Volumen V.- La Isla de la Diosa Luna
Editado
A través de la mira telescópica, la silueta naranja se recordaba con claridad: un chico pelirrojo, delgado, de no más de veinte años, apoyado en una mata de platanillo, mordiendo con esfuerzo un plátano silvestre aún verde. No parecía tener idea de que acababa de entrar en el campo de tiro de un cazador.
Leo bajó la escopeta de doble cañón y le indicó al guardaespaldas que conducía:
—Vámonos.
El guardaespaldas dudó un momento antes de abrir la boca:
—Señor Young… ya ha dejado escapar a tres humanos desde ayer. No ha disparado ni una vez. ¿Acaso no le gusta este tipo de cacería?
Leo le lanzó una mirada de advertencia, distante, cargada de desprecio.
—Hay un dicho: “Mejor nada que algo mediocre”. ¿Lo conoces? Le prometí al joven duque Aver que le llevaría uno de los zorros más hermosos y astutos. ¿Pretendes que me conforme con este ratoncillo flacucho? Cierra la boca. No me gusta la gente parlanchina.
El guardaespaldas obedeció al instante, mientras por dentro ya estaba inventando un jugoso escándalo entre el apuesto joven cliente y el libertino duque.
Leo observaba cómo el bosque retrocedía velozmente, con el corazón en un torbellino de ansiedad: jamás podría matar a esos inocentes, pero tampoco podía levantar sospechas. Y necesitaba una forma de acercarse mucho más a Aver… ¿Cómo diablos lograr ambos objetivos sin arruinarlo todo?
Un disparo lo arrancó de sus pensamientos.
¡Alguien está cazando humanos cerca!, Leo apretó los puños hasta clavarse las uñas, conteniendo la rabia que le subía al pecho.
No podía, no debía actuar por impulso: arruinaría el plan entero. Su propia vida era lo de menos; si Aver sospechaba, todos los cautivos serían ejecutados y, después, miles más morirían en este juego atroz.
Tenía que contenerse. Tenía que hacerlo.
Otro disparo. Muy cerca; en el bosque junto a la carretera.
—¡Detente! —ordenó Leo con un hilo de control.
El guardaespaldas, creyendo que por fin su jefe iba a cazar “en serio”, apagó el motor con entusiasmo y bajó con el arma lista.
Leo apartó las ramas y se internó en el bosque. Ni siquiera sabía qué iba a hacer. Sabía que lo correcto era mirar hacia otro lado… pero no era una máquina. No podía ver morir a alguien ante él y escudarse en excusas para justificar su pasividad.
Primero observa. Luego improvisa, se dijo.
Shanier vació los bolsillos del tercer cazador muerto, encontró varias cajas de munición y eligió dos armas que le resultaban cómodas. Después enterró lo demás junto a la ropa y empujó el cadáver bajo un enorme tronco hueco. Los insectos ya huían en enjambres, pero pronto volverían para darse un festín.
Mientras trabajaba, tarareaba alegremente una canción pop de ocho años atrás. La sangre aún tibia le había devuelto un antiguo y excitante ardor.
Luo Yi lo observaba con expresión fría.
Francamente, la esencia de ese hombre le desagradaba: un olor a hiena, feroz e indiferente, una crueldad víbora que nada tenía que ver con sus momentos ocasionales de jovialidad, meras flores silvestres creciendo en una guarida de lobos.
En ese instante parecía un lobo amaestrado. Pero solo porque Luo Yi era más fuerte en ese entorno. El día que Shanier sintiera que podía igualarlo o superarlo, enseñaría los colmillos sin dudar. Luo Yi lo sabía. Y, aun así, también lo estaba usando para cazar. Estaban a mano.
Mientras terminaban de hacer desaparecer el cuerpo, Luo Yi oyó pasos leves y el crujir de hojas secas… Alguien venía.
Shanier lo notó también. Se miraron y se ocultaron tras un tronco.
Las ramas ocultaban la vista, pero por las pisadas eran dos personas. Las botas tácticas verdes y los pantalones de camuflaje delataban su identidad: un guardaespaldas del club… y un cazador.
