Encuentro – Antecedentes de la historia.

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

Encuentro (antecedentes de la historia).

Cheng Jin creía que el punto de inflexión más importante de su vida había ocurrido a los catorce años. A principios de aquel año, el avión en el que viajaban sus padres sufrió un accidente y ninguno sobrevivió. Al recibir la noticia, su abuelo sufrió un ataque al corazón; pese a los intentos de reanimación, falleció. En un abrir y cerrar de ojos, su familia quedó destruida, y solo quedaron su abuela y él, apoyándose el uno en el otro.

Ese año, su abuela tenía más de sesenta años, y su salud nunca había sido especialmente buena. Sin embargo, cuando llegaron aquellas terribles noticias, la anciana reunió todas sus fuerzas y se ocupó de cada asunto con un orden impecable. Sabía que no podía permitirse caer: si ella se derrumbaba, ¿qué sería de su nieto, tan todavía joven?

Para Cheng Jin, el mundo se había venido abajo. Pasó varios días aturdido, como si caminara entre la niebla. Más tarde, al pensar que su abuela, a pesar de su edad, debía encargarse de los funerales de sus padres y de su abuelo, y cuidar de él día tras día, comprendió de pronto que tenía que crecer. Desde entonces, supo que debía proteger y cuidar de su anciana abuela .

Las personas pueden colgarse una sonrisa en el rostro y fingir que han olvidado el dolor, pero las heridas permanecen en el corazón, nítidas, una a una, y en el silencio de la noche sangran con mayor crudeza. Cheng Jin no podía dormir. Cuando su abuela se acostaba, él salía de casa a escondidas y vagaba sin rumbo por la ciudad de Qianming. 

Cerca del amanecer regresaba, exhausto; dormía un par de horas y luego se levantaba para comprar el desayuno para ambos. Comían juntos y después se marchaba a la escuela.

Esta rutina cambió hacia finales de año. Durante varios días, Cheng Jin tuvo la sensación de que alguien lo seguía. Al girarse, solo veía de vez en cuando algún coche pasando; no había peatones. No le dio demasiada importancia y siguió saliendo a pasear cada noche, regresando a casa a la misma hora de siempre.

Después de casi una semana con esa inquietante sensación, una noche, al atravesar un callejón, sintió de repente un violento presentimiento. Apenas tuvo tiempo de darse la vuelta cuando alguien se abalanzó sobre él y lo tiró al suelo. Cheng Jin forcejeó con su atacante. Sus ojos estaban ya acostumbrados a la oscuridad y, aunque el otro llevaba la capucha de la sudadera calada sobre la cabeza, pudo ver con claridad que se trataba de un chico más o menos de su misma edad. Cheng Jin suspiró aliviado y dijo:

—Eh, ¿qué estás haciendo?

El muchacho se quedó paralizado, como si no esperara que, en lugar de insultos, recibiera un tono tan calmado. Sin darse cuenta, aflojó un poco la presión de sus manos.

Años después, al recordarlo, Cheng Jin pensó que había sido realmente temerario, la audacia propia de quien no conoce el peligro. Al notar que el chico parecía dispuesto a soltarlo, Cheng Jin fue el primero en hacerlo. Lo empujó suavemente y añadió:

—Levantémonos primero. Es bastante sucio aquí en el suelo, para estar tirados.

Ambos se levantaron. Cheng Jin se sacudió el polvo de la ropa cuando, de repente, sintió un pinchazo en el cuello, seguido de un dolor agudo. Frunció el ceño, irritado.

—¿Pero a ti qué te pasa exactamente?

El muchacho no respondió; solo dio un par de pasos hacia atrás.

Muy pronto, Cheng Jin empezó a notar que la cabeza le daba vueltas. Se llevó la mano al cuello.

¿Anestésico?

Solo entonces fue consciente del peligro. Miró a su alrededor: el callejón era largo y desierto, y los edificios en ruinas de los lados parecían abandonados desde hacía tiempo. En cuestión de segundos, sus brazos y piernas comenzaron a dejar de responderle. Supo que no podía huir; gritar probablemente tampoco serviría de nada. Al final, pensó con amargura, era culpa suya por haberse metido en un lugar tan perfecto para cometer un delito.

Tambaleándose, se apoyó contra la pared. Dudó unos instantes sobre si intentar gritar, pero acabó mirando al chico. Vestía un chándal y zapatillas deportivas; por los logotipos, todas marcas caras. Sin embargo, igual que él, vagaba solo de noche… o peor aún: había salido a cometer un crimen. El muchacho lo observaba en silencio, como si esperara a que perdiera el conocimiento.

Cheng Jin se dejó caer al suelo, apoyado en la pared, y preguntó:

—¿Cuánto tardaré en perder el sentido? ¿Diez minutos?

El chico no respondió, pero se acercó dos pasos.

—Ven, hablemos un rato —añadió Cheng Jin—. Tampoco tiene gracia que te quedes ahí de pie. ¿Qué es lo que quieres hacer? No parece que sea un robo… ¿vas a matar a alguien?

Desde la muerte de sus padres, Cheng Jin se había preguntado muchas veces por qué no había sido otra persona la que muriera, pero nunca había pensado en hacer daño a nadie.

El muchacho se agachó a su lado.

—¿No me tienes miedo?. Los demás sí me tienen miedo.

—¿Quiénes? —preguntó Cheng Jin.

Tenía ganas de ver con claridad cómo era su rostro, así que alargó la mano y le levantó la capucha. El chico no se lo impidió. Bajo la luz tenue de la luna, lo miró sin expresión alguna. Tenía el cabello algo largo y ligeramente ondulado, ojos grandes, piel clara y una barbilla afilada; parecía una muñeca hermosa.

