Extra 7 | Un sueño para calmar el alma

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Xuan Ji no tenía ni pizca de postura al sentarse; parecía que se negaba a usar las sillas siguiendo el manual de instrucciones. Siempre que el asiento fuera lo suficientemente ancho, tenía que subir los pies; a veces los apoyaba de puntillas y otras se cruzaba de piernas, como si temiera que, de darle un picor repentino, no pudiera alcanzarse los dedos de los pies.

En realidad, antes incluso le gustaba apoyar los pies sobre la mesa, lo cual era bastante impropio. Sheng Lingyuan se lo había comentado con suavidad un par de veces, pero a cierto individuo le entró por un oído y le salió por el otro. Así que, a la tercera, Su Majestad simplemente lo amarró y lo sometió a una variante de las “diez torturas capitales”: cosquillas en la planta de los pies. Xuan Ji terminó aullando como un loco y tuvo que llamarlo “hermano” ocho veces, rindiendo su dignidad, para que parara.

Desde entonces, Xuan Ji corrigió ese mal hábito, y Sheng Lingyuan se ganó un apodo en la revista interna de la Oficina: “Cierto delincuente apellidado Sheng, llevado ante la justicia”.

—Tsk. —Xuan Ji, sentado con las piernas cruzadas, activó la herramienta de borrado y eliminó medio hechizo que acababa de dibujar en su tablet. Se estiró con un bostezo ruidoso y desordenado, desparramándose sobre el escritorio. Luego, “caminó” con dos dedos sobre la mesa hasta llegar frente a Sheng Lingyuan, que estaba en el otro extremo de la mesa larga, y empezó a hurgar entre sus cosas buscando atención: —¿Por qué los hechizos de los chamanes tienen tantas reglas? ¡Qué fastidio!

Sheng Lingyuan estaba trasteando con una cámara nueva. Sujetó los dedos de Xuan Ji para rescatar el manual de instrucciones que estaba siendo frotado contra la mesa: —Déjalo ahí, yo me encargaré de la parte de los hechizos prohibidos. 

Xuan Ji se lanzó hacia adelante como un cadáver que resucita, atrapando los listones de bambú y la tablet bajo sus brazos: —¡Ni hablar, lo hago yo!

Xuan Ji no quería que Sheng Lingyuan volviera a tocar el Libro de los Chamanes de Dongchuan, así que se ofreció como voluntario para escribir mientras Su Majestad dictaba. Fue entonces cuando se dio cuenta de que, durante sus años en Dongchuan, probablemente no había hecho nada productivo aparte de pelearse a distancia con Alozin y andar de glotón. Sabía de todo lo relacionado con los chamanes solo de forma superficial; había aprendido los hechizos de manera apresurada y, aunque parecían familiares, en cuanto profundizaba un par de preguntas, quedaba en evidencia. Así que, de paso, empezó a recuperar las lecciones perdidas.

Al llegar a la parte del tratado sistemático sobre los hechizos chamanes, Xuan Ji se las apañó bien con lo básico, pero con los hechizos prohibidos empezaron los problemas serios. Tenía mucha experiencia y capacidad de asociación, por lo que entendía el principio de cada hechizo a la primera. El problema era que su cerebro decía que lo entendía, pero sus manos siempre estaban en desacuerdo.

No le tocó la época en que el maestro Dan Li enseñaba paso a paso, y tras obtener un cuerpo, no tuvo a nadie que lo guiara, por lo que todo lo aprendió de forma empírica y poco ortodoxa, llenándose de malos hábitos. Un gran demonio de tres mil años ya no era un niño aprendiendo magia; corregir hábitos tan arraigados era extremadamente difícil. Xuan Ji quería empezar dibujando “Retroceder”, que era el que mejor conocía, pero Su Majestad lo rechazó decenas de veces.

—Cuando interrogamos a aquel fugitivo ciego, el Retroceder que dibujé así al azar funcionó, ¿no?

