Volumen VI.- El dragón de la prisión
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Debido a la pelea colectiva que había dejado siete presos muertos y veinticinco heridos, el Distrito Cinco de la prisión de la isla Rikers entró en estado de máxima cuarentena. Tras un registro masivo en busca de objetos prohibidos, el alcaide ordenó encerrar a todos los reclusos en sus celdas: sin patio, sin duchas, sin comida y con apenas un poco de agua potable, todo por setenta y dos horas, a modo de castigo.
Los días de hambre eran insoportables. Al principio, los presos no dejaban de maldecir; después, para no gastar saliva, guardaban silencio. A escondidas, negociaban a precios exorbitantes algún bocado de comida con quienes tenían provisiones ocultas.
En comparación, los heridos estaban un poco mejor en la enfermería. Aunque el personal era escaso y la actitud de los médicos dejaba mucho que desear, al menos allí podían comer. Ocho pacientes de gravedad quedaron en observación; el resto, con heridas leves, fueron atendidos, medicados y escoltados de vuelta a sus celdas.
El doctor Famo estaba tratando una herida punzante en el costado: comenzaba en el abdomen izquierdo, rodeaba la cintura y se extendía hasta la espalda. Era larga y sangrienta, de aspecto alarmante, pero superficial; ni siquiera necesitaba suturas. Bastaba con limpiarla y vendarla con gasas antibacterianas. Famo terminó el vendaje con desgana y estaba a punto de decirle al guardia: “Este ya puede volver”, cuando algo arrugado y crujiente le fue deslizado en la palma de la mano.
—Por favor, déjeme quedarme en la enfermería un día —susurró Sha Qing—. Si regreso, no tendré ni un bocado que comer.
Bajo su cabello negro, sus ojos húmedos reflejaban súplica. Su rostro, pálido por la pérdida de sangre, parecía aún más dócil.
—Se lo ruego. En su cuenta aparecerán quinientos dólares antes del fin de semana.
Famo echó un vistazo al billete, lo deslizó sin expresión en el bolsillo interior de su bata y dijo al guardia:
—Esta herida es grave. Necesita quedarse en observación.
Sha Qing le lanzó una mirada agradecida y se recostó de nuevo en la camilla, fingiendo debilidad.
Tras la cena, Famo realizó la revisión rutinaria de los pacientes más graves. Al llegar junto a Sha Qing, se inclinó y murmuró en su oído:
—Chico, ¿sabes cuál es el destino de quienes intentan engañar a los médicos aquí dentro?
—Por supuesto. Ustedes son ángeles de bata blanca… nadie sería tan tonto como para ofender a un ángel —respondió Sha Qing con una sonrisa suave—. Tendrá el dinero antes del fin de semana. Y si le digo que puedo hacer que llegue cada mes… quizá podríamos hablarlo. Pero este no es un buen lugar para conversar, ¿verdad?
Famo meditó unos segundos y tomó una decisión. Los guardias tenían muchas formas de ganar dinero extra, pero para un médico de prisión las oportunidades eran escasas; esta parecía una buena.
—Necesita una prueba cutánea de alergias —dijo al guardia de turno.
Cuando uno de ellos, con desgana, se dispuso a acompañarlo, Famo añadió:
—No pasa nada. Yo puedo hacerlo solo.
El guardia, encantado de librarse un rato, se fue al pasillo a fumar.
Famo llevó a Sha Qing a la sala interior, cerró la puerta con llave y apenas había empezado a decir “Tú…” cuando un golpe certero en el lateral del cuello lo dejó inconsciente al instante.
—Perdón, doctor. Aunque usted sea un ángel, yo no soy cristiano —dijo el agresor sin un ápice de sinceridad. Se agachó, rebuscó en los bolsillos de la bata blanca y sacó un teléfono móvil, marcando un número.
—Araña Azul Estelar, viejo amigo, ¿cómo va el negocio últimamente?
—No está mal. Oí que estabas tomando unas largas vacaciones en la isla Rikers; pensé que por fin ibas a regenerarte un poco —respondió al otro lado una voz joven, fría y nítida. Se oía con extraordinaria claridad, pero carecía de fluctuaciones emocionales, como si hubiese sido procesada por algún tipo de filtro técnico.
—Créeme, este sitio no tiene nada de “regenerador”. El tiempo es limitado, así que voy al grano: necesito que me investigues a alguien —Sha Qing hojeó la placa del médico—. Michel Famo, médico del Distrito Cinco. Necesito algunos trapos sucios… de los que no se pueden confesar.
