Volumen VI El dragón de la prisión
Editado
Rob mascaba un hot dog comprado en la calle, con un vaso de café caliente sujeto bajo el brazo, mientras desplegaba la edición del día del Daily News.
El titular, impreso en gruesas letras negras, le golpeó la retina. El vaso de café cayó al suelo, salpicando todo el pantalón.
—…¡Maldita sea! —escupió el hot dog y, aferrando el periódico, echó a correr hacia el edificio de oficinas.
Al irrumpir en la oficina, vio a Leo sentado ante el monitor, con las cejas tan fruncidas que parecían hendirle la frente.
—Veo que ya lo sabes —gruñó Rob—. ¿Esto es lo que llaman “las cosas siempre pueden empeorar”? Es que aunque esos periodistas con olfato de sabueso nos ganen siempre por un paso —¡y diablos, siempre nos ganan por un paso!—, ¿tenían que poner un titular que suena a conspiranoia pura? “El Exterminador de Asesinos Seriales cae en secreto; el FBI rehúsa revelar la verdad; juicio indefinido”… Y la descripción del caso… parece sacada de una novela de violencia y porno barato. ¿Qué es eso de “intentó violarlo y matarlo sobre el capó del coche, pero durante el forcejeo se inyectó por accidente su propio veneno en el cuello”? ¡Como si esa perra lo hubiera visto con sus propios ojos!
Furioso, estampó el periódico sobre la mesa.
—Dime que no es tan grave como parece. Dime que tienes un plan. Porque si no, voy a buscar a esa tal “Lali” y le voy a inventar un cargo para esposarla.
—Estás exagerando, Rob —replicó Leo, que ya había recuperado la calma—. A los medios no les importa la verdad. Solo buscan audiencia y ventas.
—Pero al menos podrían evitar ser tan subjetivos. Mira cómo lo plantean: están convirtiendo a nuestro detenido en una especie de ángel vengador, un héroe oscuro e imbatible. ¡Eso confunde al público! Entonces ¿qué somos nosotros? ¿Unos policías idiotas que siempre llegan tarde, lacayos arrogantes del gobierno? ¡No pueden pisotear así nuestro trabajo, no después de que el mes pasado muriera un agente en misión!
Leo guardó silencio unos segundos antes de responder:
—No te preocupes tanto por lo que piensen los demás. Tú escogiste esta profesión. Voy a llamar ahora mismo a la fiscal Matroni para que hable con el juez y fijemos cuanto antes la fecha del juicio.
Como si arrojaran la primera gota de agua a un caldero de aceite hirviendo, los medios estallaron. En cuestión de horas, periodistas de periódicos y canales de televisión se agolparon frente al edificio del FBI, la oficina de la fiscal y el Centro Federal de Detención. Rob estaba convencido de que, si no hubieran salido unos minutos antes, los habrían devorado hasta dejar solo unos huesos ensangrentados.
Dentro del Chevy recibieron decenas de llamadas, todas molestas, todas insufribles.
—Esto no es casualidad —dijo Rob al colgar una de ellas—. Un amigo me contó que ayer Canning volvió a ir al MCC y llevó a una mujer. Seguro que es esa tal Lali, la periodista. Dicen que trabajan juntos muy de cerca. La mujer es como un animal rastrero subido al lomo del lobo. Y si sumas a eso un dueño de periódico que haría lo que fuera por dinero… Si consiguen la exclusiva de una entrevista con Sha Qing, las demás cadenas se van a volver locas de envidia y van a empezar a armar escándalo, te lo garantizo.
Leo llevaba puestos los auriculares Bluetooth y, mientras conducía, dijo:
—Créeme, las noticias que yo recibí son aún peores que las tuyas. Los de informática no lograron encontrar el nombre real de Sha Qing ni ningún archivo relacionado. Todo son alias y documentos falsos. Cualquier persona en sociedad deja un rastro: el hospital donde nació, las escuelas que pisó, los lugares donde trabajó, cuentas bancarias… pero él no dejó ni una huella. Tampoco hay registros de su ADN ni de sus huellas dactilares.
