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El pequeño Cacahuate no estaba contento últimamente, porque su compañero de mesa, Gao Lele, llevaba varios días faltando a clase. A las cuatro de la tarde, el pequeño Cacahuate salió de su aula con su mochila de coche, cabizbajo. Ni su padre ni su papá habían venido. Solo el chófer y la niñera lo esperaban en la puerta. En cuanto lo vieron, se apresuraron a explicarle: —Joven amo, el señor Hua y el señor Sheng han tenido un imprevisto. La tía y yo hemos venido a recogerlo.
¿Un imprevisto? Aunque el pequeño Cacahuate era diminuto, su cerebro estaba excepcionalmente desarrollado. Era claramente precoz, con una lógica muy superior a la de los niños de su edad. A sus ojos, Gao Lele, que tenía más o menos su edad, era básicamente un pequeño encanto despistado. No se creyó en absoluto lo del imprevisto, porque en los últimos días, el aroma a orquídea en casa era muy intenso, y venía acompañado de un toque a licor y madera. ¡Y había comprobado que las orquídeas del jardín no estaban en flor, y el vino de la bodega estaba bien cerrado! Así que ese aroma tenía que ser de su padre. Según su experiencia, cada vez que llegaba esta época, los dos adultos de la casa desaparecían durante una semana. Seguro que se habían ido a comer cosas ricas a sus espaldas. ¡Papá nunca le dejaba comer dulces! ¡Seguro que se habían ido a atiborrarse de helado y pasteles!
¡Y estas sospechas no eran infundadas! Justo en esta misma época, hacía dos meses, el pequeño Cacahuate se despertó en mitad de la noche buscando a su papá y vio a los dos adultos en el salón. La luz estaba apagada y el sofá era muy alto, tapándole la visión. Pero oyó claramente a su padre decir: “Señor Sheng, uhm… qué dulce está”. ¡Todo el mundo sabe que los pasteles y los helados son dulces! ¡Así que seguro que estaban comiendo pastel a escondidas!
Al pensarlo, el pequeño Cacahuate se enfadó. ¡Ah! ¡Papá y padre no tienen vergüenza! ¡Comiendo cosas ricas sin él! Llegó a casa enfurruñado y llamó a Gao Lele con su reloj-móvil. La primera llamada no la contestó. El pequeño Cacahuate, paciente, volvió a llamar. Esta vez, por fin contestaron, pero no fue Gao Lele. La voz al otro lado era suave y profunda, y no era la de su padrino. El inteligente pequeño Cacahuate dijo con dulzura: —Hola, tío Gao Tu. ¿Está Lele?
—Lele está resfriado, con fiebre. Está descansando.
—¿Es grave? —al oír que Lele estaba enfermo, el pequeño Cacahuate se olvidó al instante del helado y los pasteles. Su carita sonrosada se llenó de ansiedad.
—No es grave —se apresuró a tranquilizarlo Gao Tu—. Ya le ha bajado la fiebre. Mañana podrá ir contigo a clase.
—¡Ah, qué bien! —El humor de los niños es como el tiempo en primavera, cambia en un instante. —¡Entonces no molesto a Lele! ¡Nos vemos mañana en el cole, tío Gao Tu!
—Pórtate bien. Hasta mañana.
Justo antes de colgar, el pequeño Cacahuate oyó la voz de su padrino. Primero preguntó en voz baja “¿Quién era?” y luego se quejó con tono lastimero: “¿Por qué no me dejas ni abrazarte?”. El pequeño Cacahuate pensó que, cuando él salía con Shen Wenlang, siempre quería que su padrino lo llevara en brazos, pero él siempre se quejaba y le ordenaba que caminara. ¿Y por qué hoy, de repente, se pone a pedir abrazos? Definitivamente, los asuntos de los adultos eran muy complicados. El pequeño Cacahuate se quedó un rato pensando, pero no encontró la respuesta. Entonces, se acordó de su padre y su papá. Papá no se encontraba muy bien últimamente. Anteayer, en la cena, vomitó solo por tomar un sorbo de más de la sopa de pescado. Su padre, que lo siguió al baño, parecía muy preocupado y no paraba de preguntarle en secreto: “¿Estás embarazado otra vez?”.