¿Atacamos? preguntó Shanier con los ojos.
Cuando estén más cerca, indicó Luo Yi.
Esperaron, tensos, hasta oír sus voces:
—Debe de ser por aquí. Creo que huelo sangre… Mira, ¿ves esa pierna bajo el tronco? ¡Ahí hay un cadáver de humano!
La voz era ronca, con acento ruso.
Shanier apretó el arma, el dedo ya en el gatillo, el cañón asomando entre las hojas.
—Ya está muerto… Llegamos tarde. Vámonos —dijo otra voz, profunda y serena.
Aquel timbre hizo que las cejas de Luo Yi se alzaran. Su mirada se encendió, intensa como la luna entre nubes rotas. Justo cuando Shanier estaba a un segundo de disparar, Luo Yi extendió un dedo y lo introdujo entre el gatillo y su dedo, bloqueando el disparo con precisión quirúrgica.
Shanier se quedó helado y lo miró sorprendido. Luo Yi negó con la cabeza.
¿Por qué? articuló Shanier en silencio.
Luo Yi tampoco respondió. Simplemente apartó su dedo del gatillo con una firmeza que no admitía discusión.
Shanier puso los ojos en blanco. ¿Qué podía hacer? Ese hombre siempre pensaba más lejos, siempre guardaba sus planes. Supuestamente trabajaban juntos, pero nunca había compartido con él una sola pieza clave. Probablemente porque no confiaba en él. Y aquella sensación le hirió un poco el orgullo.
Retiró el arma con fastidio… pero el movimiento fue un poco brusco, haciendo crujir algunas hojas.
—¿Quién anda ahí? ¡El que está escondido detrás del árbol, sal! ¡Rápido, o disparo! —El hombre de acento ruso gritó.
La iniciativa se perdió de golpe. Shanier lanzó a Luo Yi una mirada llena de reproche, bajó un poco más la visera del gorro de camuflaje y salió de detrás del árbol con el arma en la mano.
—Somos de los tuyos, no te pongas así. No vaya a ser que se te escape un tiro —dijo con falsa calma.
El guardaespaldas, al ver su atuendo, se relajó y bajó el arma.
—Hermano, ¿por qué estás solo? ¿Dónde está tu cliente?
Los miembros asignados a cada huésped tenían la obligación estricta de no separarse de ellos; era una regla inamovible del club. Como lo había preguntado, Luo Yi no tuvo más remedio que salir también.
—¿Qué ocurre? —preguntó, bajando ligeramente la cabeza para ocultar el rostro bajo la sombra del ala del sombrero.
—Nada, no es nada —el guardaespaldas se mostró algo avergonzado—. Solo temía que hubiera olvidado las normas y hubiera dejado al cliente solo. Pero… —entrecerró los ojos, desconfiado, mirando a Shanier—. Tú me pareces nuevo. ¿Te contrataron hace poco? No he oído que entrara nadie…
Frunció más el ceño cuanto más lo pensaba, y volvió su mirada escrutadora hacia Luo Yi.
—Tú eres… No, ¡imposible! Los once invitados de esta edición me los sé de memoria. ¡Y no hay ningún asiático entre ellos! ¡Tú no eres miembro!
En el instante en que alzaba el arma para disparar, una bala le atravesó el centro de la frente, abriéndole un agujero oscuro que empezó a sangrar.
Luo Yi había sacado la pistola que llevaba escondida en la parte baja de la espalda. Su velocidad al desenfundar fue tan asombrosa que logró adelantarse por una fracción de segundo.
Frente a él, Leo sostenía una escopeta de doble cañón, apuntándole también.
A esa distancia, la potencia de los perdigones superaba con creces a la de una pistola; podría haber herido a ambos de un solo tiro. Pero Leo no tenía intención de disparar. Ya había deducido quiénes eran esos dos infiltrados: probablemente las víctimas a las que habían dado caza, los llamados “hombres-bestia”, su objetivo de rescate.
