Prólogo

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PRÓLOGO 

 

Era muy ruidoso a pesar de ser media noche.

 

—Debe ser una tormenta fuera de temporada—, pensó Olivia, sentándose en la cama. Las ventanas vibraron cuando el fuerte viento las sacudió junto a los marcos y un relámpago brilló por un momento, tiñendo la habitación de blanco.

 

«No debo tener miedo. No puedo tener miedo…. Todo el mundo está sufriendo por mi culpa. Por mi culpa…»

 

Apretó los puños hasta que se pusieron blancos, en un intento de calmar los temblores de su cuerpo.

 

La tormenta en realidad podría ser algo bueno. Ni siquiera el ejército del Emperador sería capaz de moverse con un clima así. El castillo de Lutgart resistiría tantas tormentas como ella, y aquellos que mueran por su culpa vivirían tanto tiempo como ella.

 

Aun así, cada vez que caía un trueno, Olivia se estremecía, luego se acurrucaba y enterraba la cabeza entre las rodillas, como si cada trueno abriera un agujero en su corazón.

 

Toc Toc

 

Alguien llamó a la puerta y Olivia respondió con una débil voz.

 

—Adelante.

 

Quien abrió la puerta fue el Conde Theodore Lutgart.

 

El olor a polvo húmedo y sangre invadió la habitación. Su cabello, negro como el carbón, estaba empapado y su atrevida belleza parecía demacrada.

 

—¿Pasó algo?

 

Olivia preguntó confundida, con sus labios carnosos y rojos ahora pálidos y sin color.

 

—Princesa, por favor levántese y póngase los zapatos. ¡Algo cómodo, rápido!

 

Habló con firmeza y rapidez, abriendo bruscamente el armario de Olivia.

 

Olivia siguió sus palabras, aunque no sabía realmente qué hacer.

 

Mientras ella se levantaba de la cama y se ponía las botas que habían sido colocadas junto a ella, Theodore se acercó nuevamente y le puso un abrigo que había sacado del armario.

 

Y metió varias bolsas pesadas, cuyo contenido parecía ser dinero, en los bolsillos de su abrigo y de su falda. 

 

Hasta ese punto, Olivia ya no pudo ignorar la situación y le preguntó, temblando como si estuviera hecha de un material tan frágil como el papel.

 

—¿El Castillo ha caído?

 

—Aún puede resistir un poco más.

 

Era una mentira y Olivia lo sabía.

 

Era absurdo enfrentarse al Ejército Imperial únicamente con los soldados del Condado de Lutgart. Aún sabiendo desde el principio que perdería, Theodore la ayudó.

 

Aunque fuera solo por sentido del deber.

 

Al pensarlo, Olivia sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos. Si no la hubieran acogido, nada habría sucedido en el Condado de Lutgart. Como un poderoso Conde del Imperio, Theodore habría sido tratado y respetado de una manera acorde con su estatus y poder.

 

Pero ahora, todo lo que quedaba de Lutgart era un pequeño castillo. Las cuatro propiedades de Theodore habían sido arrasadas por la guerra y su gente se había convertido en refugiados. De su leal ejército ahora solo quedaban menos del 30% y la mayoría de los Caballeros habían perdido su capacidad de luchar.

 

Y en ese momento, la última torre del castillo estaba a punto de perderse también.

 

Theodore tomó su mano y la atrajo hacia él.

 

—Vamos.

 

Olivia lo siguió con pasos rápidos. El enemigo ya había entrado en la muralla exterior y se oían gritos de batalla y alaridos no muy lejos.

 

Olivia tuvo que correr hasta quedarse sin aliento mientras Theodore aceleraba su ritmo a medio trote. Y aún así, él no la miró ni disminuyó la velocidad.

 

—¿A dónde vamos?

 

Olivia preguntó, pensando que no habría salida ya que el Castillo ya estaba rodeado. Theodore no respondió, pero sostuvo la linterna con una mano y tomó la mano de ella con la otra mientras bajaban las escaleras hacia el sótano.

 

—Entrégame a Ezekiel.

 

Olivia habló con seriedad mientras lo seguía.

 

—Está bien. No me matará.

 

—No digas tonterías. Eres la única que amenaza la sucesión de la Princesa Roella.

 

—Cualquier cosa es mejor a que todos mueran.

 

—La entreguemos o no Princesa, de cualquier forma, moriremos todos.

 

Era cierto. Ezekiel Schwaben, quien controlaba el Ejército Imperial, no era partidario de dejar ir a nadie que se le resistiera. Especialmente si esa persona era Theodore. Definitivamente iba a matarlo.

 

Theodore se detuvo y miró a Olivia.

 

—¿Quiere vivir, Princesa?

 

La roja luz de la linterna se reflejaba en sus ojos negros. A veces, a Olivia le parecía como si una llama ardiese dentro de ellos, y otras veces parecía como si las sombras se proyectaban, haciéndolos parecer aún más oscuros.

