Sha Qing: Especial. Ep. 2.- A sweet day.

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Ep. 2. A Sweet Day. (Un dulce día)

AM:08:00:00

Sonó el despertador. Diez segundos después, un brazo blanco y firme se estiró hacia la mesita de noche y apagó la alarma.

El brazo regresó y volvió a posarse, de manera natural, sobre la espalda ligeramente tostada del hombre en su abrazo, acariciando aquella piel lisa y desnuda durante unos segundos.

Sha Qing, tendido boca abajo sobre el colchón blando, abrió los ojos. Desde el ángulo de Leo, podía apreciar con claridad la longitud de sus pestañas. En ese instante, el asesino serial parecía extraordinariamente perezoso y adormecido, como una fiera que por un momento se hubiera transformado en un gato suave e inofensivo.

Leo adoraba este instante con todo su ser. Sabía que, en todo el mundo, él era el único que podía disfrutarlo.

—Cariño… —susurró, besándole el borde de la oreja y atrapando el lóbulo entre sus dientes con delicadeza—. Tenemos que levantarnos. Hoy es tu primer día oficial.

—Pero creo que aún es temprano. ¿No entrás a las nueve? —respondió Sha Qing con indolencia, moviéndose un poco.

La sábana resbaló de su cuerpo, dejando al descubierto su cintura firme y delgada, y la redondez tensa de sus nalgas, aún marcadas por los restos de la pasión de la noche anterior.

Contemplando aquel mapa de besos de colores, de marcas de dedos, incluso de pequeños arañazos y mordidas más intensas de lo previsto, Leo se sintió dividido entre la vergüenza, la culpa… y el deseo.

La expresión de Leo hizo que Sha Qing soltara una risita, y de paso le arrebató también la sábana. Así, ambos cuerpos jóvenes y esculpidos quedaron expuestos a la luz de la mañana que entraba por la amplia ventana. Y, dada la piel clara del agente mestizo, las huellas de pasión en su cuerpo resultaban aún más visibles que en el de su amante.

Leo se volteó de un movimiento y dejó a Sha Qing bajo su cuerpo.

—Ay, te pusiste todo avergonzado y furioso —comentó Sha Qing.
—No. Dijiste la verdad: aún es temprano —respondió Leo.

La erección matutina, dura y persistente, se apoyaba en la base del muslo ajeno. Leo acarició con suavidad el lugar donde había entrado la noche anterior, intentando reconquistar con los dedos aquel territorio. Si la realidad se lo permitiera, desearía que su espada pudiera ocupar para siempre esa ciudad irresistible… y hundirse en ella sin tener que volver a salir.

Sha Qing deslizó la mano por su espalda, indulgente, disfrutando por igual del deseo que comenzaba a despertarse. En sus cuerpos jóvenes, llenos de vigor, ardía algo más que instinto: ardía el cariño. Y por eso esa hambre mutua se volvía aún más feroz. Por muchas veces que se unieran, nunca les bastaba. Era como probar la médula y volverse adicto, una codicia imposible de saciar.

Leo levantó suavemente una de las piernas por la corva y fue penetrándolo, avanzando centímetro a centímetro, mientras con la otra mano envolvía la dureza creciente de su amante.

Sha Qing respiró entrecortado y dijo:

—Vamos a hacer un pequeño ejercicio de cálculo, cariño. Cinco minutos para cepillarse, lavarse y vestirse; cinco minutos para el desayuno; veinticinco de camino. ¿Cuántos minutos te quedan?

—A los estadounidenses no nos gustan los problemas matemáticos —Leo entró de una sola embestida, moviéndose con prisa—, pero sí somos puntuales. No te preocupes: si el tiempo no alcanza, podemos compensarlo con intensidad y eficiencia.

AM:08:58:30

El agente de cabello negro empujó la puerta y entró en la concurrida sala de oficinas. Detrás de él venía un joven asiático de rasgos hermosos, vestido con un discreto traje azul oscuro. Alzó la mirada y recorrió el lugar con una sonrisa que no era sonrisa; de inmediato, el entorno se calló. Entre miradas, codazos y murmullos, todos transmitían el mismo mensaje:

—¡Mírenlo! Ese es el legendario, el increíble y el que en pleno juicio nos dio vuelta el tablero.

—Llevo meses pidiendo la actualización de su novela.