—Fácil. Todo el mundo tiene trapos sucios. ¿Qué tan sucios los quieres?
—Lo bastante como para obligarlo a manipular en secreto los expedientes médicos de la prisión y transferirme al pabellón psiquiátrico.
La voz del hacker soltó una risa breve.
—Eso no es para tanto. Con lo que acabas de hacer para llamarme, seguro estará encantado de amarrarte a una cama de sujeción.
—También lo creo.
Mientras hablaban, el hacker conocido como “Araña Azul Estelar” ya había accedido a toda la información. Se la transmitió a Sha Qing de forma concisa.
—Gracias. ¿Puedo pagarte después de que terminen mis vacaciones?
—Esta vez no cobro. Puedes darme un consejo a cambio… Sé que eres un experto en manipular el corazón ajeno.
—“Manipular” no es una palabra bonita. Puedes decir “entender” o “aprovechar”. Si quieres un consejo de ese tipo, pregunta.
—¿Cómo hacer que una persona…? —el hacker dudó, algo muy raro en él—. ¿Cómo hacer que alguien con tendencia natural a aburrirse y cambiar de pareja aprenda a ser fiel?
Sha Qing dejó escapar una carcajada silenciosa.
—¿Tendencia natural? Cariño, eso no es fácil de cambiar. Solo puedo decirte dos caminos: o logras que “la persona de siempre” sea un ser camaleónico que se renueva a diario; o haces que nunca tenga la oportunidad de conocer a “alguien nuevo”.
—Lo pensaré —respondió el otro antes de colgar.
Un hombre de mediana edad, con el pelo entrecano, yacía boca abajo. Sus manos rígidas colgaban del borde del escritorio. La sangre empapaba los libros abiertos, corría por el rostro aplastado contra la mesa y goteaba desde las muñecas dobladas: una serpiente roja, viscosa, a punto de romperse sin quebrarse del todo.
Leo se acercó al escritorio y examinó el cuello destrozado del hombre. La tráquea, el esófago y la arteria carótida habían sido seccionados. No había colgajos ni cortes irregulares: un tajo limpio y letal. El asesino era diestro y preciso. Al tocar el cadáver, sintió aún el calor. La Muerte acababa de llevárselo.
Horas antes, Rob había llamado con buenas noticias: su viejo compañero de clase le había dado por fin la dirección del confidente que estaban buscando. El agente de cabello negro tomó el primer vuelo a San Francisco y, siguiendo las indicaciones, llegó a aquel viejo edificio en las afueras. Allí, en el estudio vacío, encontró esta escena.
Alguien se le había adelantado. Antes de que él pudiera confirmar nada, habían silenciado al informante.
La habitación estaba inmóvil, asfixiada por el olor del crimen, pero Leo sentía la presencia del otro: ese alguien seguía dentro de la casa, observándolo con una ferocidad contenida.
—Sé que estás aquí —dijo Leo en voz alta, recorriendo la estancia con la mirada—. Sé que me has estado siguiendo desde Orange hasta San Francisco. Supongo que lo que estoy investigando te incomoda, te hace sentir amenazado, ¿no es así? Pero, hablando con franqueza, no voy contra ti. De hecho, podríamos sentarnos a conversar. Si puedo ofrecerte algo a cambio de tu información, creo que ambos podríamos considerarlo, “Arctic Fox”.
A su alrededor no hubo ningún movimiento. Parecía que le hablaba al aire.
La puerta se abrió hacia dentro sin hacer ruido, salvo por un gemido leve del eje oxidado. Leo miró hacia el umbral y, por pura reacción, llevó la mano al costado. No llegó a rozar la funda cuando sintió el frío de una trayectoria calculada apuntándole a la nuca. Una voz deformada por un modulador sonó a su espalda:
—Manos arriba, agente. No haga ningún movimiento innecesario. Usted y yo somos profesionales.
Leo alzó las manos lentamente.
—Podemos hablar, ¿sí?
—No tenemos nada de qué hablar —respondió el otro, cortante.
—No sea tan desconfiado. No tengo malas intenciones. Su caso no entra en la jurisdicción del FBI… si es que hay un caso. Y, francamente, Interpol ya tiene suficientes amenazas serias como para entretenerse con ustedes. Mientras no hagan algo tan descabellado como la “Unión Armamentista de Dios”, lo más probable es que solo abran un expediente de registro.