 

Olivia se estremeció, casi como si se estuviera reprendiendo por intentar sobrevivir por su cuenta.

 

—Por favor viva.

 

Theodore respondió en su lugar y volvió a tomar su mano.

 

Antes de darse cuenta, habían llegado al sótano del Castillo. Theodore puso la lámpara en el suelo y apartó los muebles de una pared. Entonces, como si alguien hubiera pateado la esquina, una piedra se movió, creando un agujero.

 

Entonces, Theodore habló con prisa.

 

—Este agujero conduce a una alcantarilla. Es una especie de pasaje secreto.

 

—T-Theodore…

 

—Creo que, como un Lutgart, he cumplido con mi deber.

 

Esas palabras le sonaron devastadoras. Como si hubiera dicho “¿No es por tu culpa que todos mueran así?”

 

Pero tristemente, era cierto. Si no fuera por ella, todos en el Condado de Lutgart no habrían muerto.

 

Si él no la hubiera acogido, si ella no le hubiera dicho quién era, si lo hubiera solucionado sola, Lutgart no habría muerto.

 

Olivia finalmente derramó las lágrimas que había estado conteniendo.

 

—Lo siento. Lo siento.

 

—No llores.

 

Theodore dijo suavemente. Olivia también sabía que no era momento de llorar. Que no merecía llorar.

 

Pero sus lágrimas no pararon. Theodore la agarró con fuerza de sus temblorosos hombros.

 

—Te dije que no lloraras. Nadie dijo que esto es tu culpa.

 

Igual que cuando eran niños, Theodore habló con su tono autoritario y Olivia lo miró con sus grandes ojos azules. Le resultaba difícil ver la expresión en el rostro contrario porque su visión estaba borrosa por las lágrimas.

 

—Vete.

 

—Q-Quien debería no soy yo…

 

—No puedo huir. Soy yo el responsable de Lutgart, no tú.

 

Theodore habló, poniéndole a la fuerza una llave en la mano.

 

—Vive tranquilamente. Olvida todo lo que eres, escóndete y sobrevive. Si sientes pena por quienes murieron para salvarte, vive lo suficiente para compensar sus vidas.

 

—¡Theodore, Theo…!

 

Theodore la agarró del hombro y besó apasionadamente sus labios una vez.

 

Olivia se quedó estupefacta. Y mientras Olivia trataba de entender lo que estaba pasando, él la empujó hacia el agujero sin dudarlo.

 

Cuando recobró el sentido, gritó y se resistió, pero no había forma de que pudiera contra la fuerza de Theodore.

 

La piedra fue empujada nuevamente desde atrás, bloqueando completamente la entrada y dejando a Olivia en la oscuridad.

 

—¡Theodore!

 

Ella gritó y golpeó la roca con toda su fuerza, pero esta no se movió ni siquiera un poco. Y el sonido de los muebles siendo movidos por Theodore al otro lado reverberó en la oscuridad como un trueno.

 

Pronto, solo se escuchaba el sonido de su propia respiración, y el sonido metálico de la armadura de acero de Theodore alejándose. Olivia se quedó allí por un momento, temblando mientras lágrimas corrían por su rostro.

 

El Condado de Lutgart había sido su hogar. Suyo y de su familia.

 

El anterior Conde Lutgart la había acogido y criado, y ella no tenía ninguna duda de que era una Lutgart hasta que le dijeron quién era realmente.

 

Entonces, cuando se dio cuenta de que no podía escapar de su destino, Theodore fue la primera persona a la que se le ocurrió pedir ayuda.

 

Si hubiera sabido que resultaría así no lo habría hecho. No debería haber hecho eso.

 

Theodore le había dicho que él era el responsable, no ella, pero fue él mismo quien le obligó a asumir una responsabilidad no deseada.

 

Las lágrimas no paraban.

 

Pero aún así, comenzó a arrastrarse por el estrecho pasaje, agarrando la llave con fuerza.

 

No porque Theodore le había pedido sobrevivir. Sino porque para reiniciar todo, debía llegar “allí”.

 

Se arrastró durante mucho tiempo por el pasillo donde no había luz y le era difícil respirar, hasta que pronto empezó a apestar y supo que había llegado a la alcantarilla.

 

Ya en ese lugar, pudo enderezar un poco la espalda. Olivia olvidó que estaba llorando y avanzó por las alcantarillas lo más rápido que pudo. Porque quizás aún podía salvar al menos a una persona. No, ella deseaba poder salvar al menos a una persona.

 

El pasaje del alcantarillado parecía no tener fin. Los gritos y truenos continuaban resonando en lo alto, pero ella no podía saber si era real o solo una alucinación.

 

¡Estruendo-!

 

Un rugido atronador, lo suficientemente fuerte como para hacer que cualquiera se estremezca, resonó por todo el pasaje. Y una vez Olivia logró escuchar el sonido de la lluvia, corrió hasta él.