—Suena como un hombre invisible… o como un fantasma resucitado—. Rob se frotó los brazos, erizados de escalofríos.
—Por supuesto que tiene un nombre real, simplemente aún no lo hemos encontrado —afirmó Leo—. Tal vez esté escondido en algún archivo polvoriento, registrado como muerto por error; o quizá haya sido borrado a propósito por alguna organización secreta. Todo en él es un enigma: sus habilidades, su red de información, el origen de su dinero… todo.
—Así que no quieres que el juicio empiece tan pronto, para no exponer el caso a la mirada del público —observó Rob.
—Por desgracia, perdimos la iniciativa. Creí que Sha Qing no sería tan…
—¿Tan llamativo?
—Ni tan ansioso por conseguir beneficios rápidos. Pensé que, con su personalidad, entraría en prisión calladamente, esperaría el momento oportuno o lo provocaría, y luego se fugaría para perderse entre la multitud y seguir con lo que más ama: su oficio de asesino. Ese, al fin y al cabo, es su propósito vital. Pero míralo ahora… él mismo se ha puesto bajo todos los focos, desnudándose ante la luz del día. Para un asesino, es una estupidez. Es cortarse su propio camino de supervivencia.
Rob dudó un momento.
—Quizá… él cree que logrará una absolución y ya planea retirarse para siempre.
—Eso es imposible —Leo no apartó la mirada del tráfico—. Puedo sentir la pulsión que le hierve por dentro… No puede parar. Solo hay una cosa capaz de detenerlo: la muerte.
—Pues yo sigo pensando que quizá no esté tan loco como tú crees… —murmuró Rob.
—¿Qué has dicho? —Leo alzó una ceja.
—Nada, nada. ¿A dónde vamos ahora?
—A casa. Vamos a escondernos y fingir que no estamos. El tribunal decidió celebrar la vista mañana. Estas próximas veinticuatro horas serán un infierno para la fiscal; nosotros somos solo dos nombres en la lista de testigos, no hay razón para buscarnos problemas.
—Lo dices así porque, comparado con un asesino serial, te dan más miedo los periodistas insistentes, ¿verdad? —se burló Rob—. Recuerdo que en el caso de los asesinatos en serie del ajedrez, en Chicago, te arrinconaron para sacarte detalles. La mirada que tenías… Estabas tan irritado y tan amenazante que parecía que querías electrocutarlos a todos.
—Si hubiera tenido un táser, lo habría hecho. Aquellas malditas noticias filtraron quién sabe cuánta información al asesino. Ajustaba sus movimientos según nuestras reacciones. Por suerte, al final lo abatieron.
—Pero ahora que lo pienso, aquello fue un milagro —dijo Rob, desconfiado—. Leo, ¿de verdad tú solo pudiste con esos dos criminales, estando tan herido?
La respiración de Leo pareció detenerse un instante antes de responder, con frialdad:
—No quiero recordar aquello.
—De acuerdo —Rob se encogió de hombros—. Todo el mundo tiene secretos. A lo mejor, bajo tu camisa, llevas un traje azul con una S bordada.
Canning entró en una de las oficinas del juzgado. La fiscal Vanna Matreni estaba sentada tras una imponente mesa cuadrada. Era una mujer blanca y joven, vestida con un traje oscuro; llevaba el pelo negro muy corto, lo que le daba un aire profesional sin perder feminidad.
Al verlo entrar, la fiscal esbozó una sonrisa aparentemente amable y le dedicó un leve gesto con la cabeza.
Oh, esa expresión otra vez, pensó Canning. “Vamos a hacer un trato”. Pero esta vez no sería como las anteriores.
—Seré directa —dijo Vanna cuando él tomó asiento—. Si Sha Qing firma la declaración de culpabilidad y admite en el tribunal los cargos, explicando con sinceridad cómo cometió los crímenes, le recomendaré al juez que lo condene a treinta años.
