlata que acentuaba su palidez, observaba desde lo alto a aquella sombra vestida de verde. Más delgado tras su enfermedad, con el corazón apretado al ver aquel hombre recolectando nieve con las manos desnudas al viento. Esquivando a sus escoltas, se acercó como un fantasma hasta quedar a sus espaldas

He Shuling lo sintió antes de que hablara. Al girarse, su mirada fue glacial. Pero los ojos del emperador brillaron como lámparas en la oscuridad: “Hermano Shuqing… ¿eres tú?” La voz —enrojecida por el frío—temblaba. Todos los que amaba habían muerto. ¿Cómo podía aquel joven que lo salvó en la infancia estar vivo?. Ying Hongyu sintió que la emoción lo ahogaba.

He Shuqing sacudió la cabeza con calma: “Su Majestad.”

El joven emperador observó con detenimiento el rostro de He Shuqing, seguro de que no podía estar equivocado. Aquellos ojos brillantes como estrellas solo podían pertenecer a su querido hermano Shuqing. Todas las personas cercanas a Ying Hongyu solían elogiar al joven maestro de la familia del general, diciendo que era excepcionalmente talentoso y de una inteligencia extraordinaria. Pero ahora, todo había cambiado. No podía imaginar qué había vivido Shuqing para terminar convertido en un guardia sombra al servicio del príncipe regente.

Al asegurarse de que no había nadie alrededor, Ying Hongyu no pudo evitar mostrar el dolor que sentía en su mirada: “Hermano Shuqing, ¿realmente no me recuerdas? Cuando éramos niños y mi caballo se desbocó, fuiste tú quien me salvó de caer del lomo”.

La mirada de He Shuqing permaneció impasible, sin mostrar la más mínima emoción: “Su Majestad se equivoca de persona”. Aunque el joven emperador aparentaba ser ingenuo e incluso algo tonto, todos los varones de la familia real que habían desafiado al príncipe regente habían sido eliminados. Solo Ying Hongyu había logrado sobrevivir, aguantando en la sombra, convirtiéndose en el rival más formidable para el protagonista. Durante años, Ying Hongyu había sido paciente y calculador, siendo la única persona capaz de igualar a Ying Linfei en inteligencia y estrategia. He Shuqing era apenas un simple guardia sombra, por lo que este acercamiento por parte del emperador resultaba demasiado arriesgado.

Ying Hongyu sintió un frío helado recorrer su cuerpo al comprender que su hermano Shuqing se negaba a reconocerlo.

Con una sonrisa forzada, respondió: “Me equivoqué”.

Se acercó a He Shuqing y deslizó una piedra térmica de la mejor calidad entre sus brazos. “Para que calientes tus manos”. Alzó la mano y recogió con delicadeza un pétalo de ciruelo que había quedado atrapado en los cabellos del joven, cerrándolo en su palma como si fuera un tesoro.

He Shuqing estaba a punto de rechazarlo cuando el joven emperador, ágil como un zorro, se escabulló hacia los ciruelos cercanos. Desde allí, el muchacho lanzó una sonrisa pícara: “Si no te gusta, tíralo”.

Fue entonces cuando Ying Hongyu mostró por primera vez desde su encuentro una sonrisa genuina, luminosa, sin rastro de guardia. Y desapareció entre los ciruelos en flor, tan rápido y silencioso como había llegado.

He Shuqing era un experto en artes marciales, así que un poco de viento frío no era nada para él. Solo que la pequeña piedra térmica estaba un poco caliente, así que la colocó tranquilamente bajo el ciruelo. Sabía que, dadas las circunstancias, era mejor no entablar ningún vínculo con el joven emperador. Sin embargo, el destino parecía burlarse de sus precauciones, pues en ese mismo momento apareció el regente, cuyos ojos no tardaron en posarse sobre las huellas que Ying Hongyu había dejado en la nieve.

“Parece que mi guardia ha estado muy cerca de alguien”, comentó Ying Linfei con una sonrisa que escondía una daga afilada tras cada palabra. La voz, aunque aparentemente tranquila, goteaba veneno.

“He estado con Su Majestad”, respondió He Shuqing sin inmutarse, manteniendo la compostura incluso bajo la mirada penetrante de su señor.

“¿Ah, sí?”, el príncipe regente entrecerró los ojos, y esa sonrisa suya, tan falsa como peligrosa, se ensanchó. “Y qué podría haberle dicho ese niño enfermizo a mi leal guardia? ¿Acaso intenta seducirte para que abandones a tu legítimo señor? Vaya astucia la suya”.