—A ti te funcionó, pero a otra persona no necesariamente. Cuanto más simple sea el trazo del hechizo, mayor es el requisito para el usuario. Con tu nivel de cultivo, mientras sepas qué hechizo tienes en la mano, un par de garabatos bastan. Pero si se lo das a un mortal puro… a una persona común, tiene que ser perfecto hasta el último trazo.

Sheng Lingyuan hizo una demostración rápida dibujando un arco en el aire: —Los hechizos chamanes simples ni siquiera necesitan que se dibuje todo el contorno. 

Dicho esto, Sheng Lingyuan chasqueó los dedos y, a lo largo de la línea que había dibujado, “brotaron” una serie de pequeñas flores doradas y brillantes que volaron sobre la cabeza de Xuan Ji y estallaron. Fragmentos dorados cayeron como copos de nieve, cubriendo a Xuan Ji con puntos de luz, como si lo hubieran bañado en oro molido. Sheng Lingyuan, rápido de reflejos, capturó la foto antes de que el brillo desapareciera.

Era un hechizo chamán de nivel básico que los chamanes usaban para dar color a sus festividades; tenía mejor efecto que los fuegos artificiales y no contaminaba el medio ambiente. Los “hijos del Dios de la Montaña” eran, sin duda, pioneros de la ecología.

—El Retroceder tiene tres niveles y cada uno tiene mil variaciones; no es tan simple como crees. Me parece que en este capítulo deberías empezar por el hechizo prohibido más sencillo.

Xuan Ji soltó un “ah” y abrió una página en blanco: —¿Cuál es el más sencillo? 

Sheng Lingyuan dejó la cámara, se levantó y se puso detrás de él, rodeándolo para sujetar la mano con la que sostenía el lápiz.

El cabello largo y suelto de Sheng Lingyuan cayó dentro del cuello de Xuan Ji. Este tensó los hombros por instinto, y la mano libre de Sheng Lingyuan se apoyó en su pecho: —No te muevas, me bloqueas la vista.

Xuan Ji: “…” “¡¿Dónde estás tocando?! ¡Vaya descaro!”

Antes de que pudiera distraerse con pensamientos pecaminosos, Su Majestad guio su mano con movimientos fluidos para dibujar en la tablet un hechizo chamán extremadamente familiar. Xuan Ji se quedó atónito: —¿Jīnghún?

—Entre los hechizos prohibidos de los chamanes, ‘Jīnghún’ es el único con una estructura simple que se puede completar de un solo trazo —dijo Sheng Lingyuan—. En mi juventud, nunca entendí por qué se consideraba un hechizo prohibido.

Un solo “Jīnghún”, en esencia, solo provocaba una pesadilla. Si una persona común caía en él por accidente, el efecto era similar a ver una película de terror antes de dormir. En teoría, ni por peligrosidad ni por complejidad alcanzaba el estatus de “hechizo prohibido”. Sheng Lingyuan le había preguntado en su día al viejo patriarca y al Gran Sabio de los chamanes, pero ninguno le dio una respuesta clara. El viejo patriarca balbuceó tonterías sobre que “los niños no aguantan los sustos y son vulnerables a las energías malignas”, dejando claro que él tampoco lo entendía. El Gran Sabio, por tener un nivel más alto y ser más honesto, le dijo directamente: “Clasificar el Jīnghún como técnica prohibida parece ser un error de transcripción de los ancestros”. Como se había mantenido así durante tantos años por respeto a la tradición, se quedó así.

Sheng Lingyuan aceptó la explicación a medias, hasta que más tarde abusó del Jīnghún y comprendió su verdadera peligrosidad. El cuerpo del Demonio Celestial no podía ser consumido por el fuego del Abismo Rojo; ni los rayos, ni la decapitación, ni la mutilación, ni siquiera ser despedazado lo detenían: mientras su energía demoníaca no regresara por completo al Abismo Rojo, podía restaurarse. Solo el Jīnghún podía dejarle daños irreversibles.

—Este hechizo parece simple, pero en las reglas del Dao, debería ser el de mayor rango entre todos los hechizos chamanes.

Xuan Ji tiró el lápiz digital: —Hablando de eso, ¡¿podrías dormir bien por las noches?!

