Volumen V.- La isla de la Diosa Luna
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Leo salió del cuarto de baño y descubrió que Aver Jafford seguía en el despacho atendiendo aquella llamada. Miró la puerta cerrada y, al imaginar la escena que podría desencadenarse a continuación, sintió que se le erizaba el cuero cabelludo: preferiría enfrentarse a una docena de maleantes armados antes que jugar a algún retorcido juego de sado con aquel díscolo hijo de duque.
Quizá podría intentarlo con los fármacos.
Esta vez, para infiltrarse en la Isla de la Diosa Lunar, había llevado consigo dos botellas de vino especialmente preparadas: una capaz de dejar a cualquiera inconsciente tras unos pocos sorbos, con un despertar borroso, como después de una borrachera monumental; y la otra, un suero de la verdad para arrancar confesiones, del que solo podían librarse quienes hubieran recibido un entrenamiento mental muy particular.
Aprovecharía la oportunidad para escabullirse y, mañana, regresaría con las dos botellas a modo de disculpa. Una estrategia razonable. Con la idea decidida, había posado ya la mano sobre el picaporte del salón cuando escuchó la voz de Aver Jafford a su espalda:
—Perdona, cariño, te he hecho esperar… ¿Qué pasa? ¿Piensas marcharte sin despedirte? Eso no es muy cortés, querido amigo.
Leo no tuvo más remedio que darse la vuelta.
—Pensé que tenías asuntos importantes que atender. No quería interrumpirte. Mañana vendré a disculparme.
—Tú eres mi asunto importante —replicó Aver Jafford, observándolo como si lo viera por primera vez, con una sonrisa ambigua. Tomó asiento en el sillón y, con la punta de un dedo, señaló la silla frente a él. Luego sacó una baraja del estante inferior de la mesita auxiliar—. Ven, acompáñame a jugar un rato. Blackjack.
Leo se sorprendió. No creía que el motivo de retenerlo fuera simplemente jugar a las cartas. Bastaba recordar el acoso constante… ¿Sería otro de sus juegos de seducción? Fuera como fuese, no podía rechazarlo de manera brusca.
Se sentó y empezó a barajar mientras decía:
—¿Blackjack? Oh, duque, he oído que eres un experto. Que incluso ganaste un feudo entero una vez… ¿Qué esperas quitarme a mi? Si no puedo pagarlo, me escaparé.
Aver Jafford le repartió dos cartas con parsimonia.
—Tranquilo. Lo que quiero de ti, seguro que puedes dármelo… Además, sigues en mi territorio. ¿Adónde crees que podrías huir?
Leo forzó una sonrisa y fingió concentrarse en contar cartas.
La verdad era que el otro tenía mucha mejor mano que él, pero parecía inquieto, como fuera de sí, y perdía más de lo que ganaba. En un par de ocasiones, Leo lo vio mirar de reojo el reloj de pared, como si esperase algo. El gesto era casi imperceptible, pero no escapó al instinto entrenado del agente federal, que sintió en el pecho un primer brote de sospecha.
Pasados unos veinte minutos, el móvil de Aver Jafford sonó de nuevo. Él se levantó al instante.
—Perdona, atenderé esta llamada y vuelvo enseguida —dijo, entrando en el despacho.
La sospecha de Leo se convirtió en un presagio siniestro.
En cuanto se cerró la puerta, sacó su móvil y llamó a Edman. El mensaje automático “no se puede establecer comunicación” bastó para que comprendiera que algo había ocurrido. Le había advertido a Edmann que debía mantener su teléfono operativo las veinticuatro horas y avisar al instante si surgía algún problema. Aquello no era “ocupado”, ni “apagado”. Y la isla tenía señal perfecta. Ese mensaje aparece cuando un móvil, conectado a la red y aparentemente encendido, dejaba de emitir señal de golpe, como si se hubiera quedado sin batería o hubiera sido destruido, de modo que la estación base seguía creyendo que debería estar operativo.
