Extra 3

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El tren dio un giro brusco. En el portaequipajes, un vaso de acero inoxidable salió rodando de una bolsa mal cerrada y estaba a punto de caer justo sobre la cabeza de una adolescente sentada debajo. La chica, de trece o catorce años, llevaba auriculares y no notó en absoluto el grito de alarma de su compañera.

Una mano se extendió y, a una velocidad casi imperceptible para los demás, atrapó el vaso al vuelo. Ante la mirada atónita de todos, lo colocó en la mesita contigua y se encogió de hombros: 

—Es mejor cerrar bien las bolsas que ponen sobre sus cabezas; esta es una ruta antigua, ya saben.

Las chicas soltaron un grito ahogado al unísono. Era un hombre muy alto, con la piel bronceada por el sol y líneas musculares marcadas y atractivas. Llevaba unas gafas de sol grandes que le tapaban media cara, y tenía algo de barba incipiente. Llevaba a la espalda una enorme mochila de viaje y parecía un poco fatigado por el camino.

—Me bajo en la próxima estación —preguntó el hombre educadamente—, ¿puedo sentarme aquí un momento? 

—¡Por supuesto! 

—¿Viene de viaje al estado de Sara? —La chica de los auriculares apagó la música y le preguntó con los ojos muy abiertos. 

—Oh, no, regreso tras terminar un viaje. —El hombre estiró sus largas piernas. Sus manos estaban llenas de callos, y aunque su postura era relajada, mantenía la espalda muy recta. En el interior de su muñeca había una cicatriz que se extendía hasta el codo, de aspecto muy fiero. Al verla, las chicas se asustaron un poco. Sin embargo, cuando él se levantó las gafas de sol hacia la frente, reveló un rostro amable y amigable; el miedo se desvaneció al instante. Todo su ser emanaba un aura inofensiva y segura.

—Entonces, ¿a dónde fue? 

—Mmm, a un lugar muy lejano. —Respondió pacientemente—. Al pueblo de Xiangmang, ¿han oído hablar de él? 

—Oh, ¿al pie de la Montaña de la Sombra Absoluta? —Una chica con gafas desvió su atención de su libro—. ¿Es usted un explorador?

El hombre se echó a reír.

—No, jovencita. Trabajo para el gobierno, en un destacamento remoto por allí. Acabo de recibir una orden de traslado de regreso al estado de Sara.

—Trabajar en un lugar tan remoto debe ser muy duro, ¿verdad? —preguntó la chica—. ¿Es usted militar? 

—Oh, no exactamente —el hombre parpadeó—, pero es un trabajo de protección similar. Qué es exactamente, eso no puedo decírselos.

A los ojos de las chicas, las palabras “Agente Secreto” quedaron brillantemente escritas en el rostro del hombre.

—Entonces, ¿va a trabajar en el estado de Sara? ¿Qué lugar le parece mejor? —preguntó la chica de las gafas de manera académica. 

—Oh, es difícil decirlo. —El hombre se encogió de hombros—. El pueblo de Xiangmang es muy hermoso, pero las condiciones de trabajo también son severas. A veces tenemos que enfrentar situaciones muy peligrosas, pero te hace madurar. Lo más maravilloso es que tenemos mucha autonomía; no tenemos que pedir permiso ni sellos a los superiores por cualquier pequeñez. El estado de Sara… 

Hizo una pausa y en su rostro apareció una sonrisa sumamente encantadora: 

—Aquí está la persona que amo.

Un agente secreto y su amante; esto era demasiado romántico. Toda la atención de las niñas había sido captada por él. El tren emitió un largo silbido y se acercó lentamente a la estación.

—Ella es muy afortunada. —Comentó una chica con un suspiro. 

El hombre esbozó una sonrisa un poco avergonzada.

—No… creo que soy yo el muy afortunado. Me temo que él aún no lo sabe.

El pronombre “él” hizo que las chicas volvieran a estallar de emoción.

—Oh, tengo que irme. Adiós chicas, que tengan un buen viaje. —El hombre se llevó los dedos a la frente en un gesto simulado de quitarse el sombrero y se cargó su gran mochila. Sin embargo, probablemente llevaba demasiadas cosas, porque la cremallera del compartimento cedió un poco y unas cuantas hojas de papel cayeron al suelo.

Una chica las recogió y descubrió que estaban llenas de notas escritas en un idioma que no entendía, además de fórmulas y diagramas de alguna materia desconocida.

—Señor, sus cosas… 

—Muchas gracias. —El hombre las tomó y se dio la vuelta para salir.

Dejó atrás a un grupo de chicas parloteando e intentando adivinar de qué trabajaba realmente.

