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Volumen 1

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Capítulo 4 — La cadena que ata a las bestias

Cuando Leo entró en el apartamento, todo estaba tan silencioso que parecía vacío.
—¡Li Biqing! —lo llamó desde la sala, pasando por el dormitorio y la cocina, pero no encontró rastro alguno del novio de Molly.
Sin embargo, su instinto profesional notó enseguida los cambios: el suelo, antes cubierto de polvo, estaba limpio; las telarañas en las esquinas del techo desaparecieron; la ropa sucia que él mismo había dejado tirada en el baño estaba lavada y tendida en el balcón; y en la cocina flotaba un leve olor a aceite recién usado.
Excepto aquel muchacho chino que vivía temporalmente allí, no había nadie más que entrará a hacerle las tareas domésticas.
El problema era: ¿adónde demonios se había ido ese chico?
Volvió a la entrada y estaba a punto de salir a buscarlo cuando el pomo de la puerta hizo clic. La puerta se abrió hacia adentro y Li Biqing apareció cargando una enorme bolsa de víveres del supermercado, vestido con ropa cómoda.
Leo se quedó frente a él, y sólo entonces notó que el chico era un poco más alto de lo que recordaba: alrededor de 1,78 metros, esbelto y bien proporcionado, quizá un poco delgado, esa delgadez natural tan común en los cuerpos orientales. Li Biqing se quedó pasmado un segundo al verlo, y luego le dedicó una sonrisa suave y tímida.
—Leo, ¿cuándo volviste? ¿Has comido ya?
Era cierto, pensó Leo con diversión: alguien había dicho una vez que los chinos siempre preguntaban si habías comido al saludarte. Y al parecer era verdad. Se apartó unos pasos para dejarlo pasar.
—Entra. ¿De dónde sacaste la llave?
Mientras llevaba la bolsa a la cocina, Li Biqing respondió:
—Vi en las series americanas que ustedes siempre dejan una llave de repuesto bajo el felpudo de la puerta. Busqué un poco y, efectivamente, estaba escondida bajo una baldosa suelta. Siempre me ha parecido increíble… Si es tan común, ¿no temen que los ladrones lo sepan?
Leo se encogió de hombros.
—En China dicen: “Se previene al caballero, no al villano”. Las personas decentes no se agachan en tu puerta para robarte la llave. Y si un ladrón quiere entrar en tu casa, pongas un candado o pongas diez, dará igual. Además, mucha gente tiene alarmas instaladas; simplemente les da pereza esconder bien la llave, o la olvidan seguido.
Li Biqing soltó una risita mientras sacaba uno por uno los ingredientes.
—La fama de los estadounidenses de ser descuidados es tan conocida como su incapacidad para hacer cálculos.
—Oye, un poco de misericordia con nosotros, chico chino —Leo cruzó los brazos, apoyado en la encimera, entretenido mirando cómo el otro lavaba zanahorias y cortaba los tomates. Solo lo había visto una vez y apenas habían intercambiado dos palabras, pero conversar con él resultaba sorprendentemente natural.
—¿Cómo compraste todo eso? Molly dijo que no hablas inglés.
—Algunas palabras sencillas sí. Cómo “supermercado”, “dónde”, “comprar”. La gente en la calle es muy amable. Y ya en el súper, los dependientes me ayudaron. Lo más importante: tengo dólares y sé leer los números árabes. —explicó con total seriedad.
Leo volvió a reír. Descubrió que en diez minutos había sonreído más que en los cinco días anteriores juntos. Aquel chico parecía ingenuo, casi atolondrado, pero no era ni una cosa ni la otra. Incluso tenía un humor muy sutil.
Quizá podamos llevarnos bien, pensó. Desde luego, era muchísimo mejor que los dos últimos novios de Molly, a los que él mismo había tenido que dar unos buenos golpes.
—¿Sabes cocinar? ¿Cocina china?
Li Biqing asintió, moviendo el cuchillo con una rapidez asombrosa. Rodajas de apio tan finas como jade verde iban cayendo una detrás de otra.
—Sé hacer algunos platos caseros. Hoy quería preparar cazuela de berenjenas al estilo yuxiang, costillas agridulces, apio salteado con calamares y sopa de tomate con huevo… ¿sabes usar palillos?
—Puedo agarrar un frijol con ellos. Mi abuela materna me enseñó cuando era niño.
—Se nota que tienes algo de sangre china. Los hijos de mezcla suelen ser guapos. Creo que los hijos que tenga con Molly también saldrán muy bonitos.
