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El funeral colectivo se llevó a cabo más de dos meses después.

No se sabe si fue coincidencia, pero ese día cayó exactamente en el Festival del dieciséis de noviembre. Las campanadas fúnebres de Adorat repicaron durante todo el día. Era el primer año en que el Festival no recibía a ningún turista ni periodista; solo los cazadores, vestidos de negro, dejaban en silencio sus flores y se alineaban a un lado, con los sombreros en la mano. Las olas del mar golpeaban suavemente los acantilados de la isla, y las aves acuáticas seguían su vuelo tranquilo.

Todo parecía haber vuelto a la calma, hasta que girabas la cabeza para decirle algo a la persona a tu lado y te dabas cuenta con sorpresa de que había una cara diferente, comprendiendo entonces que los que bromeaban juntos en esa misma época el año pasado ya no estaban.

Antes de que sus heridas sanaran por completo, Gal ya había asumido el cargo del señor Good. Probablemente era el Gran Arzobispo más joven que el Templo había tenido en los últimos trescientos años… pero Aldo tenía razón; en comparación con Louis, que cada día se volvía más taciturno, Gal era, sin duda, más adecuado para ese puesto que requería lidiar con tantos políticos. La lástima era que, a corto plazo, no tendría tiempo para terminar su libro.

Gal, de pie tras el atril junto al antiguo altar de ofrendas, sostenía el discurso que alguien le había preparado. Lo leyó en silencio desde el principio hasta el final, luego lo hizo una bola y se lo metió en el bolsillo; al final, no dijo nada. Simplemente levantó la mirada hacia las lápidas esparcidas por toda la isla de Adorat, hizo una última reverencia, depositó su flor, y se dio la vuelta para bajar.

Carlos llegó un poco tarde. Se le veía mucho más delgado, pero afortunadamente parecía estar de buen ánimo. Llevaba su pesada espada colgando dentro de su gabardina negra, y tomó una flor de manos del anciano guardián del cementerio. El guardián, que había estado todo el tiempo con la cabeza gacha, levantó la vista, lo miró y dijo de repente con voz pausada: 

—Adorat lo ha esperado durante más de mil años; soy realmente afortunado.

—¿Usted me conoce?  —Carlos se quedó atónito.

El guardián no respondió. Solo se inclinó con gran dificultad para hacerle una reverencia, tosió dos veces y dijo: 

—Mi abuelo me dijo que, sin importar cuán lejos vagara usted, siempre regresaría cuando el desastre se avecinara. Parece que era cierto.

El guardián era ya tan viejo que no había mucha diferencia entre estar encorvado o erguido. Su rostro estaba tan lleno de arrugas que era imposible descifrar su expresión, pero, inexplicablemente, Carlos sintió que este viejo guardián parecía saber muchas cosas. Antes de que Carlos pudiera responder, el anciano arrastró lentamente sus pies, llevando su canasta para entregarle una flor al siguiente en llegar.

—Carl —Aldo se acercó apresuradamente, frunció el ceño y lo miró—, diablos, debí haber ido a recogerte… ¿Acaso no te he dicho que te abrigues más en este clima tan frío y húmedo? 

Mientras se quejaba, ignoró las protestas de Carlos, se quitó el abrigo y se lo envolvió.

—Ya parezco una pelota. —Se quejó Carlos en voz baja.

Gal se acercó y lo miró de arriba abajo: 

—¿Cómo te sientes? 

—No muy bien. —Carlos levantó el brazo con dificultad—. Vivir en el departamento de curación es como estar en la cárcel; huele a medicina por todas partes, ni siquiera… 

La segunda mitad de la frase se quedó atragantada en la garganta de Carlos cuando vio a Louis asentir hacia él no muy lejos… Huele a medicina y a desinfectante por todas partes, no se huele ni un poco de perfume… aunque a veces fuera un poco penetrante.

Gal suspiró y lo guio hacia adelante.

—Por aquí. 

Carlos y Aldo lo siguieron en silencio.

