#Prólogo

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Traqueteo, traqueteo.

Hoy el interior del metro era, nuevamente, un caos total. Las vibraciones pesadas que corrían por las vías y el murmullo de los pasajeros se mezclaban, perforando los tímpanos. En medio de la multitud apretujada, donde era difícil incluso respirar, solo Haeon apenas resistía, tragándose los gemidos que brotaban desde su interior.

—Hng, ah… hng…

Un líquido transparente escurría entre sus entrepiernas. La falda beige claro que había elegido con tanto cuidado esa mañana estaba completamente levantada, dejando sus nalgas al descubierto, mientras el flujo vaginal resbalaba por sus labios carnosos empapando sus muslos.

Haeon dobló las rodillas y apretó los muslos. Tenía miedo de que, ante la intensa estimulación, terminara teniendo un orgasmo explosivo allí mismo. Intentaba desesperadamente aguantar, pero ya no podía soportar el placer que sentía cada vez que los dedos insertados en su vagina rascaban las paredes de su interior.

—Ah, deténgase ya… No puedo, no puedo más…

En medio de aquel alboroto, Haeon susurró débilmente. Aun así, su voz era tan tenue que ni siquiera el hombre pegado a su espalda podía oírlo. Los dedos del hombre seguían nadando dentro de la vagina de Haeon, y las delicadas mucosas eran frotadas sin piedad por aquel tacto áspero.

​—Ah… me voy a volver loco. Mmm… ahí, sí… no debería tocar ahí… mgh…

​La vista de Haeon se nubló de forma vertiginosa. Si hubiera salido de casa sin encerrar su miembro en la jaula, era evidente que la parte delantera de la falda se habría levantado de forma antiestética debido a una erección monstruosa.

​Sin embargo, aunque su pene estaba atrapado en la jaula sin poder moverse ni un milímetro, no podía hacer nada contra el fluido que brotaba sin cesar, incapaz de contener la excitación. El líquido seminal que brotaba continuamente ya había invadido y humedecido la parte delantera de su delgada falda. Aquella mancha redonda, que parecía como si se hubiera orinado encima, revelaba de forma obscena su vulgar excitación.

​Si alguien descubriera ese rastro vergonzoso, la humillación sería insoportable… Pero el hombre, como si se burlara de los sentimientos de Haeon, se adentró aún más en su interior, empujando los dedos sin piedad. Ante la sensación de ser removido y rascado con fuerza, su ansiedad fue pronto arrastrada por una ola de placer hasta desaparecer sin dejar rastro.

​—…¡Ah!

Haeon, habiendo alcanzado finalmente su límite, sacudió su cuerpo en espasmos. Sintiendo que no podía seguir así, se tapó la boca y estiró la mano hacia atrás para sujetar la muñeca del hombre. Sin embargo, el hombre no prestó la menor atención a los gestos de Haeon intentando detenerlo; por el contrario, aumentó la velocidad de sus dedos, que antes acariciaban suavemente, y comenzó a rascar su interior con mayor rapidez.

​—¡Ah, no!

​La vista de Haeon se nubló. Para su desgracia, las yemas de los dedos del hombre hurgaban con insistencia precisamente en su punto más sensible. Cada vez que el estímulo lo alcanzaba, su cuerpo saltaba como un resorte, y Haeon, sin darse cuenta, movía la cintura hacia atrás para recibir el tacto del hombre aún más profundamente.

​Ya ni siquiera le importaba el hecho de que se encontraba en un lugar público rodeado por la multitud que se dirigía al trabajo. Olvidando incluso el peligro de estar mezclado con tantos desconocidos en un mismo espacio, agitaba sus nalgas explícitamente hacia los dedos del hombre, recibiendo aquella embestida como si fuera un animal.

​—Mmm, ah… mmm, sí… ah…

​Gemidos vulgares se filtraban irremediablemente entre sus labios. Mientras Haeon, absorto por el estímulo que hurgaba en su interior, ponía los ojos en blanco y gemía, los dedos del hombre escarbaron con fuerza en un punto cercano al cuello uterino. Haeon se excitó aún más ante ese tacto opresivo y sacudió su cuerpo frenéticamente. Cuando el hombre rascó el mismo punto repetidamente y a gran velocidad, la zona sufrió un espasmo convulsivo, anunciando que Haeon había llegado a su límite.