Ying Linfei no solo desconfiaba del emperador, sino que también sentía un fastidio inexplicable hacia He Shuqing. Le resultaba irritante cómo el joven podía sonreírle a cualquier mujer que se cruzara en su camino, mientras que con él, su propio señor, se mostraba frío como el hielo en pleno invierno. Cada vez que lo pensaba, una ola de frustración lo invadía, y esa amargura se filtraba en cada una de sus palabras.

“No fue nada importante”, mintió He Shuqing a medias. “Su Majestad me vio solo y quiso regalarme la piedra”.

“Deja que la vea”, exigió Ying Linfei, incapaz de contener su curiosidad. ¿En serio una simple piedra podía amenazar la lealtad de su guardia más fiel? Con una risa cargada de sarcasmo, tomó el objeto negro y pulido entre sus dedos.

Fue entonces que sus manos se rozaron por un instante, y el contacto inesperado de esa piel suave y ligeramente fría hizo que el corazón de Ying Lifei se estremeciera como si una pluma lo hubiera rozado por dentro. Sin darse cuenta, sus ojos se posaron en el rostro bien definido de He Shuqing, deteniéndose en esos labios perfectamente formados, que ahora, al humedecerse levemente, brillaban con un tono rojizo tentador.

“¿Mi señor?”, respondió el guardián, consciente de la intensidad de esa mirada que lo recorría. Su voz, sin embargo, no delató ninguna emoción.

Ying Linfei retiró bruscamente la mano que sostenía la piedra térmica, incapaz de creer que había quedado absorto contemplando los labios de He Shuqing. Su mente retrocedió a la noche anterior, cuando, después de emerger del agua, aquel joven en la orilla le había insuflado aire entre sus propios labios, igualmente húmedos y suaves al contacto.

Un calor sutil se extendió por la base de sus orejas, mientras una inquietud inexplicable se agitaba en su pecho. No se había dado cuenta antes, pero ahora percibía que He Shuqing se había vuelto inexplicablemente atractivo, con una nueva cualidad indescriptible en la mirada y el gesto. Aunque el invierno los rodeaba con sus ciruelos en flor y el paisaje cubierto de hielo, Ying Linfei sentía el calor acumulándose hasta hacerle brotar gotas de sudor en la punta de la nariz. Con voz cargada de ironía, espetó: “”He Shuqing, ¿acaso te ha conmovido tanto el regalo de esa piedra térmica del pequeño emperador?”

He Shuqing: “…”

El estilo intimidante y peculiar del regente no era algo que la gente común se atreviera a desafiar; todos optaban por mantenerse inmóviles, sin osar provocarlo.

“Este subordinado no lo necesita”, respondió He Shuqing con rigurosa formalidad. El regente poseía un espíritu competitivo excesivo, al punto de rivalizar incluso por una insignificante piedra con el Emperador. No le preocupaba en lo más mínimo que sus palabras, al ser escuchadas por otros, pudieran malinterpretarse como una grave falta de respeto hacia la autoridad imperial.

Ying Linfei observó detenidamente la expresión indiferente de He Shuqing, y su estado de ánimo, que antes era sombrío, se despejó de repente, inundándose de una peculiar satisfacción. Su guardia personal ni siquiera consideraba digno de su atención al noble emperador, lo que, naturalmente, significaba que su lealtad solo podía estar dirigida hacia él.

Mientras estudiaba los ojos de He Shuqing con mayor atención, creyó discernir en ellos algo más allá de la simple lealtad. Después de todo, He Shuqing había arriesgado su vida para salvarlo la noche anterior, y era posible que albergara algún tipo de apego hacia su persona: “¿Y si el que te lo otorgara fuera este regente?”, preguntó, probando las aguas.

He Shuqing mantuvo su franqueza habitual: “Este subordinado domina las artes marciales y no teme al frío”.

La respuesta dejó al regente momentáneamente sin palabras, sumiendo el ambiente en un silencio incómodo que pareció amplificar el sonido de los copos de nieve cayendo suavemente, como si se burlaran de la situación.

Finalmente, Ying Linfei emitió un resoplido frío y declaró, en un tono que no admitía réplica: “No, tú sí tienes frío”.

El iracundo Regente del Inframundo se alejó furioso, pero sin haber desatado una masacre, lo que hizo que la guardián sombra Dieciséis, quien observaba desde las sombras, suspirara aliviada en silencio.

En realidad, Ying Linfei tenía otro blanco para descargar su ira. Como si estuviera arrancando rábanos de la tierra, extrajo metódicamente a toda la red de cómplices detrás de los asesinos, una trama que se extendía ampliamente. La corte entera quedó debilitada en su estructura, sumiéndose en un estado de ansiedad colectiva. Cuanto más temblaban los demás, más se regocijaba Ying Linfei.

