Sha Qing. Cap 73 Cuenta regresiva hacia la muerte

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Extra I

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Extra (I): Cuenta regresiva hacia la muerte. —Capítulo 73  

 

El agente de cabello negro tomó una chincheta de la mesa, se acercó al enorme mapa nacional colgado en la pared y la clavó cerca de una de las ciudades.

—Phoenix —dijo—. El “Estrangulador de la Horca”. A las diez reuniremos a los agentes relevantes para organizar la operación. Mañana podremos partir.

Sha Qing agarró un puñado de chinchetas de colores y empezó a lanzarlas contra el mapa como si fueran dardos.

—Reuniones y esas cosas… no esperes que yo diga una palabra. Además, un teammate inútil es peor que no tener ninguno. No me importa trabajar solo.

—Tienes que aprender a colaborar en equipo, Roy. Aquí el heroísmo individual no es bienvenido.

—¿Y por qué tendría que querer que me den la bienvenida? —bufó Sha Qing con desprecio.

Leo suspiró con resignación. Sabía que convertir a Sha Qing en un auténtico compañero del FBI sería un camino muy largo.

Llamaron a la puerta. Jane, encargada de los servicios logísticos, entró con un paquete en la mano.

—Un envío para Roy Lin. Acaba de llegar.

Sha Qing iba a tomarlo, pero Leo se adelantó y lo recogió. Lo pesó ligeramente: parecía un sobre liviano, quizá de documentos.

—¿Lo escanearon? —Le preguntó a Jane.

—Sí. No se detectaron anomalías en su contenido.

Cuando ella salió, Leo frunció el ceño y le dijo a Sha Qing:

—Esto no tiene sentido. Acabas de entrar en la sede, ¿quién te enviaría un paquete y además con la dirección interna escrita a la perfección?

—Quizá sea un fan enamorado mío —respondió Sha Qing con ligereza, y al quitarle el paquete le golpeó el brazo a Leo—. Querido compañero, eres como un dóberman militar: alerta hasta el extremo y con las orejas cortadas.

Rasgó el sobre, sacó la bolsa de papel kraft vacía y dejó caer de ella una diminuta memoria USB.

Leo pidió que trajeran un portátil y conectó el dispositivo.

Un archivo de video se abrió de forma automática.

La pantalla se llenó primero de pedacitos de colores cayendo como confeti, como si fuera una celebración. Pero pronto se dieron cuenta de que eran pétalos de distintos tonos, soltados desde varios helicópteros que sobrevolaban a baja altura, cubriendo casi por completo toda la calle.

Los neumáticos avanzaban lentamente sobre el asfalto húmedo por la lluvia. Una fila interminable de coches negros desfilaba uno tras otro, todos con coronas de flores blancas sobre el techo. Cada automóvil iba lleno, y a ambos lados de la vía, visiblemente despejada con antelación se alzaban al menos cientos de hombres vestidos con traje negro y sosteniendo paraguas rojos, avanzando en silencio en la misma dirección que la caravana.

Sin duda era un cortejo fúnebre de proporciones colosales: los helicópteros arrojando pétalos, la interminable procesión de coches y aquella marea negra coronada por flores carmesí transmitían, bajo la solemnidad del luto, una sensación de autoridad altiva, poderosa y cruel.

—…Es el funeral de Timothy Beraldi —murmuró Leo, mirando fijamente la pantalla—. Si no recuerdo mal, fue al tercer día después de tu fuga.

Sha Qing se encogió de hombros.

—El tercer día después de que me culparan a mí.

—Lo sé. Pero todas las pruebas apuntaban a ti: tu habitación, tu cama, tu daga, tus huellas dactilares; incluso hubo guardias que declararon haber visto a Timothy entrar en tu celda esa noche. Tú estuviste en el juicio: más de un tercio del jurado creyó que tú lo mataste.

—¿Y tú qué piensas? —preguntó Sha Qing con una sonrisa torcida y peligrosa.

Leo respondió con seriedad.

—Creo que si hubieras sido tú, lo admitirías. Dijiste que cargaste con una culpa ajena, así que el asesino debe de ser otro. Pero eso es solo mi impresión personal; no sirve como prueba. En este caso, todavía no he encontrado evidencia que demuestre tu inocencia.

—Una respuesta de agente, impecable y aséptica —dijo Sha Qing, borrando la sonrisa. Su mirada y su voz se enfriaron al mismo tiempo—. Pero más que preguntarme quién envió este video y con qué intención… Lo que quiero saber es cómo demonios cayó Simon desde el piso doce.

Leo guardó unos segundos de silencio antes de responder:

—La conclusión de la policía es suicidio. Es un caso de seguridad local; no tenemos autoridad para intervenir.

Sha Qing soltó una risa cargada de ironía.

