Sha Qing Cap 71 Till the end of the line (Fin)

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Volumen VII: Sha Qing

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Capítulo 71 — Till the end of the line(Final)(Hasta el final de la linea)

 

Roy tardó más de una hora en abrir los ojos, y necesitó cerca de medio día adicional para recuperar poco a poco la capacidad de hablar. Era como si sus venas estuvieran llenas de barro y sus músculos empapados de agua; había permanecido inconsciente demasiado tiempo, causando cierto daño a sus funciones físicas. Incluso levantar un brazo se volvía un esfuerzo descomunal.

Leo nunca lo había visto tan débil, tan vulnerable hasta el punto de la impotencia. En su recuerdo, Roy siempre había sido un hombre fuerte, firme y afilado como una hoja; incluso cuando mostraba una pizca de suavidad tentadora, siempre escondía un matiz de prueba y burla, mitad verdad y mitad juego.

Ante un Roy afilado como una espada, Leo sabía cómo responder con igual filo. Pero ahora, enfrentado a esta fragilidad indefensa, sin resistencia posible, se sentía un poco perdido.

Tomó su mano dócil entre las suyas, abrió la boca… y al final no lo llamó por aquel nombre sangriento “Sha Qing”, sino por su nombre real:

—Roy.

No obtuvo respuesta. Así que probó en chino:

—¿Lin Qingzhu?

Mucho después, Roy apenas formó un gesto con los labios: agua.

Leo tomó un vaso de agua tibia de la mesita y colocó la pajilla suavemente entre sus labios.

Tras beber medio vaso, Roy enfocó poco a poco su mirada en Leo, como si recordara los últimos instantes antes de desmayarse. 

—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? —preguntó en voz baja.

—40 días, 8 horas y 23 minutos —respondió Leo al instante.

Roy lo observó con absoluta atención, sin pasar por alto ni el más leve movimiento de sus cejas. Pasado un momento, dijo con certeza:

—Encontraste esa grabación.

Leo asintió en silencio y Roy parpadeó despacio. Una sonrisa burlona, ligeramente cínica, regresó a sus labios.

—¿Y entonces por fin te enamoraste de mí?

—No —dijo Leo—. Ya me había enamorado de ti desde antes. Quizá al principio era solo atracción, luego se volvió una obsesión, después un enredo imposible… y cuando reaccioné, ya estaba hundido hasta el fondo, sin poder salir.

La sinceridad de esa confesión lo dejó momentáneamente desconcertado; su sonrisa perdió parte del sarcasmo y ganó un toque de satisfacción.

—Eres el objetivo más difícil de conquistar que he visto. Estuve a punto de rendirme —rozó con la yema de los dedos la palma de Leo—. Así que, al final, fui yo quien ganó, ¿mm?

Leo ya estaba acostumbrado a su forma irreverente de hablar y no se molestó.

—¿Sabes? Para mí, el amor ocupa una parte muy pequeña de la vida. Siempre creí que el corazón de un hombre debía estar en cosas más amplias: la responsabilidad, la carrera, el valor social… Incluso si me casaba con una chica encantadora, solo cumpliría con mi deber de esposo, dedicando el resto de mi tiempo y energía al trabajo.

El agente de cabello negro atrapó los dedos traviesos de Roy y añadió con una risa amarga:

—En mi tercer año de trabajo casi me casé. Ya había comprado el anillo, pero mi exnovia no soportó más mis salidas de madrugada, mis olvidos del aniversario de nuestro primer encuentro, mis cenas canceladas a última hora… Me tiró el anillo encima y dijo: “Cásate con tu trabajo”. Desde entonces nunca volví a tener una relación seria.

—Ay, pobre adicto al trabajo —se lamentó Roy, disfrutándolo—. Lo ves, excepto yo, nadie podría soportarte.

—Tú tampoco eres fácil. Excepto yo, nadie sería capaz de arrastrar de vuelta a un idiota suicida como tú. Y estuve a punto de fallar —Leo inclinó la cabeza y lo besó—. Me siento muy agradecido.

—Entonces, ¿cuál es tu decisión final?