El pequeño Cacahuate no entendía qué quería decir con “otra vez”. Por la noche, antes de dormir, le preguntó a Sheng Shaoyou, que le estaba leyendo un cuento: —Papá, dicen que a lo mejor “estas embarazado otra vez”. ¿Qué significa eso?
Sheng Shaoyou se quedó helado, y su cara se puso visiblemente roja. El pequeño Cacahuate, a sus tres años, no entendía de qué se avergonzaba su papá. Lo miró con sus grandes ojos redondos, esperando una respuesta. Sheng Shaoyou no respondió directamente. Cerró el libro y le preguntó: —Pequeño Cacahuate, ¿te gustaría tener una hermanita o un hermanito?
—¡Sí! —respondió el pequeño sin pensárselo, dando palmaditas en la cama—. ¡Si tengo un hermano o una hermana, seré el hermano mayor!
—¿Muchas ganas de ser el hermano mayor?
—¡Sí! ¡Para proteger a mis hermanos!
Sheng Shaoyou sonrió y le acarició la cabeza. —No sabía que teníamos un pequeño héroe en casa.
El pequeño Cacahuate se calló, un poco avergonzado. Hundió la cabeza en el pecho de su papá, lo abrazó con sus manitas y le susurró: —Papá, yo también te protegeré.
El pequeño Cacahuate sentía una gran devoción por Sheng Shaoyou. Deseaba poder dormir abrazado a él todas las noches. Pero su padre era muy estricto con él. No solo le exigía que durmiera solo, sino que le tenía prohibido colarse en el dormitorio principal en mitad de la noche. Durante el día, Sheng Shaoyou estaba muy ocupado. El único momento en que podía acaparar su tiempo y sus abrazos era la hora del cuento. Pero la escena fue interrumpida. Su padre, celoso e inmaduro, que a menudo competía con él por atención, abrió la puerta del dormitorio y le cortó el sueño de ser un héroe: —¿Quién te necesita para protegerlo? Ponte a la cola.
Hua Yong acababa de terminar una videoconferencia. Buscó a Sheng Shaoyou en el dormitorio principal y, al no encontrarlo, fue a la habitación del niño. El pequeño Cacahuate asomó media cara por el abrazo de Sheng Shaoyou y le reprochó a Hua Yong: —¡Padre, qué pesado! ¡Fuera!
—¿Qué has dicho? —dijo Hua Yong con frialdad. Pero el pequeño Cacahuate no le tenía miedo. Se aferró al brazo de Sheng Shaoyou y le sacó la lengua. —¡Abusas de los niños! ¡Qué vergüenza!
Por desgracia, los dos adultos estaban compinchados. Aunque su papá lo estaba abrazando, le dijo: —No le hables así a tu padre. Aunque Hua Yong no tenía expresión, el pequeño Cacahuate pudo leer la suficiencia en sus ojos. A pesar de estar muy descontento con el comportamiento celoso de su padre, el pequeño sabía que no era rival para él. Se rindió, frotó su mejilla, suave como un melocotón, contra el pecho de su padre y dijo en voz baja: —Lo siento, me he equivocado.
Sheng Shaoyou le acarició tiernamente la cabeza, se levantó, apagó la luz y lo arropó. —Duerme. Mañana verás a Lele. Hua Yong, de pie en la puerta, observó cómo su amado Alfa arropaba a ese pequeño bastardo que se atrevía a subírsele a la cabeza. Esperó a que Sheng Shaoyou cerrara la puerta de la habitación del niño y entonces, con aire lastimero, hundió la cara en su pecho y se quejó: —El pequeño es muy borde conmigo.
—Eres tú el que se pones en evidencia —aunque siempre lo defendía delante del niño, en privado, Sheng Shaoyou lo reprendía sin piedad—. Deja de competir con un niño por atención. Él solo tiene treinta y seis meses, ¿cuántos años tienes tú?
—Yo también soy un bebé de trescientos y pico de meses —dijo Hua Yong, soplándole en el cuello. Su aliento cálido, con ese extraño aroma a orquídea, se coló por su ropa.
Sheng Shaoyou, sensible a las cosquillas, se estremeció. De repente, recordó algo y apartó a Hua Yong, que ya empezaba a ponerse juguetón. —El pequeño Cacahuate dice que quiere un hermano o una hermana.
El rostro sonriente de Hua Yong se heló al instante. Lo rechazó de plano, sin pensárselo: —No.