Bajó del tren y siguió a la multitud hacia la salida de la estación. En ese momento, no muy lejos, alguien le silbó. Un hombre de ojos verdes, que llevaba un sombrero de ala ancha, estaba apoyado en la puerta de un auto y lo saludó con la mano.

—¡Oye! ¡Evan!

Resultaba que este hombre que había cambiado tanto no era otro que el señor Evan Guolado, quien había estado reasignado fuera durante tres años.

Carlos se empujó el ala del sombrero y exclamó asombrado.

—¡Oh, cielos, mírate, casi no te reconozco! 

Evan sonrió tímidamente, igual que hace tres años. Pero el resultado fue que Carlos dijo: 

—¡Estás tan negro como una bola de estiércol! 

Evan se quedó en silencio.

Alguien dentro del auto se rio por lo bajo ante la ocurrencia de Carlos. 

—Excelencia Aldo. —Evan se quitó las gafas de sol y saludó a Aldo, que estaba en el asiento del conductor. Luego se encogió de hombros hacia Carlos con lástima—. Sabía que nunca aprenderías a conducir en tu vida.

—Es solo que no puedo memorizar las reglas de tránsito. —Se defendió Carlos—. Leo, ¿qué tal si me dejas conducir en el camino de regreso? 

—No, cariño —dijo Aldo en un tono amable pero firme—, si vuelves a frenar en medio de la avenida o a ir en contra del tráfico una vez más, me vas a matar del susto.

Se subieron al auto juntos y Evan preguntó: 

—Ellos… Mmm, quiero decir, ¿todos están bien? 

—¿Por quién preguntas? —Inquirió Carlos a propósito.

—Eh… El instructor Megert, la instructora Michelle, y… 

—Louis sigue igual que siempre, la señora Michelle acaba de tramitar su jubilación. —Carlos lo interrumpió rápidamente—. Y en cuanto a Gal, ¿supongo que está ocupado planeando lo de la boda?

Aldo miró a Carlos por el espejo retrovisor. Al verlo con esa actitud rebosante de malicia, los bordes de sus ojos se arrugaron involuntariamente, mostrando una ligera sonrisa de diversión. Lástima que Evan, completamente aturdido por esa frase, no se dio cuenta en lo absoluto.

No supo cuánto tiempo pasó antes de recuperar su propia voz. Su mente estaba en blanco, zumbando fuertemente: 

—¿Qué…? 

—¿Mmm? ¿Pensé que ya lo sabías? —Carlos fingió sorpresa—. Ah, por cierto, Gal me pidió que te recordara darte una invitación, casi se me olvida. ¿Te vas a alojar en el Templo esta vez? ¿Qué tal si te la llevo esta noche? Oh diablos, olvidé ir a buscar el vestidito de niña de las flores de Lily, Leo…

—Yo te lo traje, está sobre la mesita de noche. —dijo Aldo suavemente. 

—¡Muchas gracias! ¿Cuándo fue eso? —preguntó Carlos, sin pensar. 

—Por la mañana, mientras dormías hasta tarde. —Aldo le dirigió una mirada llena de significado.

Carlos no se sabe qué recordó, pero su rostro cambió de repente. Se aclaró la garganta de forma inconsciente, como si tratara de ocultar algo, y se sentó bien derecho.

Durante todo el trayecto, Evan había quedado reducido a una piedra por el golpe. Por mucho que Carlos intentara bromear con él, se mantenía inamovible. No fue hasta que llegaron al Templo que Evan pareció despertar de un sueño con un sobresalto. Sacó unos planos dentro de una carpeta de su bolso y se los entregó a Aldo: 

—Excelencia, esta es mi tarea, casi lo olvido. 

Tras decir eso, le hizo un rápido asentimiento a Carlos y huyó casi despavorido.

Evan simplemente no podía creer que fuera cierto, hasta que llegó corriendo al Templo sin aliento y descubrió que todo el salón delantero ya había sido decorado como el escenario de una boda. Y la persona en la que había estado pensando sin cesar, Gal, estaba allí, de espaldas a él, con una lista en la mano, como si estuviera comprobando algo con los trabajadores encargados de la decoración. Evan sintió como si su corazón estuviera bloqueado.

¿Te vas a casar? Pensó. Porque aquel cobarde y asustadizo yo no tuvo el valor, ni llegó a tiempo para decirte esas palabras, ¿así que ya perdí la última oportunidad?

Justo en ese momento, Gal se dio la vuelta. En su rostro aún había una sonrisa que no se había desvanecido; esa sonrisa era tan punzante a los ojos de Evan… 

Sí, mira, él es feliz, él está muy bien, pero…

—¡Oye! ¿Quién es este? —Gal lo vio y mostró una expresión de sorpresa y alegría; incluso se acercó y abrazó fuertemente a Evan—. Creí que descansarías una noche antes de presentarte… Vaya, amigo, tu cambio no es nada pequeño, casi ni te reconozco.