 

¡Destello-!

 

En la oscuridad, un relámpago tiñó con su luz toda la alcantarilla. Era una señal, la salida estaba cerca.

 

Corrió rápidamente y abrió la puerta de hierro de la alcantarilla con la llave que le había dado Theodore.

 

El final del alcantarillado estaba conectado a un río, no muy alejado del Castillo. Parecía que había sido diseñado así desde el principio, para ser utilizado como un pasaje secreto.

 

Ella se movió de nuevo y salió arrastrándose del río. La lluvia torrencial la empapaba como si quisiera lavarlo todo, desde las aguas residuales hasta las lágrimas.

 

El suelo tembló tanto que se estremeció y los ojos de Olivia se abrieron de par en par.

 

¡Estruendo-!

 

Esta vez no había sido un trueno. Era el sonido de la pólvora explotando.

 

El Castillo de Lutgart se estaba derrumbando.

 

¡Estruendo-!

 

El sonido de un trueno fue seguido por el sonido de los explosivos. Una parte del Castillo de Lutgart explotó y pronto comenzó a derrumbarse en una reacción en cadena.

 

Ezekiel Schwaben, que observaba la escena, habló con voz fría.

 

—Quien me traiga a la falsa princesa será recompensado con el título de Barón, y quien atrape a Theodore Lutgart será recompensado con dos mansiones.

 

Y después de una breve pausa, volvió a hablar.

 

—Si los dejan escapar, todos aquí serán responsables.

 

¡Destello-!

 

Otro relámpago tiñó todo de blanco por un momento, luego, la oscuridad volvió acompañada de un trueno. Ya a oscuras, sólo emergía su cabello plateado, tan brillante como la luz de la luna.

 

—Nunca imaginé que derribaría el castillo él mismo…

 

El subordinado que estaba junto a Ezequiel murmuró para sí mismo.

 

—Debe ser un truco para aprovechar la confusión y permitirle escapar a la falsa princesa.

 

Debido a que muchos intentaban escapar de los efectos del colapso de la fortaleza, la formación del Ejército Imperial también se había deformado.

 

El subordinado pensó en lo difícil que sería capturar a la princesa Olivia. Ya que, ya era de noche y el clima era realmente malo. Además, todo se había vuelto un caos cuando la gente que estaba dentro del castillo salió y los soldados del ejército del Emperador, siguiendo sus órdenes, empuñaban sus armas incluso hacia los ancianos y a los niños para no dejar escapar a ninguna persona.

 

En ese momento se escuchó un nuevo grito desde la puerta principal.

 

—¡Por el honor de Lutgart!

 

—¡¡¡Por el honor de Lutgart!!!

 

Una persona comenzó y los Caballeros y soldados siguieron su ejemplo. Ezekiel entrecerró los ojos mientras los veía.

 

El rugido del Ejército de Lutgart atravesaba el sonido de la lluvia y resonaba en el cielo. Aunque estaban llenos de espíritu,para Ezekiel, sus gritos solo eran una muestra de su desesperación.

 

Su atención ahora se desvió del campo de batalla. No importaba cuán gran guerrero fuera Theodore Lutgart, y no importaba cuán brillantemente luchara su ejército, al final estaban destinados a ser derrotados por una abrumadora fuerza enemiga. Y esta vez, Theodore moriría.

 

El único problema que quedaba era la Princesa Olivia.

 

«Todo esto también debe ser para ayudarla a escapar.»

 

Ezekiel describió la determinación de arriesgar la vida de otros como una pequeña artimaña, mientras pensaba en las posibilidades.

 

La princesa Olivia era la única mancha en la estrategia política del Duque Schwaben para volverse la persona más poderosa del Imperio Schira. No, no una mancha, más bien una espina. Podía parecer algo insignificante, pero lo ponía en una situación tan delicada que podía romperse en un instante.

 

El plan de Schwaben de apoderarse del trono sin violencia ni usurpación, sin que nadie se opusiera, se vio frustrado por la sola presencia de la Princesa Olivia. Cosa que nadie se hubiera esperado cuando, hace 22 años, la bebé recién nacida desapareció.

 

Y es así como ella se volvió un problema para sus planes.

 

Ezekiel recordó su rostro. Su tez pálida y sus aterrorizados ojos turquesas. Y también su delgado cuerpo temblando.

 

Obviamente le agradaba su prometida, la Princesa Roella, pero extrañamente su rostro no se iba de su mente.

 

Lo único que tenía que hacer era atraparla. Sí, una vez que la tuviera… Entonces simplemente debía matarla y eso sería todo, así ese deseo molesto que había estado rondando en su cabeza desaparecería. 

 

Fue en ese momento cuando…

 

—¡Su Excelencia!

 

Ezekiel miró a los dos Caballeros que se acercaban a él apresuradamente.

