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Probablemente fue el caso de secuestro resuelto en el tiempo más corto de la historia de la ciudad. Las propias víctimas condujeron una furgoneta Iveco con la parte trasera destrozada hasta la comisaría más cercana para entregar a los sospechosos. Los agentes de policía se quedaron de piedra al ver a los dos gigantes y al hombre gordo atados de pies y manos. Las víctimas eran dos Omegas y dos niños de tres años. En la parte trasera de la furgoneta, incluso había dos ametralladoras y varias pistolas. Semejante arsenal hizo que a los policías les recorriera un sudor frío.
—Disculpen… —La agente que los recibió, una Omega, terminó de ver la grabación de la cámara del coche y miró con angustia al pequeño Cacahuate y a Lele, que observaban la comisaría con curiosidad. Levantó la vista y le preguntó a Hua Yong—: ¿Cómo consiguieron reducirlos? ¡Ha sido demasiado peligroso!
El pequeño Cacahuate alzó la cabeza y le sonrió dulcemente a la agente. —Señorita, mi padre es muy bueno peleando —intentó describir el enfrentamiento con su lenguaje infantil—. Mi padre es súper rápido, hizo ¡shiuuu! y voló al techo del coche, y luego voló detrás de los malos. Sus pistolas no funcionaban bien, mi padre las tocó un poquito y se rompieron.
La agente echó un vistazo a las dos ametralladoras retorcidas y casi pudo imaginarse una escena de película, con el protagonista agarrando el cañón y convirtiéndolo en un tirabuzón. ¡Era demasiado increíble! Se giró y le preguntó a Gao Tu, que era algo más corpulento que un Omega normal: —Disculpe, ¿cómo consiguió destrozar el cañón de una ametralladora con las manos?
Gao Tu se quedó sin palabras, sin saber qué responder. El pequeño Cacahuate, que estaba a su lado, soltó un “¡Eh!”, tiró de la manga de la agente y, señalando a Hua Yong, le dijo: —Ese de ahí es mi padre.
La agente, estupefacta, trasladó su mirada a Hua Yong. Desde que el grupo entró en la comisaría, se había fijado en él. Era de una belleza descarada, tan brillante como una llama, capaz de capturar a cualquier ser fototrópico. Ante su asombrosa belleza, los humanos y los insectos no se diferenciaban en nada: atraídos, hipnotizados, era imposible evitarlo. Frente a ese rostro, a la agente le costó articular palabra: —¿Ha sido usted?
—Sí, solo defensa propia.
El timbre de voz de Hua Yong era más bien frío, y nunca hablaba alto. Cuando hablaba con Sheng Shaoyou, solía alargar las vocales, lo que hacía que su voz sonara melosa, como si estuviera coqueteando. Pero en cuanto el interlocutor era otro, ese tono suave desaparecía, dejando solo una indiferencia controlada y distante.
…
Un intento de secuestro fallido añadió un toque de absurdo a ese día de fiesta. Una semana después, el dirigente de una empresa extranjera, que tenía rencillas tanto con Shengfang Bio como con HS, fue acusado de contratar a los sicarios. X Holdings, como parte colaboradora en la investigación, proporcionó una cadena de pruebas tan completa que dejó a la fiscalía boquiabierta.
El secuestro fue como un pequeño interludio. Los “familiares” secuestrados solo llegaron cuarenta y cinco minutos tarde a su cena. Pero esa cena tuvo secuelas importantes. Desde entonces, Hua Yong se negó a dejar que Sheng Shaoyou o el pequeño Cacahuate salieran solos sin guardaespaldas.
Y hoy, de pie a la entrada del parque de atracciones, lleno de decenas de miles de “empleados” de Hua Yong, Sheng Shaoyou sintió un dolor de cabeza punzante. Creyó necesario hablar seriamente con este pequeño loco paranoico.
Los niños jugaban como locos en el parque lleno de actores. Pasteles de calabaza con forma de orejas de ratón, cerveza de mantequilla sin alcohol, helados gigantes con formas de dibujos animados… Probaron de todo, tanto que Sheng Shaoyou, que no era muy de dulces, acabó harto y no paraba de beber agua.
