Prólogo: Chu Huan (Parte II)

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No pasó nada, el arma estaba descargada.

De principio a fin, Chu Huan ni siquiera parpadeó. Permaneció allí de pie, rígido, con los ojos entreabiertos, mostrando una indiferencia propia de un sonámbulo.

El invitado soltó una risa burlona: —Ninguna reacción, pésima calificación.

Al escuchar esto, Chu Huan inclinó la cabeza hacia atrás inmediatamente para seguirle el juego, movió el cuello en todas direcciones y anunció con el tono monótono de quien recita sutras: —Ah, estoy muerto.

El invitado levantó el ala de su sombrero, revelando el rostro endurecido de un hombre de mediana edad. Su mirada recorrió a Chu Huan, cortando su carne y huesos como un cuchillo, y dijo con seriedad: —Sé que es muy tarde, pero no deberías estar tan desprevenido.

Chu Huan no respondió, solo sonrió. Las comisuras de sus labios eran un poco afiladas; al sonreír entornaba los ojos y parecía algo malvado. Sumado a sus anteojos sin marco, su malicia se asemejaba mucho a la de una legendaria “bestia con ropa”1.

La “bestia con ropa” dijo pausadamente: —Viejo Wang, por favor inclínate un poco hacia atrás, adopta la pose de “alzar la cabeza para contemplar la luna brillante” y di “whisky”, ¿quieres?

El Viejo Wang se quedó atónito un momento, luego, como si hubiera entendido algo, retrocedió medio paso y suspiró: —Tú siempre igual…

Chu Huan sacó del bolsillo de su pijama un pequeño escarabajo de plástico del tamaño de una uña, parecido a esos colgantes de juguete para celulares. Abrió las alas del escarabajo y reveló que adentro había un codificador; cada tecla numérica era del tamaño de un grano de arroz. A pesar de tener dedos gruesos de un hombre adulto, Chu Huan logró ingresar una contraseña de dieciséis dígitos con extrema destreza en ese dispositivo ridículamente pequeño.

La puerta principal emitió un suave sonido. Las orejas del Viejo Wang se movieron involuntariamente; notó que a ambos lados de la puerta, justo en la posición donde él había estado parado y a la altura de la garganta, un rayo de luz extremadamente fino pasó como un relámpago. Eso hizo que su nuez se moviera involuntariamente: esa cosa podría haberle rebanado el cuello antes de que siquiera se diera cuenta.

Clic. 

Chu Huan le guiñó un ojo a su invitado, quien estaba empapado en sudor frío, y luego se dio la vuelta como si estuviera totalmente indefenso, ofreciéndole a ese visitante no deseado de medianoche una espalda esbelta, pero algo demacrada.

El Viejo Wang entró en la habitación. Aunque su expresión era muy relajada, los músculos de sus hombros estaban tensos. Su mirada escaneó involuntariamente todo el espacio hasta que encontró un lugar estratégico y, sin esperar invitación, se sentó. Era el pequeño sofá individual arrinconado en la esquina; al sentarse allí, con un lado de la cara pegado a la pared, podía ver todo lo que había fuera de la ventana a través de la rendija de las cortinas.

Incluso si esto era un decimoctavo piso.

En la cabecera de la cama de Chu Huan había una lámpara tenue encendida, la única fuente de luz en toda la habitación, pero ninguno de los dos tenía objeciones sobre la iluminación.

El Viejo Wang ocupó el nido de la urraca y se apropió de su asiento. Chu Huan detuvo sus pasos, pero por cortesía no dijo nada y preguntó amablemente: —¿Qué quieres tomar?

Esa hospitalidad normal le dio al Viejo Wang la ilusión de que “él ya era normal”, por lo que se sintió algo aliviado. Entornó los ojos mirando el árbol para gatos en la casa de Chu Huan y preguntó casualmente: —¿Qué hay?

Chu Huan: —Agua hervida y agua del grifo.

Viejo Wang: “…” Vaya mierda de hospitalidad.

El Viejo Wang tosió secamente y fue directo al grano, revelando su propósito: —Dejémonos de tonterías. No vine a esta hora solo para molestarte, tengo un asunto urgente que debo decirte de inmediato: el “Fantasma Pequeño” no murió, dicen que ya ha entrado al país.

Chu Huan, que sostenía la jarra de agua, se detuvo. Después de un largo rato, soltó un “Mmm”, bajó la mirada y, con la actitud de quien prepara té ceremonial, le sirvió muy seriamente un vaso de agua hervida a su invitado. Al terminar, sacudió la muñeca; el nivel del agua quedó perfectamente al ras del borde del vaso, ni una gota más, ni una gota menos.