 

Una mujer cubierta de barro era retenida por los Caballeros. La lluvia caía sobre su cabello rubio enredado, pero brillante gracias a la luz de las antorchas reflejado en él.

 

—Vaya.

 

El rostro frío de Ezekiel se suavizó. Y el Caballero informó.

 

—Un soldado que esperaba en la orilla del río la encontró.

 

—Será recompensado. El resto de los Caballeros también.

 

Le hizo un gesto con la cabeza a su subordinado, quien asintió. Más tarde preguntaría sobre el rango y el nombre del soldado y le daría la recompensa prometida. Y lo mismo haría con los Caballeros que la escoltaban.

 

—Suéltenla.

 

Los Caballeros que oyeron la orden empujaron a Olivia hacia adelante como si intentaran arrojarla.

 

Los labios de Olivia estaban blancos. Ezekiel notó eso al levantar su rostro. Theodore estaba a punto de morir y  Olivia había sido capturada. El resultado fue mejor de lo esperado. Estaba muy satisfecho.

 

—Ha pasado mucho, Señorita Olivia.

 

—…

 

Olivia tembló casi como si estuviera aterrorizada.

 

—Debiste haberte esforzado más para escapar. La muerte del Conde Lutgart fue en vano.

 

—Quita…

 

—¿Hm?

 

—Qui-Quítame las manos de encima. Es asqueroso 

 

Olivia escupió sus palabras, con una expresión nauseabunda.

 

Pero Ezekiel sonrió retorcidamente, como si hubiera oído algo divertido y agarró a Olivia del cabello.

 

—¡Ahg!

 

—¿De dónde sacaste esa actitud tan arrogante?

 

Su cabeza se echó hacia atrás mientras su cabello era tirado sin cuidado alguno. Ezekiel miró con avidez el cuello blanco expuesto. El cuerpo de Olivia tembló en sus brazos.

 

Siempre había sido así. Cada vez que la veía, sentía un deseo tan feroz de arrancarle la ropa en un instante, clavar su miembro en ella y sacudir su interior sin piedad. 

 

La razón por la que se contuvo fue porque lo más emocionante aún estaba por venir.

 

Caminó hacia un lugar con una buena vista del campo de batalla, sosteniendo el cabello de Olivia con una mano y envolviendo su brazo alrededor de su cintura como si estuviera llevándola como su acompañante a un baile. Olivia se estremeció en un intento de resistencia, pero fue inútil contra el poder de Ezekiel.

 

Olivia cerró los ojos con fuerza y giró la cabeza intentando no ver la horrible escena. Sin embargo, Ezekiel la obligó a ver, sujetándola por la parte posterior de la cabeza.

 

—Abre los ojos, Olivia. Eso es lo que una Princesa debe hacer. Debes ver con tus propios ojos el final del Caballero que sacrificó su vida por ti. ¿No lo crees?

 

—Ugh…

 

—Todos están muriendo por tu culpa.

 

Ezekiel lamió las lágrimas que habían comenzado a deslizarse por las mejillas de Olivia. Era claro que para él, no existía nada más dulce.

 

—Ruega por sus vidas.

 

—Nunca.

 

—Si me suplicas con todo lo que tienes, quizá pueda perdonar a algunos de ellos, ¿qué opinas?

 

Ezekiel habló con voz dulce, como si intentara seducirla, pero Olivia se limitó a negar con los ojos fuertemente cerrados. Ezekiel se sorprendió, había pensado que definitivamente lo haría, ya que era una mujer de corazón débil.

 

¡Woaah-!

 

Entonces se oyó una ovación. Alguien gritó.

 

—¡Theodore Lutgart ha muerto!

 

Un grito se oyó y el cuerpo de Olivia convulsionó en los brazos de Ezekiel como si hubiera sido alcanzado por un rayo.

 

—¡N-No…!

 

Ella comenzó a sollozar sin poder resistir más. Ezekiel aún más molesto, agarró el cuerpo que estaba a punto de derrumbarse y lo giró hacia él para hablarle con rudeza.

 

—¿No sabías que terminaría así? ¿Hm? No, debiste saberlo.

 

—Ah, uh-ugh…

 

—Al menos debiste intentar suplicar por su vida.

 

Aunque lo hubiera hecho, Ezekiel no tenía intención alguna de mantener con vida a Theodore Lutgart.

 

Ezekiel abrazó a Olivia, quién se tambaleaba mientras lloraba, como si no supiera dónde estaba parada. Sujetó su barbilla con fuerza, luego juntó sus labios contra los labios agrietados de ella.

 

El interior de su boca estaba caliente, ligeramente hinchado y suave. Mientras empujaba su lengua, se preguntó si el interior de su cuerpo estaría igual de húmedo.

 

Era algo que pronto descubriría.

 

***

 

La cabeza del traidor Conde Lutgart fue colgada en la plaza frente al Palacio Imperial. Fue acusado de intentar perturbar el linaje sagrado del Imperio Schira presentando a una princesa falsa.

