Volumen 1
Editado
Capítulo 5 — Desvío
A la mañana siguiente, Leo se quedó dormido. Cuando despertó, la aguja del despertador marcaba las once. Para alguien que, incluso de servicio externo, nunca se permitía un solo instante de pereza, aquello era insólito. Como jefe del equipo de investigación de asesinatos seriales, no tenía que pasar lista o reportarse a nadie, pero era estricto consigo mismo, como si una cuerda tensada en su mente no le permitiera desviarse ni una pulgada del camino correcto.
Pero hoy esa cuerda parecía algo floja. Lo notó enseguida y culpó al medicamento. Le había costado mucho dejarlo, y retomarlo no era buena señal. Tal vez debía buscar un hueco para preguntar al médico por otra alternativa.
Se lavó a toda prisa y estaba a punto de salir, chaqueta en mano, cuando una voz lo detuvo:
—¿No quieres comer algo antes de irte? ¿Te da tiempo?
Leo se dio la vuelta. Li Biqing, con un delantal puesto y una espátula en la mano, salía claramente de la cocina. Le sonrió con gratitud.
—Ayer me quedé dormido en el sofá sin querer. Fuiste tú quien me llevó a la habitación, ¿verdad? Gracias.
—No fue nada —respondió Leo—. Tengo que irme al trabajo.
—Lo sé, pero tendrás que comer en algún momento. ¿La oficina les da almuerzo gratis?
—No. En la esquina hay una pizzería y un local de hamburguesas. Puedo pedir algo.
Li Biqing puso cara de niño dolido.
—¿Y están tan buenos? ¿Más que lo que cocino yo?
Leo sabía que hablaba en broma, pero aun así lo tranquilizó:
—Compararlos con lo que tú cocinas y llamarlos “comida” es, en sí mismo, un crimen.
—Bienvenido a la luz, lejos de la oscuridad —dijo Li Biqing, abriendo los brazos como quien invita a un abrazo. De pronto su expresión cambió—. ¡Ah, no! ¡El fuego! ¡No apagué el fuego!
Leo lo vio salir disparado hacia la cocina y no pudo contener la risa. A simple vista, aquel muchacho oriental parecía ingenuo y juvenil; solo al tratar con él, podían descubrir una mente clara y un discurso brillante, propio de alguien con profundidad. Y, aun así, siempre tropezaba en las pequeñas cosas. ¿Sería eso lo que llaman “la gran destreza disimulada bajo la torpeza”? De cualquier forma, convivir con alguien así resultaba agradable.
Como no tenía prisa, siguió sus pasos hasta la cocina.
La mesa estaba servida con dos platos y una sopa: láminas de cerdo salteadas con shiitake, pescado con piñones y flores de osmanthus, y un caldo de pollo con bambú y zhúsūn. Li Biqing acababa de servir un plato de lechuga youmai con sardinas fermentadas y frijol negro.
—Apagué el fuego tarde, la verdura ya no está crujiente. —murmuró con cierta vergüenza.
El aroma le hizo cosquillas en los dedos a Leo. Después de servir a cada uno un cuenco de arroz cubierto con semillas de sésamo negro, probó primero el caldo de pollo, de un amarillo claro, y exclamó con sinceridad:
—Si algún día abres un restaurante, llevaré a mis compañeros constantemente.
—Gracias por el apoyo, aunque no está en mis planes —respondió Li Biqing, examinando la verdura con unos palillos y frunciendo el ceño con aire crítico—. Hablando de trabajo, todavía no sé exactamente en qué departamento estás. Solo oí a Molly decir que eras policía federal.
Leo asintió.
—Departamento de Investigación Criminal del FBI. El año pasado me trasladaron a la sede de Washington. Ahora mismo estoy a cargo de un caso, así que ando de un estado a otro. —Sonrió con ironía al pronunciar aquella última frase—. Ya sabes que la mayoría de los grandes casos criminales interestatales terminan en nuestras manos.
—Sí, he oído hablar de eso. Como el caso del “Asesino del Río Verde” y el famoso Ted Bundy, el estándar por excelencia para medir asesinos en serie. Pero me di cuenta de algo curioso: en lo criminal, el FBI se ocupa sobre todo de secuestros, robos y asesinos seriales, delincuentes de renombre, no de grandes organizaciones delictivas. ¿Hay algún secreto detrás de esa selección?