—Si vino, pues vino. Yo ya me retiré, no hace falta que me encargue de recibirlo, ¿verdad? 

—Del retiro te pueden recontratar —respondió el Viejo Wang—. Además, si vino el Fantasma Pequeño, ¿estará lejos el Fantasma Grande?

Chu Huan dejó suavemente la jarra sobre el tapete en la esquina de la mesa. El Viejo Wang se recostó pesadamente en el respaldo del sofá, sacó una cajetilla, extrajo un cigarrillo y lo encendió: —Oye, ¿dónde tiro la ceniza?

Chu Huan sacó una enorme bandeja de frutas de debajo de la mesa de centro y se la pasó, empujando las pocas manzanas solitarias hacia un lado para hacer espacio: —Aquí.

—Qué elegante —el Viejo Wang exhaló una larga bocanada de humo y sacudió la ceniza por costumbre, aunque no cayó nada—. El Fantasma Pequeño esta vez viene claramente por ti. Ya conoces a esos dos fantasmas, son como tortugas que esconden la cabeza, rara vez dan la cara. Si perdemos esta oportunidad, quién sabe hasta qué año del mono2 tendremos que esperar para la próxima. No tengo gana alguna de verlos morir de viejos en sus camas.

Chu Huan se inclinó, sacó la cajetilla del bolsillo del Viejo Wang y también se encendió un cigarrillo. Los dos hombres se quedaron en silencio frente a frente, separados por una bandeja de frutas, compitiendo a ver quién hablaba menos.

A lo que el Viejo Wang se refería era a una notoria banda criminal internacional de hace unos años. Cada país los llamaba de forma diferente, pero nacionalmente se les conocía como “Los Dos Fantasmas”. Estos dos “fantasmas” tenían todos los vicios imaginables y se metían en cualquier negocio sucio, pero eso no era lo peor; lo principal era que, con su inmensa riqueza, financiaban en secreto a varias organizaciones terroristas, de esas que están siempre listas para volar edificios, autobuses y metros. Para este tipo de gente, si al cortar la hierba no se arrancan las raíces, el veneno perdurará para la posteridad.

Hace tres años, varios países de Asia Oriental y el Sudeste Asiático, tras una larga preparación y planificación, lanzaron finalmente la operación “Caza de Fantasmas”, atacando tanto el terrorismo como la captura de los líderes simultáneamente. Chu Huan fue el eslabón más importante de toda la operación; se infiltró entre “Los Dos Fantasmas” durante seis años, y fue él quien personalmente incapacitó al “Fantasma Pequeño” y destruyó la guarida del “Fantasma Grande”. Aquella vez, la “Caza de Fantasmas” logró que los notorios “Dos Fantasmas” desaparecieran del mapa internacional. Claro que hubo un defecto en la perfección: al Fantasma Pequeño le faltó un suspiro para morir, y el Fantasma Grande escapó.

En su momento, mientras Bin Laden3 seguía vivo, los estadounidenses no tenían paz ni un solo día; ahora, mientras el Fantasma Grande siga vivo, nadie puede estar tranquilo.

Chu Huan fumó el cigarrillo en silencio hasta la colilla, se quedó mirando la ceniza aturdido un momento y luego dijo pausadamente: —Oh, está bien. Entonces iré a ver a mis viejos amantes.

Aceptó con total rapidez, lo cual no sorprendió al Viejo Wang. La operación de caza de fantasmas de aquel entonces fue extremadamente trágica, con innumerables sacrificios. Después de tres años, nadie desearía acabar con esos dos fantasmas más que Chu Huan. El Viejo Wang levantó la vista y volvió a examinar cuidadosamente la casa de Chu Huan; llamarlo “hogar” era mucho decir, era solo una casa. Cualquiera podía imaginar qué clase de vida miserable llevaba un soltero que tiraba la ceniza del cigarrillo en una bandeja de frutas.

El Viejo Wang dejó de lado su expresión profesional y su rostro se suavizó un poco: —¿Cómo has estado últimamente?

—Muy bien —lo despachó Chu Huan con dos palabras. El hombre estiró levemente sus largas extremidades, como un león perezoso que ha tomado suficiente sol, con el aspecto de un gran felino satisfecho. Al decir esto, giró ligeramente la cabeza y miró hacia las cortinas, como si pudiera ver la noche de la ciudad a través de esa gruesa tela opaca, negándose a cruzar la mirada con el Viejo Wang.

El Viejo Wang notó su evasiva y su corazón se hundió un poco. Le aconsejó: —Si tienes alguna necesidad en tu vida diaria, puedes plantearla; la organización definitivamente tratará de satisfacerte en la medida de lo posible.

Chu Huan puso su característica sonrisa maliciosa: —Puede que me falte una esposa.