—Sí. Ganaste. Eres más importante que el trabajo, más importante que las responsabilidades… más importante que mi vida.

—¿Más importante que Molly y tus padres?

—Igual de importante.

Roy sonrió.

—Con razón siempre te dejan las chicas… En este momento deberías decir alguna cursilería del tipo: que por mí estás dispuesto a abandonar a tu familia, pisotear la vida, destruir el mundo; que si te detiene un dios lo matas, y si te detiene un buda lo destruyes, ¿no?

Leo también sonrió.

—Ay, ya eres un adulto, no una niña enganchada a novelas románticas. Un hombre que ni siquiera mantiene su humanidad, ¿con qué cara puede hablar de amor?

—¿Así que ese también es uno de los motivos por los que me amas? —Roy se echó a reír mientras rodeaba su cuello con los brazos.

Se besaron durante un largo rato, un beso suave y lleno de ternura.

Mucho después, separados y respirando entrecortadamente, Roy dijo:

—La segunda razón es esta: siempre logras encenderme.

Leo mordió suavemente su lóbulo de la oreja.

—¿Solo encenderte? Yo estoy a punto de evaporarme… pero ahora no podemos. Acabas de despertar y tus heridas siguen frescas…

—No es como si nunca me hubiera herido antes. La última vez tú estabas peor y aun así conseguiste patear al “Demon King”.

—Eso fue solo una vez, cariño. Nosotros necesitamos “muchas veces”, y no quiero que te desmayes a mitad del camino.

Roy, resignado, le dio un mordisco para desahogar su frustración.

—Está bien, ve a prepararme una sopa.

Por la dieta ligera del convaleciente, Leo retomó una habilidad culinaria abandonada hacía mucho: aunque nunca pasó de lo básico, aún sabía freír un huevo, mezclar una ensalada o preparar un poco de borscht.

Después de lavar los platos, volvió al dormitorio… y descubrió que Roy no estaba descansando como le había pedido. Subió las escaleras hacia la sala de entrenamiento. Como era de esperar, el ex asesino estaba allí dentro, cubierto de sudor, golpeando un saco con furia.

—¿No puedes descansar como es debido? —protestó Leo, irritado—. El médico dijo que necesitas por lo menos tres meses, ¡y apenas van 56 días!

—Vamos, si sigo acostado me voy a enmohecer. No estoy tan mal como crees.

—¡Tienes un agujero en el pulmón! ¡Perdiste sangre suficiente para teñir una camisa blanca entera! ¡Y la herida del pecho ni siquiera se ha cerrado del todo!

—Oh, escuché que las mujeres sangran aún más al dar a luz, y la mayoría también recibe un corte, pero solo guardan cuarentena treinta días —Roy dejó de golpear, se quitó los guantes y caminó hacia él con una sonrisa burlona—. ¿Crees que soy menos resistente que una mujer?

Leo, vencido por su absurda lógica, suspiró.

—Solo me preocupa tu salud.

Roy se acercó, le rodeó el cuello y le frotó la oreja como un gato.

El cabello húmedo, el olor intenso de las hormonas, el aliento cálido en la piel… Leo no pudo evitar estremecerse y lo abrazó por la espalda. Notó que la musculatura bajo su mano era más delgada, con la fragilidad de alguien que recién se recupera. 

Claro que quiere entrenar; debe de querer volver a su mejor forma cuanto antes, pensó, con un nudo de dolor y un remordimiento más profundo por aquel disparo.

—¿Solo piensas tocarme así? —susurró Roy, pegado a su oreja.

Leo retrocedió disimuladamente, alejando su entrepierna del abdomen del otro.

—Sí, paciente. Solo eso.

—Quiero ducharme —dijo Roy.

 —Voy a prepararte el agua —Leo aprovechó para intentar escabullirse.

 —Pero no tengo fuerzas, no puedo caminar —Roy le aferró la muñeca sin soltarla, dejando caer todo su peso sobre él—. Cariño, ¿puedes cargarme hasta allí?