Leo dejó los palillos a un lado y se tocó la barbilla, sorprendido por su agudeza.
—No sabía que tenías tan buen ojo. La respuesta es bastante simple: un individuo es más fácil de atrapar que una red criminal llena de ramificaciones. Así que, cuando publicamos nuestras cifras, el índice de resolución se ve espectacular. Y además, esos “delincuentes estrella” generan un enorme impacto mediático. Cuando entré en el FBI, le pregunté exactamente eso a mi superior directo, y eso fue lo que me dijo.
La expresión de Li Biqing mostró una mezcla de humor y decepción.
—O sea… toman la fruta más madura y fácil de aplastar. Entonces, ¿quién es ahora su “criminal estrella”? No lo digas, déjame adivinar… —Desvió la mirada hacia el borde blanco del plato, pensativo, y al alzar sus ojos de nuevo, dijo con total seguridad—: ¿El asesino de asesinos seriales?
Ese era el apodo que le había dado Internet a “Sha Qing”: el asesino que elegía asesinos en serie. Leo tuvo que reconocer, con cierta admiración, lo certero de su razonamiento. Asintió.
—Adivinaste. Es uno de nuestros objetivos actuales y el más importante. —Miró aquellos ojos brillantes, llenos de interés, y sospechó que acababa de activar el lado más aficionado del joven a los casos de misterio. Pero tenían normas de confidencialidad, y además no era el momento.
—Tengo que irme al trabajo —dijo Leo, levantándose y tomando su chaqueta negra del respaldo de la silla—. Si no tienes nada que hacer, puedes pasear por los alrededores. Cuando esté libre, te ayudaré a contactar con una escuela de idiomas.
Li Biqing le dio las gracias y preguntó:
—¿Vas a volver a cenar? —
—No estoy seguro. Puede que tenga que quedarme hasta tarde. No hace falta que me esperes.
—Está bien… —murmuró Li Biqing—. La verdad, si voy a comer solo, me da mucha pereza cocinar. Con un cuenco de fideos salgo del paso.
Al verlo tan decaído, Leo sintió una punzada de arrepentimiento y añadió:
—Si no tengo que quedarme, te llamaré… ¿Tienes ya teléfono?
La expresión del joven volvió a iluminarse.
—Hoy voy a comprar un móvil nuevo y una tarjeta.
—Cuando lo tengas, mándame tu número. —Leo sacó un bloc y una estilográfica, escribió su propio número, arrancó la hoja y la dejó sobre la mesa antes de marcharse.
Li Biqing tomó el papel con dos dedos largos y finos, lo arrancó suavemente del bloc y le dedicó una sonrisa tenue a la espalda que se alejaba.
Cuando Leo recibió el mensaje: “Soy Biqing. Este es mi nuevo número. Llámame si tienes tiempo; estoy muy aburrido”. Estaba interrogando a un presunto testigo y tratando de decidir si aquel hombre, con su relato inconexo, solo estaba burlándose del FBI. Por eso no pudo contestar de inmediato.
Tras darle una buena dosis de intimidación al idiota y dejarlo a pasar frío en el calabozo de la comisaría local, y después de volver a revisar la escena del crimen, ya había oscurecido por completo.
Sentado en su SUV Chevrolet negro, cenando a mordiscos una hamburguesa de comida rápida que Rob le había comprado, Leo contactó con un centro de idiomas administrado por una empresa privada. Le aseguraron que cuidan bien de los estudiantes, que garantizarían un nivel de idioma suficiente para continuar en la universidad y que además ofrecían asesoría gratuita para las solicitudes de ingreso.
Aunque la intención de Molly era dejarle a su novio al cuidado antes de volver a su país, Leo sabía que su propio trabajo era peligroso, y en los últimos tiempos vivía prácticamente sin un lugar fijo. Si lo enviaban a otro estado, sería inviable llevar a Li Biqing con él. Lo más razonable era inscribirlo en una escuela de idiomas, que estudiara y esperará a Molly allí. En cuanto al apartamento alquilado, quedaría perfecto para que él se instalara.
Vivir solo en un país cuyo idioma no se domina es complicado, pero después de convivir unos días, Leo había descubierto que, aunque el joven pareciera distraído o ingenuo, en realidad tenía una gran capacidad para valerse por sí mismo. Probablemente lograría adaptarse pronto.
