Los Diez Cuentos de Hua Yong: La Sirenita (El Engaño)

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La sangre azul de la sirena se disolvió tenuemente en el agua de mar, infundiendo a ese estanque estancado una vitalidad infinita. —Todos estos peces y corales que estaban muertos, revivieron milagrosamente al contacto con su sangre —dijo el experto. Se acercó a la pecera, pulsó un botón en el lateral y, al instante, el agua comenzó a agitarse violentamente, llenándose de burbujas. La sirena, sobresaltada, abrió los ojos de golpe, encontrándose de lleno con la mirada directa de Sheng Shaoyou.

La bomba de extracción se activó, reduciendo drásticamente el oxígeno. Uno tras otro, los pececillos empezaron a flotar panza arriba, a la deriva en la corriente, su vida desvaneciéndose a ojos vista. La sirena, al abrir los ojos, reveló unas hermosas pupilas de un negro profundo. Los pliegues de sus párpados eran marcados, pero su mirada era fría, hastiada, perezosa, irradiando un aura de “no te acerques”. Sheng Shaoyou, pillado por sorpresa, le sostuvo la mirada. Comprendió al instante a aquellos marineros hechizados por los cantos de sirena. ¿Cómo podía existir en el mundo una belleza tan sobrecogedora?

Al verlo, los ojos de la sirena se iluminaron de repente. Su expresión gélida se derritió como el hielo, dando paso a la calidez de la primavera. Sus cejas se relajaron y sus labios, rojos e intensos, se curvaron ligeramente. Esta criatura, que irradiaba frialdad, le estaba dedicando una sonrisa tierna. Pero Sheng Shaoyou, de pie frente a la pecera, sintió como si esa mirada lo hubiera atravesado, y un dolor agudo le oprimió el corazón.

El experto, ajeno a todo, seguía demostrando la habilidad de la sirena para resucitar a los muertos. —Mire —manipuló con destreza un brazo mecánico oculto en un compartimento. En cuestión de segundos, el brazo metálico apresó la aleta azul y transparente de la sirena. La enorme fuerza hizo que la lucha del ser fuera insignificante. Mientras lo tenía inmovilizado, una hilera de agujas afiladas salió disparada desde el otro lado y se clavó en la pequeña zona de piel azul de su cola.

Debido al forcejeo, una de las agujas se desvió, pasando zumbando junto a la mejilla de la sirena y cortándole un mechón de pelo. La sonrisa tierna, reservada solo para Sheng Shaoyou, se congeló en el rostro de la sirena. Se transformó en una mueca de dolor y debilidad. Intentó arrancar el brazo mecánico de su cola, pero recibió una descarga eléctrica de alto voltaje que lo hizo convulsionar. Sangre azul oscuro brotó de las heridas. Se replegó sobre sí mismo, cerró los ojos y bajó la cabeza, como un barco magnífico hundiéndose, arrastrado sin vida por el brazo artificial.

—¿Qué está haciendo? —El tono de Sheng Shaoyou contenía un reproche que no pudo controlar. El experto, pensando que el líder temía por la seguridad de su raro “trofeo”, se apresuró a explicar: —No se preocupe, su vitalidad es asombrosa, no es fácil que muera. ¡Mire! ¡Los peces están reviviendo! Efectivamente, los pececillos que momentos antes flotaban sin vida, al contacto con la sangre, se estremecieron y volvieron milagrosamente a la vida. Y no solo eso, tras tocar la sangre de la sirena, sus colores se volvieron aún más brillantes que antes. —¡Es un milagro! —exclamó el experto, emocionado.

—Suéltelo —dijo Sheng Shaoyou, frunciendo el ceño con severidad—. Parece que le duele. El experto miró con recelo a este líder, famoso por su apatía. Dijo, con una risa nerviosa: —Tiene razón. Supongo que una sirena también cuenta como persona, debería tener derechos humanos. Dicho esto, pulsó un botón. El brazo mecánico soltó a la sirena, que volvió a caer sobre la enorme cama de concha. En el instante en que tocó el fondo, sus ojos desenfocados se abrieron de golpe, buscando algo con ansiedad. Al ver a Sheng Shaoyou, pareció relajarse y sonrió. Los peces de colores y las algas se arremolinaron a su alrededor, como en una hermosa pintura submarina.