Shen Lele nunca había sido tan travieso. Él y el pequeño Cacahuate corrían de la mano por la avenida principal del parque, donde todo el mundo les abría paso, soltando los gritos agudos y alegres propios de los niños. Shen Wenlang, al ver a su hijo tan desatado, también puso cara de dolor de muelas. Qué difícil es enseñarles lo bueno y qué fácil aprenden lo “malo”, pensó. Espero que este pequeño demonio precoz de Hua Yong no me eche a perder a mi obediente Lele.
Gracias a la “extravagante” organización de Hua Yong, el día en el parque fue relajado y agradable. El incidente ocurrió al atardecer, durante el espectáculo de fuegos artificiales.
En el balcón del castillo del club VIP, el pequeño Cacahuate, sentado sobre los hombros de Hua Yong, estiraba el cuello hacia el cielo, balanceando sus cortas piernas con expectación. Se giró hacia Sheng Shaoyou: —Papá, ¿van a empezar ya?
Sheng Shaoyou, que le sostenía una piruleta de dibujos animados, sonrió con dulzura. —Sí, ya empiezan.
Apenas terminó de hablar, el oscuro cielo azul se iluminó con flores brillantes. Deslumbrantes estelas de luz, acompañadas de un estruendo ensordecedor y los vítores de la gente, lo llenaron todo. —¡Papá, mira! —gritó el pequeño Cacahuate, emocionado, balanceándose de un lado a otro y estirando sus manitas como si quisiera atrapar la luz—. ¡Qué bonito!
—Sí que lo es —respondió Sheng Shaoyou en voz baja. Pero su mirada no estaba en los fuegos artificiales. Estaba fija en el rostro de la persona a su lado. Sonrió levemente—. Qué bonito.
Tan bonito que, con solo una mirada, su corazón se aceleraba. En esa noche, en ese preciso instante, las luces y las sombras fluían sobre el rostro pálido de Hua Yong, como un humo iridiscente. Una cálida oleada inundó el corazón de Sheng Shaoyou, una sensación sencilla y a la vez compleja. A día de hoy, todavía no podía olvidar el impacto de la primera vez que lo vio. El verdadero amor siempre tiene sus propios presentimientos.
Todos esos años, Hua Yong le había demostrado con hechos que la seducción, el deseo y el anhelo también podían ser cálidos. El pequeño loco, que miraba los fuegos artificiales en silencio a su lado, le hizo creer a Sheng Shaoyou que, aunque las luces de la ciudad se apagaran algún día, su belleza nunca lo haría.
Y justo cuando Sheng Shaoyou admiraba el perfil de su amado, perdido en su encanto, oyó un grito ahogado a su lado. El pequeño Cacahuate, demasiado excitado, se balanceó bruscamente, perdió el equilibrio y cayó hacia adelante desde los hombros de Sheng Shaoyou. —¡Cuidado! —Hua Yong, con unos reflejos felinos, extendió el brazo y lo atrapó al vuelo. Pero con el movimiento brusco, se golpeó el dorso de la mano contra la afilada barandilla.
El pequeño Cacahuate, salvado por su padre, abrió los ojos de par en par, aterrorizado. Sus hermosos ojos se llenaron lentamente de lágrimas. Fuera del balcón no había red de seguridad. Si Hua Yong no hubiera sido tan rápido, las consecuencias habrían sido nefastas. Tras el susto, el pequeño Cacahuate no rompió a llorar, solo empezó a hipar. Gao Tu y Shen Wenlang, que estaban al lado, corrieron a consolarlo. —A ver, ¿te has hecho daño?
Sheng Shaoyou, todavía en shock, sentía el corazón desbocado. Todos los adultos rodearon al pequeño, asegurándose de que no se había hecho ni un rasguño. Solo entonces respiraron aliviados. En comparación con la preocupación por el pequeño Cacahuate, Hua Yong era mucho más descuidado consigo mismo. La luz en la terraza era tenue, pero Sheng Shaoyou vio claramente la herida de Hua Yong. Era grave.
