Sha Qing, Cap 36

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Volumen V.- La isla de la Diosa Luna

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Capítulo 36 — Día de Caza

 

—¡Arriba! ¡Todos, arriba ahora mismo! ¡Pónganse el uniforme de trabajo!

Los gritos estallaron súbitamente. Muchos saltaron de sus literas; otros se dieron la vuelta y se enterraron bajo las mantas, fingiendo no escuchar.

Unos hombres corpulentos con uniforme de camuflaje golpeaban impacientes las estructuras metálicas de las camas con sus porras. La puerta reforzada, abierta de par en par detrás de ellos, dejaba escapar ecos fríos.

—¡Rápido! —gruñó uno—. ¡Desde hoy empiezan a trabajar! Y al que se quede atrás, ¡luego veremos cómo le va!

El murmullo de quejas sobre el pésimo trato de los supervisores se apagó de inmediato cuando uno de los hombres añadió:

—El desayuno ya está en la plaza. Si llegan tarde, se quedan sin comer. ¡No lloren después!

En cuestión de minutos, la multitud salió corriendo hacia la explanada frente al barracón, abalanzándose sobre cajas de cartón de las que sobresalen paquetes de hot dogs o sándwiches, y dos pequeñas botellas de agua, apenas lo justo para humedecer la garganta.

Los hombres de camuflaje los observaban engullir con desesperación sus raciones. La mayoría se quejaba por quedar solo seis o siete décimas satisfechos; cualquiera que se atrevía a acercarse a pedir más recibía porrazos inmediatos.

El jefe del grupo miró su reloj y anunció con voz tronante:

—Son las siete cuarenta y cinco. Tienen quince minutos de descanso. Antes de las ocho deben salir del campamento y entrar al bosque.

—¿Al bosque? ¿Para hacer qué? —gritó alguien—. ¿Cuál es el trabajo?

El hombre lo miró con desprecio.

—Nada. No tienen que hacer nada… excepto sobrevivir.

—¿Sobrevivir? ¿Qué significa eso? —Susurros inquietos recorrieron la multitud.

El soldado no respondió, solo continuó, impasible:

—La cena se servirá a las veinte. Al que llegue tarde, no se le da nada. En el bolsillo del uniforme tienen una brújula. Si se pierden, sigan caminando hacia el sur. Si fuera ustedes, regresaría al campamento antes de que oscurezca. Les garantizo que el bosque por la noche es peor que cualquier pesadilla.

—¿Solo dos comidas? ¿Y el almuerzo? —insistió el mismo hombre de antes, irritado.

El militar lo fulminó con la mirada.

—En el bosque hay comida de sobra. Si tienen habilidad, la encontrarán; si no, pues se aguantan el hambre. Y otra cosa: no se metan al agua. En la costa hay más tiburones de los que pueden contar: tigre, toro, blanco… cualquiera los convierte en abono en un segundo. Así que si no quieren acabar siendo mierda de tiburón, más vale que se queden en la isla.

Miró de nuevo su reloj. Luego ordenó con brusquedad:

—¡Ya es hora! ¡Muévanse! ¡Corran! ¡Corran!

La multitud cuchicheó, pero nadie dio un solo paso. El bosque que rodeaba el campamento se alzaba oscuro, denso, ominoso. Nadie quería abandonar el único refugio seguro para meterse en aquella espesura sin luz.

El soldado parecía haberlo anticipado. Esbozó una sonrisa fría y le hizo una seña a sus compañeros. En el costado del barracón, varios cerrojos electrónicos se abrieron de pronto; las puertas metálicas chocaron contra la pared con estrépito. De las jaulas salieron veinte enormes perros de caza, gruñendo, mostrando los colmillos y lanzando saliva.

La multitud quedó petrificada ante la escena. Solo cuando el hedor animal llegó hasta ellos, alguien gritó:

—¡Corran! ¡Corran ya!

Y todos echaron a correr como alma que lleva el diablo hacia fuera del campamento.

Afuera se extendía una franja de terreno despejado, con poca vegetación. La gente se dispersó aterrada en todas direcciones, mientras los perros, ladrando ferozmente, los perseguían a escasos metros. Por suerte, aquellos animales bien entrenados no parecían tener intención de atacar de verdad: solo los empujaban a todos hacia el borde del bosque. Una vez logrado, regresaban orgullosos, moviendo la cola para reclamar su premio.

—Buen trabajo, muchachos —dijo el soldado, arrojándoles cubos llenos de carne fresca y sangrienta.

Shanier tiró de Luo Yi con todas sus fuerzas; corrían como si la vida dependiera de ello. Solo cuando se internaron lo suficiente en el bosque, la maraña de plantas y el suelo blando y resbaladizo empezaron a frenar su desesperado avance.