—¿Y para cuándo piensan casarse? —Al oír el nombre de su hermana, Leo preguntó.
—No hay fecha aún. Tengo que ir a clases de idiomas, sacar certificados, encontrar un trabajo formal. Tu hermana dice que quiere volver a vivir definitivamente en Estados Unidos.
Leo lo observó mientras hablaba y cortaba carne con esa calma tan oriental, sin dejar asomar ni una pizca de sus emociones. Tal vez era ese carácter reservado lo que volvía difícil “leer” a un asiático. Pero, pensó Leo, para cruzar medio mundo y dejar tu hogar atrás, tenía que haber amor. ¿Qué otra razón podría haber?
Su inteligente, bella e independiente hermana —que solo tenía mal ojo para los hombres— parecía haber encontrado al fin a alguien decente. Aquello a Leo, le dio cierta paz.
La cena estuvo deliciosa. Tres platos y una sopa, mejor que la comida china adulterada de los restaurantes de Chinatown. Entre los dos terminaron con la olla de arroz, los platos y la sopa. Luego, Li Biqing, sin que nadie se lo pidiera, recogió los cuencos y se puso a lavar.
—Cuando estás con Molly, ¿las tareas de la casa las haces tú? —Leo no pudo evitar preguntar.
Li Biqing asintió.
—En mi ciudad, siempre ha sido el hombre quien hace las tareas del hogar.
—¿Y la mujer?
—Ir de compras, gastar dinero, jugar al mahjong.
Leo soltó un suspiro sincero.
—Puedo imaginar lo feliz que será Molly después de casarse.
Después de cenar, Leo, por una vez, no regresó a la oficina a hacer horas extra. Se sentó en el escritorio del dormitorio y revisó con detenimiento la enorme cantidad de información del caso almacenada en su portátil, intentando filtrar y relacionar cada fragmento disperso para encajarlos como un rompecabezas y así moldear la figura completa del “Killgreen”.
Tres copias de retratos robot, cada uno con un rostro distinto, estaban pegadas en la pared detrás del escritorio. Eran lo último que veía antes de dormir y lo primero que veía al despertar. Cada noche se colaban en sus sueños: reían, murmuraban, deambulaban, y repetían una y otra vez el proceso de caza. En esos sueños, él seguía a aquella sombra de rasgos borrosos como un aprendiz, tratando de descifrar cada expresión, observando cada movimiento. Las cuchilladas, con su estallido de sangre y carne, eran tan reales que parecían salir de su propia mano, y más de una vez lo despertaron empapado en sudor frío.
Todos los casos eran así… ¿Cómo podía permitir que esos asesinos fríos y crueles, esos desalmados que menospreciaban la vida, siguieran libres? Solo después de abatir o arrestar al culpable podía dormir con verdadera tranquilidad.
“No te obligues a perseguir al asesino dentro de la oscuridad. Así es como la vida puede volverse luminosa y hermosa.” El viejo Kenneth solía decirle eso, dándole una palmada en el hombro.
Leo había intentado seguir aquel consejo bienintencionado, pero nunca lo lograba. La oscuridad envolvía a los asesinos, los protegía con crueldad. Si uno no se adentraba en ella, ¿cómo disipar la niebla y revelar la verdad bañada en sangre?
Leo cerró los ojos y respiró hondo. Cuando volvió a abrirlos, brillaba en ellos una firmeza inquebrantable.
Tras más de tres horas —o tal vez aún más—, la mente comenzó a nublarse y sintió la necesidad de una bebida que lo despejara. El apartamento alquilado tenía una vieja cafetera, pero no tenía tiempo para preparar nada; solo podía conformarse con café instantáneo, empalagoso pero al menos mejor que el café gratuito de la oficina.
Cerró el portátil, se frotó el rostro con fuerza y se levantó para salir del dormitorio. El reloj de pared marcaba la una de la madrugada. La lámpara del comedor seguía encendida, y una figura encogida se escondía en la sombra del sofá. Leo se tensó de forma instintiva —un reflejo profesional—, y casi llegó a tomar la pistola que llevaba en la espalda, hasta que recordó que ahora en el apartamento había un huésped más.
—¿Aún no duermes? —saludó mientras se acercaba.
Li Biqing llevaba ropa de estar: una camiseta azul cielo y pantalones marfil. Descalzo, con las piernas recogidas sobre el sofá, tenía un grueso cuaderno abierto sobre las rodillas y sostenía un lápiz en la mano derecha. Cuando alzó la vista hacia él, todavía mordía la goma del extremo del lápiz.