—“Ustedes” no me incluye a mí.

—Ahora también eres uno de nosotros —le advirtió Leo.

Sha Qing apartó el rostro, ignorándolo y continuó viendo la pantalla.

La cámara seguía ya a la caravana fúnebre, que acababa de llegar a la funeraria de la ciudad. El ataúd fue elevado por decenas de manos hasta quedar suspendido sobre sus cabezas y luego colocado con extremo cuidado en una carroza gigantesca, negra y dorada, elaborada con minucioso lujo. En la entrada, la banda interpretaba el tema principal de The Godfather; en las paredes altas colgaban enormes carteles con la foto de medio cuerpo de Timothy, acompañados por un eslogan que decía: “Conquistarás el cielo, como conquistaste Nueva York”.

Sha Qing torció la boca, dudando entre desprecio y burla, hasta que al final murmuró:

—…Vaya, estos mafiosos sí que saben montar un espectáculo.

—Se supone que debería decir “respetemos al difunto”, pero en este funeral no veo nada digno de respeto —comentó Leo—. Solo percibo provocación y amenaza. El motivo por el que te han enviado este video es evidente: “la venganza siciliana”. Será mejor que tengas cuidado estos días. Aunque en un cuerpo a cuerpo ninguno de ellos podría contigo, ya sabes lo que dicen: a la bala frontal se la esquiva; la flecha en la sombra, no.

—Gracias por el consejo —respondió Sha Qing.

Se levantó y se acercó al enorme mapa mural. Arrancó la chincheta clavada sobre “Phoenix” y deslizó el dedo hacia el este, atravesando el continente, para hundirla con firmeza sobre “New York”.

—He cambiado de idea. Nuestro próximo objetivo será el “Ghost of the Alley” de Nueva York.

Se giró, metió ambas manos en los bolsillos del pantalón y apoyó la espalda contra el mapa. La chincheta quedaba clavada junto a su mejilla, como una silenciosa y firme declaración de guerra.

Leo no estaba sorprendido, pero aun así se apresuró a objetar:

—Si vas a distinguir entre lo personal y lo profesional, a nivel personal deberías evitar su filo, no caminar directo hacia él. Y a nivel profesional, tenemos mucha más información sobre el Hangman Killer (Asesino de la horca); las probabilidades de captura son más altas.

—Bien dicho, pero olvidas algo: el período de enfriamiento. El Hangman Killer cometió su último crimen la semana pasada; calculando sus intervalos habituales, pueden pasar entre dos y ocho semanas antes de que actúe otra vez. Pero el Ghost of the Alley lleva casi tres meses inactivo. A estas alturas, como un adicto sin dosis, debe estar desesperado por actuar. Apostaría a que la próxima víctima aparecerá en estos días.

Su tono bajó varios matices, tornándose oscuro y envolvente.

—Una pobre chica rubia, inocente, preciosa… apaleada hasta quedar irreconocible, tirada en un callejón sucio, rogando por la muerte porque eso sería mejor que soportar otra ronda del monstruo que la tortura. ¿De verdad podrías no ir a salvarla?

Leo sabía que Sha Qing estaba manipulando la situación, pero había elegido la clase de escenario que él nunca podía ignorar. La imagen de la joven moribunda ya estaba fija en su mente, imposible de apartar.

—En cuanto a mi seguridad personal, no te preocupes —añadió Sha Qing—. Por mucho que haya perdido práctica, no voy a caer en una alcantarilla.

Leo iba a replicar, pero Sha Qing lo interrumpió:

—Soy tu consultor, sí, pero desde el principio hasta el final he sido un guerrero. ¿Quieres que, ante una amenaza de muerte, retroceda?

Leo cerró los ojos un instante.

—…De acuerdo. Ganaste —dijo por fin.

Caminó hacia él, apoyó dos dedos en la chincheta junto a su rostro y la hundió aún más en la pared.

—Iremos primero a Nueva York. A atrapar a ese psicópata.

Sha Qing volvió la mirada a la pantalla. El lujoso funeral en el cementerio privado tocaba a su fin. El video se detuvo en la imagen de una daga clavada de forma oblicua frente a la lápida, junto a una frase formada con balas: Welcome death.

—A dos psicópatas —corrigió en voz baja.

La Nueva York de abril aún conservaba un frío tardío de finales de primavera, y la lluvia solo añadía humedad a aquel aire helado. Sha Qing se subió la capucha de la chaqueta mientras bajaba la escalerilla del avión. Leo abrió una sombrilla negra; al poco, el bajo de su gabardina estaba empapado. Ambos se dirigieron hacia el vehículo oficial del FBI, estacionado en una zona apartada del aeropuerto.