Decidido ya, Leo marcó el nuevo número de Li Biqing para avisarle de que trabajaría hasta tarde y, de paso, enviarle la dirección y los datos del contacto de la escuela de idiomas.
Al llamar tres veces seguidas y escuchar siempre el aviso de “El teléfono está apagado”, Leo sintió que algo no iba bien. Volvió a abrir el mensaje que el otro le había enviado hacía unas horas y lo leyó con atención. Al fin detectó la anomalía: si le había dicho “si tienes tiempo, llámame, estoy aburrido”, ¿cómo era posible que, estando solo y sin conocer a nadie en un país extranjero, tuviera el teléfono recién comprado apagado? No creía ni por un segundo que alguien que no entendía inglés se pusiera a jugar compulsivamente un videojuego en inglés hasta agotar la batería.
Marcó una vez más. Seguía apagado.
La inquietud en su interior se hizo más intensa. Pero estaba a más de dos horas en coche del apartamento que había alquilado; salvo regresar a toda velocidad para comprobar que el chico estuviera a salvo, tenía que haber una forma más rápida.
Llamó de inmediato a un número y habló sin rodeos:
—Serena, soy Leo. ¿Sigues en la oficina?… Necesito un favor. Rastrea la ubicación de este número.
Recitó la serie de dígitos a toda prisa. Tras un breve silencio, añadió:
—Sí, está apagado. Necesito la ubicación exacta.
Sentada ante el escritorio del Servicio de Información de Justicia Criminal, una muchacha baja, pecosa y de enormes gafas negras ajustó la montura y dejó que sus dedos volaran sobre el teclado.
—…Sí, ya estoy buscando. Ojalá no le hayan quitado la batería al teléfono… Lo tengo. Está en el distrito suroeste de la ciudad. Te envío la ubicación exacta al mapa de tu móvil. —respondió con voz suave.
Leo colgó y abrió el mapa. Un punto rojo parpadeaba con nitidez. La calle marcada estaba a más de una hora a pie de su apartamento. Y, para colmo, era un barrio famoso por ser la zona gay de la ciudad. En un lugar donde los matrimonios entre personas del mismo sexo eran legales, los desfiles y festivales se celebraban todos los años y las parejas del mismo sexo se besaban en la calle sin que nadie las mirara mal, aquello no debería sorprenderle… pero de ninguna manera podía mantenerse tranquilo sabiendo que el novio de su hermana estaba paseándose por un barrio gay.
Ya fuera porque había ido por voluntad propia o —más probable aún— porque alguien se había aprovechado de su falta de inglés y lo había arrastrado hasta allí… solo de imaginarlo, Leo se crispó. Pensó en Li Biqing con su peinado pulcro, su rostro atractivo, esa piel tan blanca y ese aire ingenuo, caminando perdido por la calle: era como un flan dulce y blandito que caminaba solo, pidiendo a gritos que alguien le hincara la cucharita. Leo golpeó el volante con frustración.
En el asiento trasero, Rob, que disfrutaba a plenitud de un doble Big Mac, dio un salto del susto. El coche rugió de pronto, arrancó de lado y salió disparado; la inercia lanzó la hamburguesa al techo, dejando una mancha grasosa, antes de caerle encima.
—¡Maldita sea! —bramó Rob, frotándose el pecho manchado—. ¿Quieres avisarme antes de arrancar así? ¡Al menos dame tiempo para anclarme a la Tierra!
—Lo siento, colega —dijo Leo, sin la menor intención de sonar sincero—. Tengo que volver a la ciudad urgentemente. Si te molesta, puedes bajarte donde sea.
—¡No pienso bajarme en este fin del mundo! —Rob estaba indignado—. Si has descubierto algo sobre Killgreen, dilo ya y acaba con el misterio.
Leo titubeó un momento.
—No, no es el caso. Es… un asunto personal. Pararé en el centro; tú decides.
—Bien. Mañana me tomaré el día libre.
—Aprobado.
Gracias a Dios, pensó Rob, radiante. Un día sin trabajo interminable y sin el guapísimo Leo pegado a mí. Al fin podría dejar de ser el invisible del equipo e ir a un bar a ligar con alguna chica. Con ese pensamiento, incluso la negra oscuridad del camino le pareció encantadora.