Carlos depositó la flor, mirando esa fila de lápidas… la del señor Good, la de Lukas, la de James, la de muchos, muchos otros que no conocía, y… la de Amy Berg. El verdadero nombre de Amy era “Ami”, y así constaba en su documento de identidad y certificado de nacimiento. Sin embargo, al final todos decidieron grabar “Amy” en su lápida. ¿Para qué causarle disgusto? Después de todo… por mucho que no le gustara, ya no saldría de su tumba a quejarse.

—Debería haberte cargado el ataúd. —Carlos levantó la manga de su abrigo, limpió un poco la lápida y pensó esto. Cuando Amy fue enterrado, él todavía estaba en coma y no pudo asistir. Al llegar a este mundo, la primera persona que vio fue a Amy… Ese tipo lo desnudó, le clavó agujas y tubos extraños en el cuerpo, lo acosaba verbalmente sin cesar, se aprovechaba de él cada que podía y tenía muy mala boca… Pero realmente era un excelente sanador.

Carlos retrocedió un paso, miró en silencio la espalda de Louis que estaba a su lado, y le pareció que la tenía un poco encorvada. Pero la gente, al final, regresa a la tierra para descansar en paz.

Los sanadores nunca han sido personal de combate en la primera línea. Incluso en la guerra, su tasa de mortalidad era la más baja entre todos. Carlos, mirando la tierra fresca de la tumba, sintió de repente el deseo de agarrar a ese tipo por el cuello y gritarle: ¿Cómo es que existe un sanador tan tonto como tú en el mundo?

Aldo depositó la flor y le dio unas palmaditas suaves en el hombro a Louis. La expresión de Louis era muy tranquila. Ya habían pasado dos meses; hasta las heridas más profundas se esconden lentamente bajo la piel. Por más histéricos o demacrados que se vuelvan los que se quedan, los muertos ya no podrán verlo.

—¿Cómo logró superar usted todo esto? —preguntó Louis de repente. 

Por supuesto, Aldo sabía a qué se refería. Lo pensó por un momento y sacudió la cabeza: 

—No lo sé… En aquel entonces, todo estaba devastado. El Templo, el estado de Sara e incluso el continente entero estaban sumidos en el caos tras la gran catástrofe. Reconstruir y calmar los corazones de la gente ocupó toda mi energía… Y cuando todo comenzó a volver a la normalidad, me sumergí en la investigación del hechizo prohibido del tiempo, hasta que descubrí que era imposible.

Miró a lo lejos a Carlos, que conversaba en voz baja con Gal, y sintió que se había vuelto mucho más frágil. Probablemente cada persona solo tenga la capacidad de soportar la pérdida más dolorosa una sola vez en la vida; nadie podría soportar el dolor de perder algo nuevamente después de haberlo recuperado. A veces, no tener esperanza es un poco más fácil de aceptar que ver cómo se hace añicos justo frente a tus ojos.

—Lo lamento mucho. 

Por tu pérdida… Lo entiendo todo, considerando que… nosotros ya caminamos por ese mismo sendero.

—Entonces, ¿qué debo hacer? —Louis levantó un poco la cabeza. Se había ofrecido como voluntario para reemplazar a Aldo en la custodia de la Barrera; sabía cómo inducirse a sí mismo a un sueño profundo junto con ella. Varias veces, al no poder dormir por las noches, había ido solo al palacio subterráneo con las formaciones mágicas para iniciar el sueño listas. Pero cada vez, se quedaba sentado a solas toda la noche y luego se marchaba… Seguía siendo el Sacerdote y todavía tenía trabajo que terminar.

—Pregúntatelo a ti mismo. —Aldo miró hacia el mar con la vista fija y dijo suavemente—: Puede que nunca lo olvides, y a veces harás estupideces, pero en el fondo, siempre has sabido la respuesta.

—No soy tan grande como usted, Excelencia. —Louis pronunció estas palabras casi a regañadientes. 

—Ninguno de nosotros es grande —dijo Aldo—, solo hay muchas cosas que debemos hacer. 

Por último, le echó un vistazo a Louis: 

—Vive bien, muchacho.

Luego, se dio la vuelta y caminó hacia Carlos.

Después de que los dos se fueron, Evan se acercó arrastrando los pies hacia Gal y tartamudeó:

—In-instructor. 

