Prólogo: Chu Huan (Parte I)

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El hogar de Chu Huan realmente no parecía un hogar.

Su apartamento no era pequeño, pero la distribución era extraña: no tenía sala de estar ni balcón; en total constaba de una habitación, un baño y una cocina abierta.

La “cocina” era el lugar para poner el refrigerador y colgar la ropa; no tenía ninguna función para cocinar.

En una esquina de la habitación había una cama individual con las patas clavadas al suelo y un lado pegado a la pared. Las sábanas, la funda del edredón y la almohada eran de un blanco sepulcral y, a juzgar por el tamaño, estaba destinada a que durmiera una persona.

En la otra esquina, había una fila de pequeños sofás colocados contra la pared. Los sofás estaban puestos uno al lado del otro en el suelo, con posturas rígidas y respaldos de formas grotescas. Si se miraban de repente en la oscuridad de la noche, parecían un grupo de cadáveres vivientes siendo castigados por un viejo sacerdote taoísta a mantenerse en posición de sentadilla en la esquina1.

Por la decoración del lugar, es evidente que el dueño debía ser un bicho raro.

En el rincón de la pared diagonal a la cama individual, había un árbol para gatos, y a un lado se encontraban el plato de comida, la caja de arena y demás cosas; encima todavía se podían ver vagamente algunos pelos frescos. Evidentemente, ese era el territorio de la mascota.

El espacio de actividad del humano y del gato estaba claramente separado. En el medio, era como si existiera una línea divisoria invisible2; el humano y el gato vivían sus propias vidas y, si no pasaba nada, ninguno estorbaba al otro.

El gato de Chu Huan se llamaba Da Mi. El nombre “Da Mi” se lo había puesto su padre adoptivo, Chu Aiguo. Antes de que Chu Aiguo le otorgara ese nombre, Chu Huan siempre lo llamaba simplemente “gato”.

Al respecto, su padre adoptivo, quien aún conservaba un corazón de niño, cuestionó: —Si no le pones un nombre, ¿cómo lo vas a llamar cuando charles con él? Qué inconveniente.

Ese tipo de preguntas incisivas a menudo dejaban a la gente sin palabras. Chu Huan solo pudo responder: —Nosotros no solemos charlar.

Al escuchar esto, Chu Aiguo se preocupó mucho: —Crías un gato y no charlas con él, ¿acaso eres un pervertido?

Chu Huan: “…”

Él era un hombre adulto; si se sentara en casa todos los días a charlar con un gato sin tener nada que hacer, ¿acaso eso no lo convertiría en un pervertido?

Sin importar quién fuera más pervertido, al final “Da Mi” se convirtió en el nuevo nombre del gato. En cuanto a cuál era su nombre anterior, eso nadie lo sabía.

Originalmente, Da Mi no fue criado por Chu Huan. Hace tres años, su dueño anterior murió en cumplimiento del deber, desafortunadamente estiró la pata, y al ser un soltero sin esposa ni hijos, solo dejó a este ser vivo de pelaje mixto, que Chu Huan se llevó a casa como si fuera un huérfano.

A juzgar por su tamaño, cuando lo trajo a casa, Da Mi ya no era joven. Tenía bastante astucia acumulada por la experiencia y sabía leer muy bien a las personas; a través de la observación, entendió que a su nuevo “padre” proveedor de comida y ropa no le gustaba el ruido, así que no emitía ni un sonido en todo el día y su rango de actividad se limitaba al lado donde estaba el árbol para gatos, rara vez cruzando al territorio humano.

Ese día, poco después de las dos de la madrugada, el dueño de la casa, Chu Huan, estaba durmiendo en su cama. Era un soltero y, dejando de lado su temperamento, solo por su apariencia física, lucía impecablemente presentable, sin tacha alguna.