Era una ventana temporal breve: si pasaba demasiado tiempo, entonces sí aparecería como “apagado”. Y esa diferencia era crucial. Significaba que el teléfono de Edman había sido interrumpido de forma repentina en los últimos minutos.
Sumando eso a las dos llamadas enigmáticas y a la actitud extraña de Aver Jafford, la conclusión lo golpeó como un rayo: ¡Edman había sido descubierto!
Actuó sin dudar. Arrancó las cortinas de gasa, cortó la tela con el cuchillo del frutero y las desgarró hasta trenzar una cuerda de casi dieciocho metros. Aseguró un extremo al barandal del balcón y arrojó el otro al vacío. No llegaba al suelo, pero no tenía tiempo para prolongarla. Se afianzó, apoyó los pies contra la pared exterior y descendió a toda velocidad. Cuando la cuerda se acabó, aún faltaban tres o cuatro metros para llegar a tierra firme. Soltó y cayó de pie, rodando al tocar el suelo para disipar la fuerza del impacto.
Al incorporarse, varios guardias en uniforme de camuflaje pasaban de ronda. Leo se sacudió el polvo del hombro, sacó un cigarrillo y fingió buscar un encendedor. Los guardias lo rodearon para interrogarlo, pero al reconocerlo, uno de ellos le encendió el cigarro con amabilidad y preguntó si necesitaba algo.
Leo aprovechó:
—Es aburridísimo que hayan cancelado las actividades nocturnas. Pensaba dar una vuelta por la playa del club —dijo, mencionando la laguna protegida por redes antitiburones, famosa entre los huéspedes.
El guardia repitió, incómodo, la orden de que los socios no podían salir del edificio esa noche, y le sugirió visitar el grupo de “ruiseñores” o quizá la piscina al aire libre.
—¡No tengo la costumbre de nadar desnudo en una piscina llena de gente! —replicó Leo con irritación. Golpeó con el cigarrillo la placa del guardia y añadió—: Me llevas en coche a dar una vuelta y te doy diez mil. Si no, mañana le digo una palabra al duque y puedes ir haciendo las maletas. Y vosotros —añadió mirando a los demás—: el que abra la boca se va con él.
Elegir entre esas dos opciones no era difícil, sobre todo teniendo en cuenta que los rumores sobre la obsesión del joven duque por complacer a su nueva conquista corrían por todo el club. El señor Young, tal como llamaban a Leo en la isla, encabezaba la lista de “huéspedes imperdonables”: ofenderlo era un suicidio laboral; agradarlo, un billete casi seguro hacia un ascenso.
Así pues, el guardia favorecido por la suerte y por el dinero, corrió enseguida a buscar un todoterreno, bajo la mirada envidiosa de sus compañeros.
El guardia de la puerta, al ver que era un coche oficial conducido por un empleado, lo dejó salir sin inspección.
En el despacho, Aver Jafford acababa de recibir del traficante de información la confirmación que buscaba. Una mezcla de furia, traición y humillación ardiente lo abrasó por dentro como lava. ¿Leo? ¿Lawrence? ¡Le arrancaría las tripas para usarlas de cebo y alimentar tiburones! Crujió los dientes mientras presionaba sin vacilar el botón de alarma del escritorio.
Treinta segundos después, un grupo de guardias armados irrumpió en el salón. Registraron cada rincón… y encontraron la habitación completamente vacía.
—…Se ha escapado por aquí —exclamó uno de los guardias.
Aver Jafford corrió hasta el borde del balcón y echó un vistazo hacia abajo. La cuerda improvisada, atada al barandal, colgaba hasta el quinto piso y se balanceaba en la brisa nocturna, como si se burlara de la lentitud de alguien en reaccionar.
Golpeó el barandal con la palma y, entre el ardor del impacto, rugió fuera de sí:
—¡Atrapadlo! ¡Registrad todo el club y traédmelo!
Al mismo tiempo, un todoterreno aprovechaba la oscuridad para salir del recinto.
