Sha Qing. Cap 57.- Intocable

Arco | Volúmen:

Volumen VI.- El dragon de la prisión.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

Capítulo 57— Intocable

 

—¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate…!

Un sinfín de ecos resonaban en sus oídos, lanzando alaridos espectrales. Revoloteaban y se agitaban frenéticos en su mente, extendiendo garras afiladas que desgarraban sus sesos. Era sacudido, zarandeado, aplastado por una enorme sombra a sus espaldas, incapaz de moverse, indefenso, sin poder hacer nada más que gritar y llorar.

Lloraba, gritaba, sumergido en un veneno de dolor y miedo, un dolor y un miedo que no tenían fin.

Su rostro, presionado contra la superficie de la mesa, estaba deformado. Solo un par de ojos, llenos de terror y desconcierto, asomaban entre mechones de cabello desordenado, perdiendo el foco constantemente debido al movimiento incesante.

Ante él, fragmentos de luz y sombra saltaban frenéticos. El oscuro césped se extendía desde la ventana hacia grupos de árboles que parecían monstruos en la distancia, fundiéndose finalmente en una oscuridad aún más profunda.

La cabeza de una mujer yacía en el césped, observándolo fijamente. Su larga melena negra, como una telaraña, se esparcía alrededor, y sus ojos, redondos y vidriosos, la hacían parecer una seta recién brotada de la tierra.

Lo observaba. Toda la burla, el deseo maligno y la violencia; todas las súplicas, los llantos y el dolor… todo lo observaba fijamente. Solo observaba.

—¡No me mires así! ¡No mires…!

Le suplicaba, la insultaba, la llamaba, pero no obtenía respuesta alguna.

Sus labios escarlata se retorcían en una mueca desmesurada.

Él oía su lamento. Sin importar cuántos años pasaran, siempre podía oír su lamento, resonando día y noche en este jardín, sobre esta casa…

Cuando Sha Qing empezó a vomitar y a convulsionarse, Leo se dio cuenta de que algo no estaba bien. El cabello negro bajo su palma estaba empapado de sudor, y la espalda del uniforme de prisionero se había oscurecido por completo, haciendo que el hombre apoyado sobre el alféizar pareciera un cadáver recién sacado del agua.

Leo dudó un instante y soltó la mano. Los músculos convulsionados del otro lo comprimieron aún más; él contuvo la oleada de placer que subía en su interior y apartó el cabello mojado para mirar el rostro de quien estaba debajo.

Las convulsiones cesaron pronto. El rostro de Shaq Qing estaba pálido como una cera, con un aire de vida completamente extinguida, y sus ojos carecían de cualquier brillo, semejantes a cuentas de piedra marrón; su mirada, ausente, parecía atrapada en otro espacio, mientras lágrimas fisiológicas llenaban sus párpados.

La inquietud y el pánico se enroscaban en la nuca de Leo, como un viento helado que disipaba la negra niebla de frialdad y malicia que había en su corazón. Se sintió como si acabara de despertar de un sueño retorcido, un sueño en el que él no se parecía en nada a sí mismo, y, sin embargo, era indudablemente él.

La sangre goteaba desde el lugar de la unión, y él, como si algo abrasador y doloroso lo hubiera tocado, retiró de golpe la parte que había enterrado profundamente en el otro.

—…Shaq Qing —susurró Leo con voz grave y ronca, girando el cuerpo inerte que tenía debajo.

Acarició la frente húmeda de Shaq Qing. Esos ojos de forma refinada, pero apagados y sin brillo, permanecían abiertos, como capas de roca gris solidificada tras el enfriamiento completo de la lava, extendidas sobre una llanura desierta y sin vida.

Eso despertó en Leo un miedo como nunca antes había sentido; todo su cuerpo y su mente temblaban bajo esa sensación, y su garganta se cerraba hasta casi impedirle emitir sonido. Un impulso indescriptible lo obligó a inclinarse, intentando besar las lágrimas que se acumulaban en los párpados del otro.

Entonces, la capa de roca se fracturó de repente.

Era como si una fuerza ardiente, afilada e indestructible hubiera estallado desde debajo de las cenizas con violencia brutal.

Leo no tuvo tiempo de captar esa mirada, pero la alerta que había forjado en años de balas y fuego le tiró de los nervios, obligándolo a inclinarse hacia atrás en un instante.