—Siempre dije que había que contratarlo.

—No puedo creer que aceptaran.

—¿cómo puede el Buró fichar a un tipo tan peligroso?

—Pero no parece tan peligroso.

—Dicen que tiene algo con el agente Lawrence y que él lo avaló por completo. 

—Dios mío, trabajar junto al hombre que adoro… ¡Qué emoción!

Ese es Sha Qing.

Leo iba al frente. Su expresión severa disipó buena parte de esas miradas indiscretas, guiando con calma a Sha Qing hasta su oficina. Las paredes exteriores, hechas de vidrio esmerilado semitransparente, dejaban ver vagamente todo movimiento dentro, lo que no evitó que varios empleados fingieran pasar por allí solo para echar una o dos miraditas furtivas.

No pasó mucho tiempo antes de que Rob entrara de golpe, emocionado, y saludara con una sonrisa radiante:

—¡Hola, agente especial externo!

—Hola, agente del Centro de Procesamiento de Información.—Sha Qing le devolvió una sonrisa burlona.

Rob se atragantó con su propio aire. Ser transferido al departamento administrativo no había sido exactamente su sueño; pero la chica de la que se había enamorado últimamente se negaba rotundamente a tener un novio que trabajara en campo arriesgando la vida, y como él quería algo más serio con ella, no tuvo más remedio que pedir el traslado tras sopesar pros y contras.

—Hola, novato. Ahora ya te llamas “Luo Yi-Lin”. Una vez que entras al departamento, tienes que cumplir las normas —dijo con el tono deliberado de un veterano que intenta recuperar un poco de autoridad—. ¿Sabes que aquí tenemos una regla? Los recién llegados deben encargarse de llevar el café.

Sha Qing se encogió de hombros, sin darle importancia. Caminó hacia la máquina de café, tomó dos vasos de papel y sirvió un latte y un macchiato. Luego regresó y se los tendió a Rob:

—Elige tú primero.

Rob, que no recibió la reacción desafiante que esperaba, quedó desconcertado por aquella obediencia tan sospechosa. Su mano vaciló entre los dos vasos.

—Tú… no habrás hecho nada raro, ¿verdad?

—Si no te atreves a beberlo, será para nosotros. Sírvete tú mismo —respondió Sha Qing, retirando la mano con indiferencia. Luego tomó uno de los vasos y lo puso en la mano de Leo.

Rob se lanzó de inmediato y le arrebató el vaso a Leo. Acababa de decir “este es mío” cuando el café caliente se escurrió de repente por todo su pantalón, empapado incluso los zapatos. Soltó un grito ahogado por el ardor y dejó caer el vaso para tirar del pantalón. El vaso rodó unas vueltas por el suelo: el fondo había desaparecido por completo, dejando un cilindro hueco por ambos extremos.

Leo frunció el ceño y reprendió al nuevo asesor:

—¡No molestes a Rob!

Sha Qing volvió a encogerse de hombros.

—No va a quemarse. Le puse bastante agua fría —dijo. Después se acercó a Rob y, como si acariciara el mentón de un gato, le rascó la barbilla—. Escucha: he venido aquí para cazar a los asesinos seriales, no para repartir café.

Con los ojos llenos de lágrimas, Rob se limpiaba las manchas mientras maldecía en silencio su lengua y su mala decisión.

—Está bien, está bien… Solo estaba un poco celoso —admitió resignado—. Ahora que mi compañero pasó a ser tuyo, no te cortes: úsalo como quieras.

Sha Qing soltó una carcajada.

—Tranquilo. Lo usaré en todos los sentidos.

Leo, indignado, oscureció el rostro.

—¡Este es un lugar de trabajo! Aquí solo hablo de asuntos oficiales. Rob, vuelve a tu cubículo. Roy, ven a revisar la información de los veintitrés asesinos seriales que encontraste; tenemos que escoger uno para empezar.

PM 12:15:23

Una bolsa de comida rápida cayó sobre el escritorio de Leo.

—Si no quieres perder tiempo bajando al restaurante, por lo menos come una hamburguesa para no quedarte con el estómago vacío —dijo Sha Qing con gesto severo.

Leo levantó la vista del plan operativo que estaba redactando. Le dedicó una sonrisa tranquilizadora, y su expresión se suavizó de inmediato. Se levantó, se lavó las manos, abrió la bolsa que Sha Qing le había traído y sacó una hamburguesa de carne y un zumo de naranja, que devoró con hambre.