Canning respondió de inmediato, con reflejo profesional:
—Demasiado tiempo. Eso es prácticamente cadena perpetua. ¿Sabes cuál es la esperanza de vida promedio de los reclusos?
Vanna tiró un poco más del sedal, sin perder la calma:
—Si coopera de manera ejemplar y expresa remordimiento ante las víctimas, tendrá veinticinco años.
—¿Las víctimas? ¿Te refieres a esos asesinos seriales con un historial interminable de crímenes? Oh, si le transmito eso tal cual, va a estallar; capaz que hasta suelta cualquier barbaridad a los medios. —Con gesto preocupado, Canning adoptó un aire de sincera aflicción ante la fiscal—. Es un tipo testarudo, sí, pero no es un asesino con personalidad antisocial. De hecho, creo firmemente que todo lo que ha hecho ha sido por sentido de justicia y compasión…
Vanna casi puso los ojos en blanco mirando al techo. Conociendo bien a cierto, abogado en casos anteriores habían colaborado más de una vez, decidió ir al grano.
—Veinte años. Cumplirá dos tercios de la condena… Y no intentes regatear. No voy a retroceder.
Canning escuchó aquel tono tajante y calculó que probablemente ese era su límite.
Al ver que él permanecía callado, Vanna suavizó el semblante.
—Entonces queda decidido. Abogado Canning, traiga a su cliente para firmar la declaración de culpabilidad. Enséñele lo que debe decir en el tribunal. Y si es tan estúpido como para provocar al juez delante de todo el mundo, no me culpe por romper mi promesa.
Canning soltó un suspiro resignado.
—Yo también quisiera traerlo a firmar. Se lo he recomendado insistentemente varias veces, pero simplemente se niega a admitir culpabilidad.
La expresión de Vanna se ennegreció al instante.
—¿No quiere declararse culpable? ¿Entonces qué hemos estado haciendo aquí? ¡Me has hecho perder cinco minutos! —Se levantó con visible irritación y, antes de salir, le lanzó de mala gana—: ¡Mañana por la mañana nos vemos en el tribunal!
Canning se encogió de hombros.
—Sabes lo mucho que odio enemistarme contigo pero… Está bien, nos vemos mañana en el tribunal.
Mientras tanto, los dos agentes del FBI incluidos en la lista de testigos estaban en el apartamento de uno de ellos, hundidos en el sofá, comiendo pizza a domicilio mientras veían la televisión.
En pantalla, una mujer de mediana edad, de aspecto abatido, lloraba desconsoladamente frente al micrófono, contando entre sollozos lo bondadoso y extraordinario que había sido su hijo, brutalmente asesinado por un asesino serial. Cuando un periodista le preguntó qué opinaba sobre el arresto del “asesino de asesinos”, respondió sin dudar:
—¡No pueden hacerle esto! Él vengó a mi hijo… ¿Qué hizo mal? Mató a esa escoria. Esos bastardos podrían morir diez mil veces y aún sería poco…
Rob masticó un trozo de pizza.
—Míralo. Qué conmovedor… lágrimas, drama, impacto emocional. Justo lo que quiere la prensa.
Leo tomó el control remoto y cambió de canal.
Otro programa de noticias. Esta vez, entrevistas aleatorias en la calle. Las preguntas eran dos:
“¿Cree que los asesinos seriales que Sha Aing mató tienen derechos humanos?”
“¿Cree que Sha Qing es culpable?”
A la primera pregunta, el ochenta por ciento respondió que sí. A la segunda, las respuestas estaban casi divididas a la mitad. Algunos incluso dijeron: “Aunque violó la ley, no causó daño social; al contrario, cumplió cierta función de limpieza”.
Leo volvió a cambiar. Por fin dejó de ser un noticiero: estaban pasando una serie de moda, Arrow. En pantalla, el guapo protagonista, impecable y musculoso, apuntaba con su arco a un grupo de malhechores (siempre había alguien haciendo el mal) y decía con frialdad:
—¡Has traicionado a esta ciudad!