Esa “fragilidad” tan perfectamente calculada del ex asesino le provocó al agente una sensación de alarma casi familiar. Pero no podía negarse. Se inclinó, tomó al otro por las corvas y lo alzó en brazos, llevándolo hacia el baño.

Una vez desnudos y dentro del jacuzzi, Roy extendió la mano hacia el hombre impecablemente vestido que permanecía junto al borde.

—Baja a frotarme la espalda.

Leo sonrió con cierta resignación y se dio la vuelta para marcharse. Roy enganchó su tobillo con los dedos y lo arrastró de un tirón.

Una enorme salpicadura estalló en el jacuzzi. Leo emergió empapado, apartándose el agua caliente del rostro. La tela mojada se le adhería al cuerpo, marcando con claridad la curva tensa y elevada de su erección.

Roy soltó una carcajada.

—Agente, si vas a seguir reprimiéndote así, ¿esperas que el gobierno federal te entregue una medalla de castidad?

—¡Estás muerto! —Leo se abalanzó furioso.

Los dos hombres forcejearon en el agua, pero muy pronto ese forcejeo cambió de naturaleza. Leo lo inmovilizó en el borde del jacuzzi para besarlo con un ardor desbordado, mientras Roy, impaciente, le arrancaba la ropa a tirones.

Leo recorrió con los labios y la boca sus labios, su mandíbula, su nuez, hasta su clavícula, dejando un rosario de marcas rojizas. Su piel lisa y elástica lo arrastraba al delirio, y al mismo tiempo lo convertía en una bestia hambrienta, con cada célula del cuerpo rugiendo de deseo. Pero al llegar al pecho, Leo se detuvo. Se quedó mirando fijamente la cicatriz que acababa de cerrar: carne nueva, rosada por la falta de sangre, con las marcas de las suturas aún visibles. Apoyó la frente sobre ella, dolorido, imaginando el recorrido de la bala atravesando ese cuerpo hermoso y dejando un boquete sangriento en la espalda…

Como si leyera su mente, Roy tomó su rostro entre las manos, lo apartó de su pecho, y apoyó su frente contra la suya.

—Escúchame, Leo. No sigas atormentándote por ese disparo. Sí, la bala era tuya, pero quién te obligó a apretar el gatillo fui yo. Siempre estoy tendiendo trampas, desde el principio hasta el final. No puedo evitarlo; es un mal hábito. Sé que no eres capaz de matarme, y cada vez aprovechaba tu compasión para jugar contigo. Me volví adicto a ese juego miserable…

—Y al final casi pierdes la vida por ello —dijo Leo con voz ronca—. ¿De verdad te parece tan divertido?

Roy soltó una risa baja.

—Si el objetivo eres tú, no me canso jamás. Incluso si mis cálculos fallaron y muriera a tus manos… tampoco sería un mal final.

—¡Lunático! —lo reprendió Leo, sin demasiada severidad. Después añadió, serio—: No vuelvas a tener ideas así. ¡Quiero que vivas, y bien!

—Claro, si muero ya no podría disfrutar de nada de esto —Roy frotó su cuerpo contra el del otro, rozando sus sexos bajo el agua, encendidos y a punto de estallar.

Aquel gesto cayó como una chispa en un barril de combustible, provocando una reacción en cadena devastadora. Comenzaron a besarse, lamerse y tocarse con un frenesí casi violento, como si quisieran triturarse el uno dentro del otro. Jadeante, Roy envolvió el miembro de Leo con la mano, rozándolo contra el suyo; el placer le subió desde el abdomen, consumiéndolo.

Pero no era suficiente.

Sus dedos descendieron desde la espalda firme de Leo, bajando, invadiendo el surco tentador bajo el coxis.

—¿Qué haces? —Leo le mordió un pezón a modo de castigo.

—Quiero follarte —contestó Roy sin el menor pudor, dibujando círculos entre su bolsa y la entrada—. No olvides que me lo prometiste. Dijiste que la próxima vez yo estaría arriba.

—Oh, pues la próxima vez —jadeó Leo.

—¿Ah sí? ¿Te atreves a tomarme el pelo? —Roy lo volteó con brusquedad, cambiando sus posiciones—. Entonces no me culpes por convertir esto en mutiny rape (violación por motín).