En una situación así, donde no había forma de saber quién era aliado y quién enemigo, no tenía más opción que identificarse antes de que ocurriera un desastre. Con calma profesional, levantó lentamente una mano.
—No disparen. Soy policía.
—¿Ah? —Shanier soltó un graznido sorprendido—. ¿Policía? ¿Otro infiltrado? —Luego volvió la cabeza hacia su compañero—. ¿Son colegas?
—¿Colegas? —Leo frunció las cejas, los ojos analíticos clavados en el joven asiático, cuya cara aún permanecía oculta en la sombra—. No te he visto nunca. ¿De qué departamento eres?
Luo Yi levantó la cabeza despacio. Sus ojos, de un ámbar profundo y cortante, se clavaron en él. Con una ligera media sonrisa en los labios, dijo:
—Hola, Leo. Qué coincidencia volver a verte.
El cuerpo de Leo se tensó como si lo hubiera atravesado un rayo. Miró fijamente al hombre frente a él, como intentando arrancarle de un tirón la máscara y toda la piel que la ocultaba. Tras unos segundos de silencio denso, apretó los dientes y escupió un nombre:
—…Sha Qing.
—Perdona —respondió el joven chino sin pizca de disculpa—. Parece que nos hemos vuelto a topar en el mismo caso. Aunque no espero que estés de acuerdo, creo que lo cortés es anunciarlo, como en una pelea de boxeo donde los rivales se inclinan antes de empezar: mira, uno de los dos tiene que retirarse, y espero que seas tú. ¿Vale?
—Ni hablar —replicó el agente federal, tajante.
—Ya lo imaginaba. Qué terco eres —Sha Qing suspiró con fingida resignación—. Entonces tendré que atarte y, cuando termine todo esto, te dejaré libre. Un consejo, agente: no te resistas demasiado. Nunca he atacado a nadie que no fuera un objetivo… pero él es distinto —señaló con la barbilla al hombre de cabello castaño dorado—. Él viene del mundo del crimen. Mata sin parpadear. ¿Verdad, mi pequeño lobo?
Shanier respondió con una mirada igualmente falsa, como si estuviera halagado, pero por dentro calculaba quién era realmente Sha Qing y a qué venía ese cambio de actitud tan repentino.
En realidad, no le sorprendía su identidad: en prisión, leer periódicos era una de las pocas distracciones, y Sha Qing era el favorito de los medios: un asesino serial famoso. Joven, asiático, maestro del disfraz, hábil en el combate, y especializado en dar caza a otros asesinos seriales. ¿Quién encaja mejor que el hombre a su lado?
Lo que sí le resultaba imposible de entender era este Sha Qing repentinamente “vivaz”, como si hubiera despertado de golpe. Con él siempre era como tratar con una estatua impenetrable, fría, peligrosa, lista para matarlo a la mínima. ¿Y ahora, frente a este policía, de pronto bajaba la guardia, se derretía? ¡Era absurdo! Un asesino y un agente de policía deberían ser enemigos naturales, agua y aceite.
¿Qué demonios significaba esta atmósfera extraña?
Con una mirada cargada de falsa emoción, Shanier respondió a la frase de Sha Qing… y enseguida volvió su expresión hacia Leo, llena de veneno.
—¿Agente? ¿FBI? ¿Otra cosa? Da igual, siguen siendo policías. Y yo detesto a los policías.
—Chasqueó la lengua—. ¿Para qué dejarlo vivo? Es mejor matarlo y evitarse problemas.
Sha Qing le dedicó una sonrisa helada. A Shanier le recorrió un escalofrío tan fuerte que se le erizó la piel. Bajó la cabeza, tragándose su mal humor.
Leo, sin soltar el arma, dijo con voz tensa:
—Lo siento, pero no pienso rendirme.