Cuando Sheng Lingyuan le daba clases a un Xuan Ji que aún no recuperaba sus recuerdos, exigía cruelmente que estudiara toda la noche, y no porque fuera un maestro demoníaco. No era de los que exigen a otros lo que ellos no cumplen: él realmente no dormía. Desde que recuperó sus fuerzas, por las noches solo acompañaba a Xuan Ji a descansar la mente un rato; una vez que lograba dormirlo, se levantaba a hacer sus cosas. Cada vez que Xuan Ji se despertaba a medianoche y tanteaba a su lado, el sitio siempre estaba frío.

Con un nivel de cultivo como el de ellos, meditar un cuarto de hora bastaba para reponer fuerzas. Dormir no era una necesidad fisiológica, sino una forma de pereza y relajación; por supuesto que dormir arropado en un edredón cálido era más cómodo que meditar, y no tenía más desventaja que el tiempo que consumía. Xuan Ji siempre sostuvo que la meditación no reemplazaba al sueño, porque el reino de los sueños es un refugio dulce. La información caótica y las emociones reprimidas del día se liberan y se organizan al soñar. Al despertar tras dormir, los problemas del día anterior suelen parecer cosa del pasado. La meditación repone la energía, pero las emociones y el estado mental son continuos. Sospechaba que los antiguos cultivadores solían desviarse del camino precisamente por ser demasiado aplicados y no dormir. Como dice el sabio refrán: “Mucho estudio y poco juego hacen de Juanito un chico lerdo”; probablemente el principio sea el mismo.

Sheng Lingyuan, al escuchar sus “razonamientos”, se rio hasta caer en el sofá. Que estos perezosos, en lugar de esconderse avergonzados en un rincón, salieran a proclamar que “la vagancia es justa” e intentaran escribir libros al respecto, era una desfachatez que asombraría a los antiguos.

—Sé que las secuelas del ‘Jīnghún’ son la falta de sueños y las pesadillas —dijo Xuan Ji—. Puedes venir a mi sueño. 

Sheng Lingyuan respondió con un “claro” sonriente, pero ahí quedó la cosa. Cambió de tema de inmediato, dándole largas con total descaro.

Lamentablemente, Xuan Ji ya no era fácil de engañar. No insistió en el momento, pero esa noche usó un truco. Mientras pedía sus “mimos” antes de dormir, mordió “accidentalmente” el cuello de Sheng Lingyuan, conectando de inmediato su sutil empatía. Xuan Ji se transformó en un pulpo, envolviendo a Su Majestad con todo su cuerpo y sus alas. Una vez bien amarrado, inhaló profundamente el aroma de Su Majestad y se quedó dormido plácidamente en menos de treinta segundos.

Sheng Lingyuan, forzado a la conexión empática, intentó soltarse de Xuan Ji, pero se detuvo al sentir la oleada de felicidad que le llegaba desde el otro extremo. En la vida diaria, rara vez conectaban su empatía. Incluso siendo compañeros cuya sangre y huesos se habían fundido, debían establecer nuevos límites para convivir. Xuan Ji era socialmente astuto y entendía bien esto, especialmente porque a Sheng Lingyuan no le gustaba que otros espiaran sus pensamientos. Cada vez que conectaban, era porque alguien resultaba herido, perdía sangre o estaban en medio de una pelea acalorada; nunca era por algo agradable. Esta era la primera vez que Sheng Lingyuan sentía claramente las emociones habituales de Xuan Ji.

La oscuridad total no afectaba su visión. Giró la cabeza y observó el rostro de quien compartía su almohada.

Xuan Ji estaba profundamente dormido; su mente no tenía pensamientos complejos, solo parecía haber una calidez infinita expandiéndose en su pecho. Al no tener dónde contenerse, esa calidez se reflejaba en su rostro, haciéndolo sonreír sin motivo aparente. Como un pequeño fénix que, tras vagar muchos años, finalmente encuentra su árbol de Wutong.

Era una sensación de paz tan vasta y profunda que Sheng Lingyuan, quien por naturaleza era parco en alegrías y enojos, se sintió conmocionado.