Apenas la voz llegó al microcomunicador que el guardaespaldas llevaba al hombro, Leo estiró el brazo desde el asiento trasero y prensó el cuello del conductor, presionando simultáneamente con pulgar y dedo medio los senos carotídeos a cada lado. Pillado por sorpresa, el hombre se desmayó casi al instante. Leo tomó el volante con la mano derecha, abrió la puerta con la izquierda y lo empujó fuera del vehículo en marcha. Luego trepó al asiento del conductor.
Killgreen tarareaba una cancioncilla de su tierra bajo la ducha, mientras el agua arrastraba los restos de sangre por el piso, que se teñía de un rojo vivo antes de deslizarse hacia el desagüe. La ropa manchada yacía en un rincón, imposible de volver a usar; por suerte, William tenía casi su misma talla, así que podía escoger lo que quisiera de su armario.
Y había un regalo inesperado: junto al champú encontró media botella de tinte rápido. Su pelo, antes de un amarillo pajizo, recuperó el negro. A decir verdad, aunque había probado muchos colores, el que más le gustaba era ese: natural, discreto, fácil de ocultar y muy favorecedor para su piel, un trigo claro y saludable. Esa era su verdadera tonalidad, no la blancura falsa producida por cremas blanqueadoras a base de hidroquinona y mercurio, perjudiciales con el uso prolongado. Pero, para acercarse a un agente federal de percepción tan aguda, había tenido que cubrir cada detalle: incluso usar pequeñas prótesis de silicona para ocultar cicatrices.
Apariencia, conversación, gestos, carácter… todo lo que pudiera exhibirse ante los demás, él estaba seguro de poderlo falsificar sin dejar grietas. Pero aquello escondido en lo más profundo,lo que algunos llaman “sentimientos”, era difícil de someter por completo a la razón.
Por ejemplo, ahora: Sha Qing contemplaba al hombre de cabello negro reflejado en el espejo y, durante un instante fugaz, la silueta de otro hombre, también de cabello negro, se superpuso a la suya. Casi sintió su aliento familiar, el calor de su cuerpo…
Un estrépito procedente del exterior quebró aquel espejismo. Frunció el ceño, apartó las láminas de la persiana y echó una ojeada hacia fuera. Una docena de guardaespaldas armados saltaban de los camiones y registraban, por grupos, las villas de alrededor. En nada llegarían a la suya.
Un imprevisto que arruinaba sus planes. Ya no sería posible eliminar a los rezagados antes del amanecer; de hecho, incluso abandonar el club se volvía mucho más complicado. Chasqueó la lengua, irritado, y caminó desnudo hasta la puerta trasera de la villa. Tocó con los nudillos y, imitando la voz de William, llamó:
—Hey, vosotros dos de fuera, ¡entrad un momento!
Los dos guardias que vigilaban la puerta entraron sin sospecha y recibieron, de lleno, un golpe que les segó la garganta. En apenas unos movimientos una torsión, un enganche, una llave con giro y un derribo. Sha Qing los dejó inconscientes en menos de diez segundos. Despojó a uno de su uniforme de camuflaje, tomó sus armas y municiones, se ajustó la gorra y salió de la villa, mezclándose con la cola de un grupo de búsqueda.
No tardó en llegar la orden desde arriba:
—El objetivo, ¿García? ¿Young? Salió del club hace diez minutos, con ayuda de un guardaespaldas, en un todoterreno. Registrad toda la isla. Prioridad: capturarlo vivo. Si opone resistencia o intenta escapar, tenéis permiso para abatirlo.
Sha Qing trepó a un camión con los demás. En el espacio estrecho y lleno de gente, aunque procuró volverse invisible, un guardia a su lado reparó en él:
—Tú no eres…
Un codazo certero le cortó la frase y el aliento. Aprovechando una curva en la que el camión redujo la velocidad, Sha Qing saltó, rodó por el suelo esquivando las balas que le silbaban detrás y desapareció entre los árboles oscuros al borde del camino.