Esa misma noche, cuando He Shuqing regresó a sus aposentos, el mayordomo ya le había asignado una nueva residencia. Una habitación amplia y completamente nueva, luminosa e impecable, con un kang calentado hasta alcanzar el calor del verano. Bajo las miradas llenas de envidia y perplejidad de los otros guardias, que no podían evitar preguntarse cómo era posible que He Shuqing, frío e indiferente ante cualquier halago o amenaza, hubiera recibido tal privilegio del voluble regente.

Pero He Shuqing lo sabía: el regente era excesivamente competitivo, caprichoso e inmaduro en sus acciones.

Ying Linfei, por su parte, también era consciente de su creciente irritabilidad y de que no podía dejar que He Shuqing se saliera con la suya tan fácilmente. No podía contener el impulso de buscarle problemas, de obligarlo a mostrar alguna expresión diferente. Sin embargo, de manera instintiva, evitaba lastimar a He Shuqing, lo que resultaba en que el guardián permaneciera impasible, como si se burlara de él en silencio.

Era… exasperante.

Esta vez, el sueño resultaba especialmente inquietante.

Ying Linfei se encontraba atado de pies y manos en una celda, con una tela negra cubriéndole los ojos, suspendido en forma de cruz. La oscuridad absoluta lo envolvía, y aunque las cadenas que lo sujetaban resonaban con estrépito al moverse, era incapaz de liberarse. “¡Maldición! ¡Suéltenme de inmediato!”, exigió con furia. Mientras en la vida real era él quien sometía a otros a tormentos, ahora en sueños le tocaba experimentar la humillación en carne propia.

La prisión de la celda estaba mucho más limpia, sin olor a sangre. He Shuqing curvó ligeramente los labios, y el látigo negro levantó las finas ropas de Ying Linfei, revelando su hermoso pecho. La punta del látigo pinchó sus dos sensibles pezones, ligeramente erectos y rosados, tentadores.

“¿Quién? ¿Cómo te atreves…?” Ying Linfei sintió un escalofrío en el pecho y notó que sus pezones, que antes no le importaban, empezaban a picarle y a hormiguearle bajo el juego deliberado, pero no pudo extender la mano para aliviar la picazón. El rostro de Ying Linfei enrojeció de ira, su pecho subía y bajaba violentamente. “¡Maldita sea, chico astuto, voy a ejecutarte!”

Esta vez, He Shuqing no hipnotizó a Ying Linfei. Dominarlo en estado de plena conciencia resultaba igual de fascinante.

El látigo de He Shuqing se deslizó lentamente por el pecho de Ying Linfei, luego por su abdomen plano, y finalmente por la sensible parte interna de sus muslos: “Humano, ¿estás listo para confesar la verdad?”, preguntó con voz serena pero cargada de amenaza.

“¡Qué insolencia!”, gruñó Ying Linfei, conteniendo los dientes con rabia. “¿Cómo es posible que vuelva a soñar contigo?”

Tan pronto como despertara, ¡arrojaría a He Shuqing al río helado sin dudarlo!

He Shuqing soltó una risita: “Si no soy yo, ¿a quién más quieres?”

Ying Linfei se quedó sin palabras por un momento, rechinó los dientes y escupió: ¡Este príncipe no quiere nada de esto!

He Shuqing, con una risa suave, replicó mientras lo despojaba de sus ropas como si desenvolviera un regalo: “Humano, si realmente no me deseas, ¿por qué entonces siempre terminas entregándote ante mí?”

En aquella celda, solo quedaba el príncipe desnudo, convertido en un cautivo destinado únicamente para su placer.

La furia de Ying Linfei estalló. La oscuridad lo rodeaba, incapaz de distinguir su ubicación, pero la vergüenza de estar completamente expuesto lo consumía: “¡Qué absurdo! ¡Este príncipe ansía matarte…!”

¡Pa! El látigo negro de He Shuqing se estampó sobre el pecho desnudo de Ying Linfei, dejando una vistosa marca roja. “Humano, entiende bien esto: estás recibiendo mi castigo”.

¡Ugh! El pecho de Ying Linfei ardía de dolor, y tras la punzada inicial, una oleada de cosquilleo le recorría el cuerpo, arrancándole jadeos difíciles de contener.

“Ah… ¡Detente!” Podía soportar la tortura, pero no la comezón que le invadía los huesos ni el deseo extraño que le despertaba el cuerpo.

He Shuqing dejó sobre Ying Linfei bellas marcas rojas, como colores vibrantes sobre una obra de arte perfecta. Su látigo se enroscó poco a poco alrededor del miembro ligeramente erecto de Ying Linfei, cuya punta ya derramaba un líquido transparente. He Shuqing soltó una risa suave: “Mira este gatito, tan necesitado de golpes… Basta un roce para que ya esté goteando de ganas”.