Rara vez le hablaba a Sheng Shaoyou en ese tono, sin dejar lugar a la negociación. Pero Sheng Shaoyou no se enfadó. Solo suspiró y le acarició el pelo. —Ay, tú… Hua Yong volvió a abrazarlo en silencio. Tras un largo rato, dijo: —Solo con que hoy hayas tenido un poco de gastroenteritis, casi me vuelvo loco. Señor Sheng, no vuelva a asustarme así, ¿vale? Ya tuve suficiente con aquella vez.
Hua Yong rara vez temía a algo en esta vida. Pero cada vez que recordaba el peligro que corrió Sheng Shaoyou durante el parto, incluso después de tantos años, seguía sintiendo un miedo retrospectivo, un escalofrío en la espalda.
Sheng Shaoyou respondía a las buenas, no a las malas. Con esa súplica tan suave, no insistió más. Le acarició la espalda delgada, como si calmara a un animalito asustado. —Vale, vale, solo lo decía por decir.
Hua Yong levantó la vista y lo miró con sus ojos húmedos y hermosos. —Señor Sheng, tengo mucho miedo. No vuelva a decirlo. Si lo vuelve a decir… —hizo una pausa y de repente dijo con ferocidad—: …si lo vuelve a decir, voy y me hago la vasectomía.
Sheng Shaoyou no pudo evitar reír. Estuvo a punto de decirle “pues háztela”, pero no se atrevió. Sabía que Hua Yong era capaz de hacerlo. Conocía a Hua Yong. Sabía que este joven hermoso, aunque por fuera era todo dulzura, en realidad era un mentiroso sin escrúpulos, un pequeño loco, terco y obsesivo.
Aquel año, cuando Sheng Shaoyou tuvo una hemorragia grave después de dar a luz, y los médicos dieron cuatro partes de estado crítico en tres horas, este pequeño loco llamó a sus abogados y anunció su testamento. Ni siquiera quiso mirar al bebé recién nacido. Se lo confió a Shen Wenlang como si fuera su última voluntad. Ante la pregunta de Shen Wenlang de por qué no se ocupaba él mismo de su hijo, Hua Yong respondió con calma: —Donde vaya el señor Sheng, iré yo.
Tiempo después, cuando Shen Wenlang le contó esta parte, Sheng Shaoyou se sintió conmovido y resignado a la vez. Pero hubo otra parte de la conversación que Shen Wenlang no se atrevió a repetirle. —¡No digas estupideces! ¡El niño es tan pequeño! ¡Es el hijo de Sheng Shaoyou y tuyo! ¡Hua Yong, no puedes, por el niño…!
—Ambos deberíamos morir —dijo Hua Yong—. Él y yo hemos matado al señor Sheng. Si no fuera porque por sus venas corre la mitad de la sangre del señor Sheng, ¿crees que lo dejaría vivir?
Hua Yong, de pie, mirando la luz de “quirófano” con el rostro inexpresivo, parecía una hermosa estatua. Su limitada vitalidad y humanidad parecían haberse ido con Sheng Shaoyou. Solo quedaba una frialdad impenetrable. —¿No quieres ni un poco a tu hijo?
—Lo quiero —dijo Hua Yong, bajando la cabeza. Un dolor profundo se reflejó en su rostro—. Si no lo quisiera, el señor Sheng se enfadaría.
Por suerte, el destino al final no fue tan cruel. Sheng Shaoyou volvió de las puertas de la muerte y se quedó a su lado. Desde entonces, Hua Yong, que tanto le había costado aprender a llorar, empezó a esforzarse por “querer al pequeño Cacahuate”. Y en el momento en que el pequeño lo llamó “Padre” por primera vez y le sonrió con su boca desdentada, Hua Yong sintió que por fin lo había aprendido. Ahora, tres años después, este pequeño trasto que se pasaba el día desafiándolo, por fin despertaba en él una mezcla de amor y odio. Tener una pequeña criatura conectada a él por la sangre era una sensación realmente extraña. Y más aún, siendo el hijo que condensaba la sangre de Sheng Shaoyou y la suya, el fruto de su amor.
Pero no más. Ni hermanos ni hermanas. Hua Yong se negaba a cualquier tipo de felicidad que supusiera un riesgo para Sheng Shaoyou. Estaba completamente satisfecho con lo que tenía. Lo único que deseaba era… Que pudieran seguir juntos, y vivir una vida muy, muy larga.