La flecha salió disparada.
Directo al pecho.
El villano recibe su castigo y el héroe se marcha con elegancia.
Luego la novia abogada del protagonista aparece para ayudarlo, y el padre policía de ella, para encubrirlo un poco más.
—¿Qué le pasa a nuestra sociedad…? —murmuró Leo.
Rob se tragó el último bocado de pizza.
—El individualismo heroico nunca pasa de moda. Siempre hace falta alguien que derrote a los malos. Y la gente piensa que la policía no es lo bastante cool, así que ahí entran Spider‑Man, Batman y compañía.
—¡Pero él no es ningún héroe! —estalló Leo—. Hace todo eso únicamente para satisfacer sus propios deseos.
—Entonces tendrás que convencer de eso al juez, al jurado y al público. Mañana, en el tribunal —dijo Rob, pasándole un brazo por el hombro—. Créeme, aparte de la fiscal, solo tú puedes lograrlo.
Leo guardó silencio largo rato.
—Necesito dormir bien.
Al día siguiente, Leo no llegó al tribunal a primera hora. Fue hasta pasado un rato desde el inicio de la audiencia que entró silenciosamente, se dirigió a los asientos traseros del público y se sentó junto a Rob. Desde allí, por encima de los hombros de los presentes, podía ver claramente la figura del acusado, vestido con un traje azul marino.
Como si percibiera la mirada detrás de él, Sha Qing giró la cabeza y le lanzó un fugaz vistazo, para luego volver la vista al frente, rápido como un relámpago.
Leo no alcanzó a descifrar su expresión, solo notó que los vendajes habían sido retirados por completo. Sabía cuán severo había sido su ataque; las heridas de Sha Qing no sanarán en un abrir y cerrar de ojos.
Podría haberse presentado en la audiencia con los vendajes, buscando la compasión del jurado y, de paso, acusando a los agentes de abuso de autoridad.
¿Por qué no lo hacía?, pensó Leo con semblante imperturbable.
El ambiente dentro de la sala era tenso. Abogados defensores y fiscales intercambiaban miradas cargadas de chispas; estaba claro que ya se habían enfrentado sin contemplaciones.
Rob se inclinó hacia Leo y le susurró:
—El acusado acaba de admitir que es Sha Qing y que mató a doce personas. Actualmente, la fiscalía argumenta homicidio premeditado; la defensa, asesinato por justicia.
Canning se levantó para presentar la prueba A ante el juez y el jurado: un grueso mazo de fotografías horribles, irreconocibles por su brutalidad, mostrando los cadáveres, obras de arte macabras de los asesinos seriales.
—Objeción—. Dijo la fiscal Vanna—: Son pruebas de otros casos, no tienen relación con este.
—Son pruebas esenciales para entender la motivación del acusado, y considero que son muy relevantes para este caso. —Canning replicó con firmeza.
El juez Linden desestimó la objeción de la fiscalía. Las fotos llegaron a manos del jurado; los doce miembros mostraron sorpresa, indignación, tristeza y algo de compasión.
Canning se dirigió al jurado, denunciando con vehemencia la crueldad de los asesinos seriales, su antisocialidad y su pérdida de humanidad. Luego citó a un familiar de una de las víctimas como testigo, preguntándole cómo se sentía tras perder a su ser querido.
—La defensa intenta influir en el jurado con la emoción personal —objetó nuevamente Vanna.
Esta vez su objeción fue aceptada. El viejo juez negro, de cabello blanco y expresión severa, advirtió al abogado defensor:
—No se vale apelar a la emoción.
Canning asintió y el testigo regresó al público, aunque la postura del jurado ya empezaba a inclinarse ligeramente.
Vanna, percibiendo la oportunidad, enfatizó los métodos homicidas de Sha Qing, subrayando que no difieren en nada de los de otros asesinos seriales: igual de sangrientos, crueles y carentes de humanidad.