Quizás por la conexión empática, incluso dormido, Xuan Ji pareció sentir su mirada. Tras ser observado un rato, bajó la cabeza y hundió el rostro en el hombro de Sheng Lingyuan, dejándole ver solo un remolino de cabello despeinado, como una muda exigencia: “Ya no te dejo mirar, duérmete ya”.

Sheng Lingyuan no pudo evitar sonreír siguiendo la emoción del otro lado y cerró los ojos para meditar.

Entonces se dio cuenta de que había tomado una decisión equivocada.

Normalmente, al meditar, fuera de su mar de conciencia solo estaban sus propios pensamientos mundanos. La mente de Sheng Lingyuan ya era tranquila de por sí; le bastaban unos instantes para limpiar esos pensamientos y sumergirse en el silencio absoluto. Pero esta vez fue un escándalo: debido a la empatía, un invitado no deseado entró en su mar de conciencia.

Sheng Lingyuan podía controlar sus propios pensamientos, pero no los ajenos, así que puso una barrera en lo profundo de su conciencia, cerrando los oídos… Pero no pudo evitar escucharlo.

Al invitado no le gustaban las “barreras”. Apenas Sheng Lingyuan cerró su “puerta”, alguien empezó a llamar sin descanso.

Primero era alguien silbando y llamando con cortesía, luego un pajarito picoteando la barrera con el pico, luego alguna cosa extraña rascando la puerta… Era un desfile ininterrumpido de ruidos.

Sheng Lingyuan: “…” “Este chico es un pesado”.

No tuvo más remedio que retirar la barrera. Su mar de conciencia, habitualmente silencioso, ahora hervía como una olla. Debido a la invasión de cierto pájaro, aquello se había convertido en el Monte de las Flores y los Frutos.

En realidad, incluso para un Zhuque, a menos que hubiera una razón especial —como que la Piedra del Nirvana se rompiera—, la mayoría de los sueños carecían de lógica. Eran fragmentos desordenados y, al despertar, ni siquiera los recordaría.

Sheng Lingyuan vio a unos siete u ocho Xuan Jis correteando por doquier, cada uno en lo suyo. Uno volaba boca abajo por el cielo, liderando a un grupo de ancianos que solían caminar hacia atrás en el parque de abajo; otro prendía fuego a una montaña para asar alitas de pájaro Bìfāng, mientras dos helicópteros lanzaban comino desde arriba; otro dirigía a una banda de pájaros músicos. El “Director Xuan” se veía extasiado, con un estilo de dirección apasionado, mientras los pájaros tocaban de todo: unos música folclórica, otros marchas fúnebres, otros música clásica y otros pop…

Sheng Lingyuan, al borde de la desesperación, hizo aparecer un paraguas para cubrirse los ojos, que ya le dolían del ruido.

Tras dar varias vueltas, finalmente encontró a un Xuan Ji tranquilo: este Ji estaba cultivando la tierra en una esquina.

Sheng Lingyuan se sentó a su lado y lo vio cavar con solemnidad, arrancarse plumas para construir un invernadero… Sus plumas, en el sueño, se volvieron de un verde tierno por alguna razón. Xuan Ji corría de un lado a otro regando las plantas, y al mirar de cerca, vio que lo que echaba era té de burbujas. Para dar menos viajes, el tonto traía vasos de tamaño gigante.

El invernadero hecho de plumas pasó del verde tierno al verde oscuro, y luego al amarillo; Sheng Lingyuan comprendió entonces que las plumas representaban el cambio de las estaciones. Cuando el invernadero se volvió de un color dorado brillante, llegó el otoño. Sheng Lingyuan, influenciado por la empatía, sintió un poco de sueño y bostezó. Vio al granjero Xuan Ji cargando su pala, regresando alegremente para empezar a cavar en el campo. Sheng Lingyuan se frotó los ojos para ver qué había plantado. Cuando Xuan Ji clavó la pala, Su Majestad casi se ahoga con el bostezo: Xuan Ji desenterró a una persona… era el propio Sheng Lingyuan. Cavó una tras otra y, finalmente, aquel gran agricultor desenterró un campo entero de “Sheng Lingyuans”. Xuan Ji se quedó ahí, rodeado por su cosecha de “Sheng Lingyuans”, sonriendo como un idiota con la pala al hombro.