El ataque falló. Debería haber seguido un arco preciso, atravesando la arteria del cuello del otro hombre y al retirarse salpicando sangre a chorro.

Pequeño, pero letal. En realidad, no era más que el mango de un cepillo de dientes afilado, pero en las manos de Shaq Qing, moldeadas por el instinto del asesinato, cualquier objeto se convierte en un arma mortal. Incluso con las manos fuertemente esposadas.

El primer golpe falló, pero el segundo siguió de inmediato. Leo no pudo preverlo, pero los reflejos condicionados de años de entrenamiento lo salvaron: atrapó la cadena de las esposas en la muñeca de Shaq Qing y la presionó firmemente contra su pecho.

—Shaq Qing —gruñó con voz grave. El cuerpo rígido y ausente del otro, combinado con esa mirada cargada de letalidad, le dio la sensación de no estar frente a un hombre, sino ante un espíritu sediento de sangre, devorado por el odio.

Shaq Qing tembló como si despertara de un sueño.

Parpadeó lentamente varias veces, como si finalmente viera al hombre frente a él; sus labios se entreabrieron con un gesto que parecía mezcla de desilusión y alivio.

—…Eres tú —dijo con voz lánguida, cargada de fatiga y fastidio como la de alguien que aún no se ha recuperado de una enfermedad grave—. ¿Qué? ¿quieres seguir? Pues entonces, al diablo, aléjate del alféizar y vamos a la cama.

Leo lo observó a tan poca distancia que casi podía sentir su respiración, con una expresión de lo más compleja. Tras un largo silencio, tiró de la cadena de las esposas hacia sí y lo abrazó con fuerza.

—Qué estampa más ridícula —se burló Shaq Qing—. Fingiendo ternura y esas cosas. ¿No son dos hombres en pelotas que solo se follan mutuamente?

Leo lo estrechó aún más.

—Tú no me odias. Y tampoco eres a mí a quien quieres matar. Sí, me engañaste, te burlaste de mí y pisoteaste mis sentimientos por “Li Biqing”, fuese cual fuese el motivo… pero nada de eso nace del odio.

—Vaya, qué seguro estás de ti, guapísimo —replicó Shaq Qing—. En realidad, casi te arruiné la vida. Quizá mañana, cuando salga el nuevo periódico, te duela más que morir. Lo hice a propósito, y tú lo sabes; si no, no te habrías puesto tan furioso como para venir a violarme.

—Reconozco que contigo estoy extremadamente irritado, incluso lleno de rencor —dijo el agente de cabello negro con amargura—. No solo porque estamos en bandos opuestos, sino porque no sé cómo descifrarte, mientras tú me ves por dentro. Te arranqué la máscara del rostro, pero no consigo tocar tu corazón. Aunque no quiera admitirlo… sí: siempre mantuve fantasías absurdas sobre ti, incluso después de que las destrozaras una y otra vez.

—Pues será mejor que dejes de tenerlas —respondió Shaq Qing—, porque voy a seguir rompiéndolas.

—Por qué… ¿por qué te empeñas en obligarme a odiarte?

Shaq Qing ladeó la cabeza, lo pensó un instante y sonrió.

—Porque, como tú mismo dijiste, soy un asesino loco, obstinado, arrogante y perverso.

Leo guardó silencio de nuevo. Tras un largo suspiro sin sonido, alargó la mano y le subió los pantalones.

—Tienes una rotura en el esfínter anal. Deberías ir a la enfermería cuanto antes para detener el sangrado.

—Gracias por el consejo, señor violador —dijo Shaq Qing.

—Podrías no hablar con ese veneno constante —contestó Leo—. Una vez que entendí esa parte de ti, ya no puede enfurecerme. Es cierto que hoy me causaste un gran problema en el tribunal, pero puedo arreglarlo. Lamento que tengas que seguir en prisión… quizás de por vida. Pero no te preocupes, vendré a visitarte a menudo.

Él se acomodó la ropa, recuperando de fuera adentro su habitual serenidad contenida.

—¿Sabes?, hace un momento lo comprendí de pronto: en este mundo siempre habrá personas cuyo vínculo es tan enmarañado, tan singular, que no puede medirse con la lógica común. Y si tú y yo somos una de esas parejas… entonces aceptemos la realidad. No hace falta resistirse.

