El hombre de mediana edad que los guiaba caminando por las vías se presentó como Kim Cheolho. Además, dijo ser uno de los empleados de esa estación de metro. Aunque no hubiera dicho su profesión, por su uniforme de empleado del metro manchado de sangre, todos se habrían dado cuenta enseguida.
—Tuve suerte. Justo estaba revisando la puerta de emergencia de las mamparas.
Cuando la gente reunida en el metro empezó a transformarse poco a poco en zombis, Cheolho se encontraba precisamente abriendo la puerta de emergencia de las mamparas y comenzando la inspección. No pasó mucho tiempo antes de que la plataforma se convirtiera en un mar de sangre lleno de alaridos y gritos. Para cuando Cheolho logró salvar a algunas personas cercanas y cerrar la puerta por los pelos, la mayoría ya había sido despedazada por los zombis.
Al recordar ese momento, el rostro de Cheolho se ensombreció.
—No sé por qué ocurrió algo así. Esto…, algo como una película de serie B… ¿Por qué demonios…? —La emoción lo sobrepasó y hasta la voz le tembló.
Jiwoo y Soyeon, contagiados por las emociones de Cheolho, dejaron caer lágrimas en silencio. Jiwoo parecía a punto de romper a llorar a gritos con el simple toque de alguien. Aunque Chaeyi no lloró como ellos, también parecía abrumada; con la mano temblorosa, en lugar de agarrar la manga de Junseong, le tomó con fuerza la mano.
Los únicos que no se dejaron llevar por las emociones de Cheolho fueron Junseong y Hanseo.
Junseong, además de que ya conocía su historia, tenía demasiadas cosas en las que pensar como para dejarse llevar por cada emoción.
«Por hoy, primero iremos así hasta el refugio, y mañana, a las 7:20 de la mañana… no, más bien hacia las 7:22, saldremos y seguiremos las vías…».
Escuchando con un oído y dejando pasar por el otro la historia de Cheolho, que ya había oído decenas de veces en sueños, organizó mentalmente el itinerario del día siguiente. Para llegar al hospital dentro de la jornada siguiente, incluso moviéndose desde muy temprano, el tiempo sería justo. Y además no iba solo, sino que debía llevar a Chaeyi, Jiwoo y Soyeon, y protegerlos a los tres, así que sería un día extremadamente duro.
Entonces alzó la vista hacia Hanseo, que caminaba en silencio a su lado.
«Ahora que lo pienso, este tipo también está aquí».
Junseong se mordió el labio al ver a Hanseo, que, a diferencia de los demás, no mostraba ni rastro de cansancio y tenía una resistencia física excelente.
La mayor variable del grupo, y un tipo extraño.
Con solo eso ya sería suficiente para darle dolor de cabeza, pero pensar que quizá era alguien mucho más peligroso e importante de lo que parecía le hizo sentir que todo le daba vueltas.
—Do Hanseo.
Al llamarlo, en el rostro inexpresivo de Hanseo apareció una pequeña sonrisa, y sus característicos ojos fríos se dirigieron a Junseong.
—Tú…
—Aquí estamos.
Antes de que Junseong pudiera terminar la frase, Cheolho se detuvo. En una de las paredes del túnel por donde se extendían las vías había una puerta de hierro, y sobre ella colgaba un cartel rojo que decía “Refugio”.
Se oyó el sonido algo áspero de unas bisagras oxidadas encajando.
—Entren. —Cheolho hizo un gesto con la mano y entró primero por la puerta.
A diferencia del túnel oscuro, al otro lado se veía una luz bastante brillante.
El interior del refugio no era más que un amplio espacio vacío. En un área rectangular bastante grande y alargada, sin instalaciones ni habitaciones destacables, había varias tiendas de campaña de emergencia desplegadas. A un lado había un armario de vidrio con máscaras antigás y arena para incendios, y junto a él se alineaban otros artículos de emergencia.
Al oírse el sonido de la puerta de hierro abriéndose, se vieron algunas personas que abrían las cremalleras de las tiendas y miraban hacia el grupo. Probablemente eran quienes habían evacuado junto a Cheolho al otro lado de las mamparas.
—Enseguida les prepararé una tienda. Esperen un momento.
Aunque la estación de metro se había convertido en un paraíso de zombis, Cheolho, quizá por considerarlo su deber como empleado, se ofrecía a cuidar de la gente y a prepararles un espacio donde pudieran descansar con comodidad.
«Da tranquilidad que haya alguien así».
Incluso en el sueño, Junseong apreciaba mucho a Cheolho.
Con su aire de tío bonachón y su gusto por cuidar de los demás, cuando Junseong le confesó lo de los sueños repetidos, no se lo tomó como una broma y lo escuchó con seriedad. No solo eso, sino que incluso lo consoló diciendo que debía haber sido muy duro. En aquel entonces, el consuelo de Cheolho fue de gran ayuda para Junseong.
—¡Oiga, oiga! ¡Señor empleado! ¡¿Hizo bien el chequeo físico o qué?! —Un hombre irritable de unos cincuenta años salió de una tienda resoplando y recorrió al grupo con la mirada.
Por los elegantes pantalones de traje gris, el cinturón con un logotipo de una marca de lujo muy conocida y los gemelos en los puños de la camisa blanca, parecía como mínimo un jefe de departamento de una empresa importante.