Cheng Jin sonrió.

—Eres muy guapo. Pero si miras así fijamente a la gente, claro que se asustan. Si no quieres que te tengan miedo, tendrás que comportarte como una persona normal.

En su fuero interno añadió: al menos, no ir por ahí anestesiando a desconocidos en mitad de la noche.

En realidad, todo lo que decía provenía de su propia experiencia. Tras la muerte de sus padres y su abuelo, durante un tiempo él también había vivido con el rostro inexpresivo y la mirada vacía. Con el paso de los días se dio cuenta de que muchos de sus antiguos amigos se volvían educados pero distantes, y que los profesores insistían en hacerle recibir orientación psicológica. El mundo funcionaba así: sobrevivía el que sabía adaptarse. Poco a poco, Cheng Jin aprendió a fingir sin dejar grietas, a mostrar distintas expresiones, a aparentar que apreciaba la preocupación de amigos y maestros, a hacer creer que el dolor se desvanecía con el paso del tiempo.

—¿Ser normal? ¿Fingir? —repitió el chico—. No lo sé… no sé cómo hacerlo. No sé cómo sonreír ni cómo llorar.

Cheng Jin frunció levemente el ceño. 

¿Un trastorno congénito de carencia afectiva? 

A lo largo de aquel año, él mismo había investigado un poco sobre el tema, al darse cuenta de que no sentía ningún deseo de reír ante las cosas que a los demás les parecían graciosas. Estaba emocionalmente entumecido; le resultaba difícil sentir auténtica alegría.

Sonrió con suavidad y dijo:

—No pasa nada. Puedes fijarte en las expresiones de los demás y practicarlas. Con el tiempo, se vuelve un reflejo condicionado.

En realidad, también se decía a sí mismo: no pasa nada, pronto te acostumbrarás a sonreír.

El chico imitó su gesto y curvó los labios. Cheng Jin rio un poco.

—Cuando sonríes, también tienes que entornar un poco los ojos.

Observó cómo el muchacho ajustaba la expresión.

—No está mal. Parece una sonrisa de verdad. Puedes practicar delante del espejo.

—Sabes muchas cosas —dijo el chico—. ¿Sabes por qué algunas personas quieren matar?

También él se sentó en el suelo.

Cheng Jin confirmó en silencio que aquel chico era realmente peligroso.

—No lo sé. ¿No has buscado información? ¿Has matado a alguien?

—He buscado. Psicopatía. Por ahora, no.

Cheng Jin se quedó helado.

—¿Tus padres lo saben?

—No lo sé. Solo se lo dije a mi tía.

—¿Y qué te dijo ella?

El chico mantuvo la sonrisa.

—Desde entonces he estado internado en un hospital.

Los ojos de Cheng Jin se humedecieron. En su momento, él también había estado a punto de ser enviado a un hospital psiquiátrico para tratar su trauma; fue su abuela quien se negó rotundamente. Había pasado mucho miedo. Y ahora se daba cuenta de lo afortunado que había sido por aprender pronto a parecer una persona normal.

—Entonces… ¿cómo escapaste? —preguntó.

—Me escapé a escondidas.

—A partir de ahora tienes que portarte bien, comportarte como una persona normal —dijo Cheng Jin—. Entonces te dejarán salir del hospital. Cuando llegue ese día, podrás ir a donde quieras… pero no mates a nadie. Si lo haces, volverán a encerrarte.

—Con que no me atrapen, ¿no basta?

—Te atraparán. Llevas ropa y zapatillas de marca; seguramente estabas en un centro de rehabilitación de alto nivel. Allí siempre hay alguien vigilándote. Si te has escapado, lo sabrán enseguida.

Mientras hablaba, Cheng Jin pensó de pronto que quizá su abuela también sabía que él salía todas las noches, pero nunca había dicho nada.

El chico guardó silencio unos instantes y luego se sentó a su lado.

—Que me encierren tampoco es tan grave. No hay ningún sitio al que tenga muchas ganas de ir.

En ese momento, los brazos y las piernas de Cheng Jin ya estaban completamente entumecidos, aunque su mente seguía relativamente despejada. Él mismo tampoco sabía qué quería hacer en el futuro, así que solo pudo decir:

—Mientras sigas vivo, tarde o temprano aparecerá algo que quieras hacer.

—¿Ahora mismo estás intentando consolarme?

Cheng Jin sonrió. Sentía que los músculos de su rostro también empezaban a agarrotarse, y hablar le costaba cada vez más.

—Sí… en realidad me estoy consolando a mí mismo… Hace frío… tengo mucho sueño…

El chico le tocó la cara; estaba fría. Al cabo de un rato comprobó que aún conservaba algo de calor corporal. Pensó un momento, se quitó la chaqueta y se la puso encima. Permaneció de pie junto a él durante unos instantes y luego se dio la vuelta y se marchó. En la profunda noche invernal, el muchacho, vestido solo con una camisa, avanzó en soledad bajo la pálida luz de la luna.

Aquella noche, Cheng Jin durmió en el callejón hasta el amanecer. Al despertar, descubrió que aún estaba cubierto con la chaqueta del chico. De vez en cuando, algún transeúnte que pasaba le echaba una mirada, pero nadie se acercó a preguntarle por qué había dormido allí. Al regresar a casa, estuvo enfermo varios días: aquella noche se había quedado helado y tuvo fiebre. Por suerte, no fue grave y se recuperó pronto.

Desde entonces, Cheng Jin no volvió a salir a vagar de noche. La mirada de su abuela dejó de estar cargada de preocupación. Visitó distintos sanatorios y hospitales en busca de aquel muchacho, pero nunca volvió a encontrarlo.

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x