Ya en una calle repleta de bares, Leo lo dejó allí y siguió conduciendo a toda velocidad. El punto rojo del mapa se hacía cada vez más grande. Finalmente, con un frenazo seco, la camioneta se detuvo frente a la entrada de un parque mal iluminado.
Leo bajó y contempló las hileras de árboles y los prados ondulantes sumidos en la penumbra. No tenía idea de por dónde empezar. La ubicación que Serena le había enviado no era lo bastante precisa como para señalar un punto exacto. Para registrar todo el parque necesitaría movilizar a decenas de agentes. ¿Y cuál sería el motivo? ¿Que un agente del FBI sospechaba que el novio de su hermana estaba “haciendo cosas gay”? Acabaría en la portada de todos los periódicos.
Mientras se frotaba el entrecejo, agotado, y sopesaba si debía reportar un posible secuestro —aunque no cumplían el tiempo mínimo para declarar una desaparición—, una figura tambaleante emergió del sendero oscuro, avanzando hacia la salida del parque mientras se frotaba la parte trasera de la cabeza.
Leo entrecerró los ojos. A medida que se acercaba, esa expresión de inocente desconcierto en un rostro tan familiar confirmó lo que temía. Li Biqing estuvo a punto de chocarse con él; al verlo, alzó la cabeza con una mezcla de sorpresa y confusión.
—…¿Leo? Qué coincidencia, tú también estás aquí.
El agente federal, que en ese momento quería darle una bofetada para despertarlo, inhaló el aire frío de la noche para contener la furia que lo quemaba por dentro.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Sabes qué lugar es este? —le preguntó con los dientes apretados.
Li Biqing miró alrededor.
—¿Un parque? Hay parques por todas partes en Portland. No sabía cuál era este en concreto. Y… ¿cómo llegué? Creo que salí al mediodía a comprar un móvil y una tarjeta nueva, y como el vendedor también era chino, me ayudó amablemente a mandar un mensaje. Luego pensé en dar un paseo por la zona…
—¿Un paseo… de casi dos horas? —La voz de Leo se volvió aún más oscura.
Pero el otro pareció no oír la pregunta. Continuó:
—No caminé mucho. Un tipo blanco enorme pasó corriendo y me empujó. Me robó la billetera. Yo lo perseguí gritando “¡ladrón!”, pero cuando entré en un callejón, salieron dos más de una emboscada. Seguro eran sus cómplices. Mira, el chichón sigue aquí. —Inclinó la cabeza con un gesto dolido para que Leo lo tocara.
Leo frunció el ceño y palpó con cuidado. Bajo los mechones castaños, suaves como plumas, la piel se levantaba en un bulto caliente que ardía al menor roce, como si la punta de sus dedos tocaran una brasa.
—Es peligrosísimo —refunfuñó—. ¿Por qué demonios fuiste solo tras un ladrón? ¿No podías marcar al 911?
—Fue todo tan de repente que me bloqueé —contestó Li Biqing, abatido—. Y cuando por fin recordé que debía llamar a la policía… ya no tenía teléfono.
—¿Y después? ¿Te hicieron daño?
—Cuando me desmayé, no sé qué pasó. Al despertar ya estaba en un parque… Aunque no lo entendí del todo, creo que esos tres decían que querían “jugar” conmigo.
El rostro de Leo se volvió gris, duro como una piedra. Sabía demasiado bien lo que significaba ese “jugar” en boca de ciertos maleantes. Rechinando los dientes, mascó cada palabra como si le desgarrara la garganta:
—Esos hijos de… —no terminó la frase, pero el veneno seguía ahí, palpitando.
Por pura costumbre profesional quiso preguntar más: cómo fue la agresión, cómo logró escapar, qué recordaba de los asaltantes… Pero esta vez, aunque las preguntas se alineaban solas en su mente, la mandíbula le temblaba de rabia. No quería oírlas. Ni una sola palabra más. Tiró de la muñeca de Li Biqing y gruñó:
—¡Al coche!