—No… —respondió—. Estaba escribiendo algo.
Como si de pronto cayera en la cuenta de lo infantil de su gesto, sacó el lápiz con rapidez, lo colocó entre las páginas abiertas y cerró el cuaderno de inmediato.
Leo fue a la cocina a prepararse un café instantáneo y, asomando la cabeza, le preguntó:
—¿Quieres café?
—No, gracias. Me hice té rojo.
—¿Té rojo chino?
—Zhengshan Xiaozhong, Tongmuguan. ¿Quieres probar?
—Está bien. Últimamente el café ya no me hace efecto.
Li Biqing se inclinó hacia delante, apoyándose apenas en el brazo del sofá mientras se estiraba para preparar el té sobre la mesa redonda, sin molestarse siquiera en bajar los pies. La luz delineaba la curva de su espalda bajo la delgada tela, desde la nuca fina, pasando por la cintura estrecha, hasta las líneas definidas de sus caderas, formando una silueta natural y armoniosa.
A Leo le pareció una imagen muy similar a la de un gato estirándose perezosamente sobre el sofá. Puede que muchas mujeres pudieran hacer aquella postura más seductora, pero en él lo que transmitía era una calidez relajada, una comodidad natural. Le evocaba chimeneas encendidas en noches de invierno, almohadas mullidas calentadas por el sol, té de menta por la tarde y galletas de arándanos… cosas así. Una sensación doméstica de tibieza y sosiego.
Quizá —pensó Leo— eso era lo que Molly había visto en él y lo que la había enamorado.
Cuando se sentó en el otro extremo del sofá con la taza de té, notó varias novelas sobre la mesa. Tomó una al azar. Estaban en chino, casi todos títulos que no podía leer, pero las portadas le sonaban. Al observarlas mejor, estaba seguro de haber leído sus ediciones en inglés.
—“Susurros al pie de la cama”, “Capullo roto”, la trilogía “Mariposa muerta” y “Ala final”… ¿Roy Lee? Sus obras más famosas. Con que te gustan las novelas de misterio y suspense. ¿Sabes? A mí me encanta este tipo. No solo es un autor superventas, también es un psicólogo criminalista autodidacta. Estas obras, junto con “La colección de Hitchcock”, “El silencio de los inocentes” y “El coleccionista de huesos”, están en la lista de lecturas recomendadas en la oficina.
—¿Lecturas de oficina? Vaya, tienen gustos bastantes… intensos —dijo Li Biqing, abriendo mucho los ojos.
Leo sonrió sin explicar más y preguntó:
—Siempre hubo algo que no entendí. Tal vez puedas darme la interpretación correcta. En “Susurros al pie de la cama”, ¿el verdadero asesino era el hermano mayor de los gemelos, o era la doble personalidad del menor?
Li Biqing respondió sin dudar:
—Ninguno. No existe ninguna doble personalidad. El supuesto hermano mayor también es una invención. Verter azúcar en el depósito del coche de los vecinos, ahorcar a su perro, matar al vecino con una pelota de golf, descuartizar a la vecina y enterrar su cabeza bajo la ventana para obligarla a “ver” cómo violaban a su hija pequeña… Todo lo hizo él mismo. Desde el inicio había planeado crear la ilusión de que eran gemelos: interpretaba a ambos a la perfección, hacía creer a todos que eran hermanos que vivían juntos, incluso falsificó los registros de nacimiento del hospital. El vecino que los veía comer juntos desde la ventana en realidad solo veía el frente de una de las figuras; el otro era un muñeco inflable hecho a medida. Cuando la verdad salió a la luz, fingió que el hermano mayor había huido por miedo a ser atrapado y consiguió engañar al jurado, escapando así de la justicia.
—Pero al final el hermano realmente aparece. ¿Cómo explicas eso?
—¿Has oído el dicho? “De la sospecha nacen los fantasmas”. Hay cosas que son tan vagas y etéreas que, si crees con suficiente firmeza en ellas, un día podrían hacerse reales, porque buscarás todos los medios para materializarlas. Ese hermano imaginario, creado con mentiras para engañar a otros, acabó engañándolo también a él, y en su corazón nació un fantasma: el espectro del hermano mayor que cada noche se plantaba junto a su cama, susurrando, jactándose de los crímenes cometidos.
