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Pero Chu Huan no hizo nada. Simplemente se quedó mirando a Huo Hui con una expresión indescifrable por un momento y dijo en voz baja: —¿De qué tienes miedo? No te voy a tocar. Si te toco estaría violando la ley y la disciplina. Yo siempre he sido una persona muy honesta, ¿cuándo he violado la disciplina?
Huo Hui comenzó a temblar; se le puso la piel de gallina y parecía que le iba a dar un ataque de epilepsia. Chu Huan, por supuesto, no podía permitir que convulsionara, así que levantó la mano, le apretó la nuca y lo dejó inconsciente. Chu Huan lo observó inexpresivo por un instante, luego sacó con cuidado una jeringa de su pecho e inyectó un potente anestésico en el cuerpo del otro, asegurándose de que se desmayara completa y absolutamente, sin margen de error.
Solo entonces levantó la cabeza y miró el cielo azul celeste, como si a través de esa bóveda inmaculada pudiera cruzar la mirada con alguien a la distancia.
Chu Huan tomó su bayoneta militar y la examinó frente a sus ojos. Sus dedos pálidos rozaron la hoja de tres filos y comenzaron a temblar ligera e involuntariamente; era un temblor que solo podría calmarse descuartizando a alguien vivo. De repente, clavó la bayoneta con violencia hacia Huo Hui. Pero si el ataque fue feroz, la retirada fue aún más controlada; con las venas de la mano marcadas grotescamente, Chu Huan perforó dieciocho agujeros consecutivos en el cuerpo de Huo Hui.
La ropa de Huo Hui quedó con dieciocho agujeros, pero Chu Huan cumplió su palabra implícita: de principio a fin, no le rozó ni un pedazo de piel al traidor.
En la operación “Caza de Fantasmas”, murieron dieciocho de los hermanos que Chu Huan podía llamar por su nombre. El Fantasma Grande era desconfiado por naturaleza. La vida de Chu Huan como infiltrado había sido como caminar sobre hielo fino, llena de dificultades; fueron esos dieciocho hermanos quienes, gota a gota de sangre, le abrieron el camino y lo protegieron.
Ellos le entregaron sus vidas, pero él no pudo completar la misión perfectamente y dejó que el Fantasma Grande escapara durante tres años. “Y yo tengo la maldita desvergüenza de seguir vivo”, pensó Chu Huan con indiferencia.
Apenas surgió este pensamiento, Chu Huan sintió como si caballos salvajes corrieran desbocados en su pecho, queriendo descuartizar su corazón. Se mordió la punta de la lengua con fuerza y al mismo tiempo apretó el anillo simple en su dedo medio; el tacto frío y el sabor a óxido en la lengua apenas lograron tirar de las riendas. No era momento para lamentarse.
Chu Huan metió la mano en la ropa del traidor Huo Hui, palpándolo de pies a cabeza, y finalmente encontró una curita detrás de su tobillo. La mirada de Chu Huan se congeló; la despegó con cuidado y vio que en el reverso había un transmisor de señal muy pequeño. Menos mal que había actuado primero dislocándole las extremidades a este tipo; de lo contrario, tal vez habría logrado enviar la señal.
El transmisor era tan ligero como un trozo de papel. En estado inactivo, tenía una contraseña de cuatro dígitos.
Chu Huan guardó su reloj de bolsillo y vio que los puntos rojos en sus lentes comenzaban a agruparse; era muy probable que ya hubieran descubierto que no había nadie en el coche.
—Cada vez que llega el momento crítico me quedo sin refuerzos, ¿acaso nací bajo la Estrella Solitaria1? —murmuró Chu Huan para sí mismo—. Pues a adivinar se ha dicho.
Pensó esto con melancolía, pero sus movimientos fueron decisivos. Introdujo una fecha casi sin pausa. Era el día en que se cerró la red de la “Caza de Fantasmas”, el día en que la identidad de “Chu Huan” volvió a ver la luz y los “Dos Fantasmas” se desmoronaron. De eso hacía ya tres años, más de mil días y noches.