La visión de Evan se volvió borrosa al escuchar su voz. Al instante siguiente, escuchó a Gal decir en un tono relajado y alegre: 

—Sorprendentemente, te has puesto negro como el carbón.

Bueno… aunque fue un poco más educado que Carlos, ¿se podría decir que efectivamente por sus venas corre sangre Flaret?

Gal pensó que solo estaba emocionado. Le dio una palmada en sus fuertes hombros, sacó de su bolsillo una Insignia de Oro, y la giró hacia el lado del nombre, donde estaba grabada de forma elegante y hermosa la inscripción: “Evan Guolado”. 

—La ceremonia de condecoración es pasado mañana. Ya sabes, no se supone que deba revelar esto con antelación… pero como soy tu instructor, siempre se pueden abrir algunas puertas. —susurró Gal.

Sin embargo, el honor de la Insignia de Oro que Evan siempre había perseguido no lo hizo sentir mejor. Preguntó con el corazón roto: 

—La boda… ¿Cuándo es la boda? 

—¿No te lo ha dicho ya Carlos? —Respondió Gal—. También es pasado mañana. Mira, ya tenemos todo preparado, los trajes formales y el champán ya están aquí…

Evan no escuchó lo que siguió. Su corazón parecía haber sido sumergido en agua helada, retorciéndose de dolor… Tanto es así que no dudó en lo más mínimo por qué dos eventos tan dispares, como una ceremonia de condecoración y una boda, se llevarían a cabo al mismo tiempo y en el mismo lugar.

En estos tres años, el punto de destino externo en el pueblo de Xiangmang se había levantado arduamente desde cero, y Evan había sido uno de los mayores contribuyentes. Sus méritos eran absolutamente dignos de una Insignia de Oro; aquel aprendiz cobarde y torpe finalmente se había transformado en un verdadero hombre en medio de un entorno hostil. Como instructor, el sentido de logro y el orgullo de Gal eran evidentes; su estado de ánimo era altísimo y le hizo a Evan muchas preguntas.

Evan se esforzó por mantener el ánimo y esbozó una sonrisa sumamente forzada.

Después de un rato, Gal finalmente notó que algo andaba mal, levantó la mano y le tocó la frente: 

—No tienes buena cara, ¿estás demasiado cansado? Ah, escuché que acabas de estar en un tren todo el día y la noche, debí haberte dejado ir a descansar antes. —Pareciendo un poco apenado, pasó el brazo por los hombros de Evan—: Vamos, te llevaré a donde te vas a alojar. Los precios de las viviendas en el estado de Sara han subido bastante en estos años, pero de todos modos mi casa es grande, y si quieres, puedes quedarte conmigo por un tiempo hasta que encuentres tu propio lugar…

Evan se detuvo abruptamente. 

Gal: —¿?

Evan lo miró en silencio. En sus ojos parecía haber una tenue llama que, poco a poco, comenzó a arder con mayor intensidad: 

—Yo… 

Gal lo miró sin entender. 

—Yo… —La expresión de Evan era como si hubiera ido a un funeral. Gal se dio cuenta con asombro de que estaba a punto de echarse a llorar en cualquier segundo.

—Yo… —repitió “yo” tres veces, con la voz ya ahogada en sollozos, y por fin logró decir lo siguiente—: Sé que es muy egoísta decirlo así, y también sé que estás a punto de casarte…

Gal abrió los ojos de par en par:

 —¿Qué? ¿Quién dijo…? 

—¡No! ¡Por favor, escúchame hasta el final, te lo ruego! —gritó Evan con fuerza. 

Gal: —…

—Yo… yo… yo… —Evan cerró los ojos de golpe y finalmente lo soltó a gritos—: ¡Te amo!

Ese día, después de que Evan saliera corriendo, Carlos, como si tuviera un repentino remordimiento de conciencia, parpadeó, se deslizó al asiento del copiloto y le preguntó a Aldo: 

—¿Fui un poco demasiado lejos?

Aldo miró sus profundos ojos verdes y no pudo evitar sentir una agradable comezón en el corazón. Se acercó pegajosamente y le dio un beso empalagoso en los labios, diciendo con una media sonrisa: 

—¿Tú qué crees?

—Bueno, es un hombre, tiene que ser capaz de soportar los golpes… Además, yo no mentí. Tres parejas de cazadores van a tener una boda colectiva y Gal va a oficiar la ceremonia en persona; efectivamente está ocupado con los preparativos de la boda. —El sentimiento de culpa de Carlos se disipó rápidamente. Desempaquetó torpemente la “tarea” de Evan y exclamó asombrado—: ¡Wow! ¡Qué notas de investigación de hechizos prohibidos tan completas!

