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LA PREGUNTA RETÓRICA de Xiao Yiming hizo que el corazón de Fang Chi se hundiera de golpe. De pronto, sintió que no llevaba suficiente ropa puesta: el viento nocturno se colaba con fuerza por el cuello de su abrigo.
A los pocos segundos, sus manos se convirtieron en trozos de hielo.
—Tú… —Fang Chi se metió las manos en los bolsillos—. ¿Estás diciendo que tu mamá se enteró de… eso?
—Sí. —Xiao Yiming asintió.
Fang Chi permaneció callado durante un largo rato. En su bolsillo tenía una cajetilla de cigarrillos. Le costó bastante sacar uno, se lo puso en la boca y tuvo que presionar el encendedor unas siete u ocho veces para prenderlo.
—Para alguien que dejó de fumar, siempre tienes uno a mano, ¿eh? —dijo Xiao Yiming.
—Consuelo psicológico —respondió Fang Chi. Mantenía el cigarro en la mano, sin fumarlo. Al cabo de un rato, volvió a preguntar—: ¿Cómo se enteró?
Aunque Xiao Yiming era bastante abierto sobre su orientación sexual, tampoco lo era tanto como para revelarlo a su familia justo antes del examen de ingreso a la universidad. Esto solo podía significar que su madre lo había descubierto por otros medios.
—No quiero hablar de eso. —Xiao Yiming frunció el ceño—. El caso es que ya lo sabe.
Fang Chi guardó silencio. Ambos permanecieron quietos en la oscuridad, sin pronunciar palabra.
El viento soplaba con fuerza y la temperatura bajaba cada vez más mientras avanzaba la noche.
A unos diez o quince metros de ellos, la luz de una farola creaba un círculo cálido. Pero Fang Chi sabía que aunque se acercaran, el frío sería el mismo.
No supo cuánto tiempo permanecieron allí plantados en silencio. Cuando alzó la mano para dar una calada, descubrió que el cigarrillo ya se había consumido por completo.
Chasqueó la lengua y tiró la colilla apagada al basurero más cercano.
—Ven a mi casa —dijo, mirando a Xiao Yiming.
Xiao Yiming tenía la cabeza ladeada, absorto en algo que estaba mirando. Al oírlo, negó con la cabeza.
—Buscaré un hotel más tarde.
—Idiota. —Fang Chi dio media vuelta y comenzó a caminar de regreso.
Al poco rato, oyó pasos detrás de él.
Se volvió.
—No llevas dinero encima, ¿verdad?
—Nope. —Xiao Yiming se palmeó los bolsillos y sonrió con desgana—. Ni una moneda.
—¿No te dejan volver a casa?
—No lo dijeron así, solo que me largara. —Xiao Yiming se frotó las manos—. Mañana veremos.
—Mmm —respondió Fang Chi.
Volvieron a guardar silencio. Caminaron juntos de vuelta al vecindario sin intercambiar una palabra. Ya en el departamento, Fang Chi miró la hora. Era bastante tarde. Luego miró a Xiao Yiming.
—Podemos compartir la cama.
—Dormiré en el sofá. —Xiao Yiming se tumbó envuelto en la ropa—. De todos modos, no queda mucho para amanecer.
—Mi cama es grande —dijo Fang Chi.
—No quiero incomodarte —contestó Xiao Yiming con los ojos cerrados—. Y tampoco estoy acostumbrado a compartir cama.
Fang Chi no insistió. Fue al dormitorio, sacó una manta del armario y se la dio a Xiao Yiming. La calefacción en este viejo edificio nunca funcionaba bien, no como en casa de sus abuelos, donde tenían su propio sistema.
Xiao Yiming se tapó y se quedó dormido.
Fang Chi regresó al dormitorio, cerró la puerta y se acostó.
Pensó en mandarle a Sun Wenqu las fotos que tomó hoy de las florecillas, pero ya era muy tarde y tampoco tenía mucho ánimo.
Xiao Yiming no había entrado en detalles y él no quería presionarlo. La marca tan nítida de aquella bofetada era elocuente por sí sola. Cualquier explicación no sería más que lo de siempre.