El retraso del vuelo por el clima había sido de más de una hora. El conductor, probablemente agotado de esperar, dormía inclinado sobre el volante. Desde la ventanilla cerrada se veía su nuca bajo una gorra.

Leo se acercó y golpeó el cristal, pero el conductor no reaccionó. Así que abrió la puerta trasera, dispuesto a subir y despertarlo.

Sha Qing atrapó su muñeca.

—No te muevas. Suelta la manija… despacio… ahora retrocede. Retrocede…

Leo obedeció al instante, retrocediendo con cautela hasta quedar a cincuenta metros del coche.

Entonces Sha Qing recogió una piedra del tamaño de un puño, calculó su peso y la lanzó con precisión dentro del vehículo. La piedra cayó en el suelo del coche.

El estallido fue inmediato: una llamarada brutal, seguida de un estruendo que sacudió la calle. Sha Qing tiró de Leo y ambos cayeron al asfalto.

Cuando la polvareda se asentó, la estructura del coche era una jaula ardiente completamente destrozada.

—Habían instalado una bomba de detonación por peso bajo el chasis —dijo Leo, limpiándose el polvo del rostro—. ¿Cómo supiste que el conductor ya estaba muerto?

—¿Un traje azul estilo británico combina con una gorra de béisbol con tachuelas? —respondió Sha Qing.

—Yo no lo usaría, pero eso no significa que otro no lo haría.

—Ese hombre coordinaba los colores y estampados de su corbata y su pañuelo con la chaqueta. Su sentido del estilo habría exiliado esa gorra del país. Evidentemente, no era suya; y como la visera estaba orientada hacia la puerta, alguien debe de habérsela colocado desde fuera para tapar el balazo que tenía en la cabeza.

Sha Qing se encogió de hombros.

—Reflejos profesionales, supongo. ¿No notaste también que la piel de sus manos no tenía un tono normal?

Leo miró la carrocería ardiendo y soltó un suspiro.

—Tendríamos que haber llamado antes a los artificieros. Tal vez así habría quedado algo entero de él…

Sha QIng no le dio mayor importancia y dijo:
—¿Ser hecho carbón por una explosión o enterrado bajo tierra para que lo devoren gusanos y ratas? ¿Tú crees que a estas alturas aún le importa? Además, llevaba en la muñeca un Royal Oak de edición limitada, muy exclusivo; alguien de su posición no podría permitirse uno. Y un rico empresario de Nueva York denunció el año pasado que le habían robado relojes y joyas; nunca los recuperaron. Si siguieras las noticias, verías la foto del reloj en el periódico y la conclusión preliminar de la policía: sospechan que fue obra de una banda local de ladrones.

Leo hiló las pistas, dedujo con rapidez y continuó:
—Las bandas de ladrones locales suelen suministrar “mercancía caliente” a los jefes de la mafia mediante “socios”. Si obtuvo ese reloj por esa vía, significa que tiene vínculos estrechos con la mafia o con los receptadores… ¡Es un traidor comprado por ellos!

—A fin de cuentas, ustedes también infiltran agentes encubiertos en la mafia; estamos a mano —replicó Sha Qing con un deje de burla—. Supongamos que él también participó en el intento de asesinato, pero por alguna razón se echó atrás en el último segundo, quizá incluso intentó traicionarles. Eso los enfureció y lo silenciaron en el coche. De paso montaron una trampa para mandarme al otro barrio. En cuanto a ti, baby, solo eres un daño colateral… no te sientas tan especial.

Leo frunció el ceño, molesto:
—¿Acabas de escapar de una explosión y sigues diciendo tonterías? Mira el historial criminal de esta panda de mafiosos: bombas, disparos por la espalda, sopletes de alcohol, punzones de hielo, cuerdas de estrangulamiento… Quién sabe cuántos métodos de asesinato nos tienen preparados. Deberías tomarte más en serio tu propia vida, empezando por tu actitud.

Sha Qing se masajeó las sienes, resignado:
—Vale, papá. Llamemos a la policía para que nos manden un coche blindado, ¿te parece?

Leo le lanzó una mirada impotente y sacó el teléfono.

Justo en ese momento llegó un mensaje desconocido. Lo abrió: sólo había una secuencia de números: 23, 52, 37.

—¿Qué significa…? —murmuró Leo—. ¿Una hora?

Sha Qing se inclinó para ver:
—Probablemente. Desde que abriste la puerta del coche han pasado unos ocho minutos.

—Es una cuenta atrás. Están contando regresivamente hacia la muerte planeada —dijo Leo entre dientes.

—Hacia mi muerte —corrigió Sha Qing, imperturbable.

Una oleada de furia oscura ascendió en los ojos de Leo, como una tempestad emergiendo desde el fondo del mar.

—Nadie puede programar tu muerte —dijo con voz helada—. Y van a pagar por esta estupidez arrogante.

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