Aldo, mientras daba marcha atrás al auto, dijo: 

—Yo tampoco esperaba que hubiera un joven dispuesto a profundizar en algo tan aburrido… Por cierto, ¿te gustaría ir a comer algo al restaurante del Templo? Recuerdo que siempre te ha gustado… 

—¡Tartaletas de arándanos! —A Carlos le bastaba con un poco de sol para brillar de alegría. 

—Está bien, tartaletas de arándanos.

Carlos hojeaba las notas de Evan con interés cuando de repente se quedó pensando un instante, señaló una de las páginas y preguntó: 

—¿A qué se refiere esto de ‘Fuego del Frío Extremo’?

—Es un anillo de energía que se genera cuando estalla un hechizo prohibido. —Respondió Aldo—. ¿Acaso Evan también investigó los hechizos prohibidos del tiempo? En teoría, los hechizos prohibidos del tiempo generan una enorme energía capaz de distorsionar el tiempo y el espacio; en un instante, se produce una explosión de este anillo de energía llamado Fuego del Frío Extremo. Tiene forma de llamas, pero al tocarlo debería sentirse como hielo… Solo sabemos que el Fuego del Frío Extremo requiere una energía inmensa, pero no sabemos cuáles son sus condiciones de activación.

Después de llegar a este mundo, Aldo también había leído algunas investigaciones sobre física contemporánea y comprendió la famosa paradoja del tiempo: es imposible volver a tu propio pasado, de lo contrario nada de esto habría ocurrido. Así que se sentía cada vez más confundido respecto a los hechizos prohibidos del tiempo.

—Hablando de eso, yo llegué a ver el Fuego del Frío Extremo una vez. —Aldo estacionó el auto en la puerta del restaurante del Templo y lo mencionó casualmente—. En ese momento, usé dos hechizos prohibidos de sacrificio superpuestos, y como resultado realmente causé una pequeña distorsión espacial… Lástima que no tuve éxito, y solo me dejó esta cicatriz en el cuello.

Los dos entraron al restaurante y pidieron la comida con la familiaridad de la rutina. 

—¿Y cómo era? —Carlos insistió.

—Desapareció muy rápido —Aldo lo pensó un poco y describió—, cuando estás frente a él, por un instante sientes que tu sangre se congela. En lo profundo de las llamas, parece haber una puerta por la que se oye un extraño sonido de viento… Y luego pasaron algunas cosas muy extrañas. Como sabes, mi intención original era retroceder el tiempo hasta 702… pero la distorsión de energía causó un error de cálculo, y automáticamente se superpuso hasta el año 713. 

Carlos se quedó atónito de repente.

—¿El año 713?

—Ese fue el año de la Batalla de las Túnicas Negras, cuando me dejaste por segunda vez. —Aldo lo miró, luego se relajó y se encogió de hombros—. Pero mi experimento no tuvo éxito, así que…

—Creo que he visto ese Fuego del Frío Extremo del que hablas. —Lo interrumpió Carlos de repente—. ¡Sí, era muy frío, se escuchaba el sonido del viento adentro, y también el sonido de algo rompiéndose! Después de eso perdí el conocimiento, ¡y cuando desperté estaba aquí! Oh, es cierto, también vi un número allí. Aldo se detuvo.

—Creo que era 719… 

El tenedor en la mano de Aldo cayó de golpe sobre el plato con un tintineo.

—¿Qué pasa? 

—Ese es… ese fue el año en que hice el experimento. —Dijo Aldo como si estuviera sonámbulo.

Los dos parecieron quedarse pasmados al mismo tiempo. Luego, una sensación mezcla de ironía y absurdo surgió lentamente en sus corazones. No se sabe cuánto tiempo pasó, pero Carlos de repente se echó a reír a carcajadas. 

—Entonces, ¿ese hechizo prohibido del tiempo que me trajo hasta aquí, en realidad lo hiciste tú seis años después? Dios mío, ¿puedes creerlo? ¡Tenemos que darle este material a Gal, podría escribir una novela entera con esto!

Aldo se quedó paralizado un buen rato, y finalmente también se echó a reír. Entrelazó las manos frente a él, apoyó los nudillos cruzados contra su frente y dijo como si suspirara: 

—Así que así fue…

Resulta que todo, después de tantas vueltas y vueltas, había formado un círculo perfecto. ¿Quién iba a saber que ese experimento fallido, que alguna vez hizo añicos su última gota de esperanza, lo recompensaría de esta manera mil años después?

Tal vez sea cierto lo que dice la gente: que todo tendrá un buen final, solo que, a veces, aún no se ha llegado realmente a ese final destinado. Quizás cada uno de ellos podía seguir albergando esa misma esperanza.

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