Calculando que los perros ya no los perseguían, se detuvo al fin, apoyado en el tronco de un árbol y respirando con dificultad.

—…Maldita sea, ¿qué demonios quieren esos bastardos? ¡Soltarnos los perros para mordernos vivos! ¡Obligarnos a meternos en la selva! ¿Qué traman?

—Quién sabe —respondió Luo Yi sin más, mientras observaba los alrededores.

Hierbas y arbustos de más de un metro de altura cubrían el suelo, mezcladas con enredaderas sin fin que apenas dejaban dónde poner el pie. Árboles desconocidos se alzaban hacia el cielo, extendiendo sus ramas recién a dos metros de altura, disputándose la poca luz que lograba filtrarse. Estaban bajo un enorme alcanforero; en el suelo, las raíces nudosas serpenteaban como lombrices gigantes.

—¿No te parece que todo esto es tan extraño como familiar? Piénsalo: esas películas, Deadman Running, y la otra… esa de la isla donde tiran a un montón de gente para que se maten entre ellos. Al final solo queda uno que logra salir vivo. Hay cámaras ocultas grabando todo y cuelgan el programa en Internet como un reality, sacando millones de clics y una fortuna en publicidad. ¡Maldita sea! ¡Yo no voy a ser la máquina de hacer dinero de un montón de psicópatas sin alma! —Shanier despotricaba sin parar, hasta que vio que Luo Yi se quedaba repentinamente inmóvil.

—No te muevas —murmuró el joven asiático—. Pase lo que pase, no te muevas.

Shanier se quedó rígido, sin entender. 

¿Qué?, articuló sin voz.

Con una lentitud extrema, Luo Yi se acercó a él… y de pronto alzó la mano por encima de su hombro derecho, atrapó algo invisible a velocidad de relámpago y lo estampó contra el tronco. El movimiento fue tan veloz que Shanier ni siquiera pudo distinguirlo; solo sintió un soplo de aire cortándole la oreja.

Cuando volvió a ver su mano, Luo Yi sujetaba una cola verde y delgada. La serpiente, con la columna sacudida, colgaba flácida, aún retorciéndose.

Shanier empapó la camisa de sudor frío.

—¡¿Una serpiente?! ¿Es venenosa?

—Laticaudata. No tan mortal como una cobra, pero si te muerde, lo vas a pasar mal —dijo Luo Yi, dejando caer al reptil todavía convulsionando—. Ten cuidado. En esta selva hay toda clase de bichos: escorpiones, serpientes venenosas, y mosquitos Aedes albopictus, transmisores de dengue.

Shanier miró en todas direcciones, inquieto. Lo único que veía era verde: verde oscuro, verde ceniciento, verde brillante, verde tierno… tonos que se amontonaban como un oleaje espeso. Por un instante sintió que toda aquella vegetación estaba a punto de devorarlo vivo.

Miró entonces a su compañero. Sin saber cómo ni cuándo, aquella aura de ligereza vulgar y medio chulesca que solía rodear al joven asiático se había disipado por completo, como absorbida por la propia selva. El cabello teñido de un rubio pajizo y su ropa naranja, casi de presidiario, seguían afean­do su apariencia; pero sus ojos, esos irises de un ámbar profundo, felino, brillaban con una calma afilada, tan intensa que Shanier no podía sostenerle la mirada.

Qué demonios… es como si lo hubiera poseído un espíritu maligno… pensó, inquieto. 

Sentía una extraña desasosiego, como si la colorida cacatúa que creía tener delante se hubiese convertido de pronto en un águila gigantesca de pico acerado.

—¿Y ahora qué piensas hacer? —se animó a preguntar. En ese mismo instante vio un escarabajo trepar por su zapato, emergiendo del lodo; dio un brinco y lo aplastó, dejándolo hecho una pasta verde amarillenta—. Yo no pienso quedarme en esta selva infernal. Vuelvo al camino. ¡Debí ir allí desde que huimos! No habría caído en este maldito nido de alimañas.

—¿Camino? ¿La carretera esa de tres metros de ancho por donde apenas pasa un coche? —Luo Yi ladeó la boca con un gesto casi burlón—. No, gracias. No pienso acercarme.

—Te lo pregunto por última vez —gruñó Shanier, crispado—: ¿vienes conmigo o te quedas solo en esta selva del demonio?

—Me quedo —respondió Luo Yi sin dudar.

Shanier lo fulminó con la mirada, la rabia mordiéndole las sienes.

—¡No vengas llorando después! ¡Será tarde!

Luo Yi se dio la vuelta para marcharse, sin darle importancia.