Gal se volvió para mirarlo. Al notar que llevaba un documento en las manos, le dijo amablemente: 

—Ya has superado tu periodo de prácticas, a partir de ahora puedes llamarme Gal… ¿Qué pasa?

—Yo… yo, yo, yo, yo, yo… —Evan pasó un buen rato repitiendo “yo” sin lograr soltar ni una palabra. Esto hizo que Gal sintiera la extraña sensación de que se había convertido de repente en un instructor infernal capaz de provocar pesadillas, como Louis.

—Quiero… solicitar un traslado externo. —Finalmente, Evan logró decir la frase completa. Gal lo miró confundido, sin entender por qué eso era tan difícil de decir. Su instinto le decía que Evan parecía querer decir algo más, pero decidió no indagar y tomó su formulario de solicitud.

“Traslado externo” significaba ir a trabajar a una de las oficinas subordinadas del Templo, recibir órdenes de la división de despacho y encargarse de la seguridad de toda una región. Los lugares donde se establecían estas oficinas subordinadas solían tener barreras relativamente débiles debido a razones geográficas, lo que facilitaba que Difu dispersos se infiltraran. Por lo general, las condiciones climáticas y el entorno de vida allí eran hostiles… Por supuesto, aunque era muy duro, era un camino que forjaba mucho el carácter; muchos Insignias de Oro habían ascendido desde las oficinas subordinadas.

—¿Tu objetivo es convertirte en un Insignia de Oro? —Gal revisó su solicitud y preguntó casualmente.  

—¡Sí! —Evan lo admitió rápidamente.

Gal no esperaba que su pequeño aprendiz hubiera desarrollado tal ambición sin que él se diera cuenta… Pero, por supuesto, ese era un buen cambio, y se alegraba mucho por él. La mirada de Gal se detuvo en las palabras “Pueblo de Xiangmang”, y preguntó con cierta preocupación: 

—¿El pueblo de Xiangmang, estás seguro? Acabamos de decidir establecer una oficina al pie de la Montaña de la Sombra Absoluta; allí todo tendrá que empezar desde cero. ¿Estás seguro de que no quieres considerar otro destino para tu traslado externo? ¿O tal vez algo relativamente más fácil…?

Evan sacudió la cabeza con firmeza.

—Está bien, entonces. —Gal suspiró, decidió respetar su elección y firmó—. Buena suerte, si necesitas algún tipo de apoyo, puedes llamarme directamente. 

Le dio unas palmaditas en el brazo a Evan.

—Todos creemos que algún día te convertirás en un hombre asombroso.

Incluso sabiendo que de cada diez instructores, exceptuando a los más estrictos como el instructor Megert, nueve alentarían a sus aprendices de la misma manera, Evan aún así se sonrojó de emoción. Balbuceó otro poco, como intentando expresar algo más, pero después de tartamudear por un buen rato sin lograr decir ni pío, soportó la mirada confusa de Gal y huyó despavorido con su formulario de solicitud.

En ese momento, Aldo, que ya estaba sentado en el auto, le preguntó a Carlos en voz baja: 

—Si no quieres volver tan temprano al departamento de curación, podemos ir a dar una vuelta por ahí… Gal ya me ayudó a mudar tus cosas, Mike y Lily también te enviaron regalos… ¿Te gustaría ir a casa a echar un vistazo? 

Los ojos de Carlos se iluminaron: 

—Entonces, ¿ya me pueden dar el alta del hospital?

—No. —dijo Aldo con ternura, pero siendo muy tajante. 

—Entonces no iré. —Hizo un puchero Carlos.

—Iré al departamento de curación todas las noches para acompañarte. —dijo Aldo. 

—¡Me confiscas mis bocadillos, me obligas a dormir antes de que oscurezca, me limitas el tiempo en la computadora, me vigilas para que no salga, y además no dejas de manosearme, prendes el fuego y luego no lo apagas! —Carlos enumeró sus innumerables crímenes y explotó—: Creo que será mejor que me perdones, Leo. En serio, no hace falta que vayas todos los días.