Leo meditó un instante y asintió, dándole la razón.
—Utilizó un engaño magistral para escapar de la ley, pero no pudo huir de los fantasmas de su propia conciencia. Cuando alguien empieza a confundir la realidad con la ilusión, la locura nunca queda lejos.
—La locura también significa autodestrucción —añadió Li Biqing.
—Dicho así, por fin puedo dejar de obsesionarme con que ese tipo nunca fuera llevado ante la justicia —soltó Leo, resoplando—. No sabes cuánto detesto esas escenas de películas y novelas donde el asesino se escabulle y la policía queda como un inútil. ¡Un engaño clásico para el público!
Li Biqing sonrió.
—Sientes como si te hubiera estallado la escala de valores, ¿verdad? Pero es lo que más le gusta a la gente. Todos llevamos dentro una bestia encadenada por la moral y la ley. Encontrar el equilibrio entre lo humano y lo bestial es una tarea que dura toda la vida.
¿Y “Sha Qing”? ¿Qué rompió las cadenas de su moral y su ley interna? ¿Qué liberó a esa fiera que devora a quien se le cruce?
En estos tiempos, con la invasión constante de héroes estadounidenses —Spiderman, Batman, Linterna Verde—, muchos creen que la motivación de “Sha Qing” proviene de un sentido de justicia retorcido, que disfruta desempeñar el papel de un “policía social” y que, al elegir a otros asesinos como objetivo, el daño que causa a la sociedad es menor que el de un homicida común. Leo, sin embargo, estaba en contra de esa teoría.
Él se inclinaba más bien a pensar que la motivación criminal de “Sha Qing” era una reacción postraumática: aquel hombre había sido víctima de violencia y asesinato, quizá desde niño. Al escoger como presa a asesinos seriales, en realidad estaba actuando desde un deseo de venganza. Al principio aún podía mantener cierto control, pero a medida que pasaba el tiempo, la satisfacción psicológica que le provocaba cada muerte se iba acumulando. Pronto ya no sería capaz de contener a la bestia que llevaba dentro, salvaje e indómita, hasta volverse completamente loco entre la sangre y la matanza.
La locura significaba autodestrucción. Pero Leo no podía esperar a que llegara ese punto para capturarlo: la gente pagaría un precio demasiado alto.
Quizá debería retroceder en la línea temporal, pensó. El grupo de análisis de conducta estimó que “Sha Qing” debía tener entre veinte y veintiocho años. Tendría que revisar los casos de asesinatos seriales ocurridos en los distintos estados durante los últimos veinte años…
Leo se perdió en sus reflexiones.
Cuando por fin volvió en sí, no sabía cuánto tiempo había pasado. La tetera de porcelana, antes llena de té caliente, estaba completamente fría. Se puso de pie, moviendo los hombros rígidos, y vio que Li Biqing seguía encogido en el sofá, la cabeza gacha. No pudo evitar reprenderlo, sin autoridad alguna:
—¿No vas a dormir? Ya son casi las tres. Desvelarse siempre es malo para la salud.
El otro no respondió ni se movió.
Leo se acercó y, al mirarlo con atención, descubrió que se había quedado dormido abrazando las rodillas. Los mechones castaños, brillando bajo la lámpara, le caían sobre los ojos, y su respiración era larga y tranquila.
La postura fetal era uno de los signos de falta de seguridad emocional. Recordó aquella frase de algún psicólogo y, en un rincón de su interior, sintió una súbita y suave ternura. Se inclinó, lo recogió en brazos como a un niño profundamente dormido, dejando que la cabeza descansara cómoda en el hueco de su brazo, y lo llevó hasta el dormitorio de invitados. Lo acostó despacio y le cubrió el cuerpo con la manta.
El muchacho oriental, completamente despreocupado, dormía de un modo tan profundo que Leo, sentado al borde de la cama, lo observó un momento con un destello de envidia en los ojos. Ya en su propia habitación, se dejó caer en la cama, y por primera vez en muchos días no miró las imágenes pegadas en la pared antes de dormir. Apagó la luz de inmediato.
Media hora después, se incorporó de golpe. Salió descalzo hacia el baño, abrió el botiquín y tomó un pequeño frasco blanco sin etiqueta. Tras dudar un instante, sacó dos pastillas ovaladas, se las metió en la boca y las tragó. Luego regresó a la cama.
Gracias al medicamento, un sueño profundo, silencioso, completamente oscuro, cayó por fin sobre él. Y se durmió.

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