—Por la tarde reuniremos a los agentes implicados y organizaremos la operación. Mañana podremos salir —dijo mientras cogía una chincheta de colores. Se acercó al enorme mapa del país en la pared y la clavó junto a una de las ciudades.

Sha Qing untó mermelada de espino dulce en su hamburguesa de bacon, dio un mordisco exigente y dijo:

—En la reunión no esperes que hable. Y, además, un compañero inútil es peor que no tener compañero. No me molesta trabajar solo.

—Tienes que aprender a colaborar en equipo, Roy. El individualismo heroico no es bien recibido aquí.

—¿Y por qué debería importarme que me reciban bien? —bufó Sha Qing con desprecio.

Leo dejó escapar un suspiro resignado. Sabía que convertir a Sha Qing en un verdadero compañero del FBI sería un camino largo y lleno de tropiezos.

PM: 19:45:10

La camisa blanca de Leo estaba cubierta por un delantal mientras lavaba los platos junto al fregadero.

Después de cenar la comida casera que Sha Qing había preparado, una calidez placentera lo dejó de excelente humor, aunque con un efecto secundario imprevisto: la comida rápida del mediodía se había vuelto de repente insoportable. En adelante, iba a necesitar mucha más fuerza de voluntad para soportarla.

Su amante y compañero estaba acurrucado en el sofá, donde había preparado una tetera de lapsang souchong que inundaba la sala con su aroma ahumado. Con el portátil en brazos, parecía navegar por alguna página. A veces se reía entre dientes.

—¿Qué estás viendo? —preguntó Leo cuando terminó de lavar los platos. Se quitó el delantal y se acercó. Se sentó bien pegado a Sha Qing, lo rodeó por la cintura con un brazo y, con el otro, tomó la taza de té de la mesita para dar un sorbo.

—¿Sabes qué es “amonestación”? —preguntó el otro de pronto, sin venir a cuento.

Leo respondió de inmediato, como si recitara un manual:

—La amonestación es una medida coercitiva leve. Se refiere a que el tribunal, frente a alguien que obstaculiza un procedimiento civil en grado menor, lo reprende, lo educa y le ordena corregirse y no reincidir.

—Incorrecto. El “amonestación” es cuando te doy con un pequeño látigo de cuero en los huevos y en el culo —dijo Sha Qing, aguantándose la risa mientras le mostraba la pantalla del portátil.

Leo leyó rápidamente el texto del sitio web. Sus dedos temblaron en la oreja de la taza; abrió los ojos, horrorizado.

—¡¿Qué mierda es esta?!

—Fanfiction escrita por chicas de internet. Su imaginación es realmente infinita. Mira, hice un cálculo rápido: en el cuarenta por ciento yo te follo a ti; en el treinta por ciento tú me follas a mí; en el veinte por ciento nos follamos mutuamente. Ah, y el diez por ciento restante es lo que llaman gore, BDSM, castigos y relatos de “entrenamiento sexual”. ¿Sabías que, según ellas, yo te esposaría manos y pies a la mesa del comedor con esposas policiales, te daría vino por el culo y, mientras meto mi polla y la remuevo, te diría: “Mira qué hambrienta está tu boquita de abajo”?

Leo escupió todo el té negro sobre la alfombra.

Tosió hasta casi morirse, completamente ajeno al decoro:

—¡¿Qué coño es esta mierda?!

—Creo que tiene bastante creatividad. Podríamos intentarlo esta noche —propuso Sha Qing.

Leo cerró de golpe la pantalla del portátil y, con el ceño negro de indignación, declaró:

—¡No vuelvas a mirar esas tonterías en internet! Y además, ¿no pueden tus protagonistas tener una relación más simple? ¿Por qué provocar a esas fans…? —recordó el término que Rob le había explicado— ¿esas fans “multiship” o algo así? ¡Estas muchachitas deberían estar saliendo con alguien en vez de fantasear todo el día!

—Los protagonistas son muy simples. Ni siquiera se han besado. Y además, oye, fantasear no es ilegal. No molestan a nadie y solo se divierten entre ellas. No vulneran los derechos de nadie, ¿no? —dijo Sha Qing, con una pose casi benévola.