El hombre señaló al grupo con el dedo, mezclando insultos en sus palabras.
—¡Con tanta sangre encima, ¿cree que están bien?! ¡¿No son todos estos unos infectados?!
—Ay, señor, ¿por qué se pone así? ¿No vio cómo se transformaban los que habían sido mordidos? —Cheolho intentó calmarlo mientras observaba de reojo al grupo.
Pero el hombre seguía alzando la voz.
—¡Claro que lo vi! ¡Lo vi todo! ¡Cómo les sangraban los ojos cuando se infectaban! ¡Pero también habrá un período de incubación o algo así! ¡¿Y si los mordieron, pero aún no muestran síntomas?!
—Todos dijeron que no los mordieron.
—¡¿Y cree que el que fue mordido va a decir “sí, me mordieron”?!
El refugio resonaba con sus gritos, y ahora todas las personas que estaban en las tiendas miraban hacia el grupo. A medida que el hombre continuaba hablando, sus miradas se iban llenando de inquietud.
De seguir así, acabarían expulsados de ese espacio donde por fin podían descansar.
En lugar del grupo, que se sentía inquieto por razones distintas a las de los ocupantes de las tiendas, Junseong dio un paso al frente.
—Entonces revíselos uno por uno, y si nadie está mordido, ¿nos dejará quedarnos aquí?
—Bueno, eso… —Cuando el hombre mostró a regañadientes una señal de asentimiento, Junseong le pidió a Cheolho que revisara al grupo.
—No hacía falta, pero ese señor se arma un escándalo por nada.
—No pasa nada. Es mejor comprobar de antemano cualquier factor de riesgo.
—Agradezco que lo diga así…, de verdad, lo siento mucho. —Cheolho suspiró profundamente, disculpándose de corazón.
Decidieron que Cheolho revisaría a los hombres y que una ama de casa de unos treinta años, que estaba en una de las tiendas, revisaría a las mujeres. Al igual que en la sala de asistentes, entraron de uno en uno al cuarto de suministros y, ya dentro, se desvistieron por completo para una revisión minuciosa.
El resultado fue que, como era de esperar, no había ninguna persona mordida.
El hombre de unos cincuenta años, que parecía haber deseado que hubiera algún infectado, puso una cara de fastidio al comprobar que todos estaban bien y se dirigió hacia la puerta del refugio con una cajetilla de cigarrillos en la mano.
Al verlo, Cheolho corrió de inmediato y le sujetó el brazo.
—¡Oiga, señor! ¿A dónde va otra vez? ¡Es peligroso!
—¡¿Ni siquiera puedo fumar cuando quiero?! ¡Ya me estuvo fastidiando con que no se podía fumar aquí!
—¡Es que aquí hay incluso mujeres embarazadas…!
—¡Ah, cállese! ¡Por eso mismo voy a salir a fumar! —El hombre empujó bruscamente a Cheolho, se metió un cigarrillo en la boca y cerró la puerta de golpe.
Desde algunas tiendas se oyeron murmullos como “otra vez con sus tonterías” o “ya basta”, en voz baja. Parecía que la gente del refugio no tenía mucha simpatía por ese hombre colérico de cincuenta años.
Jiwoo, que miraba fijamente la puerta por la que el hombre había salido, se golpeó el pecho con frustración.
—Pero bueno, ¿qué clase de persona es esa?
Cheolho, tras soltar un largo suspiro, se giró hacia el grupo con una sonrisa incómoda.
—Traten de comprenderlo. Logramos evacuar por poco, pero todos están muy impactados y preocupados por lo que viene, así que están sensibles. Además, no tenemos comida, así que la ayuda debería llegar pronto…
—¿Eh? ¿No hay raciones de emergencia ni nada? —Ante la pregunta de Jiwoo, Cheolho se rascó la mejilla.
—Pensamos que habría, pero como es un refugio que no se mantenía bien, no había comida. Al menos hay agua, así que de algún modo podremos aguantar unos días.
En una situación de desastre, asegurar alimentos era esencial entre lo esencial. Aunque el agua no fuera un problema, sin comida para calmar el hambre, la gente se volvería cada día más irritable.
Junseong, que ya conocía de antemano la situación de este refugio, dejó su mochila en el suelo y la abrió. Al ver las barritas calóricas y chocolatinas que llenaban la mochila, tanto Cheolho como el resto se sorprendieron.
—De camino saqueé un poco una tienda de conveniencia. Con esto podremos aguantar unos días.
Junseong había llenado la mochila de provisiones no solo para que él y su grupo resistieran, sino también porque conocía la situación de este refugio y por eso había preparado aún más.
Sabía que en el refugio solo había agua, y que las personas que quedaban allí tendrían que luchar contra el hambre durante días. Como no se sabía cuándo llegaría el rescate, Junseong quería proporcionarles comida para que pudieran resistir aunque fuera un poco más.
«Sabiendo toda la situación, y además no siendo un sueño, sino la “realidad”, ¿cómo iba a hacerme el que no sabe?».
Sí, si hubiera sido solo un sueño, podría haberlo ignorado. Ayudarlos no servía en absoluto para llegar a la resolución de esta crisis zombi.
Pero al ser la realidad, no podía mirar hacia otro lado.