—Esa basura —escupió el desconocido con desdén.
—Claro, no se les puede comparar con ustedes. Sé que Arctic Fox siempre ha sido un grupo sigiloso, oculto, con poca gente pero temible. De no ser por lo ocurrido hace dos años, quizá seguirán moviéndose en la escena internacional —dijo Leo con cuidado, eligiendo cada palabra.
Si su deducción era correcta, aquello era lo único que el otro deseaba… y el único comodín que él tenía para negociar.
Tal como esperaba, el hombre preguntó:
—Sobre lo ocurrido hace dos años… ¿cuánto sabes?
—Hasta ahora, absolutamente nada. Pero ya sabe que el poder del gobierno no es algo que cualquier individuo u organización pueda igualar, sobre todo en cuanto a información. Si lo que quieres es averiguar cada detalle, cada raíz y cada sombra de aquel suceso, creo que yo y la institución a la que pertenezco, podemos hacerlo mejor que ustedes, los supervivientes.
Hubo un silencio breve. Luego sonó el leve pero terrible chasquido de un gatillo a medio presionar y un seguro que se quitaba, tan suave como un susurro, tan escalofriante como una sentencia.
—Buen consejo —dijo el desconocido—, pero lamento decir que no te considero alguien digno de confianza.
—¿Es por Sha Qing? —preguntó Leo, atacando justo donde el hierro estaba caliente—. Porque fui yo quien puso a tu antiguo compañero entre rejas. En Orange casi me disparaste por la espalda, ¿verdad? Ese fue el motivo.
El otro soltó una carcajada gélida.
—Tu suerte fue buena ese día. No será siempre así.
Aceptar la segunda premisa implicaba aceptar primero la primera. Aquello, por fin, era una parte confirmada de la verdad sobre el pasado de Sha Qing. Leo inhaló hondo y, con la mayor sinceridad que había sentido en su vida, añadió:
—¿Sabes? Que estuvieras dispuesto a matarme por Sha Qing… me alegra. Porque significa que aún hay alguien que lo quiere, que se preocupa por él. Que no está tan solo como aparenta.
El desconocido pareció atragantarse con esas palabras inesperadas.
—¿Eres idiota? —replicó con sarcasmo—. Tú lo arrestaste, tú lo arrojaste a ese infierno, y ahora vienes con este discurso como si tú… como si tú por él…
—Exacto —lo interrumpió Leo, con una calma que le nacía del pecho. Era la primera vez que encaraba su verdad, ante otro y ante sí mismo, confesando en voz alta aquel sentimiento que no tenía cabida en el mundo—. Lo que siento por Sha Qing supera con creces lo que se siente por un rival, un desconocido, un amigo o incluso una pareja en el sentido convencional. No sé qué palabra usar. “Pasión”, “enamoramiento”… todo eso queda corto. Cada quien cree ser un individuo completo, hasta que un día encuentra a alguien y descubre que nunca lo fue. Sufres por la contradicción, anhelas por la falta… y entonces te das cuenta: su filo y su fragilidad, tu torpeza y tu dureza, encajan de manera perfecta, como si ambos hubieran nacido para ser un solo cuerpo. Si algún día sientes eso, entenderás lo que estoy diciendo.
—…Sigo pensando que estás loco —murmuró el otro, después de varios segundos de estupor. Y aun así, no pudo evitar preguntar—: ¿Y él? ¿Qué siente él por ti?
—Eso es lo que siempre he evitado enfrentar, lo que he negado o distorsionado, incluso lo que he herido a propósito. Para serte sincero, no lo sé —sonrió Leo, con amargura—. Él es experto en ocultarlo todo, igual que los Arctic Fox. No puedo saber qué esconde tras sus bromas y su despreocupación. Pero hay una cosa segura: jamás me ha odiado.
—¿Ni siquiera después de meterlo en prisión?
—Ni siquiera entonces.
Hubo un silencio más denso, hasta que el desconocido habló, con una extraña vacilación que ni el modulador podía borrar:
—Entre ustedes… eso… no es asunto mío. Pero explicaría por qué rechazó nuestra ayuda y se empeñó en quedarse en la cárcel. Siempre hace lo que quiere. Siempre.
Confesaba sin pudor su intención criminal ante un agente federal, pero en ese momento no generó en Leo ninguna reacción adversa.
—Sí —suspiró Leo—. Siempre a su manera. ¿Era así desde niño?
El otro soltó una risa breve.