—¡Sí vulneran mis derechos! ¿Por qué no soy yo quien te esposa a la mesa? —Leo seguía enfadado.

Sha Qing soltó una carcajada.

—Parece que esta noche tendremos que pelearnos para decidir a quién de los dos le vamos a emborrachar el trasero.

PM: 23:06:34

Rob y un agente apodado “Blue” estaban de turno nocturno en la sala de servidores del centro de procesamiento de información. Charlaban sin mucho ánimo, bostezando y bebiendo sus refrescos.

—Hoy todo el mundo en la oficina habla del consultor especial externo —comentó Blue con un tono chismoso—. Dicen que tiene algo con el agente senior Lawrence. ¿Es verdad?

—¿Y por qué no vas tú y se lo preguntas? —Rob le lanzó una mirada de fastidio.

El otro encogió el cuello.

—Venga ya. Con solo ver la cara del agente Lawrence me quedo mudo. Desde el pelo hasta la barbilla dice: “soy un élite, un iceberg, un adicto al trabajo; si no es sobre trabajo, lárgate”. ¿Crees que quiero que me reviente si me acerco a preguntarle algo así?

El tono canalla y descarado de Blue lo hizo reír, y sin querer Rob volcó su bebida sobre el panel de control.

—¡Madre mía, mira lo que has hecho! —gritó el otro agente, poniéndose de pie y frotando la superficie con la manga—. ¡Te dije mil veces que aquí está prohibido traer bebidas! ¡Y tú siempre tan descuidado!

Rob se disculpó una y otra vez mientras los dos trataban de limpiar el desastre. Sin querer, alguna mano presionó un botón. Tras unos chasquidos de interferencia, una voz nítida salió por los altavoces.

Eran claramente dos hombres: jadeos, gemidos, gruñidos… Dos voces. Una grave y aterciopelada, otra clara y luminosa entrelazándose, cada una con su propia ronquera provocada por el deseo, como dos instrumentos distintos pero perfectamente armonizados. Entre ellos, un coqueteo explícito, descarado, tan sexual que los dos sintieron la sangre arderles y estuvieron a punto de sangrar por la nariz.

Blue se tapó la cara con ambas manos, horrorizado.

—¿¡Qué demonios has encendido!?

—¿No fuiste tú? —replicó Rob, cada vez más convencido de que esas voces le resultaban muy familiares.

Los ojos de Blue recorrieron, aterrados, la interminable hilera de botones del panel, murmurando para sí, hasta que recordó algo:

—¡Es este! Es la función de escucha del nuevo modelo de tobillera de vigilancia. La anterior no la tenía. A ver… código 006, eso es… Luo Yi Lin. Ubicación… ¡Agh!

Su último grito se quebró cuando Rob le clavó un pellizco brutal en el michelín de la cintura, cerrando el botón con rapidez.

—¡Cierra la boca! —lo amenazó Rob—. Esto es información altamente confidencial. Si se te ocurre soltar una palabra, ni el jefe te salva.

Blue, se masajeo el costado dolorido, murmuró:

—¿Confidencial? ¿Por qué yo no sabía nada? Y… uno de esos dos es el consultor especial, ¿verdad? Pero ¿quién es el otro?

—Asuntos que no te incumben —lo cortó Rob con severidad—. ¿Quieres acabar bajo investigación interna?

Blue negó con la cabeza enseguida.

—Perfecto. Olvidemos este desastre —dijo Rob, dándole unas palmadas de advertencia en el brazo—. Digamos que una emisora nocturna se cruzó de canal. Y yo tengo que llamar a Leo cuanto antes para decirle que solicite permisos y desactive esa maldita función. Si tenemos que escucharles el numerito todas las noches, ¡nadie va a sobrevivir!

Bueno, no ahora mismo. Esos dos son incansables; seguro que seguirán un buen ratoQuién diría: ¡Leo resulta ser el de abajo!

Blue se quedó allí plantado, con la mente hecha trizas. No procesaba nada. Mucho después, cuando Rob se había ido al baño, de pronto despertó del estupor:

El otro hombre… ¿no era la voz del agente Lawrence?

—¡Así que sí estaban liados! ¡Y quién diría… que él era el de abajo!

(Fin del especial “Especial Extraoficial”).

Avance del Extra II: El amor y el castigo del Padrino

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