Era innegable y Canning no tuvo más remedio que apartar la mirada. Argumentó que el acusado era un devoto cristiano, influenciado por el Antiguo Testamento y creyente del “ojo por ojo”. Para él, estos métodos eran un mandamiento religioso, no un acto voluntario. La justificación se sostenía de manera endeble, forzada y poco convincente.
Rob observaba con interés el intercambio de palabras; Leo, en cambio, parecía ausente, como si su mente hubiera quedado en otro espacio. Solo despertó del trance cuando la fiscal lo llamó a declarar.
—Díganos su nombre y su ocupación —preguntó la fiscal.
—Leo Lawrence, agente del FBI en la División de Crímenes.
—Durante el último año, ¿fue usted el encargado de la persecución del asesino serial Sha Qing?
—Sí.
—Si cometía delitos con tanta frecuencia, ¿por qué les tomó quince meses capturarlo?
Leo no pudo evitar mirar al acusado. Sha Qing lo observaba con unos ojos negros como la superficie del mar a medianoche, profundos y serenos. Leo se obligó a no apartar la mirada y respondió con cada palabra medida:
—Porque es lo suficientemente inteligente, meticuloso en sus planes y decisivo en sus acciones, dejando casi ningún rastro.
Rob meditaba sobre esas palabras: parecían elogios, pero allí, en ese lugar y momento, podían percibirse como un arma de doble filo.
Vanna, con un leve arqueo de labios, continuó:
—Comparado con otros asesinos que ha perseguido, él es más astuto, más hábil para escapar y más experimentado, ¿verdad?
—Sí.
—Última pregunta: cómo el agente que mejor conoce al acusado, ¿cree que, aparte de los criminales seriales que él ha identificado, jamás lastimaría a otros?
Rob enderezó la espalda y se inclinó hacia adelante. La pregunta era una trampa: nadie puede garantizar las acciones de otra persona. Un “no” implicaría que, según el agente que mejor conoce a Sha Qing, este podría matar inocentes.
Leo entendió que la fiscalía buscaba centrar el debate en la “peligrosidad social” y que él tenía autoridad para opinar al respecto. Dudó un segundo, y en la expresión impasible del acusado, articuló con lentitud:
—No puedo dar tal garantía.
—Es decir, ¿considera que podría… incluso si nunca lo ha hecho, en el futuro podría dañar a inocentes? —insistió Vanna.
—…Sí. —respondió Leo con gravedad.
Sabía que acababa de colocar un peso significativo en la balanza del jurado, inclinándola hacia la fiscalía.
Sha Qing cerró los ojos por un instante y, al abrirlos de nuevo, sus emociones estaban perfectamente controladas.
—He terminado mis preguntas—. La fiscal volvió a su asiento y lanzó una mirada burlona al abogado defensor.
Canning, que había fingido preocupación estratégica ante la observación de Vanna, se levantó con confianza, se acercó a Leo y le preguntó con tono relajado:
—Dígame, en la oficina de la División de Crímenes del FBI, ¿hay material de lectura oficial, provisto y comprado por la agencia?
—¡Objeción! —gritó la fiscal—. El abogado defensor está haciendo perder el tiempo a todos.
—Todas mis preguntas van al punto. No disparo al aire —replicó Canning.
—Será mejor que vaya directamente al tema —advirtió de nuevo el juez Linden.
—Que el testigo responda a mi pregunta.
—Sí.
Canning solicitó al juez presentar la prueba B: un montón de libros que, por las portadas, parecían novelas.
—Estas son obras del autor de suspense y detectives Roy Lee: El susurro junto a la cama, y la trilogía Capullo roto, Mariposa muerta y El ala final. Estas novelas también forman parte del material de lectura en su oficina, ¿es así?
—Sí —respondió Leo, sin entender nada. No lograba ver qué tenía que ver aquella pregunta absurda con el caso que se estaba tratando hoy en el tribunal.
Los miembros del jurado se intercambiaron miradas igual de perplejas.