—Se acabó la hora de visita, debo irme —dijo el agente de cabello negro al llegar a la puerta. De repente se detuvo y se volvió hacia Shaq Qing con una mirada inusualmente suave, como si temiera dañar algo, pero no pudiera dejar de fijarse en ello.

—¿Qué pasó en el alféizar? —preguntó—. Tengo la sensación de que fue una pesadilla… Las pesadillas siempre son difíciles de dejar atrás. Yo también las he vivido; fuiste tú quien me sacó de ellas. Ahora me toca a mí ayudarte.

Las esposas en la muñeca de Shaq Qing emitieron un leve sonido. En ese instante, su mirada se volvió fría y oscura, como el fondo del mar donde ninguna luz puede penetrar, enterrando innumerables restos secretos de muerte. Leo sintió un ahogo abrumador al mirar sus ojos, pero pronto se dio cuenta de que era una ilusión; el otro simplemente se encogió de hombros con indiferencia.

—¿Qué pasó? —dijo Shaq Qing con frialdad—. Un agente me violó hace un momento. ¿Hay que llamar a la policía, señor?

—…Sé que lo que pasó estuvo mal, pero no voy a disculparme —respondió Leo, apretando los labios mientras abría la puerta y salía de la habitación.

Shaq Qing permaneció inmóvil, observando cómo Leo se alejaba sin pestañear. Solo exhaló un largo suspiro cuando entró el guardia para escoltarlo de regreso a su celda, y volvió a guardar la pequeña arma en la manga.

Alessio yacía aburrido en la cama, estirando los dedos de los pies y golpeando la tabla superior sin demasiado ritmo. Al escuchar pasos acercarse, se incorporó y fue a recibir a su compañero de celda.

—Te ves fatal, ¿estás enfermo? —preguntó, preocupado, mientras con la mirada indicaba al guardia que se marchara y cerrara la puerta.

—Un poco cansado, quiero dormir —respondió Shaq Qing con desgano, subiendo por la estructura de la cama.

Al notar lo que había detrás de él, el rostro de Alessio se ensombreció y, de repente, agarró el borde de la ropa de preso de Shaq Qing.

—¿Qué pasa? —miró Shaq Qing con impaciencia.

El frío instante pasó, y el italiano de cabello castaño y ojos azules volvió a su expresión amable y serena, como un joven inexperto en la vida.

—Tienes la parte trasera del pantalón llena de sangre —dijo con preocupación—. ¿Te has lastimado?

—Nada, no te preocupes.

—Pero estás sangrando, tengo que llamar a alguien para que te lleve a la enfermería.

Shaq Qing apartó su mano.

—¡Te dije que estoy bien! No quiero ir a la enfermería, déjame dormir tranquilo, ¿vale?

—Claro… —dijo Alessio, algo incómodo, volviendo a su cama. Pero tras un momento, asomó la cabeza de nuevo—. Tengo pastillas antiinflamatorias, pomada para detener la hemorragia y vendas. ¿Las necesitas?

Shaq Qing, que acababa de cerrar los ojos, suspiró resignado.

—Dámelas.

Alessio saltó de la cama y buscó entre sus cosas hasta reunir todos los suministros médicos, amontonándolos en el borde superior de la cama.

—Si no alcanzas, puedo ayudarte a aplicarlos.

—No hace falta, lo haré yo mismo —dijo Shaq Qing con cansancio, recostándose sobre el colchón.

Desde el borde de la cama se veía la media cara de Alessio, algo desanimado. Suspiró y levantó parcialmente el cuerpo para calmarlo.

—Lo siento, Alessio, hoy no estoy de buen humor.

—¿Por lo de la visita? ¿Te molestaron? ¿Por el caso? —dijo Alessio—. Ah, ya sé quién eres; lo leí en el periódico. Honestamente, hasta ahora no podía creer que fueras el famoso “Asesino de asesinos en serie”. Te ves… tan educado, delicado.

—Tú tampoco pareces un mafioso que mata sin pestañear —respondió Shaq Qing—. Este mundo siempre es contradictorio. Sí, me han molido a golpes, pero no por el caso.