 

Poco después se anunció el compromiso del Joven Duque Schwaben con la Princesa Roella, cuando regresaba de reprimir la rebelión. Todo el mundo ya sabía que sucedería, pero aún así era algo para celebrar.

 

Como preparación para la boda se hicieron grandes compras en el Palacio Imperial y en el Ducado de Schwaben se concedieron reuniones y fiestas de caridad. El imperio era tan vibrante que los efectos de la no tan breve guerra civil apenas fueron perceptibles.

 

Sólo unos pocos de los sirvientes que cuidaban de los asuntos íntimos de la residencia del Duque sabían que una joven llamada Olivia estaba cautiva en el dormitorio del Duque Schwaben.

 

Tap

 

Se escuchó un pequeño ruido cuando el mayordomo, que estaba a punto de anunciar la mañana, volvió a cerrar la puerta. Pero en el dormitorio lleno de un calor obsceno, nadie notó el sonido.

 

Ezequiel abrazó a Olivia en cuanto abrió los ojos. Las marcas de labios y dientes que había dejado en su esbelta y blanca nuca la noche anterior seguían siendo visibles.

 

Había estado explorando su cuerpo toda la noche, pero cuando llegó la mañana, sus deseos volvieron a brotar. Y no había motivos para abstenerse a ellos. 

 

Tomó su frágil cuerpo y frotó suavemente su vientre. Pero quizás debido a lo mucho que la había sometido, no pudo sentir nada de carne en el lugar. Al acariciar con fuerza su plano y delgado vientre y cintura, su cuerpo, exhausto y dormido, tembló como si hubiera tenido un espasmo. Y, aunque no le importaba si estaba dormida, pensó que sería más divertido si estaba despierta, así que le mordió la clavícula dolorosamente.

 

—…Ugh.

 

Finalmente, Olivia se despertó con un leve quejido de dolor. Sus hermosos ojos turquesas tenían una mirada algo aturdida, que pronto se distorsionó, al encontrarse con la mirada de Ezekiel.

 

Ezequiel rió entre dientes, pero por dentro se sentía ansioso. Esta mujer realmente lo hacía sentir raro. Aunque realmente no había mucho placer en verla reprimirse y forzarla a algo que no le gustaba, cada vez que veía a Olivia temblar de disgusto, algo caliente brotaba dentro de su pecho.

 

—¿Soy terrible? ¿Te parezco un monstruo?

 

—…

 

—¿Pero qué puedes hacer al respecto? Solo te queda aceptarlo. Tú perteneces a este monstruo.

 

Olivia no dijo nada y Ezekiel la fulminó con la mirada. Y mientras su ira aumentaba presionaba su mano contra su cuello.

 

—Para siempre.

 

—…

 

Aún así, ninguna palabra salió de su boca.

 

Habían pasado tres meses desde que fue capturada. Durante todo ese tiempo, Ezekiel nunca había escuchado una sola palabra de odio. Incluso si le causaba dolor o placer, el suficiente para volverse insoportable, lo único que ella hacía era emitir un sonido o un breve gemido… Y cada vez que esto sucedía, Ezekiel se enfurecía. El médico le había dicho que debido al shock, ella no respondía, pero Ezekiel sintió que solo se resistía.

 

Era una mujer que no podía salirse con la suya. Y aunque lo hacía enojar mucho, no quería destruirla y tirarla a la basura.

 

El deseo que sentía por ella nunca fue satisfecho por mucho que la usara. De ser otra persona, ya se habría cansado de esto, pero por más que tocaba la piel de esta mujer y hurgaba en sus entrañas, no era suficiente.

 

“Sea amable. Cuando su corazón se abra, sus palabras saldrán naturalmente.”

 

Aunque le molestaba prestarle tanta atención a un juguete, recordó las palabras del doctor y la agarró por la mejilla con un gesto amistoso para que lo viera.

 

—¿En qué estás pensando?

 

Olivia cerró los ojos. Bueno, hacer preguntas era inútil ante una mujer que ni siquiera podía o no quería hablar.

 

Ezekiel presionó pacientemente sus labios contra los de ella. No hubo respuesta al beso, pero fue cálido y dulce.

 

Fue en ese momento cuando…

 

Se escuchó una conmoción fuera de la habitación. La voz del mayordomo era lo suficientemente fuerte como para oírse más allá de la gruesa puerta de roble.

 

—¡No!

 

—Si no ocultas nada, ¿por qué no puedo entrar?

 

¡Bang-!

 

La puerta se abrió como si la hubieran pateado, al mismo tiempo que se oía la voz aguda de Roella.

 

Ezekiel, que acababa de manosear la ingle de Olivia y empujar su dedo índice dentro de su vagina, hizo una mueca. Al ver a los dos entrelazados, Roella se detuvo y luego saltó en un instante hacia Olivia, como una loca.

 

—¡¡¡¡Maldita perra!!!!