Leo tragó saliva, como si se hubiera ahogado con su propio aliento. Sus ojos se oscurecieron con una neblina de deseo.

—Está bien… tú arriba —cedió.

Roy, sin embargo, se quedó tenso, abrazándolo sin moverse.

—No, esto no es por venganza… Aquello en la prisión, en realidad no te lo guardo… Bueno, vale, a veces lo recuerdo y me hierve la sangre…

Leo lo silenció con un beso.

—Lo sé. Pero quién esté arriba o abajo no es tan importante, ¿verdad? Lo que importa es que en esta relación somos completamente iguales. En el cuerpo, en el deseo, en el sentimiento. No existen superioridades, solo unión.

—Tienes razón… pensé demasiado —murmuró Roy con suavidad, levantándole una pierna—. Entonces, ¿estás listo para recibirme?

—Sí, adelante —dijo Leo.

Con la ayuda del gel de baño como lubricante, Sha Qing logró entrar sin demasiada dificultad en aquel lugar ansioso por recibirlo. Sintió cómo el cuerpo del hombre bajo él se tensaba y reaccionaba con un instinto de resistencia; sin embargo, ni en sus gestos ni en su expresión hubo rastro de rechazo: al contrario, Leo trataba de relajar los músculos para dejarlo pasar.

Está reaccionando mucho mejor que yo la primera vez… pensó Sha Qing con cierta vergüenza.

Leo respiraba hondo, con el cabello negro y húmedo temblando sobre la frente, acentuando aún más esa mezcla irresistible de hermosura y sensualidad. Los ojos azul oscuro, velados por el deseo, comenzaban a perder el foco. Los duros relieves de sus abdominales subían y bajaban con la respiración agitada… En aquel instante, la seducción que emanaba de aquel agente siempre severo y disciplinado era una visión imposible de igualar. El doble impacto. Visual y emocional, desencadenó un descontrol absoluto en Sha Qing.

Le resultaba casi imposible moderar la fuerza o el ritmo. Solo quería hundirse en lo más hondo del cuerpo de Leo, una y otra vez, cada embestida más profunda que la anterior… Y cada vez que se retiraba del canal cálido y apretado del otro, lo asaltaba un vacío insoportable que solo podía sofocar con un regreso aún más feroz… El placer crecía en oleadas, entre el vacío y la plenitud, elevándolo hacia una cima indescriptible.

Leo respiraba entrecortado, dejando escapar de vez en cuando un gemido bajo cuando el placer arreciaba. Pero ese placer venía más del alma que del cuerpo, amplificado por el simple hecho de que quien lo tocaba era Sha Qing. Cuando este le tomó el miembro endurecido y lo acarició al mismo compás de sus movimientos, mientras golpeaba desde dentro la fuente misma del placer, la descarga fue fulminante: destellos blancos cruzaron la vista de Leo, y un gruñido incontrolable brotó desde el fondo de su garganta.

Sha Qing embistió con todas sus fuerzas unas cuantas veces más y culminó dentro de él. Al mismo tiempo, la liberación de Leo estalló entre las manos de Sha Qing, y aquel fluido blanco manchó sus cuerpos pegados, como si fuera una sustancia nacida del fondo del alma que los mantenía unidos sin un resquicio.

Se abrazaron con fuerza, como si el mundo más allá de sus sentidos hubiese desaparecido y quedaran solo ellos dos.

Poco a poco, la respiración fue calmándose. Sha Qing habló con un deje de frustración y una evidente resonancia nasal:

—Está bien… admito que aún no me he recuperado. No tengo fuerzas.

Leo soltó una risa ronca.

—Pero la potencia fue impresionante. Como un guepardo en la sabana.

Para sorpresa de Leo, Sha Qing se sonrojó ligeramente.

—¿Estás insinuando que me falta resistencia? Dame diez minutos y repetimos.

—No, no, así está más que bien —dijo Leo, abrazándolo mientras ambos se deslizaban hacia el agua tibia.