Y mientras más escuchara, más desesperado se sentiría.
Apagó la luz y acomodó a Sir Amarillo, que ocupaba su almohada, en el hueco de la almohada contigua
Cerró los ojos, ralentizó su respiración y empezó a contar en silencio.
Cuando estaba a punto de quedarse dormido, le pareció escuchar los sollozos ahogados de Xiao Yiming en la sala. Pero cuando aguzó el oído, ya no había nada.
Frunció el ceño, agarró los auriculares qué tenía al lado y se los puso.
Cuando se levantó por la mañana y abrió la puerta del dormitorio, Fang Chi vio a alguien en la sala, de espaldas, parado frente a la ventana.
Se asustó tanto que agarró por reflejo un bastón de trekking que tenía junto a la puerta.
Solo cuando esa persona se dio la vuelta, reaccionó: era la persona sin hogar, Xiao Yiming.
—Me asustaste —dijo, dejando el bastón.
—¿Perdiste la memoria o qué? —Xiao Yiming se rio.
—Me dio lag —respondió Fang Chi, echándole un vistazo—. ¿Necesitas asearte? Te traigo cepillo y toalla.
—Vi que hay enjuague bucal, usé eso. Y la cara, con echarme un poco de agua fue suficiente. No te molestes —dijo Xiao Yiming.
—Bueno. —Fang Chi entró al baño.
Después de encontrar un abrigo más decente para Xiao Yiming, salieron juntos.
El teléfono de Xiao Yiming no parecía haber sonado en toda la noche. Mientras desayunaban, no dejaba de mirarlo. Fang Chi pensó que su madre estaba siendo demasiado dura.
Pero con algo así… si fuera en su propia familia…
Sus abuelos lo buscarían, ¿verdad?
¿Quizá no lo dejarían irse así sin más?
No, tampoco era seguro. Podía ser igual.
O capaz del puro coraje se enfermaban. Quién sabe.
Al pensar esto, Fang Chi no pudo evitar fruncir el ceño. Hasta perdió las ganas de tofu dulce.
Xiao Yiming, en cambio, parecía muy tranquilo. Fue a la escuela como si nada y sin llevar nada. Por suerte, estaban en esa etapa de repaso donde tenían todos sus libros y cuadernos apilados en el pupitre; las mochilas pasaron a ser un cero a la izquierda.
Aunque al mediodía, cuando fueron a almorzar, Xiao Yiming no se unió. Dijo que quería quedarse a dormir un rato en el aula.
A Fang Chi le quedó una sensación extraña. En un momento así, quería hablar con alguien, contar lo ocurrido… pero no sabía con quién, ni qué decir exactamente, ni tampoco cómo empezar.
Vio el nombre de Sun Wenqu varias veces en su lista de contactos. Se quedó mirando la pantalla, pero al final volvió a dejar el teléfono a un lado.
A la salida, como de costumbre, caminó un rato con Xiao Yiming. Parecía que este aún no tenía claro adónde ir después de comer castañas.
—¿Cuándo volverás a tu casa? —le preguntó Fang Chi.
—Ni idea —suspiró Xiao Yiming—. Mi mamá ni siquiera me ha llamado.
—¿Y qué vas a hacer? —Fang Chi también suspiró—. ¿Vienes a mi casa hoy?
—No. —Xiao Yiming negó con la cabeza—. Iré a casa de mi tía. ¿Tienes algo de dinero? ¿Me prestas?
—¿Tu tía? —Fang Chi sacó su billetera—. ¿Y qué le vas a decir?
—Que me echaron después de una pelea, ¿qué más?
—¿Justo antes del examen de ingreso? Eso no tiene lógica. —Fang Chi le dio los pocos cientos de yuanes que tenía—. ¿Por qué no intentas hablar con tu madre y admites… tu error?
—¿Mi error? —Xiao Yiming lo miró.
—Al menos decir algo más suave. —Fang Chi bajó la cabeza para seguir comiendo castañas—. ¿Qué otra opción tienes?