Siguió retrocediendo paso a paso, con el dedo firme en el gatillo. Observaba a aquel hombre de cabello dorado: ¿era realmente cómplice de Sha Qing? No parecían del mismo mundo… No porque Sha Qing fuese un santo, había estado un año entero detrás de él, y sabía muy bien que era un asesino. Pero aquel tipo irradiaba una brutalidad cruda, un desprecio absoluto por la vida humana. ¿Cómo demonios se le ocurría a Sha Qing vincularse con alguien así? ¿Es que no veía que era un animal salvaje disfrazado, una serpiente venenosa, un chacal?
Y aún así lo había llamado “mi pequeño lobo” con ese tono casi íntimo.
¡A la mierda todo!
Una oleada de ira y desilusión emergió en el fondo del pecho del agente de pelo negro, agitándolo por dentro. Por un instante, estuvo a punto de apretar el gatillo contra Shanier sin pensarlo… pero no podía hacerlo. Aquellos dos estaban demasiado cerca; el alcance letal de los perdigones era demasiado amplio. Además, Shanier sólo había lanzado amenazas de palabra, no había llegado a actuar. Casi deseaba que lo hiciera, así él tendría una razón legítima para contraatacar.
—No tienes derecho a opinar, Leo. Ahora somos dos contra uno —Sha Qing se encogió de hombros—. Puedes disparar contra cualquiera de nosotros y después caer abatido por el otro. Resultado: ambos heridos o muertos. El que quede vivo lo tendrá difícil para actuar solo, quizá incluso renuncie y huya. Y mientras tanto, los cazadores seguirán matando por diversión, y el jefe de todo esto seguirá libre… Bien, ¿ese es el final que quieres? Si te parece bien, dispara.
Leo frunció el ceño con frustración. Sha Qing siempre era así: retorcido, elocuente, capaz de envolver sus disparates en una lógica tan precisa como envenenada. Y lo peor era que uno no encontraba cómo rebatirlo.
De hecho, él tampoco veía una salida mejor. Si él y Sha Qing se enfrentaban ahora, cualquiera que ganara lo haría a un coste terrible. Y para el verdadero objetivo común, el Club Lunar, eso sería casi un regalo. Entonces, ¿por qué no intentar cooperar, aunque fuera una vez más? No sería la primera.
Sha Qing percibió en la mirada vacilante del agente una señal de ablandamiento. Encantado, añadió más leña al fuego:
—Además del “los dos pierden”, hay otra opción: cada uno va por su lado y no nos estorbamos. Imagino que tu misión aquí es infiltrarte, reunir pruebas y llevar al organizador ante la justicia. Yo, en cambio, quiero liquidar a todos estos cazadores cuyo pasatiempo es asesinar. ¿Ves? No tenemos ni un conflicto. ¿O es que no te parece que estos despojos humanos merecen irse directo al infierno?
—Claro que merecen morir, pero tú no tienes la autoridad para ser su ejecutor —insistió Leo.
—¿Porque no tengo un cuadernito y un traje negro? Vamos, Leo, ya volvemos a lo mismo. Qué cansancio repetir las mismas tonterías —Sha Qing chasqueó la lengua, impaciente—. Centrémonos: ¿vas a pelear conmigo ahora, o vamos a pelear juntos contra ese jefecito demente que mata por diversión?
—No existe la posibilidad de que trabajemos juntos —replicó Leo con frialdad—. Piensa en el caso del ajedrez: ejecutaste al sospechoso en la cara de cincuenta policías. ¿Cómo voy a confiar en que no arruines mi operación?
Sha Qing soltó una risa suave, con un deje de picardía infantil.
—Ah, todavía guardas rencor por eso. No sabía que eras tan quisquilloso… Pero no te preocupes. Esta vez no interferiré. Te lo diré sin rodeos: sé quién es el organizador y sé a qué has venido. Puedes seguir recolectando tus pruebas, y yo prometo no tocar a tu objetivo. ¿Te sirve?
¡Debe tener un infiltrado en la agencia!, pensó Leo, mordiéndose el labio. Y aunque admitía que la propuesta era tentadora y que, de hecho, era la mejor forma de romper aquel punto muerto, algo dentro de él se resistía. ¿Por qué la iniciativa tenía que estar del lado de Sha Qing? No era propio de él ceder el control.