Sin embargo, los humanos fuera de la pecera no sabían que, dentro, los peces estaban cuchicheando. —Joder, es la sexta vez que me muero esta semana —dijo un pez. 

—Ya ves, ¿por qué siempre tenemos que hacer el numerito de resucitar? 

—¡Ese bicho feo se ha atrevido a cortarle el pelo al Rey! ¡El último tiburón que le tocó un pelo lleva ochocientos años muerto! 

En medio de los murmullos, un pez betta, recién resucitado, nadaba con esfuerzo. Le susurró a un guppy que pasaba: —¿Te has dado cuenta? El Rey parece estar muy a gusto aquí. No tiene ninguna intención de irse. 

—Ya —suspiró el guppy—. ¡Y qué raro! ¡El Rey está actuando! ¿Está… haciéndose el débil?

Un pez linterna se acercó perezosamente y terció: —No es que lo parezca, es que lo está haciendo. Nuestro Rey controla las tormentas eléctricas de todo el océano. ¿De verdad crees que una descarga de diez mil voltios va a dejarlo sin fuerzas? 

—¡Es verdad! 

—¡Y además, las escamas que le faltan en la cola se las arrancó él mismo anoche! ¡Yo lo vi! 

—¡Yo también! 

—¡Y yo! 

—¡Anoche no durmió nada! ¡Se pasó horas rascándose la cola para que el líder humano ese no llegara y la herida estuviera ya curada! 

—¡Ay, y estos humanos estúpidos se creen que han hecho algo increíble! 

—¡Qué fáciles de engañar! 

—Pero, ¿por qué actúa el Rey? 

—¿Por qué va a ser? ¡Para engañar, claro! 

—¡Ah! ¡Así que el Rey está engañando! ¡Bueno, los humanos son malvados! ¡Se merecen que los engañen!

Mientras los peces parloteaban, Sheng Shaoyou obtuvo más información sobre la sirena. Le habían puesto el nombre de “Sirena Uno”, en honor al mito. —¿Las sirenas no tenían alas? —Sheng Shaoyou no estaba nada contento con el nombre—. Y además, no tiene rasgos occidentales. ¿Qué pasa, hasta para poner un nombre tenemos que ser unos lameculos? 

El experto, reprendido, no se atrevió a levantar la cabeza. Se secó el sudor. —El nombre lo puso el profesor de lingüística del instituto. —Que lo cambie —dijo Sheng Shaoyou, impasible. —¿Y qué nombre sugiere?

La mirada de Sheng Shaoyou recorrió el rostro pálido de la sirena. Realmente tiene un rostro que hasta las flores (hua) elogiarían (yong) al verlo. —Hua Yong —dijo en voz baja. La criatura, tumbada en la cama de concha, pareció entenderlo. Le dedicó un leve asentimiento. Sheng Shaoyou se quedó helado de nuevo. Subió los escalones de la plataforma de observación, acercándose más.

Sintiendo su mirada, Hua Yong se incorporó con dificultad y nadó unos metros. Parecía querer acercarse a él, pero la cadena que rodeaba su cintura se lo impidió. Se quedó flotando a medio camino, ansioso, mirando a Sheng Shaoyou con sus ojos oscuros y húmedos. Parecía estar pidiéndole ayuda. Al darse cuenta, Sheng Shaoyou sintió una extraña compasión.

—El líder de Ameliken1 ha estado haciendo movimientos últimamente. Nuestras fricciones en el territorio en disputa han causado muchas bajas. Esta sirena le ha dado nuevas esperanzas al ejército. El Almirante Shengfang cree que deberíamos usarlo como material experimental para desarrollar fármacos de primeros auxilios y regeneración.

—¿Han oído eso? —dijo un pez payaso, incrédulo—. ¡Quieren usar al Rey para hacer experimentos! 

—¡Lo hemos oído! 

—¿Están locos? 

—Los humanos siempre han estado locos. Se comen las aletas de los tiburones, dicen que es bueno para la salud. 

—¡Puaj, qué asco! ¡Comerse los huesos de otros!