En la oscuridad, Da Mi salió repentinamente de entre los sofás y trotó con paso felino hasta el borde de la cama. Sus almohadillas pisaban el suelo con extrema ligereza, como plumas cayendo sobre la nieve, sin hacer el menor ruido al pasar. Sin embargo, en cuanto asomó la cabeza y se acercó, el hombre en la cama abrió los ojos de inmediato, como si a los lados de su cara no tuviera orejas, sino radares.

Da Mi dio un salto y aterrizó en la cabecera de la cama de Chu Huan. Con una pata, apartó a un lado los anteojos que el hombre había dejado allí y se acurrucó. Una persona y un gato se miraron en la oscuridad durante un largo rato. Da Mi bajó lentamente la cabeza, olió los dedos del hombre, los lamió suavemente y, finalmente, soltó un maullido tierno y suave, que sonó como un suspiro lleno de altibajos.

Tras maullar, Da Mi se levantó, trepó por la cabecera, saltó a la parte superior del gran armario y desapareció de la vista.

Chu Huan se quedó quieto, acostado sin moverse; sentía que el gato estaba a punto de morir. Chu Huan no tenía muy claro qué hacen los animales antes de morir, pero había visto a muchos muertos. En realidad, los humanos también son un tipo de animal; cuando la muerte es inminente, la mirada de los humanos y la de los gatos comparte una sutil similitud.

Él y Da Mi habían vivido juntos en paz durante tres años. Días atrás, Da Mi comenzó inexplicablemente a hacer una huelga de hambre; Chu Huan le cambió la comida por varios tipos diferentes, pero nada pudo mejorar su apetito, así que lo llevó al hospital veterinario.

El diagnóstico del veterinario fue que no tenía ninguna enfermedad ni calamidad, simplemente había llegado su hora. Era demasiado viejo.

Chu Huan se dio la vuelta lentamente, quedando boca arriba mirando al techo. Bajo la tenue luz que emitían los aparatos eléctricos de la habitación, su rostro sin anteojos lucía pálido y demacrado, como si no gozara de buena salud. Se quedó aturdido así por un momento hasta que, de repente, su mirada dispersa se enfocó abruptamente, atravesando la oscuridad y disparándose en línea recta hacia la puerta principal.

Un segundo después, sonó el timbre.

Quien estuviera dispuesto a venir a estas horas de la madrugada, probablemente solo podía ser un visitante no deseado.

Chu Huan se levantó ágilmente, sin rastro de sueño en su rostro ni sorpresa alguna. Su pijama estaba tan liso como cuando se acostó; después de media noche, increíblemente no tenía ni una arruga, y no se sabía si durante tanto tiempo él realmente había dormido o no.

Se puso los anteojos y abrió la puerta sin siquiera preguntar, como si supiera de antemano la identidad del visitante. Si no fuera por esa expresión de total frialdad, parecería que estaba recibiendo a un amante secreto.

El visitante en la puerta tenía el ala del sombrero muy baja, revelando solo una barbilla afilada y cubierta de barba incipiente. Era manco. Por supuesto, no importaba cuántos brazos tuviera, lo importante era que esa única mano sostenía una pistola, y el cañón negro apuntaba directamente a Chu Huan.

La expresión de Chu Huan no cambió. ¿Estaba paralizado del miedo?

El invitado manco apretó el gatillo y la pistola emitió un sonido agudo y breve de aire comprimido…

Notas del Traductor

  1. En el texto original hace referencia a los “Jiangshi” o vampiros/zombies chinos. Según el folclore y las películas clásicas de terror de Hong Kong, estos cadáveres se mueven dando saltos con los brazos extendidos rígidamente hacia adelante. Los sacerdotes taoístas suelen controlarlos o inmovilizarlos usando talismanes, dejándolos congelados en esa postura.
  2. La expresión original es “El Río Chu y el límite Han” (Chu He Han Jie). Es una referencia histórica a la frontera entre los estados de Chu y Han durante su guerra, y es el término que se usa en el tablero de ajedrez chino (Xiangqi) para denominar la franja divisoria en el medio del tablero que separa los dos territorios. Significa una división clara y estricta.
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