Shanier, al darse cuenta de que, por un descuido y por pura sed de venganza, había cometido una estupidez monumental, descargó su frustración destrozando el móvil de Edman y luego degollando al pobre gordo, aún bañado en sangre.
Subió a una loma cercana y observó el aeropuerto, completamente iluminado. Tal como temía, lo habían evacuado por completo. El último helicóptero se alejaba, dejando apenas un rumor en el cielo negro.
—¡Maldita sea! ¡Hijo de…! —Shanier no paraba de soltar improperios, hasta acabar desplomándose, sin esperanza, sobre sus talones.
¿Y ahora qué? Estaba atrapado en una isla perdida en mitad del Pacífico, rodeada de tiburones, sin avión ni barco. ¿Debería construir una balsa y lanzarse al océano? Pensó en los cien millones que acababa de extorsionar y que aún no había podido disfrutar. Si ese maric… Si ese caprichoso pequeño duque se empeñaba en rastrear la isla para atraparlo, y llegaba a caer en sus manos, ¡seguro lo rebanaría en cien millones de rodajas para meterlo en una olla!
Se agarró la cabeza con ambas manos, desesperado. Aquello era peor que la prisión de la isla Rex, conocida como “la Tumba”.
Sin salida, se acordó de Sha Qing. Aquel asesino en serie tan fuerte como precavido. Estaba seguro de que había venido preparado para infiltrarse en la Isla de la Diosa Lunar. Fuera cual fuera el resultado, ese hombre debía tener una forma de escapar.
Tenía que encontrarlo. Seguir de cerca a Sha Qing era su única posibilidad de sobrevivir.
Pero enseguida se topó con otro problema: ¿y si el tipo seguía escondido en el club, jugando a sus “jueguitos” sangrientos? ¿Cómo iba él a colarse ahí dentro?
Bueno, primero conduciría el coche del gordo hacia las cercanías del club y observaría la situación desde fuera. Ya decidiría después qué hacer.
Él se incorporó y se alisó un poco el uniforme de camuflaje. Consideró que aquel atuendo de guardaespaldas bastaría para engañar a cualquiera y, con esa confianza, bajó sigilosamente del montículo y saltó a la camioneta todoterreno de Edman, conduciendo en dirección al club privado.
Apenas había avanzado hasta la mitad de la montaña cuando vio, de frente, varias camionetas cargadas hasta el tope de hombres armados. El susto hizo que Shanier se lanzara fuera del camino y se ocultara entre los árboles.
¿Qué estaba pasando? ¿Habían descubierto a Sha Qing? ¿O… ese maldito del FBI había escapado? Fuera lo uno o lo otro, a Shanier no le hacía ninguna gracia, sobre todo lo segundo: ¿era ese duque afeminado un idiota alimentado con excremento desde la cuna? ¡Con tantos guardaespaldas a su alrededor y aun así incapaz de controlar a un simple policía herido! Para eso, mejor no le hubiese avisado de nada.
Refunfuñó un rato, rabioso, y al final decidió seguir a distancia a aquel grupo de rastreadores. Tal vez podría sacar algún provecho de la situación… Al fin y al cabo, pescar en río revuelto siempre había sido su especialidad.
Bajo el manto nocturno, la isla de la Diosa Lunar escondía, entre su inmensa naturaleza salvaje, su frondosa selva, sus escarpados acantilados y sus playas plagadas de rocas, tanto el rastro de tres fugitivos como los peligros mortales que acechaban en la oscuridad. Cuando uno se daba cuenta, ya era demasiado tarde para cambiar el destino.
Un agente federal perseguido, un asesino serial cuyo plan ya no seguía el curso previsto, y un antiguo jefe de la mafia empeñado únicamente en salvar su pellejo…
Tal vez volviesen a encontrarse en aquel islote perdido. Aparte de Dios, nadie podía saber cuál sería su destino.