—¿Por qué sigues dudando, Leo? Sabes que este es el mejor camino —Sha Qing ladeó la cabeza—. Escucha… los disparos. Mientras te aferras a tu reglamento, otra vida está desapareciendo… así de tristeee~.
La voz exagerada y burlona le crispó los nervios. Pero Leo terminó por decidirse.
—Como tú mismo dijiste: cada quien por su lado. No es cooperación, es un trato —dijo. Y al pronunciar “trato”, una idea difusa empezó a tomar forma en su mente. Era una oportunidad para acercarse al pequeño Jafford… Sí, aquello podía funcionar.
A medida que el plan se definía, la ceja fruncida del agente se relajó. Miró al asesino frente a él y advirtió:
—Si fuera tú, me daría prisa. Antes del anochecer descubrirán la desaparición del miembro. Y cuando eso ocurra, rastrearán esta isla de punta a punta. No escaparán.
—De eso no tienes que preocuparte —dijo Sha Qing con tranquilidad.
—Y una última cosa —Leo dejó caer la escopeta—. Hazme el favor de dispararme en el brazo izquierdo. Solo no me rompas el hueso.
Sha Qing se quedó un segundo desconcertado, luego sonrió con ligereza.
—Tranquilo, no voy a regalarte una tumba con bandera —respondió. Levantó la pistola sin siquiera apuntar. Un disparo seco estalló en el aire.
Leo se llevó la mano derecha al brazo izquierdo y soltó un gruñido. La sangre brotó entre sus dedos.
—Gracias… y cuídate —murmuró, y se dio la vuelta para marcharse.
—¡Leo! —lo llamó de pronto Sha Qing.
El agente se detuvo.
Sha Qing vaciló un instante antes de decir, con voz baja:
—Perdón.
—…Yo también —respondió Leo en silencio, sin volver la vista atrás.
Era un trato destinado a romperse. Tarde o temprano, uno de los dos traicionaría al otro… o quizá ambos. Nadie estaba aún dispuesto a revelar sus cartas.
—¿Lo dejas ir así? —Shanier lo miró incrédulo. Cuanto más observaba la extraña relación entre los dos, más confuso y molesto estaba—. ¿Por qué no lo eliminamos igual que a los otros cazadores? Nadie lo sabría. El FBI no vendría tras nosotros. Si lo dejas vivo y completa su misión, puede que de paso nos atrape también. No creo que confíes tanto en él… Oye, ¿no será que ustedes dos tienen algo?
Sha Qing soltó una risita.
—Claro que no confío en él. Y él tampoco confía en mí. Lo que importa es quién se moverá más rápido: si nosotros acabamos primero con los cazadores, o si él elimina al organizador.
—Pero ese poli tiene razón: antes de que anochezca descubrirán las desapariciones. Y los cuerpos no son difíciles de encontrar.
—Por eso debemos movernos más rápido. Tenemos que eliminar a tantos como podamos antes de que todos se escondan.
—¿Y después? Van a buscarnos por toda la isla. No es tan grande.
—Yo tengo un plan —dijo Sha Qing—. Si quieres retirarte, aún estás a tiempo.
Shanier dejó escapar un suspiro.
—¿Y ahora dices que todavía puedo echarme atrás? ¿Qué opciones tengo? ¿Volver para seguir siendo una “bestia humana” que puede morir en cualquier momento, o amarrar unos bambúes y probar suerte a la deriva en el Pacífico? Prefiero seguirte a ti… Al fin y al cabo, eres el famoso Shāqīng. No vas a dejar tu pellejo en esta isla de mala muerte tan fácilmente.
—Haz lo que quieras. Pero hay una condición: no arruines mis planes por tu cuenta. Si lo haces… —Sha Qing dejó la amenaza flotando en el aire; no hizo falta completar la frase.
—Descuida. Total, tampoco podría derrotarte —respondió Shanier, desganado.
—Vámonos.
—…Antes quiero hacerte una última pregunta.
Sha Qing enarcó una ceja, claramente impaciente.
—¿Tú y él… de verdad no tienen nada?