—Discutimos muy feo. Aunque me derritiera en lágrimas, dudo que sirviera de algo. —Xiao Yiming se detuvo en la parada del autobús y se apoyó en un poste—. Yo mismo cerré todas las salidas.
Fang Chi no dijo nada. Conocía el carácter terco de Xiao Yiming. Si decía eso, podía imaginarse cómo había sido la pelea entre madre e hijo.
—Fui muy impulsivo. —Xiao Yiming bajó la mirada—. Siempre pensé que esto no era gran cosa, que si se enteraba, pues ya estaba, no podía cambiarse y tampoco es un error imperdonable. ¿Armar tanto drama? ¿Por qué? Pero el ingenuo fui yo. De diez mil padres, con suerte unos cuantos aceptan algo así.
Fang Chi lo escuchó en silencio.
—Si pudiera volver atrás, no le respondería como lo hice. Me lanzaría de rodillas a sus pies y dejaría que me pegara un rato, para que al menos desahogara su ira. —Xiao Yiming frunció el ceño.
Fang Chi podía escuchar la impotencia y desamparo en la voz de Xiao Yiming.
—Voy a casa de mi tía. Ahí viene el bus —dijo él, dándole una palmada en el hombro.
—Tú… —Fang Chi lo miró.
—Estoy bien —respondió Xiao Yiming—. Falta poco para el examen. Pase lo que pase, primero superaré esta prueba. Lo mismo va para ti. No te distraigas con mis cosas.
Después de que Xiao Yiming subiera al autobús, Fang Chi se quedó parado un buen rato en la parada. Ni siquiera sabía en qué estaba pensando. Al final, se puso los auriculares y corrió de regreso por la calle.
Su técnica para correr era excelente, meticulosa: el equilibrio corporal, el movimiento de los brazos, la amplitud de la zancada, el punto de apoyo del pie. Prestaba atención a cada detalle.
Solo corriendo así se sentía satisfecho, solo así podía disfrutar verdaderamente del acto de correr
Y solo así podía dejar atrás, de verdad, todas esas cosas que le pesaban.
Delante de él únicamente quedaban el paisaje y los transeúntes que pasaban a toda velocidad, junto con un viento que poco a poco dejaba de sentirse tan helado, además de su propia respiración.
* * *
Ese día, Sun Wenqu subió a la montaña con el abuelo y con Chico.
De vez en cuando, el abuelo solía subir allí para estirar las piernas y mantenerse activo. Como alguien que había vivido allí toda su vida, disfrutaba observar los cambios que ocurrían en la sierra: cambios que tal vez tomaban años, décadas, hasta toda una vida… imperceptibles para los ojos ajenos.
—¿Estás cansado? —le preguntó el abuelo.
Había elegido un camino fácil para subir: bastante llano y ya bien marcado por el paso constante de la gente del pueblo.
—No —respondió Sun Wenqu—. Todavía puedo cruzar un par de montañas más.
—Lo dices como si ya hubieras cruzado una. —El abuelo se echó a reír—. ¡Si ni siquiera hemos llegado a la mitad de la ladera!
—El camino es bueno —dijo Sun Wenqu sonriendo—. No cansa.
—De ahora en adelante, si vas a correr, ven por este camino. Nada de ir por esa otra ruta donde casi te torciste el tobillo —le aconsejó el abuelo.
—No he vuelto a ir por allí. Me da miedo.
—Xiao-Chi creció en estas montañas, trepaba por todos lados. Conoce cada camino y cada roca al derecho y al revés —explicó el abuelo mientras caminaban—. ¿Ves esa roca de allá?
—La veo. —Sun Wenqu siguió la dirección que indicaba su dedo. Al otro lado del valle se veía una ladera rocosa sin vegetación—. ¿Eso no es más bien un muro de piedra?
—Cuando estaba en primaria, Xiao-Chi ya trepaba por ahí —dijo el abuelo con evidente orgullo—. Como un monito, era bien salvaje.
—Me dijo que usted siempre lo llevaba a las montañas a jugar —comentó Sun Wenqu mirando al abuelo, cuya sonrisa era contagiosa. Cada vez que este sonreía, él también sentía ganas de hacerlo.