Sheng Lingyuan: “…” “Bien, ¡ya sé qué es lo que este pequeño cabrón tiene enterrado!”

Estaba entre la risa y la indignación cuando una sombra pasó por el cielo. Sheng Lingyuan levantó la vista y vio fragmentos aislados del idioma chamán flotando como nubes. Había una teoría que Su Majestad había leído recientemente: cuando las personas sueñan, a veces organizan sus recuerdos inconscientemente, por eso es más fácil recordar lo que se estudia justo antes de dormir. Sin embargo, hay cosas que no deberían aparecer en los sueños. Sheng Lingyuan vio cómo varios fragmentos del hechizo Jīnghún intentaban agruparse. Hace tres mil años no había teorías científicas, pero se respetaban los “tabúes”. Por ejemplo, tras practicar técnicas oscuras relacionadas con los sueños, uno era propenso a tener pesadillas, por lo que era mejor no dormir durante un tiempo, o dormir de forma alerta, sin entrar en sueño profundo.

El granjero Xuan Ji seguía celebrando su cosecha y el coro de pájaros aún no terminaba su actuación. Sheng Lingyuan, no queriendo que el Jīnghún arruinara aquel caos dulce, movió su manga y dispersó los fragmentos del hechizo prohibido en el cielo. Para su sorpresa, el “afán de estudio” de Xuan Ji era muy firme. Tras dispersar los del cielo, Su Majestad descubrió que más fragmentos de hechizos chamanes flotaban ahora en el suelo.

Sheng Lingyuan suspiró; no podía impedir directamente que Xuan Ji pensara en ello. Porque los pensamientos de una persona —especialmente al dormir— no atienden a razones. En cuanto alguien menciona algo, ya sea para que lo piense o para que deje de pensarlo, el efecto es el mismo; a veces, cuanto más se prohíbe pensar en algo, más difícil es evitarlo. En ese momento, en el sueño de Xuan Ji solo había fragmentos aislados. Sheng Lingyuan supuso que si decía: “No recuerdes el Jīnghún”; el sueño se llenaría de hechizos Jīnghún por doquier.

¿Cómo podría distraerlo? —Ji —dijo Sheng Lingyuan a través del mar de conciencia conectado—, ¿para qué me has llamado a tu sueño?

Xuan Ji era extremadamente sensible a su voz. En cuanto Sheng Lingyuan habló, el estímulo transformó el sueño por completo: el universo se contrajo en un punto y volvió a explotar. El coro de aves y el invernadero de plumas desaparecieron en un estallido de luz, y el sueño caótico se condensó al instante.

Sheng Lingyuan solo quería disipar el hechizo; no esperaba una reacción tan grande. Estaba desconcertado cuando el dueño del sueño reveló su nuevo escenario.

Sheng Lingyuan: “…” “Hay gente que, cuando está despierta, sabe tener algo de vergüenza. Pero al dormir, directamente mandan la decencia al carajo”.

A Sheng Lingyuan le dolían los ojos de lo que veía, especialmente porque el protagonista era él mismo: —… Insolente. 

Efectivamente, en los sueños las advertencias tienen el efecto contrario. Al oír la palabra “insolente”, el sueño desenfrenado de Xuan Ji se volvió aún más descarado.

Como fuera; un sueño erótico siempre es mejor que una pesadilla. Sheng Lingyuan decidió dejarlo estar y retirarse tras su barrera para no atormentarse, planeando hundir la cabeza de cierto individuo en agua helada por la mañana.

Justo cuando iba a cerrar la barrera, alguien le tiró del bajo de la túnica. Sheng Lingyuan se giró y vio con asombro que Xuan Ji se había “encogido”, convirtiéndose en un muchacho de unos diez años. Con las manos a la espalda, le sonreía con los ojos curvados como lunas crecientes, rebosantes de brillo.

Sheng Lingyuan, implacable, le levantó la barbilla al muchacho y le giró la cabeza hacia el “caos de lujuria” de fuera: —No me vengas con esas, deja de fingir inocencia.