Fue entonces cuando a Shanier se le subió la sangre a la cabeza y lo agarró del mono, tirando con violencia. Pero el otro le apresó la muñeca, la torció y, sin esfuerzo, lo estampó contra el tronco. La corteza rugosa le arañó la espalda, pero el dolor quedó eclipsado por el golpe de realidad: él, que creía saber pelear, él, a quien incluso su maestro de Muay Thai decía tener talento… había sido reducido como un niño por ese supuesto chulo de alquiler, inmovilizado con dos dedos en la arteria del cuello.

Qué idiota he sido… Con esas habilidades, ¿cómo demonios va a ser un prostituto?

—¿Quién eres en realidad? —murmuró Shanier, frustrado, sombrío. 

Y, para su propio desconcierto, una punzada de decepción le atravesó el pecho: en aquella situación miserable, había dado por hecho que el otro no tendría más remedio que depender de él… incluso había decidido que, en cuanto salieran de esa selva, se lo follaría hasta quedarse satisfecho. Ahora veía que aquello no era más que un disparate.

—No necesitas saberlo —respondió Luo Yi con frialdad, soltándolo—. Es hora de que cada uno siga su camino.

Con el corazón hecho un extraño ovillo, Shanier se alejó al fin.

Sacó la brújula del bolsillo, se orientó y avanzó hacia donde recordaba haber visto el camino. Avanzó con cautela entre la maleza durante diez minutos. Entonces, al fin, entre los huecos de las hojas, apareció la carretera de tierra apisonada.

Estaba a punto de apartar las ramas para salir cuando, de pronto, rugió el motor de un vehículo.

Su mirada se asomó entre las hojas y vio a una figura algo familiar que corría desesperada por el camino: ¡era Lao Hei!

Los disparos resonaron uno tras otro. El cuerpo de Lao Hei, en plena carrera, fue golpeado como por un saco de arena invisible y cayó de bruces sobre la tierra. De su brazo y su muslo estallaron dos nubes de sangre. Se retorció, emitiendo un grito desgarrador, mientras dos todoterrenos descubiertos llegaban desde atrás y se detenían a unos metros.

De cada vehículo bajaron dos hombres: uno vestía ropa de caza y sostenía un rifle con mira telescópica; el otro llevaba un uniforme de camuflaje, parecía ser el conductor y guardaespaldas.

Los dos hombres con ropa de caza parecieron reconocerse y se saludaron con una sonrisa.

—Hey, Dylan, llegaste un segundo tarde. Esta presa la abatí yo.

—¿Ah, sí? Pues yo diría que mi bala fue más rápida. Además, le di en la pierna; si no, aún estaría corriendo agarrándose el brazo. William, tienes que aceptar la derrota.

—Oh, no, Dylan. El que tiene que aceptar los hechos eres tú.

—Bah, no vale la pena perder tiempo por una tontería así. Como no podemos determinar a quién pertenece la presa, vayamos con las viejas reglas —dijo el hombre, sacando una moneda de oro del bolsillo. La hizo saltar con un chasquido; ascendió tintineando y cayó en su mano, cubierta entre ambas palmas—. ¿Cara o sello?

—… Cara —respondió el otro.

—Entonces yo digo sello —abrió la mano. La moneda mostraba la cara con letras, reposando tranquila sobre la piel. No pudo evitar sonreír—. Lo siento, Dylan, gané.

—Está bien, te lo quedas —dijo el otro con una pizca de resignación—. Al fin y al cabo, las presas sobran.

William sacó un cuchillo de la funda de su bota y se acercó a Lao Hei.

—Qué suerte. La primera presa es justo la especie que quería. ¿Sabes? Con el cráneo de este macho negro, podré completar mi colección de ceniceros…

Lao Hei lo miró con terror y desesperación, observando el filo brillante del cuchillo. Con la pierna herida, trató de incorporarse para seguir huyendo, pero el hombre le propinó una patada justo en la herida. Lanzó un alarido inhumano. Volvió a caer de bruces; el polvo le llovió sobre la cara. A través de aquel velo amarillento, vio de pronto un rostro oculto entre las ramas junto al camino.

Una chispa de esperanza se encendió en él, una chispa frágil, como la mano que un náufrago extiende hacia un tallo de paja. Con los ojos muy abiertos, movió los labios en un grito silencioso hacia quien lo observaba: ¡Sálvame! ¡Por favor, sálvame!

Shanier contempló la escena horrorizado, procesando la información que acababa de escuchar… Aquella mala premonición se había vuelto realidad, y era aún peor de lo que imaginó. No era un programa de televisión, ni un reality show. Aquello era una caza. Una cacería viva, con personas reales como presas.