—¿Y entonces por qué? —La mirada de Alessio descendió hacia el pecho de Shaq Qing, que yacía boca abajo. Entre las aberturas de la ropa asomaba una corta cadena plateada, de tono argentado, con una placa metálica colgando. Se parecía a la chapa que llevan los soldados, con la diferencia de que esta no tenía nombre grabado. En cambio, alrededor de su borde había líneas retorcidas formando un diseño extraño, y en el centro, un pequeño hueco circular de color rojo oscuro, como si una gota de sangre hubiese caído sobre un espejo, dispersándose en un patrón radial semejante al sol—. ¿Por antiguas rencillas? ¿Cosas de bandas?

Shaq Qing reaccionó enseguida: tomó la medalla, aquella que había conseguido de Shanier en la Isla de la Diosa Luna y la metió bajo la ropa.

—No. Yo no pertenezco a ninguna banda. —respondió sin darle importancia.

Alessio adoptó una expresión de “puedes negarlo, pero yo lo tengo claro”, y dijo:

—Tranquilo. Aunque entre la mafia neoyorquina y los Bloods hubo sus malos momentos, eso es historia antigua. El viejo Worgen ha estado muerto tantos años… Nadie va a meterse ya con sus hijos adoptivos.

—¿Hijos adoptivos de Worgen? —preguntó Shs Qing.

—¿No lo sabías? Uno de los fundadores más influyentes de los Bloods… El viejo siempre lamentó no haber dejado descendencia, así que buscó consuelo en una montaña de hijos adoptivos. Dicen que llegó a encargar siete “placas de sangre” para repartirlas entre los que más apreciaba. ¿No es esta una de ellas?

—Suena impresionante —contestó Sha Qing con ironía—, pero yo jamás he sentido que esta cosa sirva para algo.

—Los tiempos cambian. Lo que no se adapta, desaparece. Quizá hace veinte años alguien reconocía esa placa y hasta le tenía miedo… pero ahora… solo serviría para exhibirla en un museo de la mafia. Si existiera semejante museo.

—Entonces, ¿no pasa nada si la sigo llevando? Al fin y al cabo, es una herencia familiar. Tampoco quiero perderla por ahí.

—Supongo que no. Los capos de aquella época… están muertos o retirados. Y los que quedan están ya con un pie en la tumba. Ah, bueno, aún queda uno encerrado en “La Tumba”, más de treinta cargos graves, una condena acumulada de ochocientos años. Lo más probable es que sus huesos se pudran en prisión. Quizá te suene su nombre: Rafael Stock. También fue uno de los hijos adoptivos de Worgen.

—¿“La Tumba”? ¿Te refieres a la prisión de la isla de Rikers? —En los ojos de Sha Qing brilló un destello casi imperceptible.

—Esa misma. La isla tiene diez cárceles con distintos niveles de seguridad; cinco son para presos de alta peligrosidad. Por cierto —Alessio torció el gesto—, mi desgraciado hermano está encerrado en una de ellas.

—Dices que todo eso es historia antigua. Pero tú tienes poco más de veinte años… ¿cómo sabes tanto?

Alessio sonrió con un leve rubor en las mejillas.

—Como tú mismo dijiste, herencia familiar —respondió mientras giraba el tapón de la pomada antiinflamatoria y con cuidado perforaba el sello del tubo—. ¿Seguro que no necesitas ayuda? En serio, no es gran cosa. Es como cuando te acuchillan unas cuantas veces. Yo, a los quince, estuve a punto de meterme el cañón de una pistola en la boca. Luego lo pensé mejor: castigarme por culpa de un montón de cabrones que deberían estar en el infierno… eso sí que habría sido una estupidez monumental.

Hubo un silencio breve, pesado.

—…¿Y qué fue de esa gente? —preguntó Sha Qing.

Alessio se encogió de hombros.

—La picadora de carne es realmente útil —dijo. Se remangó el pantalón y dejó ver, en el talón, aquella cicatriz vieja y profunda—. Nunca me la quité porque me sirve de recordatorio: si alguien te hace daño, es simple, elimínalo.

Sha Qing parpadeó, como un estudiante aplicado atascado en un problema difícil.

—Pero yo no quiero eliminarlo.

Alessio estuvo a punto de alzar la mano para rozar esas pestañas negras, largas y rectas, pero se contuvo.

—Entonces devuelve golpe por golpe, ojo por ojo.

Sha Qing asintió.

—Tienes razón… llegará el día.