La afilada barandilla de estilo europeo le había hecho un corte de cinco o seis centímetros en el dorso de su mano pálida y delgada. La piel se había abierto, una visión espantosa. El personal que los acompañaba se arremolinó. El equipo médico del parque llegó en cuestión de minutos, listos para atender al distinguido cliente. Pero a Hua Yong no le importó. Sacudió la mano y dijo con indiferencia: —No es nada.
Odiaba que la gente lo observara cuando estaba herido, le hacía sentir inseguro. Se metió la mano herida en el bolsillo, pero alguien lo agarró bruscamente de la muñeca, haciendo que se tambaleara. No necesitaba ver la cara de Sheng Shaoyou. A esa distancia, podía sentir la ira que emanaba de él.
—¿Sabes la de porquería que tiene esa barandilla? Si no te lo curas bien, ¿qué quieres, pillar el tétanos?
—Señor Sheng… —El pequeño loco, que momentos antes parecía inaccesible, se volvió dócil al instante. Su tono se volvió meloso, y se quejó en voz baja—: Qué borde es.
—¿Qué?
Fulminado por la mirada de Sheng Shaoyou, se calló de inmediato, como si no se atreviera a decir nada más. ¿Quién iba a pensar que el tirano del País P era un experto en fingirse dócil, un pobre corderito frente a su amado?
Pero Sheng Shaoyou sabía que solo era una fachada. Había algo en lo que le había insistido mil veces, pero que Hua Yong nunca se tomaba en serio. Esta vez, Sheng Shaoyou decidió darle una lección. —La mano. Dámela.
Hua Yong, obediente, le tendió la mano izquierda. Y en cuanto la tuvo cerca, la giró y entrelazó sus dedos con los de Sheng Shaoyou. Le sonrió, mostrando un poquito los dientes, y suplicó: —Señor Sheng, no me regañe. He protegido al pequeño Cacahuate —dijo, intentando ganárselo—. He sido muy rápido, ¿verdad? ¡Soy genial!
Sí, genial para cambiar de tema y desafiarlo en su propia cara. Sheng Shaoyou no cayó en la trampa. Con el rostro serio, le exigió: —La otra mano.
Hua Yong, al ver su expresión fría, supo que no podía escapar. Lentamente, le tendió la mano derecha herida. El corte era peor de lo que había pensado. La carne estaba abierta y, sobre la piel pálida, la herida parecía aún más brutal. Sheng Shaoyou contuvo el aliento. Apenas se atrevía a tocarla.
Hua Yong, al ver su expresión, se ofreció: —¿Quiere que lo haga yo? O podemos dejarlo para luego, es solo un rasguño… —Su voz se fue apagando. El rostro de Sheng Shaoyou era aterrador. Su mano temblaba ligeramente de la rabia.
—Señor Sheng… —lo llamó Hua Yong con cautela. Sheng Shaoyou le sujetó la mano y, en silencio, empezó a limpiarle la herida. El agua oxigenada burbujeó sobre la carne viva. Hua Yong, como si no sintiera nada, no apartó la vista del rostro del Alfa, intentando que se calmara. Pero Sheng Shaoyou estaba furioso. Desde que le curó la herida hasta que volvieron a casa, no le dirigió la palabra.
Antes de dormir, Hua Yong seguía intentando hacer las paces. Pero Sheng Shaoyou, terco, no estaba dispuesto a perdonarlo. Así que lo siguió por todas partes, del estudio al dormitorio, y finalmente al baño, como un gato pegajoso al que su dueño ha ignorado.
—Señor Sheng —lo llamó con voz melosa. Al ver que no respondía, probó otra táctica. Se quejó en voz baja—: Me duele la herida. Me he dado un golpe.
Efectivamente, Sheng Shaoyou, que lo había estado ignorando, se giró. Con el rostro pálido por la ira, le cogió la mano. Hua Yong aprovechó el momento para besarle la barbilla. —¿Sigue enfadado? Señor Sheng, me he equivocado. Perdóneme. No se enfade más, ¿vale?
Sheng Shaoyou odiaba esa facilidad que tenía para disculparse, sabiendo que no se arrepentía en absoluto. Soltó una risa fría. —¿En qué te has equivocado?
—En todo —dijo Hua Yong, mirándolo con sus ojos tiernos y húmedos—. Hacerlo enfadar es culpa mía.