Contraseña correcta. El transmisor se activó al instante. En cuestión de segundos, envió la ubicación a todos los que estaban cerca. Chu Huan se subió el cuello de la ropa, cubriéndose la mitad de la cara, y con un movimiento rápido se internó en el bosque.
Acertó. El Fantasma Grande debía estar deseando día y noche arrancarle la piel, sacarle los tendones y comerse su carne. Al pensar en esto, Chu Huan se sintió como un leopardo que huele sangre, excitándose de una manera extraña. Su estado de ánimo, que acababa de caer al abismo, de repente se disparó hacia las nubes. Esto no era normal, Chu Huan lo sabía, pero en este momento necesitaba esa excitación; necesitaba que su sangre hirviera sin importar las consecuencias, necesitaba sentir ese calor abrasador de la matanza en su pecho.
El transmisor de la señal del topo se encendió de repente. Aunque el enemigo no entendía la razón, se movió inmediatamente al captarlo.
Chu Huan irrumpió en el denso bosque sin mirar atrás. Sin detenerse, pegó el transmisor en un árbol y se escondió detrás de otro. Apenas se había estabilizado cuando la primera presa apareció en su campo de visión, corriendo hacia el árbol con el transmisor. Chu Huan colocó el silenciador con destreza y, como si ni siquiera apuntara, levantó la mano y disparó. El tiro dio justo en la frente del oponente; el hombre se puso rígido y cayó suavemente sin hacer ruido. Antes de que tocara el suelo por completo, un par de manos lo arrastraron rápidamente hacia los arbustos. El cadáver estaba recién salido del horno, aún tibio.
Uno.
Luego, Chu Huan repitió el proceso: arrancó el transmisor del muerto, lo pegó en la raíz de un árbol y trepó con ambas manos a la rama de uno grande, acechando desde arriba, fundiéndose con las hojas y ramas sin emitir sonido alguno. Dos hombres llegaron hombro con hombro, cubiertos por sus compañeros, y sin sorpresa vieron el cadáver en los arbustos…
Antes de que pudieran dar la alarma, un arma afilada e invisible ya había atravesado la nuca de uno de ellos; la púa de tres filos giró con un crujido en la herida, haciendo brotar una niebla de sangre de más de un pie de altura. Acto seguido, Chu Huan levantó la mano y disparó dos veces, acabando con el otro. Al instante siguiente, se hizo un ovillo y rodó por el suelo, esquivando una ráfaga de disparos sorpresa.
Cuatro, cinco, seis…
Esto no era una competencia, era un asesinato. Cada vez que Chu Huan disparaba, alguien caía. Todos con un tiro certero en la frente, sin fallar jamás. Parecía un espectro a plena luz del día.
Trece, catorce…
De repente, la pierna de Chu Huan falló y cayó directamente del árbol. El dolor agudo llegó un segundo después: le habían atravesado la pantorrilla.
Quien le disparó ya estaba aterrorizado por Chu Huan, temblando más que el propio herido. El hombre, con el arma en alto, disparó varias veces más al cuerpo que había caído bajo el árbol y, al confirmar que no se movía, se acercó lentamente, dando pasos vacilantes.
¿Estaba muerto? Si mataba a Chu Huan, ¿qué recompensa obtendría del jefe? El hombre no se atrevió a celebrar, porque el escalofrío en su espalda aún no se disipaba. Se detuvo involuntariamente, se puso en cuclillas despacio y esperó un momento más. Al no haber movimiento, se armó de valor y estiró el brazo para alcanzar el cadáver que yacía boca abajo.
Le dio la vuelta al cuerpo. Piel oscura, rasgos del sudeste asiático… ¡Era… era uno de sus propios compañeros! Antes de que su miedo pudiera estallar, sintió una capa de frío recorrer su cuello y vio un par de manos cubiertas de sangre.
La afilada hoja de la bayoneta le cortó la garganta. El decimoquinto.
La pernera del pantalón de Chu Huan estaba empapada de sangre, pero apenas sentía dolor; la adrenalina disparada parecía haber bloqueado su percepción. Se escondió de lado detrás de otro árbol grande y lamió la sangre que le había salpicado en la comisura de la boca.