Como si apartara de golpe la niebla que flotaba sobre un pantano, todo aquello que antes le había parecido extraño cobró sentido. Aquella supuesta empresa había reclutado a un grupo de vagabundos sin hogar, atrayéndolos con buenas condiciones y controlándolos con drogas gratuitas. ¿Para qué? Para arrojarlos en esta isla selvática, donde otros podrían cazarlos uno por uno, como si fueran animales, convirtiéndolos en cadáveres.

…Maldita sea, qué demonios… ¿Cómo acabé metido en esta mierda absurda? pensó Shanier, inquieto, furioso, casi rabioso. ¿Quieren usarme como presa? Si logro hacerme con un arma… ya veremos quién caza a quién.

Respiró hondo varias veces y comenzó a retirarse muy despacio, sin hacer ruido. En cuanto a ese pobre diablo de Lao Hei, no tenía la menor intención de ayudarlo. No solo porque aquel tipo lo había molestado antes; incluso si fuera un conocido, lo primero era salvar su propio pellejo.

Lao Hei vio cómo aquel rostro se alejaba y la llama de esperanza se apagó por completo, como si le arrojaran encima un cubo de agua helada. Y en las brasas apagadas brotó una locura amarga y venenosa. 

En un último esfuerzo bajo el filo del cuchillo, se incorporó medio cuerpo y señaló hacia los árboles mientras gritaba:

—¡Allí! ¡Ahí hay otro! ¡Hay otro!

¡Jódete! maldijo Shanier al oírlo, echando a correr a toda velocidad.

Una bala silbó a su lado, levantando hojas y ramas. En ese instante límite entre la vida y la muerte, no pensó en víboras ni escorpiones: solo había un pensamiento en su cabeza. Correr. Correr.

La vegetación espesa frenaba sus pasos, pero él no se detuvo. No escatimó golpes ni raspones: se lanzó con toda su fuerza hacia el camino por donde había venido. Tropezó varias veces con el terreno irregular, se levantó con la cara ensangrentada, y siguió corriendo a tumbos.

Una raíz sobresaliente lo hizo caer otra vez. Su cabeza chocó contra un tronco y la vista se le nubló. Cuando por fin recuperó la claridad, vio un rostro conocido, boca abajo desde su punto de vista. Nunca antes le había parecido tan adorable y casi angelical.

—…Tú ya lo sabías desde antes, ¿verdad? —jadeó, agarrando el pantalón del otro—. No me importa quién seas ni por qué te infiltraste aquí, seguro tienes un plan preparado. ¿Sí…? Entonces llévame contigo. Te juro que no estorbaré. Te serviré. Seré un buen ayudante… ¿Qué dices?

Luo Yi observó sus ojos verde oscuro, brillantes entre la sangre y el barro, llenos de una feroz voluntad de sobrevivir y de un filo decidido a cualquier precio. 

Quizá por ahora pueda usarlo, pensó, tendiéndole la mano para levantarlo.

Sacó una pequeña botella de agua que le había sobrado del desayuno y ayudó a Shanier a limpiar un poco sus heridas.

—Este maldito lugar es húmedo y sofocante… —Shanier se quejó, apretando los dientes mientras sudaba.

—Estamos en una isla del Pacífico —respondió Luo Yi con calma—. La temperatura ronda los 28 °C y la humedad supera el 90%. En estas condiciones, media hora de ejercicio intenso basta para deshidratarte.

—¿Y aun así usas agua para limpiarme las heridas? —Shanier lo miró sorprendido—. Si nos deshidratamos, ¿qué vamos a hacer?

Luo Yi esbozó una ligera sonrisa:

—Tranquilo, siempre podremos encontrar algo de agua potable. Al menos podremos resistir unos días.

—¿Unos días? ¿No piensas volver al campamento antes de que anochezca?

—No. Aunque allí haya camas y cena, ¿no te preocupa que, para controlarte del todo, te inyecten heroína en mitad de la noche? Así, incluso si todos descubren la verdad, no se atreverán a escapar. Solo esperarían la muerte, atontados.

Un escalofrío recorrió la espalda de Shanier, que decidió que antes moriría que volver.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Necesito almacenar algo de agua y comida, construir un refugio provisional antes de que caiga el sol y fabricar algunas armas y trampas sencillas. Con un poco de suerte, si logramos eliminar a uno que ande solo, podremos robarle el arma —respondió el joven de rasgos asiáticos.

En los ojos de Shanier fue encendiéndose un brillo antiguo: el anhelo profundo de un fugitivo por el olor a sangre y la emoción salvaje de la lucha.

—¿Darles caza a esos que quieren matarnos? Perfecto. Vamos a enseñarles a esos comodones quién es la verdadera presa.

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