Ya dentro, con la calefacción envolviendo el habitáculo, Biqing rotó el cuello dolorido, inconsciente del torbellino junto a él, y suspiró con alivio. Luego retomó su relato como si nada:
—Decía… que querían jugar conmigo. Supongo que me vieron con pinta de fácil. Ni siquiera me ataron, así que le metí una patada en los… bueno, ya sabes. Se cayó. Yo eché a correr. Por suerte este parque es bastante salvaje, lleno de árboles y matorrales. Fui esquivando, girando… Incluso pasé por delante de una pareja de señores que estaba… ya sabes, haciendo sus cosas. Creo que se asustaron de que los viera y dejaron de perseguirme. Y así me libré de esos tres pervertidos.
Una sombra, rápida como un relámpago, cruzó el rostro de Leo. De pronto pisó el freno a fondo.
El coche dio un tirón brutal. Su mano se cerró alrededor del cuello de Biqing, lo empujó contra la puerta y la nuca del chico chocó con el cristal helado, arrancándole un estremecimiento. Unos ojos azul oscuro, encendidos como un mar en plena tempestad, lo taladraban a escasos centímetros. El rostro hermoso de Leo se había distorsionado en un gesto feroz, casi irreconocible, cargado de peligro.
Li Biqing lo miró, paralizado, con los labios temblorosos. Murmuró, sin voz:
¿…Leo?
Y la respuesta llegó como un hielo afilado:
—¿Te parece gracioso? ¿Una aventura de la que reírte luego? ¿Un cuentecito para entretener? Tendrías que ver las fotos de verdad. Los casos reales —escupió—. ¿Sabes cómo murió el chico del último expediente que tomé? Tenía diecisiete años. Tres hombres lo secuestraron, lo ataron a un árbol en mitad del bosque y lo violaron. Dos días enteros. Dos. Y después lo mataron. Cuando lo encontramos, tenía una rajadura desde el pecho hasta el pubis; podías ver los huesos de la pelvis. Le habían abierto un agujero en el cráneo y vertido mercurio dentro. ¿Puedes imaginar ese dolor? ¿Lo entiendes? Si hoy hubieras tenido un poco menos de suerte… ¿qué crees que habría encontrado yo? ¿Qué cadáver? ¡Eres un estúpido!
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas como plomo.
Tras escupirlo todo, Leo apartó la mano de golpe. Respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando bajo la camisa oscura como si acabara de correr una maratón.
Biqing lo observó un momento… y, con una dulzura que desarmaba, estiró la mano para ordenar los mechones revueltos de su frente.
—Lo sé —susurró—. Hoy tuve mucha suerte… y la suerte no dura siempre. Te lo prometo: nunca más me arriesgaré así. Ni aunque me roben la cartera, ni aunque me roben la esposa… yo no vuelvo a perseguir a nadie.
Leo resopló, entre rabia y exasperación, a punto de reír por no gritar.
—Si se llevan a Molly, tienes que perseguirlos —sentenció—. Si no, te reviento.
—Vale, vale… Como tú digas —aceptó Biqing, acomodándose el cuello de la camisa—. Pero ¿podemos ir a cenar? Estoy muerto de hambre.
—A estas horas… volver y cocinar sería una locura. Comeremos fuera —concedió Leo con un suspiro.
Tendría que replantearse muchas cosas. Había sobreestimado los instintos de supervivencia del chico. Dejarlo solo en aquella ciudad era pedirle a la desgracia que lo eligiera como víctima. Y aunque Molly jamás se lo perdonaría, lo más grave era que él mismo tampoco podría perdonarse.
Una ráfaga de viento nocturno se coló por la ventana. Leo giró la cabeza. En el asiento del copiloto, Li Biqing se había quedado dormido, la luz de las farolas dibujando destellos sobre sus pestañas. Su rostro relajado, los labios cerrados, daban una impresión casi delicada, casi frágil.
Algo cálido volvió a deshacerse dentro del pecho de Leo. Redujo la velocidad y se orilló. Se quitó la chaqueta y la extendió con cuidado sobre el chico. Su mano se alzó sola, instintiva, para rozar su mejilla suave, como si así pudiera calmar el peso de todo lo que no se atrevía a decir.
Fue apenas un toque, una caricia mínima. Tan natural que él mismo no recordaba lo extraño que era… tratar así a otro hombre. A un hombre que, en teoría, iba a ser su cuñado.
El coche permaneció un instante en silencio, respirando con ellos. Después, Leo encendió el motor y volvió a la carretera, fundiéndose con el flujo de luces que atravesaba la ciudad.