​—¡Mmm, ah!

Finalmente, en la punta de los dedos del hombre, el punto máximo de Haeon estalló. Embriagado por el placer, echó la cabeza hacia atrás y su cuerpo comenzó a convulsionar. Sus muslos, que antes se apretaban y frotaban entre sí, se abrieron de par en par, y un torrente de fluido brotó de su interior, donde aún estaban clavados los dedos del hombre.

​—¡Ah!

​Un chorro de líquido transparente salió disparado, esparciéndose hacia el suelo como una fuente. Como si se hubiera orinado encima, Haeon descargó aquel fluido lúbrico sin reservas sobre el piso del metro. En aquel espacio estrecho, el olor penetrante y denso de su excitación se propagó en un instante. Ante los dedos del hombre que no se detenían ni en medio de aquel caos, Haeon perdió la razón y soltó gemidos agudos y descontrolados.

​—¡Ah, ah! ¡Mmm, ah, ah!

​Sshhup. Los dedos que habían estado ultrajando el interior de Haeon se retiraron de golpe. El flujo que no había podido salir del todo mientras los dedos estaban insertados volvió a brotar a borbotones. Al mismo tiempo, el cuerpo de Haeon, liberado de la tensión, se tambaleó como una hoja de papel y se dobló como si fuera a desplomarse contra el suelo.

​—¡Ah!

​Sin embargo, antes de que su cuerpo tocara el piso, el hombre que estaba detrás lo atrapó. Lo rodeó firmemente por la cintura con un brazo, abrazándolo con fuerza por la espalda para evitar que cayera.

​—​Haa, haa, haa… 

Atrapado en los brazos del hombre, Haeon jadeaba con violencia. Entre sus piernas, el líquido transparente seguía fluyendo sin parar, empapando el suelo.

​—No me digas que pensabas terminar con esto ahora, ¿verdad?

​De repente, el hombre susurró con voz grave al oído de Haeon. Aquella voz profunda, que se extendía como la niebla, hizo que Haeon recobrara la lucidez de golpe. Sin embargo, ya todo había llegado a su límite. Después de haber tenido un orgasmo explosivo ante el tacto despiadado del hombre, no le quedaban fuerzas para continuar con nada más.

​—Ah… no… no puedo más… seguir aquí es…

​Intentó suplicar en voz baja, pero lo único que recibió a cambio fue una risa burlona y gélida. El hombre hundió sus labios profundamente en el pabellón auricular de Haeon. Su voz pausada atravesó el alboroto y se clavó con total claridad en el oído de Haeon.

​—No se termina solo porque hayas soltado todo tu fluido. También tienes que sacar mi semen, ¿no crees?

​Haeon abrió los ojos de par en par. Mientras se preguntaba si era posible lo que oía, la mano del hombre, pegada a sus nalgas, se dirigió hacia su propia entrepierna y bajó la cremallera del pantalón con brusquedad.

​«¡Es imposible…!»

Haeon sujetó la muñeca del hombre con un sentimiento de urgencia. Jamás se habría imaginado que, en un metro tan abarrotado, llegarían incluso a la penetración. Aunque su instinto gritaba y lo incitaba a recibir el miembro del hombre de una vez, este era un vagón lleno de gente. En un lugar como este, no podía permitir que él entrara y eyaculara.

—Es-espere un momento. Oiga, si hace esto aquí… ¡Ah!

Sin embargo, todos esos pensamientos complejos se borraron de la mente de Haeon en un instante. El miembro del hombre, insertándose tras atravesar su entrada, cortó de tajo su capacidad de razonar.

Abriéndose paso por el interior de su vagina, el pene del hombre invadió su cuerpo sin piedad. En un metro matutino lleno de gente que iba al trabajo, donde cualquiera podría mirar si se lo propusiera y donde podían ser descubiertos en cualquier momento, el sexo de un extraño se hundía profundamente en su interior.

—¡Ah, no!

Haeon acababa de cruzar una línea de la que ya no había vuelta atrás. En medio de aquel espacio cargado de locura que era el metro, comenzó a quedar completamente sepultado bajo el placer primitivo que le brindaba el miembro del hombre.

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