Por suerte, Sheng Shaoyou tenía una voluntad de hierro. Si no, este pequeño loco lo habría matado de un disgusto. Dijo, furioso: —¿Te crees que por ser un Enigma eres la gran cosa? ¿Te aprovechas de que no te mueres fácilmente para hacer lo que te da la gana? ¡Un día de estos me vas a matar de un infarto!
—No me atrevería —dijo Hua Yong, acercándose para rodearle los hombros con dulzura, suplicando perdón—. Me he equivocado. —Pero mientras lo decía, usaba la mano herida como si nada. Un poco de sangre fresca había traspasado el vendaje.
—¡Mírate!
Sheng Shaoyou, con el rostro serio, salió a buscar el botiquín. Hua Yong lo siguió hasta el salón. Se sentó en el sofá, obediente, como un pajarito esperando a que su dueño le dé de comer. La capacidad de curación del Enigma era asombrosa. Al quitarle el vendaje, la herida ya estaba mucho mejor, ya no era un corte espantoso. Pero, por haberse movido tanto, volvía a sangrar un poco. Sheng Shaoyou sintió que le faltaba el aire.
—No me duele —se apresuró a tranquilizarlo Hua Yong. ¿Que no te duele? De repente, Sheng Shaoyou sintió una oleada de ira irracional. Cogió las tijeras del botiquín y, sin pensarlo, se hizo un corte en el brazo. Fue un corte profundo. La sangre brotó al instante.
—¿¡Qué estás haciendo!? —gritó Hua Yong, su tono se volvió severo, su expresión dócil se ensombreció. Sheng Shaoyou lo miró fijamente y le preguntó, palabra por palabra: —¿Ahora te duele?
Hua Yong apretó los labios, sin decir nada. Su rostro estaba lívido. Cogió una gasa y le presionó la herida. Pero Sheng Shaoyou lo apartó y lo abrazó de repente. Su aliento cálido rozó su cuello. —Hua Yong, a mí también me duele.
Esa noche, ninguno de los dos pudo dormir. En el silencio de la madrugada, el Enigma, que siempre se había mostrado fuerte, dijo de repente: —No me gusta curarme las heridas delante de la gente. Desde pequeño.
Confesarse era vergonzoso. Le dio la espalda a Sheng Shaoyou y, al ver que el otro no decía nada, añadió en voz baja: —Porque mostrar debilidad es peligroso. No recibes compasión, solo atraes más competencia. Un lobo moribundo nunca recibe ayuda, solo atrae a una manada de hienas. Esperan al acecho, listas para devorar su cadáver o, peor aún, para despellejarlo vivo. Así que, aunque esté herido, tengo que fingir que no pasa nada. Aunque me esté muriendo, tengo que fingir que estoy lleno de vida. Eso me lo enseñó el Omega que me dio a luz. Así es como he crecido.
Hablaba de cosas horribles con una calma escalofriante. Era cierto. Al crecer en una familia tan disfuncional, era normal que tuviera esas “costumbres”. Sheng Shaoyou, que había estado en silencio, volvió a sentir compasión. Se dio la vuelta, se acercó a Hua Yong, le rodeó la cintura y apoyó la nariz en su hombro. Tras un largo silencio, suspiró. —Hua Yong, no vuelvas a hacer eso.
—¿Mmm?
—Puedes ser débil. A partir de ahora, yo te protegeré.
Hua Yong guardó silencio un momento. De repente, se giró y le sujetó el cuello con la mano herida. Lo besó con la ferocidad de un adolescente, sujetándole la nuca, obligándolo a acercarse, a devolverle el beso. Lo necesitaba. Necesitaba su calor, su latido.
Sheng Shaoyou no tenía intención de apartarlo. Y al pensar en la herida de su mano, menos aún se atrevió a forcejear. Dejó que lo besara con esa urgencia posesiva. Con ese beso, le exigía una prueba, quería saber cuánto lo amaba.
¿Cuánto lo amaba? Sheng Shaoyou pensó. Aunque no estaba tan loco como él, todo el amor que tenía era para Hua Yong. Sí, este pequeño loco es un desgraciado, seguro que necesita mucho amor, mucha seguridad. Así que, le daré también el que no tengo. Lo amaba.