—¿Ya quieres sonsacar información? Si quieres saber su pasado, tendrás que pagar con lo de hace dos años. Averigua quién unió al empleador, intermediario y objetivo para tendernos aquella emboscada. Averigua en manos de quién murió nuestro líder.
—De acuerdo. Pero necesito un anticipo. Y no temas que rompa mi palabra: tu arma sigue apuntando a mi espalda, ¿verdad?
El extraño reflexionó un instante.
—Puedo darte una dirección. Lo que saques de ahí, dependerá de tu habilidad.
Le dictó un lugar cercano a Los Ángeles, no lejos del condado de Orange.
—Lo encontramos allí. Entonces era solo un crío de quince años, pero tenía unos ojos distintos a todos. Según decía nuestro líder: “Nació para ser un guerrero”.
El móvil sonó en el bolsillo de Leo. Bajó lentamente una mano, apagó la llamada y levantó de nuevo el teléfono para mostrar que no pretendía atacar, pese al cañón que seguía firme a sus espaldas.
—Trato hecho. ¿Un nombre y un medio de contacto?
—Llámame Phalanx. No necesitas mi contacto. Cuando tengas algo, yo te encontraré. Y una última cosa: ¿cuánto piensas dejarlo en prisión?
—El tiempo que marque la ley.
—¡Vaya! ¿Eso se llama sentimiento?
—Lo que es de Dios, para Dios; lo que es del César, para el César.
—…Separarlo así, ¿no temes partirte en dos? —bufó el otro—. Eres un maldito loco.
Leo escuchó un ruido mínimo a su espalda, como el murmullo lejano de una ola al retirarse. Supo que Phalanx ya se había marchado.
Bajó los brazos, entumecidos, y devolvió la llamada:
—Rob. Antes no podía contestar… Sí, encontré al informante, pero está muerto.
—¿Qué? ¿Muerto? —Rob casi chilló—. ¿Cómo? ¡Estoy muerto, Vee me va a matar! Ya sabes que aunque siempre lo tacha de bocazas, chaquetero y delincuente reincidente, seguía siendo un punto de información de años. ¡No puede desaparecer así como así!
—Dile que lo siento. Puedo compensarlo. Tengo un vídeo del asesino. Si lo quiere, se lo paso.
—¿Un vídeo del asesino? ¿Cómo lo conseguiste?
—Habilidades personales —respondió Leo.
Cuando apagó la llamada y levantó de nuevo el móvil, había activado en secreto la cámara rápida, grabando durante cincuenta segundos al hombre que lo apuntaba desde la espalda.
Como él mismo había dicho: lo que es de Dios, para Dios; lo que es del César, para el César. Su trato con Phalanx era una cosa; un asesinato, otra. Como agente, debía perseguir al homicida. Era un modo de conciliar su interés sin traicionar sus principios. Y hasta hace poco, nunca habría imaginado permitirse una elección así. La influencia de Sha Qing era más profunda de lo que creía; el mundo había dejado de ser blanco o negro. No sabía si aquello era caída o evolución, o quizá el despertar de una faceta oculta de sí mismo. Pero sabía que ya no era el mismo.
El sexto sector de Rikers Island seguía siendo una prisión, aunque diferente del quinto. Aquí la actividad y la quietud se estrellaban sin término entre presos con trastornos mentales, creando un ambiente más frenético y a la vez más muerto.
Sha Qing había obligado al médico de la prisión, Famo, a fabricarle un diagnóstico psiquiátrico no muy grave, y al día siguiente del estado de alarma lo trasladaron al Sector Seis. Cuando el guardia Simon entró en la sala común de pacientes, lo encontró sentado entre varios internos, mirando Tom y Jerry.
Simon se acercó con semblante serio.
—Elvis, ¿podemos hablar?
—Es un paciente psiquiátrico —rió un celador cercano—. Dudo que podáis tener una charla normal.
Simon lo fulminó con la mirada.
—Sé lo que hago.
El celador se encogió de hombros y se alejó, aburrido
Simon le agarró la muñeca a Sha Qing de un tirón y lo llevó a una habitación vacía cercana.
—¿Qué está pasando aquí? —exigió saber—. He revisado tus informes médicos anteriores y no tenías ninguna enfermedad mental. Y ahora, de pronto, aparece un trastorno de estrés agudo, con una letra que además es bastante reciente. ¿Hay algo detrás de esto? ¿Alguien intenta incriminarte?
