Episodio 033

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La respiración de Junseong se le cortó de golpe, como si se hubiera atascado.

Como si las palabras de Hanseo hubieran sido un detonante, de pronto dejó de poder respirar con normalidad. Sabía inhalar, pero parecía no haber aprendido aún a exhalar; jadeaba sin control.

“Matar a una persona es sencillo. Basta con hurgar en el punto más blandito. Entonces sale un sonido muy bonito”.

“Junseong… Kang Junseong… mierda, tienes una pinta que dan unas ganas tremendas de matarte”.

“¿No sientes dolor? Eso no puede ser… Quiero oírte gritar”.

Esa voz familiar golpeaba una y otra vez dentro de su cabeza. No quería escuchar ni una sola sílaba de esa persona, por eso cada vez que empezaba un nuevo sueño, siempre había huido de él desesperadamente.

Y, aun así, volvió a recordarlo.

Las cosas que había dicho, las cosas que había hecho, lo que quería de él… y lo que él mismo le había hecho.

—Ah, hak… hueok…

La hiperventilación provocada por el trauma reprimido le cerró la garganta a Junseong.

Hanseo le acarició con calma la espalda al ver los síntomas repentinos.

—Respira bien, Junseong.

Mientras lo tranquilizaba con suavidad, lo empujó para que se sentara en la cama. Junseong convulsionaba aferrándose con fuerza a los brazos de Hanseo, como si no quisiera soltarlos.

Hanseo lo observó fijamente mientras luchaba por respirar.

«¿Si lo dejo así, se morirá?». Fue el primer pensamiento que le vino.

En los ojos de Junseong se acumulaban lágrimas fisiológicas causadas por la hiperventilación. El enfoque de sus pupilas estaba tan borroso que parecía que no veía bien, y su rostro, ya de por sí pálido, había perdido todo rastro de sangre, pareciendo de porcelana blanca.

—Hak…, huh, eut…, heup…

Hanseo levantó el rostro de Junseong para que lo mirara. Sus ojos húmedos y nublados apenas lograban enfocarlo.

La comisura de los labios de Hanseo se torció, reflejando su emoción.

—¿Así de frágil… cómo piensas sobrevivir?

La boca de Junseong, respirando con dificultad, se movía como si intentara decir algo.

Ayú… da… me…

Hanseo no pudo ignorar el impulso perverso que seguía asomando.

—Pídeme que te salve.

Los párpados de Junseong temblaron levemente.

—Pídeme que te salve, Junseong. Entonces te salvaré.

Era una sensación extraña.

No quería oírlo, pero quería oírlo.

Las súplicas de tipos rogando por sus vidas siempre le provocaban náuseas desde lo más profundo de las entrañas, algo que no podía soportar… y aun así quería escuchar esas mismas palabras saliendo de Kang Junseong.

—Huk, hak…

Los labios de Junseong volvieron a moverse.

Hijo… de… puta…

En cuanto lo vio, Hanseo soltó una carcajada sin darse cuenta, como si una parte de sus emociones reprimidas hubiera salido de golpe.

Acto seguido, empujó a Junseong hasta tumbarlo y se montó encima de él. Luego le cubrió los ojos y le presionó ligeramente la nariz.

Y en un instante devoró sus labios.

—Heup, ¡uh—!

El cuerpo de Junseong se estremeció por la acción repentina. Incapaz de respirar por la nariz debido a la mano de Hanseo, se vio obligado a hacerlo a través de sus labios entrelazados. En ese proceso inhaló una y otra vez el aliento de Hanseo, como si le atravesara el cuerpo. La respiración de ambos iba y venía a través de los labios sellados, sin dejar espacio alguno.

Por suerte, la hiperventilación que a simple vista resultaba peligrosa empezó a remitir poco a poco. Las convulsiones de sus manos temblorosas también se suavizaron.

Cuando la respiración comenzó a estabilizarse, quizá porque la tensión corporal se había disipado por completo, los párpados húmedos y entreabiertos de Junseong se cerraron suavemente. El ritmo de su respiración ya había entrado claramente en una zona estable.

Hanseo se separó de sus labios y retiró la mano. Vio el rostro de Junseong, con los ojos cerrados, respirando todavía con un leve jadeo.

Los nudillos marcados de Hanseo limpiaron las lágrimas esparcidas junto a los ojos de Junseong. Luego, lamió esa humedad con la punta de la lengua.

—Junseong.

Al oír su nombre, Junseong agitó débilmente los párpados. Dentro de sus pupilas borrosas que se elevaban lentamente, los labios rojos de Hanseo brillaban.

—Voy a ir a matarlos a todos… —En el rostro de Hanseo, antes pálido hasta parecer enfermo, apareció un bonito rubor rojizo—. Así que tienes que responder a lo que te pregunté antes.

Sus dedos largos y blancos acariciaron los labios blandos de Junseong antes de apartarse con pesar.

Cuando estaba a punto de darse la vuelta, la mano de Junseong atrapó de repente la muñeca de Hanseo.

—No… los… mates…

Los hombros de Hanseo cayeron como si soltara un suspiro. Su expresión se volvió fría al instante, y el aire excitado se estrelló contra el suelo.

