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Shen Wenlang también se sentía un poco extraño consigo mismo.
La empresa iba sobre ruedas, el mercado y la investigación y el desarrollo iban viento en popa. El precio de las acciones estaba estable y el trabajo iba bien. Excepto por Hua Yong, que de vez en cuando le pedía que hiciera de poli malo para ayudarle en su plan para conquistar a su pareja, todo era perfecto.
En circunstancias normales, debería estar de buen humor, muy relajado. Pero, no sabía por qué, estos últimos días se sentía muy, muy irritado.
El equipo de secretaría del presidente de HS estaba compuesto por seis graduados de élite. Los dos jefes de equipo tenían doctorados. Un equipo contratado a precio de oro, el más profesional, pero en los dos días que Gao Tu llevaba de permiso, Shen Wenlang no los encontraba especialmente útiles.
Dejando a un lado su capacidad profesional, cada uno de ellos hacía que Shen Wenlang se sintiera tenso. Él siempre había sido un adicto al trabajo, trabajaba día y noche.
La compleja y extraña estructura de su familia le había hecho anhelar la independencia desde muy joven. Por eso, tenía la convicción extrema de labrarse su propio camino. Durante mucho tiempo, una vez que entraba en modo de estudio o trabajo, le era imposible relajarse.
Hasta que conoció a Gao Tu.
Para Shen Wenlang, Gao Tu era una existencia muy diferente. Desde hacía mucho tiempo, había sentido vagamente que este Beta le guardaba una profunda buena voluntad. Pero, en comparación con todos los demás, que se esforzaban por impresionar delante de él, Gao Tu era excesivamente cauteloso.
Desde sus días de estudiante, siempre hacía cosas por él en secreto, sin que nadie lo supiera. Y lo extraño era que, precisamente él, odiaba la amabilidad con “motivos ocultos”. Porque detrás del deseo de complacer, está el deseo de obtener.
Al criarse en una familia de la mafia con un poder tan aterrador, el primer carácter que Shen Wenlang aprendió fue “matar” (杀). Desde pequeño, su padre Omega era el que más le advertía: “No te fíes de las caras sonrientes”. “Wenlang, no te fíes de las sonrisas, no confíes en las palabras dulces. La amabilidad con motivos ocultos es más aterradora que la malicia pura y desnuda. Los que pueden hacerte daño suelen ser las personas en las que confías. Un cuchillo clavado por uno de los tuyos es el más doloroso, el más letal”.
Shen Wenlang siempre había pensado que su padre Omega era una presencia extraña en la casa. Nunca había visto un Omega tan fuerte, tan agresivo y, sin embargo, tan falto de dignidad. Era como un arma útil, que se dejaba usar por el Alfa que no lo valoraba en absoluto, apuntando a donde él le decía. Su relación no era la de una pareja normal. A ojos de Shen Wenlang, su padre Omega era el ser más rastrero y sin orgullo del mundo.
Sin embargo, aunque despreciaba a ese Omega, y por su culpa odiaba a todos los Omegas del mundo, la frase “No te fíes de las caras sonrientes” se le había quedado grabada a fuego.
Durante mucho tiempo, Shen Wenlang no entendió las intenciones de Gao Tu. Ese Beta torpe, que metía a escondidas todo tipo de comida y bebida barata en su pupitre, siempre huía después de dejarla. La primera vez que pilló a este “Hada Madrina” fue después de la clase de gimnasia. El ejercicio intenso le había consumido mucha energía, y Shen Wenlang volvió del gimnasio muerto de hambre. Casualmente, en su pupitre habían vuelto a aparecer dos paquetes de comida de una marca desconocida. Dudó, los cogió y se quedó mirando la lista de ingredientes. Justo cuando estaba decidiendo si comerlos o tirarlos, una voz suave sonó a su espalda. “Oye… la comida es fresca, está envasada y no está sucia. Tirarla siempre así es un desperdicio”.
El Gao Tu de la época estudiantil, con el pelo corto y limpio, tan común entre los adolescentes, con la cara tan roja que casi la hundía en el cuello de su uniforme escolar azul, descolorido por los lavados. Qué pinta más cutre. Qué idiota tan torpe. Esta fue la primera impresión que Shen Wenlang tuvo de Gao Tu.
Este Beta parecía llevar todos sus pensamientos escritos en la cara. Expresó su más sincera desaprobación por el desperdicio de comida. “¿La has comprado tú? ¿Por qué te metes tanto?”. Al ser criticado, Shen Wenlang atacó por instinto. “La haya comprado yo o no, no puedes desperdiciarla”. Gao Tu se sonrojó, con la espalda tan tensa que parecía una tabla, pero insistió: “Desperdiciar comida está mal. Si no te la vas a comer, ¿puedes devolvérmela?”.
—¿Quién te ha pedido que le traigas a la gente esta basura llena de aditivos? —dijo Shen Wenlang, lanzando al aire la bola de arroz. Se sentó con arrogancia y, mirándolo con altivez, preguntó—: ¿Intentas envenenarme?
Gao Tu nunca olvidaría ese día. Fue el día en que el ángel se convirtió en un ángel caído. El arcángel Miguel de sus sueños, de repente, se transformó en el altivo Lucifer. Las alas blancas del ángel se replegaron, dejando caer una lluvia de plumas negras como las de un cuervo.