Si se hubiese tratado de otro guardia, Sha Qing habría encontrado mil maneras de manejar la situación; pero aquel joven siempre había mostrado hacia él una amabilidad y una preocupación inusuales, y eso le quitaba las ganas de engañarlo.
—Esto está fuera de su responsabilidad, señor. ¿Para qué ir a buscar problemas? —respondió Sha Qing.
—¡No digas eso! —Sáimon frunció el ceño—. Si de verdad alguien quiere hacerte daño, no voy a quedarme de brazos cruzados. Soy un guardia cualquiera, sí, pero si algo así llega a oídos de arriba, ni siquiera el alcaide querrá ver cómo se pisotea el reglamento.
La buena voluntad unilateral del joven lo dejó entre divertido y desconcertado.
—Míralo así: tú y yo apenas nos conocemos, no hay ningún vínculo entre nosotros. No necesitamos involucrarnos en nada. Tú haces de guardia y yo hago de preso; ¿no sería lo más fácil para ambos? Y siendo sincero, no creo en la preocupación desinteresada. Si insistes en actuar así, sólo lograrás que sospeche aún más de tus motivos.
Simon se quedó helado. Una expresión mezcla de dolor, emoción y tristeza desfiguró su rostro ordinario. Sus labios temblaron antes de que murmurara con voz casi inaudible:
—En este mundo, es verdad, no hay una preocupación sin motivo… y para mí tú no eres sólo un preso. ¿Recuerdas al “Carnicero de Park Road”? Ese depravado asesinó a ocho jóvenes que salían a correr por la noche, los descuartizó… Una de las víctimas era mi hermana gemela. Se llamaba Saliya. No se parecía a mí; era mucho más guapa, con un cabello rubio precioso. Era mi orgullo. Pero cuando la policía nos llamó para reconocer el cuerpo… casi no pude identificarla.
El joven guardia apretó los dientes, como si contuviera a la fuerza un sollozo que le trepaba por la garganta.
—Desde entonces, el único deseo de mi familia y mío era ver a ese demonio sentado en la silla eléctrica. Pero la policía nunca logró atraparlo, y el número de víctimas seguía creciendo. Hasta que… hasta que tú lo atrapaste. Lo destrozaste como él destrozó a mi pobre hermana. Ojo por ojo, diente por diente. ¿Sabes lo que sentí? Como si un ángel del juicio hubiese salido vivo de la Biblia. Lloré de gratitud por la justicia y la misericordia de Dios; le di gracias por enviar a su apóstol a este mundo. A día de hoy, aún recuerdo esa sensación.
Levantó la cabeza, los ojos rojos.
—Así que no me digas que no hay vínculo o que somos extraños. Por Saliya, déjame hacer cualquier cosa que pueda hacer por ti, Sha Qing —dijo Simon, ocultando el rostro entre las manos mientras las lágrimas se filtraban entre sus dedos.
Sha Qing levantó la mano, dudando si ponerla sobre su hombro. Era la primera vez que se enfrentaba a la gratitud de un familiar de una víctima; y, por algún motivo, se sentía torpe. Había cosas demasiado sinceras y luminosas como para que él se sintiera digno de tocarlas.
Pensó un instante y dijo:
—Podría soltar un montón de palabras de consuelo: que “tu hermana no querría verte llorar”, que “el pasado ya pasó y hay que seguir adelante”. Pero no voy a decir nada de eso, porque son tonterías. Yo no hice lo que hice por vengar a nadie, sino porque era lo que quería hacer… y porque podía hacerlo. Para ti, Simon, mis actos fueron casualidad. No tienes porqué sentirte en deuda.
El guardia se secó las lágrimas y negó con la cabeza, obstinado.
Sha Qing suspiró con resignación:
—Está bien. Si insistes en verlo así, entonces déjame tranquilo ahora. Déjame hacer lo que quiero hacer. Esa será tu manera de pagarme.
—…¿Vas a quedarte aquí? —preguntó Simon.
—Difícil saberlo. Puede que pronto vuelva al Distrito Cinco.
—Y quizá entonces necesites mi ayuda. Todo el mundo necesita ayuda alguna vez, incluso si la fuerza del otro es mínima. Cuando llegue ese momento, prométeme que vendrás a buscarme.
—Si llega ese momento —concedió Sha Qing, más por cortesía que por convicción.
Simon asintió, lo miró largamente y salió de la habitación.
Sha Qing se quedó solo, pensativo.
Otro factor nuevo. Tendré que incluirlo en el plan general, se dijo en silencio.