¿Y el Fantasma Grande? Viejo enemigo, ¿cuándo planeas salir a charlar?
Chu Huan calculó el tiempo en silencio, con la nuca apoyada en el tronco. Cinco minutos después, sonrió de repente: dos mensajes saltaron en sus lentes.
“Todos capturados, sin bajas propias.”
“Incautado el segundo lote de armas ilegales.”
La trampa puesta de antemano había atrapado a la presa. En un momento, el Fantasma Grande tendría que enfrentar la situación de no tener ningún refuerzo. En este punto, ¿huiría por segunda vez?
Chu Huan creía que, si hubiera la más mínima posibilidad de recuperarse, el Fantasma Grande se largaría sin dudarlo. Pero… ¿y si ya estaba en un callejón sin salida?
En ese momento, un nuevo punto de luz apareció en los lentes de Chu Huan. Significaba que se había encendido un nuevo transmisor de señal, a unos cien metros de donde él estaba. En el instante en que el punto se encendió, Chu Huan respiró hondo involuntariamente y luego apretó los dientes con fuerza.
Demasiada excitación; casi sospechaba que estaba drogado, una euforia casi incontrolable. Tres años de decadencia para volver a cruzar espadas…
El punto de luz no se movía, como si lo estuviera esperando. De repente, sonó un disparo, seguido de un grito desgarrador, agudo y fino, que sonaba como el de una niña pequeña.
Chu Huan, con el arma en la mano, se movió lentamente. En ese momento, los árboles y las rocas eran su capa de invisibilidad; como un gran felino, se deslizó por el bosque sin hacer ruido al pisar.
El Fantasma Grande estaba acostumbrado a dirigir desde las sombras y nunca aparecer en escena. Si no estuviera desesperado, no se mostraría. Al mismo tiempo, Chu Huan estaba seguro de que el Fantasma Grande estaba solo ahora. Era paranoico por naturaleza, y la existencia de Chu Huan había destrozado la última pizca de confianza que le quedaba en la vida. Habría coordinado a los asesinos y a los refuerzos, pero no permitiría que una segunda persona supiera que él mismo estaba cerca.
Chu Huan calculaba rápidamente mientras se acercaba con cautela. Entonces, vio a una niña.
Tendría unos catorce o quince años, con el pelo largo y desordenado cayendo sobre su pecho. Estaba colgada muy alto en un gran árbol, con el muslo atravesado por una bala, sangrando profusamente. Parecía haberse desmayado, no se sabía si estaba viva o muerta. El árbol crecía junto al precipicio, muy visible. La niña estaba atada del lado opuesto al abismo, y en el suelo había una fila de púas de tres filos erguidas. Esas puntas, aunque no se comparaban con la que Chu Huan llevaba en la cintura, si se clavaban en la carne tierna de una niña, harían agujeros perfectos y sangrientos.
Si caía, sería atravesada como un colador por innumerables púas. Y la cuerda que sostenía a la niña estaba empapada de aceite en el medio y estaba ardiendo.
Cualquier primate sabría con solo pensarlo que era una trampa. Chu Huan casi quiso suspirar mirando al cielo. Pero, ¿podía quedarse de brazos cruzados? Imposible. Él no era el Fantasma Pequeño.
Esa niña, en ese momento, ya no era solo una niña; era la burla que el Fantasma Grande le ponía en frente: solo aquellos podridos hasta la médula son invencibles.
—Acabo de decir que no caería y me dan una bofetada en la cara, tchs —Chu Huan suspiró. Al momento siguiente, sacó de su pecho una bomba de humo modificada y la arrojó con precisión milimétrica al campo de púas.
Con un “fzzzt”, una enorme nube de humo se levantó. Justo en ese momento, la cuerda que sostenía a la niña se rompió.