Cuando Leo salió del edificio del MCC, vio a Rob esperándolo en el coche. El agente de ojos verdes, en cuanto lo vio, preguntó con impaciencia:

—¿Qué tal? No lo habrás estrangulado en un arranque de ira, ¿no? Porque, de ser así, ahora sí que perderías el trabajo.

—Tranquilo, sigue vivo. Pero… —Leo hizo una pausa— probablemente va a pasarlo mal un tiempo.

Rob le dio una palmada en el hombro.

—No pongas esa cara de culpabilidad, él se lo buscó. Ah, y mientras tú estabas dándole una lección al pequeñín, yo me dediqué a escarbar los treinta y seis años de vida de Canning. Encontré un excelente punto de presión: tiene una esposa preciosa y dos hijas, y también un hijo adoptado del orfanato… Aunque en realidad, ese supuesto hijo adoptivo es el hijo que tuvo con su amante. Y esa amante es la sobrina de su esposa. ¿No es un reto para la ética? La vida es más melodramática que las telenovelas. Dime, si su esposa modelo y su adinerado suegro se enteran, ¿no le dejarían la cara marcada a bofetones y le tirarían los papeles del divorcio encima?

Leo asintió.

—Como parte culpable, perdería la custodia de los hijos, tendría que pagar una buena pensión y enfrentar responsabilidad legal. Si la sobrina aún era menor cuando tuvo un romance con ella, está acabado.

—Comparado con perder a la familia, lo de ‘haber proporcionado pruebas erróneas por descuido temporal’ es un pecadillo menor. —Rob pisó el acelerador, silbando contento—. Ya estoy deseando apretarlo un poco, a este viejo caimán egoísta y retorcido.

Dos horas más tarde, estaban en la oficina de Canning Gonzales. Miraban con una sensación deliciosa de victoria al abogado, que no dejaba de moverse inquieto, pálido como la cera y limpiándose a cada rato el sudor de la frente.

Tras forcejear internamente una y otra vez, Canning acabó rindiéndose. Se tomó la cabeza entre las manos, despeinándose la cuidadosamente arreglada cabellera.

—Está bien, ganaron… pero tendremos que firmar un acuerdo…

En ese momento sonó su teléfono. Canning lo sacó con irritación, miró la pantalla y contestó. Apenas unos segundos después, su expresión quedó petrificada. Luego, una sonrisa sarcástica y satisfecha se dibujó en su rostro. Colgó, miró a los dos agentes del FBI y soltó:

—Creo que ya no vale la pena que pierdan el tiempo conmigo. Su pez gordo ha caído. ¿Para qué ensañarse con un pececillo?

—¿Qué quiere decir? —preguntó Rob.

—Significa que el sospechoso que más les preocupa, el más difícil de todos… El señor Sha Qing, acaba de aceptar declararse culpable y entrar en una negociación de reducción de pena con el gobierno federal.

—¿Qué demonios está pasando? —preguntó Rob en el coche, incrédulo—. ¿Sha Qing, ese cabezota, se declaró culpable? ¡Leo! ¿Qué le hiciste? ¿Le purificaste el alma con agua bendita?

Leo frunció el ceño sin darse cuenta.

—No es propio de él. A menos que… tenga otro plan, otra jugada preparada. En cualquier caso, no me huele bien.

—A mí tampoco —dijo Rob—. Pero si quiere declararse culpable tendrá que contarlo todo. Al menos sabremos quién es en realidad.

Leo soltó una carcajada seca.

—¿Su supuesta “identidad real”? Ni tú ni yo nos la creeríamos. —Giró el volante, dirigiéndose al edificio del FBI—. Ve y avisa al equipo que investigó su identidad. Quiero todo el material en mi despacho.

—¿Vas a investigarlo tú mismo? ¿Y el caso…?

—Te encargarás tú del cierre. Total, ya se declaró culpable, ¿no?

Rob bufó.

—Si ya se declaró culpable, ¿para qué empeñarte tanto? Veinte años de información… es buscar una aguja en un pajar. Vas a pasarte meses sin comer ni dormir. No vale la pena.

Leo guardó silencio un instante. Luego, en voz baja:

—Porque quiero saber qué ocurrió en aquel alféizar.

Autor: En el próximo capítulo, cambiamos de escenario. La infame prisión de Rikers Island… Sha Qing se mueve entre varias facciones, intentando acercarse a su objetivo final.

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x