—Cuando era chico, sí, yo lo llevaba. Ya más grandecito, empezó a venir solo —dijo el abuelo con cierta nostalgia—. Desde que se fue a la ciudad, nunca terminó de acostumbrarse. Siempre quiere volver. Y cuando vuelve, le cuesta marcharse.
—Es comprensible. Crecer en un lugar como este y luego irse a la ciudad… el contraste es demasiado grande.
—Sí, pero no puede quedarse aquí para siempre, ¿verdad? Tiene que salir. Ir a estudiar, a trabajar… En la ciudad hay mejores oportunidades que en el campo.
—Lo que más extraña es a ustedes, a usted y a la abuela. —Sun Wenqu estiró una mano para acariciar a Chico, que los seguía al lado.
El abuelo soltó una risa fuerte y alegre. Luego, como si se hubiera acordado de algo, añadió:
—Ese niño… hace rato que no llama, ¿verdad?
—Hum, debe estar muy ocupado con los estudios. —Sun Wenqu sacó su teléfono. Había pasado más de medio mes desde la última llamada de Fang Chi.
Mensajes, sí, había mandado algunos. Una foto de una florecita amarilla, preguntando si habían florecido las plantas en las macetas MONO; dos «buenas noches» y otros cuantos presumiendo sobre problemas difíciles que había resuelto, incluso con fotos de los ejercicios.
Pero ninguna llamada.
Visto así, no parecía que hubiera nada raro: un chico metido hasta el cuello en estudiar para el examen de ingreso a la universidad, que se distraía de vez en cuando mandando mensajes para relajarse un poco.
Pero si lo pensaba con más cuidado, algo no encajaba del todo.
* * *
Fang Chi salió de la veterinaria junto a Liang Xiaotao. Llevaban a Sir Amarillo en su transportín para gatos, todavía medio atontado por la anestesia.
—¿Y si al llegar a casa, se da cuenta de lo que pasó y me araña? —preguntó Fang Chi, algo preocupado.
—No creo. —Liang Xiaotao se agachó para mirar al gato—. Tal vez ni sepa que ya no tiene huevos. A lo mucho te ignorará por un rato, ¿no?
—Entonces no hay problema. —Fang Chi soltó un suspiro—. De todos modos nunca me hace caso.
Liang Xiaotao se echó a reír:
—Tienes bien asumido tu rol de esclavo del gato, ¿eh?
—Te invito a comer algo. —Fang Chi miró alrededor.
—No hace falta, anda, vuelve ya. —Liang Xiaotao sonrió—. Yo me voy directo a casa. Si quieres, invítame algo después del autoestudio nocturno.
—Está bien. —Fang Chi asintió.
Estaba a punto de decir algo más cuando sonó su teléfono en el bolsillo: Nuestra patria es un jardín, donde las flores son realmente hermosas; el cálido sol nos ilumina y todos tenemos sonrisas esplendorosas…
—¡Chao! —Liang Xiaotao le hizo un gesto con la mano mientras subía a un taxi que estaba parado junto a la acera.
Fang Chi también le devolvió el gesto y, al mismo tiempo, sacó su teléfono.
—¿Hola?
—¿Estás fuera? —La voz de Sun Wenqu salió por el auricular.
—Mmm. —Fang Chi entró en un supermercado cercano con el transportín en mano para guarecerse del viento.
—¿Tienes autoestudio esta noche? —preguntó Sun Wenqu.
—Mmm. —Al escuchar su voz, Fang Chi experimentó una sensación indescriptible: cálida, reconfortante, que le despertaba el impulso de acercarse y acurrucarse contra él, pero, al mismo tiempo, lo atenazaban el miedo y la confusión—. Hoy… llevé a Sir Amarillo a que lo castraran.
—¿Ya está hecho? —Sun Wenqu se rio—. ¿Se ha enterado?
—Parece que no. Aún está medio mareado. —Fang Chi se rio también—. ¿Tú… has estado ocupado hoy?
—Más o menos —respondió Sun Wenqu—. Vuelve a casa primero. Cuando llegues, llámame. El abuelo dijo esta mañana que hace tiempo que no te escucha. Seguro te extraña.