Chu Huan salió disparado a una velocidad invisible para el ojo humano, pisó el tronco del árbol y prácticamente voló. Alzó la mano, clavó la bayoneta en el tronco, giró medio círculo horizontalmente y atrapó a la niña por la cintura con precisión. Usando la bayoneta clavada como eje, giró rápidamente otro medio círculo y saltó hacia una rama, esquivando un disparo traicionero que venía desde un rincón.
Al mismo tiempo, ya había localizado la posición del tirador. Las hojas de un árbol se habían movido.
En un instante fugaz, con la niña sobre su hombro, apretó el gatillo. Ya se había deshecho del silenciador, así que el estruendo del disparo espantó a innumerables pájaros.
Después, silencio absoluto.
Aquel instante pareció eterno, como si todo ocurriera en cámara lenta. Luego, una persona, que a pesar de estar disfrazada, Chu Huan reconocería aunque se convirtiera en cenizas, cayó lentamente, quedando expuesta a la luz del día. Muerto. La causa de muerte, una vez más, un disparo en la cabeza.
Era el Fantasma Grande.
Chu Huan se tambaleó y casi se cae del árbol. No por euforia, ni por arrepentimiento, y mucho menos por tener algún sentimiento hacia ese terrorista despiadado… simplemente sintió que su cuerpo se volvía dos veces más ligero, tan ligero que casi perdió el equilibrio.
Fue ese instante de aturdimiento lo que hizo que, cuando notó que algo andaba mal, ya fuera demasiado tarde. Otro disparo.
Chu Huan solo tuvo tiempo de empujar con fuerza a la niña que tenía en el hombro, evitando a duras penas un punto vital, pero una bala le atravesó el hombro. La fuerza del impacto lo empujó violentamente hacia atrás, y vio, entre el cabello desordenado de la adolescente, un rostro lleno de un rencor venenoso.
Chu Huan se quedó helado.
La niña había fallado. En el momento del ataque sorpresa, el movimiento evasivo instintivo de Chu Huan golpeó el arma en la mano de ella, que salió volando y cayó por el precipicio. Ella miró desorientada su mano pequeña y vacía, luego miró a Chu Huan con un odio gélido, giró la cabeza hacia la dirección del Fantasma Grande y gritó agudamente: —¡Papá!
¿Era la hija… del Fantasma Grande? ¡Qué clase de monstruos eran estas cosas, peores que bestias!
Antes de que Chu Huan pudiera reaccionar a la conmoción, la niña saltó desde la rama. Con un sonido húmedo de “plof”, el cuerpo joven fue atravesado por las púas del suelo desde los pies hasta la frente… Chu Huan instintivamente estiró la mano para agarrarla, pero solo logró arrancar un pequeño mechón de su cabello.
La sangre se extendió por el suelo como una alfombra roja llena de malicia. Chu Huan miró aturdido el cadáver grotesco de la joven. De repente, fue envuelto por una sensación de trance familiar e, inconscientemente, dio medio paso atrás. Un ligero crujido sonó; la rama bajo sus pies finalmente no pudo soportar tanta presión y se rompió.
Estiró la mano y se agarró de una rama del otro lado. Ese lado del árbol daba al precipicio, por lo que sus pies quedaron colgando en el vacío; se había quedado suspendido sobre el abismo.
El hombro de Chu Huan estaba empapado de sangre y la sangre de su pantalón ya se había secado, pero para un agente de élite, incluso con heridas diez veces peores, izarse desde ahí no requeriría más esfuerzo que pelar una semilla de girasol.
Sin embargo, en ese preciso instante, sintió un agotamiento físico y mental absoluto, como si sus entrañas se hubieran convertido en cenizas. La euforia que había estallado momentos antes se retiró como la marea, dejándolo con un cansancio redoblado, tan cansado que no podía levantar ni un dedo.
Chu Huan levantó la cabeza y miró la rama a la que se aferraba, miró el rincón de cielo que asomaba tímidamente entre las hojas. Su mirada estaba vacía, sin nada. Sintió que todo el cielo azul giraba y que todo en su visión se distorsionaba.
Sintió como si un fantasma se hubiera apoderado de su cuerpo y, para cuando volvió en sí, ya había soltado las manos y se había dejado caer.