Con el pecho y el corazón pegados, sus latidos fueron encontrando un mismo ritmo. Permanecieron unidos, sintiendo una satisfacción que jamás habían experimentado. Las camisas y los pantalones rotos flotaban a su alrededor en la superficie, como flores de loto en blanco y negro renaciendo entre vida, muerte, amor y odio.

—Lo siento —murmuró Leo de pronto.

—¿Por qué? —preguntó Sha Qing.

—Por todo…

Sha Qing guardó silencio unos segundos, luego respondió con solemnidad:

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por todo.

 Ambos sonrieron al mismo tiempo, como si hubieran ensayado aquel gesto.

Un mes después.

Las heridas de Sha Qing ya habían sanado, y su condición física había vuelto prácticamente al nivel previo al accidente. Se enfrentó con Leo en unas cuantas rondas de práctica. La forma en que el agente “soltaba la mano” de manera casi imperceptible lo irritaba, pero aun así tenía que reconocer que, debido a lesiones internas imposibles de revertir, su habilidad física solo había regresado a un ochenta por ciento de su época dorada.

—No te enfades, cariño —lo consoló Leo—. Incluso al ochenta por ciento, sigues siendo capaz de dejar fuera de combate a diez delincuentes armados usando solo las manos.

—¡Antes eran doce! —Sha Qing protestó con visible molestia, rascándose el anillo metálico del tobillo—. Quita esta porquería. Entorpece mis reflejos.

—Lo siento, no puedo hacerlo. A menos que quieras recibir una dosis de sedante dentro de diez segundos y despertar camino a la isla Rikers en una patrulla —dijo Leo, frenando inmediatamente su actitud infantil.

—Tú… y tu maldito jefe Gaudí, siempre confabulados. ¿Pretenden tenerme atado con esta cosa toda la vida? ¡Ni lo sueñen!

—Estoy intentando encontrar una solución que funcione para todos.

—¿Y ya la encontraste?

—Tengo una pista. Por eso necesito volver un momento al departamento.

Sha Qing arqueó una ceja, mirándolo con desconfianza.

—¿No estabas suspendido un año? Y no han pasado ni tres meses. ¿Adicción al trabajo?

—¿Y tú? ¿Ya te volvió la adicción a matar? Anoche te vi mirando el informe del asesino serial en la tele… Si la mirada matara, ese hombre ya estaría despellejado —replicó Leo.

Sha Qing se encogió de hombros.

—Por eso tienes que vigilarme bien. No vaya a ser que la bestia que tengo dentro vuelva a inquietarse y rompa la jaula. Para entonces… no creas que esta cosa podrá detenerme —dijo agitando el tobillo de manera amenazante.

Leo le tomó el tobillo y se inclinó para besarlo.

—Te vigilaré tan de cerca… que no podré cerrar los ojos jamás.

Como ya se habían desahogado mutuamente al amanecer, ambos estaban más que satisfechos. Aquel beso largo no se convirtió en nada más. Leo terminó levantándose y regresó al departamento.

Esta vez tardó tres días completos en volver. Sha Qing se quedó en su apartamento sin salir ni un paso: primero, porque a 500 metros el anillo empezaría a emitir alarmas, y segundo, porque confiaba ciegamente en que Leo regresaría.

Cuando Leo finalmente volvió, lucía cansado, aunque no tanto como emocionado. Apenas entró, le preguntó con premura:

—Tú tienes una red de información, ¿cierto? ¿Cuántos asesinos seriales están registrados ahí?

Sha Qing lo miró con cierta alerta, pero respondió sin rodeos:

—Treinta y cinco. Quitando los doce que ya eliminé, quedan veintitrés pendientes.

—Perfecto. Dámelos.

—¿Regalados? Ni pensarlo.

—No serán gratis. Te voy a conseguir una plaza como “consultor con antecedentes”.

—¿Qué demonios es eso? Solo conozco lo de “testigo con antecedentes”. Si hablas de un acuerdo judicial, ya lo hice. Pero el juez insistió en que, si no me metían en una cárcel durante diez o quince años, la Federación entera acabaría inundada en sangre —se burló Sha Qing con una carcajada fría.