 

—¡Roella!

 

La reacción de Ezekiel llegó un poco tarde, ya que no tenía idea de que Roella dejaría de lado incluso la más mínima pizca de dignidad y correría hacia ellos. Roella agarró el cabello de Olivia con ambas manos y tiró con fuerza.

 

Olivia ni siquiera gritó, mientras la arrastraban hasta lograr bajarla de la cama. Ezekiel agarró el brazo de Roella y lo torció sin siquiera pensar en ponerse la ropa.

 

—¡Aaag!

 

—¿Qué crees que haces?

 

Ezekiel miró a Roella con fiereza, mientras ella se retorcía de dolor. La arrojó al suelo sin cuidado y, luego, levantó a Olivia y la sentó en la cama.

 

Roella observó la escena con expresión de asombro. —No puede ser, no, es imposible—, pensó. No había creído en los rumores que decían que Ezekiel mantenía a su amante en su dormitorio y la trataba como si fuera un dulce que le gustaba mucho.

 

Pero resultó ser cierto. Y no solo eso, se trataba de nadie más que la misma Olivia. Roella gritó de frustración.

 

—¡¿Qué demonios estás haciendo?! ¡Nuestra boda es la semana que viene! ¿Te has vuelto loco por culpa de esa zorra?

 

—Mi vida privada no es asunto tuyo, Roella.

 

Ezekiel respondió, cubriendo el cuerpo de Olivia con una sábana.

 

Roella no tenía problema con que Ezekiel tuviera una o dos adquisiciones después de una guerra. Ya que ya lo había hecho antes. Sin embargo, ver a Ezekiel haciendo esto, era totalmente nuevo para ella. Por lo que Roella rompió a llorar y gritó, aparentemente ajena al hecho de que su maquillaje se estaba deshaciendo.

 

—¡Cómo puedes hacer esto en secreto! ¡Voy a ser tu esposa pronto! Y Olivia, de entre todas las personas, ¡¿por qué ella…?!

 

—Lleva a Via a un lugar tranquilo.

 

Ezekiel dejó a Olivia al cuidado del mayordomo, sin importarle lo que balbuceaba Roella.

 

Roella pareció aún más sorprendida ante esa actitud y comenzó a llorar. Mientras que Ezekiel volvió a hablar, poniéndose su bata y con expresión enojada.

 

—Para el Imperio entero, la falsa princesa está muerta. No te preocupes más por eso, no hay nadie que pueda demostrar quién es esa mujer, ni nadie que pueda ayudarla. Es sólo un juguete.

 

Eso fue lo que dijo Ezekiel, pero Roella no paraba de llorar. Había tenido otras amantes antes y Roella no tenía intención de competir con mujeres así, ya que su prometido era un hombre despiadado con todos, y sin importar a quién arrastrara a la cama con él, de todos modos siempre eran solo un juego.

 

Pero Olivia era diferente. No era porque sintiera que ella fuera su competencia.

 

Roella sabía cómo Ezekiel miraba a Olivia. Quizás ella lo sabía mejor que él mismo.

 

Porque la propia Roella lo miraba con fervor. Tanto es así que no se perdía ni un ápice de su mirada, ni sus gestos, ni cada una de sus palabras.

 

Y eso fue todo lo que Olivia escuchó en el pasillo. En realidad, ya no había necesidad de preocuparse más por ello. No era asunto suyo.

 

El mayordomo la llevó a otra habitación, le puso una bata sobre los hombros y le habló cortésmente.

 

—La llevaré al anexo. Se ocuparán de prepararle un baño y darle su comida ahí.

 

Olivia asintió y lo siguió lentamente a través del recinto Ducal de Schwaben.

 

«Vaya.»

 

Esta vez había sido más rápido de lo que pensaba.

 

El anexo estaba limpio y ordenado. Quizás el mayordomo ya había arreglado el lugar desde el principio para trasladarla allí.

 

La relación jerárquica entre Roella y Ezekiel era clara y Roella era quien estaba abajo. Desde el principio, la madre de Roella fue una mujer que fue educada por el Ducado de Schwaben para sustituir a la Emperatriz y permitirle entrar al lado del Emperador.

 

Sin embargo, eso no significaba que podía ignorar por completo a la Princesa Roella, quien se convertiría en Emperatriz en el futuro. Y es por eso que Ezekiel envió a Olivia al anexo para apaciguar a Roella.

 

Siempre ha sido así. Esta era la tercera vez.

 

Y esta vez ella perseveró. Cada noche y cada mañana, soportando que un hombre al que odiaba la destrozara. Esperando pacientemente que llegara el día. 

 

Ella permaneció inexpresiva en la sala de estar del pequeño y hermoso anexo, esperando que el mayordomo se fuera.  Y una vez se fue, el mayordomo aseguró la puerta de la sala de estar.