“Mm… Te mataré…” Ying Linfei estaba desnudo y avergonzado. De hecho dejó que alguien lo azotara para obtener placer. El deseo caótico llegó en un momento inoportuno: “Um, suelta…”

Todo se debía a que el método de He Shuqing era demasiado inteligente. El húmedo conducto de Ying Linfei se contrajo y enredó, desbordando un líquido obsceno. La fuerte sensación de vacío ansiaba la penetración caliente.

El látigo de He Shuqing se deslizó desde la entrepierna de Ying Linfei hasta la base de sus tiernas piernas, tanteando el apretado agujero entre sus nalgas: “Excepto yo, nadie sabe que estás aquí. ¿Estás seguro de que quieres morir aquí desnudo?”

“Mm, ¿qué vas a hacer?” El rostro de Ying Linfei palideció, sus piernas se crisparon y la abertura de su agujero se contrajo nerviosamente, como si temiera la invasión de fríos objetos extraños.

“No tengas miedo…” He Shuqing utilizó la punta del látigo, mitad dura y mitad blanda, para abrir lentamente el rosado ano de Ying Linfei hasta que la suave carne emitió un sonido de agua. El pasaje estaba caliente y húmedo y se enredó con el látigo antes de que se retirara. He Shuqing le metió lentamente una fresa rosa, “Buen chico, debes tener hambre, cómetela…”

“¡Ugh! ¿Qué? No…” Ying Linfei estaba sumido en la oscuridad y el resto de sus sentidos eran extremadamente sensibles. Sentía cómo aquel objeto extraño invadía poco a poco su interior, delineando su forma con claridad. Estaba nervioso, y no pudo resistir la suave y burlona risa de He Shuqing. Su próstata, extremadamente sensible, era rozada una y otra vez, provocándole un doloroso placer que subía por su columna hasta estallarle en el cerebro. Se mordió los labios, un gemido ahogado escapó junto a su respiración entrecortada, el corazón le latía desbocado y unas lágrimas inevitables le humedecían las comisuras de los ojos: “Sácalo…”

“¿No es suficiente? Para este gatito hambriento, mejor uno más grande”. He Shuqing malinterpretó deliberadamente sus palabras, y apretó su miembro caliente y duro contra el agujero húmedo y sonrosado. La punta redonda y gruesa empujó contra la fresa y se abrió paso de golpe. Sujetó con firmeza la cintura de Ying Linfei y empujó con fuerza hasta lo más profundo. Cada retirada arrastraba jugos rosados y la blanda carne palpitante, mientras volvía a hundirse, estirando cada pliegue hasta dejarlos lisos. Sus testículos, firmes y pesados, chocaban contra la piel de las nalgas del joven prisionero, tiñéndola de rojo.

He Shuqing exhalaba jadeos graves y sensuales, mientras azotaba al hombre que tenía debajo con deseo: “Mm… es dulce…”

“¡Mm! Ah… ha…” Ying Linfei no podía ver nada, pero sentía con absoluta claridad cómo aquel miembro enorme y caliente lo invadía con fuerza, penetrándolo una y otra vez, hundiéndose en su interior hasta una profundidad imposible. Cada embestida aplastaba sin piedad esa parte sensible de carne blanda, y la oleada de placer arrasaba con todos sus pensamientos. Ying Linfei arqueó el cuello hacia atrás, suspendido en el aire, con los dedos temblorosos y la respiración ardiente; parecía un prisionero siendo brutalmente interrogado por su captor. “Ah… ah…”

En la celda vacía, se mezclaban los sonidos de los azotes de aquel sexo ardiente y los gemidos y jadeos del joven. He Shuqing le quitó la venda negra que cubría los ojos, obligándolo a ver con claridad cómo era “castigado” sin piedad: su miembro monstruoso lo atravesaba una y otra vez, llenando la húmeda y sonrojada abertura. He Shuqing cambió de postura, arrastrando a aquel regente altivo a un mar de deseo, sumergiéndolo en un vaivén interminable. Le mordió el cuello mientras vertía todo su semen, caliente y espeso, dentro de la entrada que ya no podía cerrarse de tanto ser penetrada. El intenso y prolongado sexo dejó a Ying Linfei empapado de sudor, con la voz ronca de tanto gemir. El extremo de sus ojos enrojecidos y cargados de deseo lo hacían lucir tan provocativo, cubierto del aroma y el semen de He Shuqing, rendido y lascivo: —¡Ah, ah, ah, ah…!

El regente, una serpiente venenosa y despiadada, se convertía en un gatito salvaje y erizado bajo el cuerpo de He Shuqing. Ying Linfei estaba furioso, lleno de rabia e impotencia, atrapado entre el dolor y el placer. Lo llevaron hasta el límite, haciéndolo llorar de forma desbordada, con los ojos llenos de lágrimas…

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