Hua Yong, suspendido en el agua, miró a Sheng Shaoyou con una tristeza aún más profunda. Sheng Shaoyou, incómodo, apartó la vista, abandonó la zona de contención y volvió a su residencia. Al perder a su público, las luces de la sala se atenuaron. En la oscuridad, solo quedaron unos pocos destellos de luz, provenientes de los peces y medusas bioluminiscentes.

CLAC. La puerta automática se cerró. Hua Yong, que había estado inmóvil, seguía suspendido en el agua. Su cola se curvó ligeramente, como un arma blanca mellada, brillando con una luz débil y misteriosa en la oscuridad.

—Miren, el Rey parece enfadado. 

—¿Por qué? 

—¿No lo ven? —dijo el guppy, orgulloso—. Cuando el Rey nadó hacia ese humano, su cola formó una “S”. Es un símbolo de cortejo. 

—¿Cortejo? —el pez payaso abrió los ojos de par en par y susurró—: ¿¡Quieren decir que al Rey le gusta ese humano paliducho!?

Hua Yong, que había estado en silencio, se giró y fulminó con la mirada a los peces cotillas. —El señor Sheng no es ningún paliducho.

¡¡¡¡QUÉ!!!! ¡¡¡¡El Rey, altivo y frío, que no se digna a mirar a ningún pez, acaba de hablar!!!! ¡Oh, dios mío! ¡¡¡¡El Rey me ha hablado!!!! ¡Mamá! ¡¡¡Soy el elegido!!! El pez payaso, abrumado por la emoción, puso los ojos en blanco y se desmayó. Dos peces mariposa lo sujetaron e intentaron hacerle la respiración boca a boca. Hua Yong levantó la mano. Una pequeña llama azul brotó de la punta de sus dedos, como un relámpago, y se hundió en la frente del pez payaso. El cuerpo anaranjado del pez se iluminó al instante. Despertó, dio una voltereta y nadó un par de vueltas, ágil como una bandera ondeando al sol.

Tras reanimar al pez, Hua Yong posó sus dedos pálidos y perfectos sobre la cadena de su cintura. La rompió como si abriera un paquete de cartón. Justo antes de que sonara la alarma, chasqueó los dedos. Una luz azul brillante destelló por un instante, tan rápida que fue imperceptible, como un sueño fugaz. En la mesa, la aguja del detector eléctrico giró hasta el límite, y el cristal que lo cubría estalló en mil pedazos. En unas pocas centésimas de segundo, todos los sistemas de alarma, interferidos por la potente corriente, se apagaron.

Hua Yong nadó hasta el borde de la pecera y, con un ligero empujón de sus manos pálidas, levantó la tapa de acero reforzado, supuestamente capaz de resistir un torpedo. La tapa salió volando, pero Hua Yong la enganchó con la cola y la sujetó justo antes de que golpeara el suelo y lo destrozara.

El pez payaso, el guppy, el pez linterna… todos los peces de la pecera nadaron hacia él y le hablaron en voz baja. —¿A dónde va, majestad? 

—¿Va a buscar a ese humano? 

—Vale, admitimos que tiene una cara bonita. Pero, majestad, tiene toda la pinta de ser un canalla que le romperá el corazón.

Hua Yong apretó los labios. Las gotas de agua resbalaban por su pelo mojado. —El señor Sheng no lo hará —dijo Hua Yong—. Dijo que solo le gusto yo. 

—Pudo haberle mentido —susurró una pequeña estrella de mar. 

—¡Imposible! —se burló el pez payaso—. ¿No lo sabes? Nadie puede mentirle al Rey. Su Rey tenía un rostro capaz de cautivar a los dioses y unos ojos capaces de discernir cualquier mentira.

Al recordar aquel primer encuentro, hacía tantos años, Hua Yong volvió a sonreír. —Sí. No mintió. Al ver su sonrisa, el pez payaso volvió a poner los ojos en blanco y se desmayó. ¡Madre mía! ¡El Rey, frío, altivo, orgulloso como el hielo, acaba de sonreír con esa ternura! ¡Dios! ¡Por ver esa sonrisa, vale la pena hasta que me conviertan en pescado frito!

Notas del Traductor

  1. Es una transliteración fonética de “American” (estadounidense) al chino. Se refiere al líder de Estados Unidos.
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