—Mmm. —Fang Chi sintió de pronto un poco de culpa—. Ahora con el repaso… estamos muy ocupados. Llego del autoestudio nocturno… directo a dormir.
—Ya le dije que estás hecho polvo de tanto estudiar.
—Oh… Entonces te llamo cuando llegue a casa.
Fang Chi detuvo un taxi en el camino, con el transportín entre los brazos. No pudo evitar sentirse incómodo durante todo el trayecto, como si algo le apretara por dentro. Al llegar, casi se baja sin pagarle al conductor.
No sabía si Sun Wenqu había notado algo: su nerviosismo, su conflicto interno.
Tal vez no. Sun Wenqu parecía haber hablado con total normalidad.
¿O tal vez sí? Ese hombre siempre podía leerlo como un libro abierto y aún así no decir nada…
Seguro que sí. Fang Chi apoyó la frente en el respaldo del asiento delantero y dejó escapar un suspiro. Solo el hecho de no haber llamado en tanto tiempo ya era demasiado evidente.
¿Estaría molesto?
¿O sí se molestó, pero no lo decía…?
También podía ser que algo que a él le preocupaba tanto, para Sun Wenqu ni siquiera significara nada.
Entró a casa, sacó con cuidado a Sir Amarillo del transportín y lo dejó en su camita: una estructura mullida con un agujero para meterse. Aunque al gato no le gustaba mucho; en sus buenos días, se limitaba a sentarse encima, intentando aplanarla como un panqueque.
Pero ahora, cuando Fang Chi lo puso dentro, se dejó hacer sin protestar. Apenas entró, se acurrucó y no se movió más.
Fang Chi fue a lavarse las manos, se cambió de ropa y recién entonces tomó el teléfono. Dudó un momento antes de marcar el número de Sun Wenqu.
El teléfono fue contestado al primer tono y de inmediato escuchó la voz del abuelo:
—¿Xiao-Chi?
—… ¡Abuelo! —Fang Chi no esperaba que fuera él quien contestara, así que lo saludó con una sonrisa de sorpresa—. ¿Aprendiste a contestar el teléfono?
—¡Qué voy a aprender! Shuiqu me ayudó a deslizar la pantalla —se rio el abuelo—. Hoy llevaste al gato ese a que lo caparan, ¿no?
—Sí —dijo Fang Chi riendo—. Recién llegué. ¿Ya cenaron?
—Sí. Hoy comimos en unos platos muy elegantes. Después le digo a Shuiqu que te mande una foto. —El abuelo hablaba entusiasmado—. Parecían de restaurante fino. Hasta el pato que tu abuela quemó se veía presentable.
—¿Qué comieron? —Fang Chi no pudo evitar frotarse el vientre.
—Nada del otro mundo, platos normales. Pero hace un tiempo Shuiqu hizo un par de fuentes y hoy las usamos para servir. ¡Quedaron preciosos!
—Oh. —Fang Chi sonrió. Sabía que cuando Sun Wenqu se atascaba en el trabajo, le daba por ponerse a hacer otras cosas. Tocó el trébol de cuatro hojas que colgaba de su cuello—. Entonces tengo que verlo.
Después de charlar un rato con sus abuelos, la abuela, al enterarse de que aún no había cenado, lo instó a que fuera a comer.
—Ya, ya —respondió Fang Chi, siguiendo su costumbre—. Pásame con Shuiqu, ¿sí?
—No sé a dónde se metió Shuiqu —dijo la abuela—. Ya no está en la casa.
—Oh, entonces cuelga. No hace falta que te muevas, yo corto desde acá. —Fang Chi dudó un momento antes de terminar la llamada.
Pensando que Sun Wenqu podría volver a llamar, llevó su teléfono a la cocina mientras cocinaba fideos.
Pero cocinó, comió… y Sun Wenqu no llamó.
Fang Chi suspiró. Se terminó el caldo de los fideos sin mucho entusiasmo y luego fue a lavar el tazón.
Después de dejar todo limpio, se sentó con la idea de repasar un rato. En ese momento, su teléfono vibró.