—Recomendaron esas lecturas porque guardan relación con su trabajo, y porque su contenido , tanto para los métodos de deducción, las técnicas de investigación, les ayuda a comprender la psicología criminal y a enriquecer sus conocimientos, ¿cierto?
—Así es —admitió Leo. Naturalmente tenían relación con su trabajo; si no, ¿por qué no habrían llenado el estante con Playboy? Otra cosa era si realmente resultaban útiles: eso ya dependía de cada cual.
Canning esbozó una fugaz sonrisa.
—Entonces, ¿podría decirse que, mientras el FBI perseguía a Sha Qing, usaba al mismo tiempo sus obras como material auxiliar para mejorar las capacidades de investigación de sus agentes?
El silencio que cayó sobre la sala fue absoluto. Todos parecían estrujar sus cerebros para asimilar la explosiva información contenida en aquella frase.
Unos segundos después, el público estalló en murmullos.
El jurado empezó a cuchichear, la fiscal abrió los ojos de par en par y olvidó cerrar los labios pintados con su labial color piel. Hasta el juez, siempre imperturbable, mostró una expresión de asombro antes de recordar golpear la maza.
—¡Orden!
Leo miró a Canning, aturdido.
—…Perdón, ¿qué acaba de decir?
—Solicito presentar las pruebas C y D —dijo Canning, inspirando hondo.
Había esperado este instante durante días, emocionado al extremo, repasando una y otra vez su discurso, incapaz de calmar el vértigo interior. Cuando abrió la taquilla del metro y sacó aquel manuscrito, casi se desmayó de la impresión. Luego, al confirmar la verdad con Sha Qing, casi gritó como un loco; por poco lo levanta del suelo para girarlo en brazos, hasta que un guardia lo reprendió severamente.
—La prueba C es un manuscrito recién terminado, entregado en persona por Sha Qing. Su autor es Roy Lee. Sí, ése es su seudónimo. La prueba D es la comparación grafológica entre la letra del manuscrito y la que la editorial tenía archivada como muestras autógrafas de Roy Lee. Ambas coinciden.
El juez y el jurado fueron recibiendo y revisando los documentos. Sus rostros pasaron de la incredulidad al impacto, hasta que ya no pudieron negar la evidencia.
—La nueva novela se titula Ajedrez de vida y muerte, y está basada en el caso real de los asesinatos en serie del torneo internacional de ajedrez de Chicago, ocurrido hace dos meses. La precisión con la que describe el trasfondo, la fidelidad de los detalles… obligan a sospechar que Sha Qing participó en aquel caso de alguna manera y desempeñó un papel crucial.
Canning volvió a encarar a Leo, que parecía de piedra.
—Agente Lawrence, hay algo que nunca he logrado entender. En ese caso, usted y su compañero, Rob Reiman, fueron atacados por dos asesinos seriales. Usted cubrió la retirada de su colega, fue capturado, torturado y encerrado en el “Castillo del Terror de Holmes”, lleno de trampas. En ese estado, herido, con movilidad reducida… ¿cómo consiguió escapar? ¿Cómo logró derrotar y matar a dos delincuentes que eran luchadores profesionales y ex soldados de operaciones especiales? ¿Puede jurar ante el juez y el jurado que lo hizo completamente solo?
Leo no dijo nada. Su mente rugía como un vagón de tren que se descarrila y rueda cuesta abajo hacia un precipicio. Miraba sus propias manos sin verlas.
El otro involucrado en aquel caso estaba allí mismo, a pocos metros, mirándolo de frente… y sin embargo él no podía levantar la vista. Sentía esos ojos llenos de ira acusándolo: Te dejé ir. La única vez que tuve la oportunidad, te dejé ir. Para protegerte, oculté tu presencia en mi informe. ¡Y tú… le contaste todo a tu abogado para usarlo en mi contra en el tribunal!
—¡No olvide el juramento que hizo con la mano sobre la Biblia! —tronó Canning.
—…No. No puedo —respondió Leo, con una voz temblorosa.