El joven Xuan Ji miró hacia donde señalaba con curiosidad, pero sus pupilas claras no reflejaban ninguna imagen: —¿Qué pasa, Lingyuan? 

Sheng Lingyuan se quedó atónito y soltó su barbilla por instinto.

El joven Xuan Ji se olvidó del asunto enseguida y sacó la mano que tenía a la espalda, mostrando una pequeña máscara de madera: —Alozin dice que van a celebrar el Festival de la Purificación. Detrás de la máscara hay un hechizo chamán, ¿has visto qué bien la he tallado?

Sheng Lingyuan la tomó y vio que, detrás de la máscara de madera, empezaba a flotar borrosamente el hechizo “Jīnghún”. Increíble. Sus sueños dulces se habían vuelto eróticos, y aun así era capaz de encontrar un hueco para “repasar” los hechizos prohibidos. ¿Por qué no fue tan aplicado en su juventud?

Sheng Lingyuan suspiró y borró el “Jīnghún” que apenas se formaba tras la máscara: —¿Cómo vas a tallar un hechizo maligno en una máscara de purificación? Dame el cincel. 

En los sueños hay de todo; pidió un “cincel” y el cincel apareció al instante.

Sheng Lingyuan transformó la puerta de su barrera en un pequeño taburete de piedra, se sentó y empezó a tallar con cuidado detrás de la máscara. Fue como si él también hubiera vuelto a ser el joven de entonces.

—No conozco ese hechizo, ¿qué estás tallando? 

—Esto no es un hechizo, es una plegaria chamán —dijo Sheng Lingyuan en voz baja—. Dice: ‘Salud, bienestar y alegría’.

—¡Y yo! ¡Hermano Lingyuan, yo también quiero! 

A Sheng Lingyuan le tembló la mano y casi se le desvía el filo. Levantó la vista asombrado y vio a Alozin, de dieciséis años. Alozin era un poco más bajo que el Xuan Ji de la misma edad. Saltó para abrazar a Xuan Ji por los hombros y, aunque este lo apartó con fastidio, no le importó y siguió rodeando a Sheng Lingyuan pidiendo su máscara.

En aquel entonces, la plegaria que Sheng Lingyuan talló en su máscara fue “Cien años sin preocupaciones”. Pero la mitad que contenía la plegaria se quemó; solo quedó la mitad de la cara de demonio.

—¡Hermano, en la noche del festival, los padres o hermanos deben llevarnos a pasear bajo la luz de la luna! Mi padre no puede venir, ¡llévame tú! 

En el sueño, el viejo patriarca seguía vivo. El joven Xuan Ji se quejó de inmediato: —¿Por qué te va a llevar a ti? En todo caso, me lleva a mí. ¿Acaso no tienes hermanos en tu clan? No vengas a robarme a mi Lingyuan. 

Alozin: —Él no es tu hermano, ¿por qué te iba a llevar a ti?

—Es mío… mío… —El pequeño Xuan Ji balbuceó varias veces sin que le saliera la palabra “hermano”—. ¡Es mío! 

Alozin: —Yo lo llamo hermano Lingyuan, ¿tú cómo lo llamas? 

—¡Aunque no lo llame así, es mío! Además, ¡ya lo llamé antes! Eso son sobras de cuando yo lo llamaba, ¡ponte a la cola!

—¡Es mío! 

—¡Mío!

Sheng Lingyuan: —… Largo de aquí los dos.

Ambos obedecieron y se alejaron rodando, tirándose de los pelos mientras gritaban e insultaban. Parecía que querían recuperar todas las peleas que no pudieron tener durante tres mil años.

Al amanecer, Sheng Lingyuan terminó de tallar las dos máscaras de madera. Una decía “Salud, bienestar y alegría”, y la otra “Cien años sin preocupaciones”.

Abrió los ojos, apartó las alas que lo cubrían y sacó su cabello de entre los dientes apretados de Xuan Ji. Soltó un largo suspiro, pensando que tal vez Xuan Ji tenía razón. Los sueños realmente calman el alma

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