Aquellos que presumen de pureza, diciendo que, pase lo que pase y aunque los maten, nunca mancharán sus manos con la muerte de otros.

Bien, eso se puede entender. Al fin y al cabo, es porque son cobardes.

Pero decirle a alguien que no mate a otro cuando su vida está en peligro no es más que decirle que se deje morir. Es una maldición escupida por un hipócrita que finge nobleza.

Kang Junseong no será uno de esos hipócritas… ¿verdad?

«Si lo fuera, me decepcionaría bastante».

Ya fuera el falso Park Hyunjae o los tipos del quinto piso, era casi seguro que habían matado gente. Por cómo los seleccionaban según edad y estado de salud, quizá estaban extrayendo órganos.

¿Y aun así no había que matarlos? ¿Cuándo uno mismo podía morir?

Hanseo sintió cómo la excitación que lo había invadido hasta entonces se enfriaba por completo.

—Pero…

Como si lo sujetara, la voz de Junseong, todavía mezclada con jadeos, se oyó detrás de él.

—Si hay alguien que quiera matarte… yo lo mataré por ti…

Ante esas palabras inesperadas, Hanseo giró la cabeza bruscamente para mirarlo. Junseong ya se estaba incorporando tambaleante. Incluso mientras se sentaba, no soltaba la muñeca de Hanseo, temiendo que se marchara solo.

Sentado, recuperando el aliento, Junseong apretó los dientes.

—Así que si parece que voy a morir…

Cuando alzó la cabeza, sus ojos estaban completamente claros, llenos de una determinación inexplicable.

—Tú matarás a ese bastardo en mi lugar.

Al escuchar eso, los hombros de Hanseo temblaron ligeramente. El rostro que creía frío y blanco se encendió en un instante, y, como le había pasado a Junseong, sus dedos se estremecieron con espasmos.

Hanseo se cubrió el rostro con una mano y le dio la espalda. Para contener esa emoción desconocida, al menos necesitaba apartar la mirada.

«Me voy a volver loco…».

Sintió que la vista se le nublaba por un momento. La anemia que a veces lo asaltaba y lo mareaba parecía aumentar más en un momento como ese.

«¿Qué hago?»

En su mente, las palabras de Junseong se repetían como una tormenta.

Al final de todo, estaba Kang Junseong cubierto hasta empaparse con la sangre de personas vivas, por él.

«Kang Junseong…»

La imagen de Junseong empapado en sangre le provocaba una excitación incluso mayor que imaginarse matándolo y destripándolo con sus propias manos.

Repitió su nombre incontables veces en su interior.

«Kang Junseong, Kang Junseong, Kang Junseong, Kang Junseong, Kang Junseong, Kang Junseong, Kang Junseong».

La excitación que le llegaba hasta la cabeza parecía derretirle todo el cuerpo de forma pegajosa. Con el menor descuido, sentía que la sangre se le acumularía en la parte baja.

«Creo que podría correrme sin siquiera tocarme».

El calor que sentía en el rostro a través de la palma de su mano lo tenía completamente confundido.

Sin saber si era consciente o no del estado de Hanseo, Junseong bajó de la cama por detrás, tomando el machete.

—Antes preguntaste, ¿no? En ese sueño… sí había matado a alguien. —La respuesta de Junseong se estrelló como un golpe final en los oídos de Hanseo, que trataba de calmarse—. Sí, maté. Y nada más empezar la ronda, fui corriendo a matar, matar, volver a matar y matar otra vez…

La oscuridad cayó sobre el rostro de Junseong.

—Seguí matando hasta que pude volver a sonreír.

*** ** ***

Sabía que la mesa de operaciones helada daba miedo.

Daba miedo la camilla del dentista en la que se había acostado por una caries; daba miedo la del urólogo cuando le hicieron la circuncisión; y daba miedo la del traumatólogo cuando, tras romperse gravemente la pierna jugando al fútbol, tuvieron que operarlo para ponerle clavos.

Pero si tuviera que elegir la más aterradora de todas, sin duda sería esta en la que yacía ahora.

—¡Mmm! ¡Mmm!

Por culpa del duro mordedor en su boca, por más que gritara, solo salían gemidos apagados. La saliva le chorreaba entre los labios abiertos, pero aun así era menos que las lágrimas que corrían por sus ojos.

Taeju gritaba sin parar mirando a los tres hombres vestidos de negro que lo rodeaban.

Que lo perdonaran.

Que por qué hacían esto.

—Oiga, cállese un poco. Aunque le hayamos puesto el mordedor, me está dejando los oídos hechos polvo. —Uno de los hombres frunció el ceño y se dio unos golpecitos en la oreja con la palma—. Si sigue así, en vez de anestesiarlo, le voy a reventar la cabeza como a un zombi.

—No hay tipos más considerados que nosotros cuando venimos a sacarlo todo, señor. Colabore un poco.

—Qué hijos de puta. Si igual se va a morir cuando le saquemos todo, ¿qué consideración ni qué nada?

Uno de los hombres que reía se acercó al rostro de Taeju, inmovilizado sobre la mesa de operaciones. Llevó un bisturí afilado hasta el borde de los ojos de Taeju, enrojecidos y empapados de lágrimas.

—¡Mmm!

Taeju se estremeció de terror y cerró los ojos con fuerza.

 

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