—Entonces, ¿quién era? ¿Quién lo ayudó a derrotar a los asesinos? ¿Quién salvó su vida y evitó que hubiera muchas más víctimas? ¿Quién era ese hombre? —lo acorraló Canning.
Leo alzó la cabeza, con una expresión de dolor y desesperanza, y cerró los ojos.
—Puede no responder directamente. Lea en voz alta la parte subrayada —le dijo, poniéndole una hoja frente a los ojos.
Las palabras, impresas en negro sobre blanco, se movían borrosas, como fragmentos de recuerdos bañados en luz trémula, como sangre y dolor comprimidos en un suspiro.
Leo leyó con voz áspera:
—“‘Perfecto. Creo que podemos alcanzar una alianza temporal’, dijo el asesino en serie con una sonrisa. ‘Es decir, por ahora estoy a salvo. No tengo que preocuparme de que me apuntes con la pistola por la espalda y me digas “¡Quieto!”, ¿verdad?’
‘Hasta que capture al jinete, así es’, prometió con cautela el agente federal.
—¿Este fragmento reproduce fielmente lo ocurrido? —preguntó Canning.
—Sí —respondió Leo, como un autómata.
—Como agente sénior del FBI, ¿su cooperación con Sha Qing fue una decisión personal o una instrucción del Buró?
No, esto no tiene nada que ver con el FBI. No voy a arrastrarlos conmigo.
—No guarda relación con el Buró. Fue por completo una decisión personal. — Leo respondió con rapidez.
Respondió demasiado rápido, demasiado firme, tanto que, a ojos de los interesados, se convirtió en un gesto que hablaba por sí mismo, revelando más de lo que pretendía ocultar.
Canning dirigió al jurado una mirada cargada de insinuación: “Vean, la sombra está en todas partes”, y, con voz grave y resumida, añadió:
—Tenemos motivos para creer que el agente Lawrence y el señor Sha Qing alcanzaron algún tipo de acuerdo verbal para perseguir a los asesinos seriales. Por la posición del primero, no puedo especular sobre quién pudo dar la instrucción. Pero está claro: el acusado se tomó la cuestión en serio, considerándose una especie de “agente extraoficial”, movido por un sentido de justicia y compasión, y con una actitud activa hacia el cumplimiento de la ley. De ahí se derivó la serie de incidentes.
Leo, como un león acorralado, recorrió con su mirada aguda y sombría la postura triunfante de Canning, y luego posó sus ojos en el rostro imperturbable de Sha Qing.
Desde que entró en la sala hasta este momento, Sha Qing no había pronunciado una sola palabra. Sin embargo, con una fuerza enorme, premeditada y sorpresiva, mantenía el control absoluto de la situación.
La fiscal, conteniendo el pánico, se levantó de golpe:
—¡Solicito un receso de 48 horas!
El juez negro, de rostro serio y arrugas marcadas, respondió con voz grave:
—Se concede el receso.
Al golpe de maza, los periodistas en las gradas se dispersaron de inmediato, corriendo a sus medios con rapidez.
Canning, incapaz de ocultar su alegría, se acercó a abrazar a Sha Qing y le susurró:
—Increíble… ¡vamos a ganar, lo sé!
—El que gana… eres tú —murmuró Sha Qing.
Canning interpretó aquello como un elogio novedoso y su sonrisa se ensanchó aún más.
Cuando Leo bajó del estrado de testigos, casi tropieza con la esquina de la mesa. Rob corrió a sostenerlo.
—…Rob.
Escuchó cómo su compañero de cabello negro pronunciaba su nombre en un susurro.
—Lo sé, lo sé… no es tu culpa. Esto es una trampa deshonesta, un plan deliberado, imposible de prever… —intentó consolarlo con todas sus fuerzas, aunque nunca había sentido tanta ira hacia la frialdad despiadada de Sha Qing.
—Rob —dijo Leo con una calma extraordinaria, fría como ceniza—. No quiero perder mi carrera. Fuera de eso… no me queda nada.