El Viejo Wang lo fulminó con la mirada: —Nadie te va a hacer de casamentero aquí. Si quieres esposa, sal a buscarla tú mismo. Encerrado en casa todo el día, lo único que vas a lograr es casarte con tu gato.

Chu Huan: —…Hermano Wang, mi gato es un eunuco4.

No tenía seriedad alguna, era simplemente imposible comunicarse normalmente con él. El Viejo Wang, como un hermano mayor, le habló con franqueza: —El hermano Wang no está bromeando contigo. Eres joven, no deberías estar encerrado en casa todo el día. Cuando termine este asunto, te ayudaré a recomendar tu reasignación a la vida civil. ¿Qué tal buscar un trabajo más relajado, algo de oficina? Si sigues viviendo tan aislado, es fácil caer en la depresión.

Chu Huan mantuvo su sonrisa cínica, impermeable a cualquier consejo. Al ver que, habiendo llegado a este punto, él seguía sin escuchar, el Viejo Wang no tuvo más remedio que suspirar. Le dejó una pistola y varias cajas de balas, le dio una palmada en el hombro a Chu Huan y dijo: —Tú… ah, cuídate.

Tras despedir al invitado, Chu Huan cerró la puerta silbando una melodía desafinada. Luego regresó al borde de la cama, se puso en cuclillas y metió la mano debajo del marco, tanteando hasta encontrar un pequeño interruptor. Con un ligero sonido, del borde de la cama se desplegó una pequeña tapa que revelaba otro panel de contraseñas. Chu Huan no metió la cabeza para mirar; mirar no servía de nada. El teclado no tenía números y el orden de las teclas era aleatorio. Había que introducir la fecha en una fórmula compleja y calcular para saber qué tecla correspondía a qué número.

Con un “bip”, Chu Huan terminó de ingresar la contraseña de seis dígitos. El borde de la cama emitió un destello fluorescente y la tabla de la cama, de cincuenta centímetros de grosor, se abrió lentamente, revelando una caja de herramientas perfectamente encajada. Junto a la caja colgaba una bayoneta militar de tres filos, color blanco grisáceo, cuya hoja no reflejaba ni un rayo de luz, erguida allí de forma silenciosa y ronca.

Si la contraseña fuera incorrecta o si se intentara destruir el dispositivo por la fuerza, no se tragaría la tarjeta ni se congelaría la cuenta; como mucho, uno terminaría convertido en una brocheta humana al lado de la cama. La caja, una vez abierta, tenía muchos niveles y contenía de todo: varias carpetas de documentos viejos y docenas de documentos de identidad. Chu Huan tardó un buen rato en organizar todo lo que había dentro. Finalmente, sacó una foto del fondo de la caja.

En la foto había un hombre de mediana edad sosteniendo de la mano a un niño inexpresivo. El reverso tenía una mancha de suciedad que no dejaba ver bien qué había originalmente. Pero Chu Huan recordaba que eso no era una mancha, sino una línea escrita con lápiz y letra infantil. Había pasado tanto tiempo que se había borrado. ¿Qué decía?

Mmm… parecía ser “Papá y yo”. En aquel entonces, Chu Aiguo era muy joven.

Sostuvo esa foto y, perdido en quién sabe qué pensamientos, permaneció arrodillado en el suelo frío durante mucho tiempo. Un buen rato después, se oyó un ligero ruido encima del armario, como si algo hubiera golpeado el marco metálico superior. Solo entonces Chu Huan volvió en sí, giró la cabeza y llamó: —¿Da Mi?

El único ser vivo en la habitación aparte de él, Da Mi, que estaba sobre el armario, no respondió. Chu Huan bajó la cabeza, sacó la bayoneta militar y luego prendió fuego a todo lo demás.

Tenía el presentimiento de que, vivo o muerto, no volvería a regresar.

Notas del Traductor

  1. 衣冠禽兽 – Yī Guān Qín Shòu: Literalmente “Bestia con sombrero y ropa”. Es un modismo chino para describir a alguien que parece refinado y bien vestido por fuera, pero que es moralmente corrupto o salvaje por dentro.
  2. Expresión idiomática que significa “un tiempo muy lejano e impredecible” o “nunca”. Similar a decir “cuando las ranas críen pelo”
  3. Osama bin Mohammed bin Awad bin Laden fue un líder militante saudí, fundador y primer emir general de Al Qaeda. Ideológicamente panislamista, Bin Laden participó en los muyahidines afganos contra la Unión Soviética y apoyó a los muyahidines bosnios durante las guerras yugoslavas.
  4. En el original usa el término Gonggong, que es como se llamaba históricamente a los eunucos imperiales en China. Chu Huan lo usa para decir cómicamente que su gato está castrado.
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