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Si Shen Wenlang hubiera sabido que Gao Tu desaparecería así, aquella noche en el hospital, definitivamente no lo habría dejado marchar.
Unos meses después, un día, en la región metropolitana de Jianghu, decenas de miles de pantallas publicitarias gigantes comenzaron a emitir simultáneamente un anuncio de búsqueda del presidente del Grupo HS. El público general no entendió la confesión de Shen Wenlang; solo vieron que el joven magnate, que normalmente aparecía enérgico en todos los reportajes, se veía ansioso y agotado en el vídeo. Solicitaba encarecidamente a un “viejo amigo” con el que había perdido el contacto que lo contactara lo antes posible, diciendo que estaba muy preocupado por su situación, y especialmente por su salud.
Un Alfa de clase S, increíblemente rico, famoso en todo el país y apuesto, gastando una fortuna en anuncios de búsqueda. Su insistente expresión de preocupación y sus palabras sinceras, desencadenaron todo tipo de especulaciones.
—Solo está buscando a un amigo, ¿es necesario armar tanto escándalo?
—Tendrá mucho dinero y tiempo libre. Si quisiera, podría gastarse millones en buscar a un gato o a un perro.
—¡Qué va a ser un gato o un perro! ¡Para mí, ese “viejo amigo” del que habla tiene que ser alguien que le gusta!
—¿Ah, sí? ¡Es verdad! ¡Nadie gastaría tanto dinero y esfuerzo en buscar a un simple amigo!
—Claro, ¿lo has oído? Dice que se conocen desde hace diez años, que fueron compañeros de clase, colegas y amigos.
—¿Creen que esa persona lo verá?
—¡Seguro que sí! ¡Con el revuelo que se ha montado! ¡Ha salido en todas las noticias! ¡A este paso, se va a enterar todo el país!
…
Pero la realidad era muy distinta. Aunque Shen Wenlang lo estaba buscando por todas partes, la persona en cuestión, Gao Tu, no sabía nada. Aquel día, después de escapar por la ventana del baño del restaurante, se encontró con Ma Heng a los pocos pasos. Y fue una suerte que se lo encontrara. Este viejo vecino, como de costumbre, le ayudó enormemente: le salvó la vida.
Nada más subir al coche de Ma Heng, Gao Tu perdió el conocimiento. Ma Heng condujo directamente al hospital más cercano. Dos horas después, una ambulancia salía a toda velocidad de la ciudad, en dirección al hospital de la capital provincial, el más prestigioso en la especialidad de feromonas.
Amenazado por las feromonas opresivas de varios Alfas, el trastorno de feromonas de Gao Tu estalló por completo, fuera de control. La delicada glándula de su nuca se hinchó hasta alcanzar el tamaño de un puño. Las venas, dilatadas, se marcaban bajo la fina piel de su cuello, palpitando de una forma aterradora. En la sala de urgencias, el denso aroma a salvia asfixiaba a todo el personal médico. El aroma, que representaba su fuerza vital, brotaba sin cesar de su glándula agotada. Aunque solo era un olor, creaba una ilusión de colores intensos, como los de un atardecer; era el último y más espectacular destello de vida antes de extinguirse.
La mayoría del personal de urgencias eran Betas, pero la concentración del olor era tan alta que incluso ellos comenzaron a sentirse inquietos y agitados. Los dos médicos Omega que participaron en la reanimación, al terminar, no pudieron evitar que se les enrojecieran los ojos. Rara vez se habían encontrado con una situación tan complicada. La glándula del paciente funcionaba a pleno rendimiento, produciendo muchas más feromonas de las necesarias, pero la concentración en su sangre se desplomaba. Y para colmo, el paciente estaba embarazado.
La ciudad, aunque económicamente desarrollada, tenía unos recursos médicos limitados. Tras confirmar que no podían controlar la situación, el director de la unidad de feromonas contactó inmediatamente con expertos de la provincia, abrió un corredor de emergencia y, esa misma noche, trasladó a Gao Tu, que ya había sufrido varias paradas cardíacas, a un hospital de nivel superior en la capital.
A veinte minutos de llegar al hospital, el aroma a salvia en la ambulancia comenzó a debilitarse. Gao Tu, ya intubado, yacía inmóvil en la camilla, con el rostro ceniciento y los ojos cerrados. El pulso de su glándula era cada vez más débil.
—¡La presión arterial del paciente está cayendo en picado!
—¡Ritmo cardíaco anómalo! ¡Rápido, actúen!
La sala de urgencias del hospital provincial ya estaba preparada. Los especialistas en feromonas y obstetricia celebraron una consulta de urgencia. Tras cuatro largas horas de reanimación, las constantes vitales de Gao Tu finalmente se estabilizaron. Pero no estaba fuera de peligro. Por suerte, el bebé en su vientre era increíblemente fuerte. A pesar de las paradas cardíacas de su padre Omega y de que los médicos los habían dado a ambos por perdidos varias veces, el bebé se aferró a la vida, implantado con fuerza en la cavidad reproductiva, absorbiendo nutrientes desesperadamente.
Cuando sacaron a Gao Tu de la sala de reanimación, Ma Heng, que llevaba horas esperando en el pasillo, sintió que se le humedecían los ojos. El “conejito” tenía un aspecto terrible. Para controlar la fuga de feromonas, los médicos le habían hecho una incisión en la glándula y le habían implantado un dispositivo de barrera artificial. Para evitar que las convulsiones por el dolor afectaran a la curación, le habían inmovilizado el cuello con un collarín de color beige. Tenía la frente cubierta de sudor frío, y su rostro no tenía ni una gota de sangre.