Era un mensaje de Sun Wenqu.
Dos fotos. En una se veían dos fuentes blancas en forma de pétalo, con vetas delicadas. En la otra, los platos ya servidos: una fuente tenía el pato chamuscado de la abuela y la otra verduras salteadas. Las verduras, por suerte, no estaban quemadas.
Sun Wenqu:
Hice esto mientras buscaba inspiración. ¿A que quedaron geniales?
Fang Chi sonrió. «Supergeniales», respondió.
Sun Wenqu:
Continúa estudiando. Solo quedan unos meses, aprovecha el tiempo.
Fang Chi:
OK.
Sun Wenqu:
Mándame una foto del eunuco Sir Amarillo, quiero verlo.
Riendo, Fang Chi se agachó frente a la cama del gato y, tras varios intentos, logró un par de fotos. Sir Amarillo todavía estaba atontado y apenas reaccionó; ni siquiera hizo el intento de arañarlo, solo lo miró con los ojos entrecerrados.
Envió las fotos a Sun Wenqu.
Fang Chi:
Así está. El veterinario dijo que tardará unas horas en recuperarse.
Sun Wenqu:
Pobre, abandonado por el mundo. Acarícialo de mi parte. Ahora a estudiar.
Fang Chi:
Sí.
Fang Chi dejó su teléfono y se sentó frente al escritorio. Permaneció un rato absorto antes de ponerse los auriculares y sumergirse en los ejercicios.
¿Cuándo se acabaría esto?
No preguntó más sobre cómo Xiao Yiming estaba manejando su situación. Solo sabía que seguía sin regresar a casa y que continuaba viviendo con su tía. Pero, al menos, su ritmo de estudio había vuelto a la normalidad.
Quizás este problema no tenía solución.
Padres que no pueden aceptar; hijos que no pueden cambiar.
Un nudo imposible de desatar.
La única forma de no herir a los padres, de no obligarlos a enfrentarse a tal realidad, parecía ser nunca dar ese paso. Ni por decisión propia, ni por presión ajena.
Fang Chi se obligó a dejar de darle vueltas al asunto. Era un problema sin solución. Mejor dejarlo a un lado por ahora.
Como decía Sun Wenqu: «Mente enfocada, sin distracciones».
Esto era difícil de lograr. Fang Chi sentía que, de vez en cuando, su mente inevitablemente se distraía. Por suerte, su proceso de repaso había entrado en una fase de «ah, esta me la sé, esta otra tampoco está tan difícil, esta debería ir así, ¿no?»: el estado pseudo-cerebrito.
Aunque cuando los profesores corregían los exámenes seguía viendo que cometía bastantes errores, al menos ya podía avanzar con los ejercicios sin demasiados bloqueos, sin pasarse tanto tiempo en divagaciones improductivas.
A la hora de dormir también caía rendido enseguida. No tenía tiempo ni de ponerse nostálgico: se dormía en cuanto tocaba la almohada.
Solo por las mañanas, si despertaba muy temprano, sus pensamientos a veces volaban hacia Sun Wenqu: ¿Cómo iba su trabajo? ¿Seguía corriendo? ¿Habría hecho más platos para completar un juego para los abuelos? ¿Se habría quedado despierto toda la noche…?
Cuando sonó la alarma, Fang Chi abrió los ojos y rodó un poco sobre la cama antes de levantarse. Corrió las cortinas y abrió la ventana para que entrara algo de aire fresco.
El clima comenzaba a calentarse. En el aire se colaba, de vez en cuando, el olor húmedo de la tierra. Los brotes nuevos en los árboles afuera habían perdido su verde brillante inicial, adoptando un tono más oscuro.
Su teléfono vibró en la mesita de noche.
Fang Chi lo alcanzó y vio que era un mensaje de Sun Wenqu.
El juego de macetas MONO en el alféizar de su ventana habían sido colocadas en círculo en la azotea. Entre las hojas verdes asomaban pequeñas flores blancas, diminutas como granos de arroz.
«Florecieron», decía el mensaje de Sun Wenqu.