 

Eso no era un problema. Olivia caminó rápidamente hacia la chimenea de la sala de estar. Habían allí algunas antigüedades pequeñas y bonitas, sólo decoraciones.

 

De entre todo, cogió un pequeño joyero que podía sostener con una mano. La tapa del joyero tenía dos largas filas de pequeños botones de joyas.

 

Con eso podía empezar de nuevo.

 

Fue por casualidad que Olivia descubrió el poder del joyero.

 

En su primera vida, pasó casi veinte años en este anexo. Vivió desesperada, asustada e incapaz incluso de respirar adecuadamente porque la vida era demasiado dura. Ni siquiera fue capaz de suicidarse porque era demasiado cobarde, y solo le quedó rezar para que llegara el día en que muriera sola.

 

Entonces un día, Roella, que no pudo controlar su ira, la empujó, provocando que se estrellara contra la chimenea y muriera.

 

—¡Yo soy la Emperatriz y su esposa! ¡¡¡Cómo te atreves!!!

 

Su odio hacia Olivia era injustificado. Ella nunca había deseado a Ezekiel, ni tampoco había sido feliz con este encierro.

 

—¡Perra, ni siquiera conoces la vergüenza! ¡Sólo el Conde Lutgart tuvo lástima por ti! ¡Nadie más en este mundo arriesgaría su vida por una perra como tú!

 

Olivia no podía entender qué significaba eso. ¿Y qué tenía que ver Theodore? No, de hecho, ni siquiera sabía si el Conde Lutgart en ese momento todavía era Theodore, porque había estado encerrada durante veinte años sin saber nada sobre el mundo exterior.

 

Y sin darse cuenta, sostuvo este joyero en sus manos mientras moría. Olivia todavía recordaba el dolor y la visión borrosa de ese momento y, el joyero bañado en su sangre, brillando.

 

Y cuando despertó, estaba de nuevo en aquella época cuando tenía veintidós años.

 

Al principio, pensó que su vida anterior era un sueño. No, una horrible pesadilla.

 

Pero lo que pensó que era sólo un sueño y un extraño recuerdo pronto se convirtió en realidad. La carta del Conde Lutgart que había leído en su sueño realmente existía, y una vez más se dio cuenta de que ella era la verdadera princesa.

 

Después de leer la carta, huyó inmediatamente. Sin siquiera pensar en lo lejos que llegaría ni en cómo viviría, dejó todo lo que amaba, con sólo un poco de sus ahorros y algo de ropa más la que llevaba puesta.

 

Pero su destino de ser la verdadera princesa simplemente la siguió. El Duque Schwaben, que se enteró de la existencia de Olivia poco después de la muerte del Conde Lutgart, la localizó y la capturó para eliminar la única mancha en su objetivo.

 

E incluso entonces, Olivia se convirtió en el juguete de Ezekiel.

 

Es esa vida, soportó durante aproximadamente 3 años. Después de que Ezekiel le dijera que se vengaría de Lutgart si se suicidaba, ella aceptó convertirse en su amante.

 

Incapaz de encontrarse con nadie, y sin que le permitieran siquiera dar un paseo por el jardín, vivía en este anexo como si fuera una esclava, comiendo la comida que Ezekiel le daba, vistiendo la ropa que él quería que usara, besándolo cariñosamente como él le decía y abriendo las piernas cuando quería.

 

Estuvo jugando con el joyero durante tres años, sin estar segura de su poder. Deseando poder empezar de nuevo, temiendo que su deseo no se cumpliera…

 

Pero al final, Ezekiel mató a Theodore.

 

El día de su ejecución, Ezekiel la visitó de un humor más alegre que de costumbre, le dio un regalo y tuvieron relaciones de una forma más afectuosa que de costumbre.

 

Y entonces, cuando ella estaba exhausta, él se lo contó con una sonrisa en su rostro.

 

—Theodore Lutgart fue ejecutado hoy.

 

—¿Qué acabas de decir? ¡Dijiste que no lo matarías! Si te seguía, dijiste que dejarías a Lutgart en paz…

 

—Sin importar qué, no podía dejar a un traidor vivir en paz. Si dejara libre a un traidor solo porque mi amante me lo pide, ¿qué sería del país?

 

Ezekiel la besó con satisfacción mientras ella temblaba y gritaba.

 

—Desde el principio fuiste una traidora que debió morir, pero te mantuvieron con vida, Via. Mantenerte oculta fue en sí una traición. Y, aún así, se atrevieron a reunir un ejército.

 

—Dijiste que los perdonarías. Me dijiste que si te obedecía, dejarías ir a Lutgart.

 

Eso fue todo lo que Olivia pudo decir.

 

Había soportado una vida sin esperanza alguna. Había vivido siendole fiel a un hombre que odiaba.

 

Solo deseando que Lutgart estuviera a salvo.

 

Todos los buenos momentos de su vida transcurrieron en Lutgart. El Conde Lutgard la había criado como a una hija y los recuerdos de ese lugar sustentaron su vida.