—No es lo mismo. Es algo mucho más específico —dijo Leo, cambiando de tema—. ¿Conoces a Ronald Tuckman?

Sha Qing lo pensó un momento.

—¿Ese “maníaco de las fugas”?

—Exacto. En veinticinco años logró fugarse veintiocho veces. No hubo prisión, por muy estricta que fuera, capaz de contener a ese genio del escape. Solo los gastos destinados a capturarlo, procesarlo y encerrarlo superaron los doce millones; su condena pasó de los tres años iniciales a setenta y ocho. Aun así, una y otra vez se fugaba, una y otra vez lo atrapaban, y una y otra vez volvía a fugarse. Al final, el departamento perdió la paciencia. En 2010, la Oficina de Seguridad Penitenciaria intervino y firmó con él un acuerdo —explicó Leo de un tirón.

Sha Qing ya empezaba a entender.

—¿Y cuál era el contenido del trato?

—Contratarlo como consultor del programa anti-fugas del FBI. Si aceptaba cooperar, la oficina se encargaría de solicitar al juez supremo que redujera su condena a la mitad, y además podría cumplir el resto en libertad condicional.

—Vaya, qué creatividad —comentó Sha Qing con una risita sarcástica—. Así que de ahí sacaste la idea.

Leo se encogió de hombros.

—La ley tiene disposiciones parecidas. Cuando un caso es difícil de dictaminar y existe un precedente similar en este mismo estado, se usa el precedente. Podemos partir de ahí. Usar la información de esos veintitrés asesinos seriales como moneda de cambio para conseguir un puesto de consultor en un “Programa Anti-Asesinos Seriales”. Si este año la tasa de resolución de crímenes seriales se dispara, la opinión pública aplaudirá encantada, y el nuevo director estará más que satisfecho con su flamante récord. Al lado de eso, un ‘verdugo oscuro’ no suena tan amenazante, ¿no crees? Y además, con entrar al programa de protección, el gobierno puede blanquear tu identidad, y los medios no tendrán de dónde agarrarse.

—Al final, muchas cosas son solo una transacción. La cuestión es si tienes valor para ser parte de una —concluyó el agente de negro, casi con un suspiro.

Sha Qing lo miró un buen rato.

—Agente… te has corrompido.

—No. Me he sublimado. Como dice un viejo proverbio chino: “he guang tong chen”, fundirse con la luz y el polvo —respondió Leo con solemnidad.

Sha Qing soltó una carcajada que casi lo dobló.

—Está bien. Lo único que lamento es que ya no podré escribir novelas; revelaría mi identidad.

—Sí, pero puedes escribir solo para mí. Soy tu fan más devoto, ¿recuerdas?

Sha Qing le pasó un brazo por el cuello y lo besó.

—Este es el premio que tu querido autor le da a su fan más fiel.

Leo lo rodeó por la cintura, fuerte y seguro, y lo hizo caer sobre el alféizar cubierto con la manta tejida. Allí la luz era clara: el sol atravesaba la gasa de las cortinas, disipando la oscuridad y las sombras del pasado. Igual que ellos: antes se habían herido mutuamente, ahora se sanaban, y en el futuro se acompañarán hasta el último día de sus vidas.

꧁⎝ 𓆩༺✧༻𓆪 ⎠꧂FIN꧁⎝ 𓆩༺✧༻𓆪 ⎠꧂

El autor tiene algo que decir:

Al teclear “Fin”, casi me pongo a llorar después de estos dos años de dolor y alegría, de procrastinación y de perseverancia. Por suerte, gracias al apoyo de todos ustedes, logré llegar a esta victoria final.

Leo y Sha Qing son la pareja a la que le he dedicado más tiempo y más cariño; les agradezco por acompañarme durante estos dos años, y agradezco aún más a los lectores, cuyo amor les dio más luz, más matices y más vida.

Por último, quiero decir que habrá extras… pero el tiempo de actualización… eh… no será muy fijo (NT: siguen a continuación… no se angustien!!!)

💖Los quiero ❤︎❤︎. Hago una reverencia 🙇‍♀️y me retiro.🙋

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