Aldo lo abrazó sin decir nada, dejando que se desahogara. Esperó a que Carlos, quien casi se estaba volviendo loco por el encierro, finalmente terminara su interminable queja, para luego esconder el rostro en el hombro de Carlos, frotarse contra él y suspirar suavemente en su oído: 

—¿Sabes? Ese día en el departamento de curación, me quedé afuera de tu habitación. No me dejaron entrar, solo podía mirarte a través de una ventana… Y pensé: ‘Si vuelves a abandonarme, ya no esperaré más’.

—¿Qué querías hacer? —Carlos se sobresaltó. 

Aldo sonrió repentinamente, pero en sus ojos grises pareció destellar una especie de vacío sepulcral y Carlos se ablandó de inmediato.

—Está bien, ¿a dónde dijiste que íbamos?

Justo en ese momento, Evan se acercó corriendo, jadeando, y llamó a la ventana: 

—¡Carl, Carl! ¡Tengo que decirte algo! 

Carlos bajó la ventanilla: 

—¿Qué pasa?

—Sal, tengo que hablar contigo a solas. —La expresión de Evan era tan solemne que, si Carlos no lo conociera bien, habría pensado que quería retarlo a un duelo. Carlos se bajó del auto con Evan y se alejaron un poco. Aldo observó cómo Evan mantenía la cabeza gacha, hablando rápidamente una larga sarta de palabras, como si se estuviera confesando, mientras que el rostro de Carlos se volvía cada vez más perplejo al escucharlo.

Al final, la cabeza de Evan se hundió cada vez más, casi tocando el suelo, su cara enrojeció como salsa de tomate, y finalmente, después de contenerse un momento, dijo algo. La expresión de Carlos se volvió sumamente extraña de inmediato. Luego, sin decir ni una palabra más, se dio media vuelta y caminó a grandes zancadas hacia el auto. Evan lo siguió como si fuera su sombra.

—¡Sigue soñando, nunca lo aceptaré! —Aldo escuchó a Carlos decir con furia mientras se metía en el auto y cerraba la puerta de un fuerte portazo.

Evan se aferró a la ventanilla del auto con una expresión lastimera.

—Pensé que éramos amigos… 

—Si no lo fuéramos, ya te habría dado una paliza. —Carlos entrecerró los ojos, con una evidente intención asesina.

Evan continuó aferrado a la ventanilla con expresión lastimera. 

—Arranca. —Carlos se cruzó de brazos y dijo con frialdad.

El chofer se giró para mirarlo, mientras Evan gritaba a todo pulmón: 

—¡Oh, no, no! ¡Espera, Carl! ¡Hablo en serio, muy en serio! 

Carlos hizo oídos sordos. 

—¡Es mi primer amor! —Gritó Evan.

¿Qué? Las orejas de Aldo se agudizaron, y levantó la vista con un poco de hostilidad.

Carlos, perdiendo por completo la paciencia, le gritó a Evan: 

—Si te gusta él, ¿por qué demonios vienes a confesárteme a mí? ¿Acaso tienes algún problema en la cabeza? 

—Tú… tú… tú eres el mayor de la familia… —Evan balbuceó.

—Yo no hago matrimonios arreglados, gracias. —Carlos soltó una carcajada fría. En toda su vida, nunca había visto una forma de confesión tan extraña. Le dirigió una mirada crítica a Evan—: Además, ahora mismo te veo de forma muy, pero muy desagradable, señor Guolado. Alguien como tú, que ni siquiera se atreve a hablar con claridad, no es digno de él.

Evan tomó una respiración profunda y su cara se puso roja como una zanahoria inflada. Carlos le dijo al chofer con irritación: 

—Arranca de una vez. ¿Acaso quiere ver cómo le dan una paliza a alguien?

Evan se aferró a la ventanilla del auto y corrió un par de pasos detrás de él, gritando: 

—¡Pero me volveré más fuerte! 

¿De qué sirve volverte más fuerte si solo te atreves a gritarme a mí?, pensó Carlos disgustado. Luego, con decisión, sacó la mano por la ventanilla y le mostró a Evan un inquebrantable dedo medio.

Pobre señor Evan Guolado, el camino por delante es arduo; por favor, esfuércese mucho.

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