 

Así que soportó. Aunque sabía que Theodore la despreciaba. Mientras se preguntaba qué pensarían de ella los habitantes de la ciudad donde creció, al ver lo que se había vuelto gracias al Emperador.

 

Y Ezekiel también debía saberlo, porque volvió a hablar, aún con una sonrisa burlona en su rostro.

 

—Sí, ya que lo mencionas, ejecutaré sólo a Theodore y perdonaré al resto. ¿Qué pasa con esa mirada rebelde, Via? Deberías agradecerme.

 

Olivia gimió, con los ojos muy abiertos, incapaz siquiera de derramar una lágrima. Aún así, no pudo evitar agradecerle y besarle los pies. Todavía debía haber gente viva en Lutgart.

 

Pero por más que lo pensó no pudo entenderlo.

 

No había forma de que el leal Theodore hiciera algo como la traición.

 

Estaba claro que a Ezekiel le había tendido una trampa o lo había empujado hasta ese punto.

 

Finalmente, se cortó la muñeca mientras sostenía el joyero. Pero ni siquiera sintió dolor o arrepentimiento al hacerlo.

 

Sería genial si realmente pudiera volver atrás en el tiempo. Si no, simplemente moriría. No podría seguir viviendo así después de dejar que Theodore muriera. Incluso si todos los demás en Lutgart aún no hubieran sido sacrificados, ella no podría soportarlo más.

 

Pensó que habría sido mejor si hubiera muerto hace mucho tiempo. Si hubiera muerto de inmediato sin pensar en huir de Lutgart, de ese modo, quizás hubiera estado bien para Lutgart y Theodore.

 

No podía decir si el enrojecimiento en su visión se debía a sus lágrimas o si la sangre derramada había manchado todo.

 

Y esta vez, recordó claramente el joyero brillando.

 

Y ella tuvo otra oportunidad.

 

Esta vez se dio cuenta de que no podía huir y le contó a Theodore todo lo que sabía. Todo, desde el hecho de que en realidad es una princesa hasta la conspiración del Duque Schwaben.

 

Sabía que él la odiaba. Y aunque fue un favor que ella no pidió el haber sido acogida por el Conde anterior, fue injusto colocar la carga sobre él.

 

Pero no había nadie más a quien recurrir en busca de ayuda.

 

Así que pensó que todo estaría bien esta vez. Theodore era un hombre sabio y fuerte, por lo que estaba segura de que podría protegerse a sí mismo y a Lutgart.

 

Y así llegó el final nuevamente.

 

Al final, la culpa fue suya otra vez. Por su culpa, Theodore fue tildado una vez más de traidor y murió, y todo Lutgart fue destruido.

 

Olivia miró hacia abajo en silencio, sosteniendo el joyero. Sus ojos estaban hinchados, todas las lágrimas hace tiempo que se habían secado, pero sus ojos aún ardían.

 

«No fallaré esta vez. Definitivamente lo conseguiré. Yo lo salvaré.»

 

Esta vez, en lugar de huir para conseguirlo, había caminado directamente hacia las manos de Ezekiel. 

 

Y soportó. Para empezar de nuevo.

 

Un doloroso suspiro atravesó su pecho reseco.

 

«Estoy bien.»

 

Ella repitió—Todo estará bien mientras dure—. Así, ella podría empezar de nuevo y proteger a las personas que amaba.

 

Esta vez definitivamente lo haría. No huiría ni confiaría en otros, sino que usaría su propia fuerza para salvarse.

 

A sí misma, a Theodore y a Lutgart.

 

Olivia caminó hacia el dormitorio, sosteniendo el joyero en su mano. Porque pensó que así haría menos ruido que rompiendo la ventana.

 

Ella empujó la mesa de cristal en el dormitorio y la volcó.

 

¡Bam-!

 

Se escuchó un fuerte ruido cuando la mesa se rompió.

 

Fragmentos de vidrio que volaron por el aire se clavaron en su pierna, hiriendola, pero no le importó en absoluto. Y protegiéndose las manos con el lazo de su vestido, recogió un afilado trozo de cristal. Si se lastimaba la mano primero, le sería difícil cortar hasta llegar a la arteria.

 

Tenía suficiente tiempo. La ira de Roella no se calmaría fácilmente y las criadas no entrarían en el dormitorio, ya que muy pocas personas tenían permitido ver a Olivia.

 

Así que todo lo que necesitaba era su propia voluntad.

 

No era la primera vez. Olivia introdujo el fragmento de vidrio directamente en la arteria de su muñeca. Una, dos, tres veces… Movió el cristal sobre su brazo una y otra vez como si fuera su único deber.

 

Finalmente, tres horas después, cuando Ezekiel llegó a un acuerdo con Roella y la calmó correctamente, regresó al anexo y encontró a una mujer tendida en un charco de sangre, con la piel cenicienta, dando su último aliento.

 


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