Shh, no hables. Cap 24

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Capítulo 24. Visita puerta a puerta

Lu Kongyun observó cómo el chantajista se desvanecía entre la lluvia y la niebla; Luego se dio la vuelta y regresó a su habitación. Buscó unos algodones médicos, los empapó en el líquido medicinal y se los llevó a la boca.

Entró en el baño y abrió el grifo de la bañera. Cuando tuvo medio baño lleno, esparció en el agua algunas hierbas que activaban la circulación y vertió dentro el resto del líquido medicinal. Después se desnudó y se sentó en la bañera.

Con el agua, fue mojándose poco a poco, sobre todo las glándulas bajo el cuello. Luego rodeó con la mano la gruesa palanca de control que sobresalía del agua.

Era evidente que no tenía mucha práctica en aquello.

Pasado un tiempo, cerró los ojos y tensó el cuerpo, imaginando cómo innumerables semillas de cachorro eran liberadas en un lugar tan cálido y ondulante como la propia bañera.

El proceso duró un buen rato, hasta que finalmente dejó que todo su cuerpo se hundiera bajo el agua.

Esperó allí hasta que el agua caliente se enfrió, y entonces emergió y escupió el algodón medicinal.

Se enjuagó, se vistió con ropa limpia. Eligió un traje impecable, del tipo que solo usaba cuando asistía a congresos académicos. Se anudó la corbata y se peinó el cabello hacia atrás, dejando la frente despejada.

Pasó unos instantes frente al espejo y, después, salió.

En la clínica de Gao Yuting. Apenas colgó la llamada de Lu Kongyun, Lu Qifeng que había escuchado todo en silencio a su lado soltó una breve risa:

—Sustituto.

Gao Yuting lo secundó con una pequeña carcajada.

—El muchacho parece majo.

—¿Majo? —respondió Lu Qifeng—. Si no se traga ni comida de verdad por más que se la meta uno en la boca, ¿de dónde va a aceptar un sustituto? Qué chiste.

El doctor Gao meditó un momento y luego asintió.

—Tiene sentido… Entonces, ¿usted cree que esa persona…?

Lu Qifeng no siguió hablando. Continuó observando, a través de la ventana de supervisión, a su paciente: un espía del país M.

El espía, por supuesto, no podía ver a nadie al otro lado del cristal. Sin embargo, cuando levantó la cabeza y dirigió la mirada hacia la ventana, Lu Qifeng que ya debería de estar acostumbrado a esa perspectiva de vigilancia, entrecerró los ojos, contrajo las pupilas y devolvió la mirada con tal intensidad que casi daba la sensación de que ambos se estuvieran observando mutuamente.

Una ilusión perfecta de contacto visual.

—Me da la impresión de que ha mejorado —dijo Lu Qifeng, aún “mirando” al paciente.

—Ha mejorado, sí, director Lu —respondió Gao Yuting. Abrió el registro clínico y se lo ofreció con cautela—. Cada día está mejor. Ayer incluso comió algo por su cuenta. Aquí tiene sus registros diarios, por si quiere revisarlos.

Pero Lu Qifeng no tomó las hojas. Tras observar un poco más, preguntó:

—Entonces, según tú, ha comido de forma voluntaria.

—Así es —respondió Gao Yuting.

El director Lu meditó un instante, apartó por fin la mirada del espía y llamó a uno de los oficiales a su cargo con un gesto de la mano. El militar se acercó y se puso firme.

—Refuercen la vigilancia. No quiero descuidos —ordenó Lu Qifeng.

Gao Yuting no pudo evitar protestar en voz baja:

—Director Lu, ya tengo a varios oficiales rondando por la clínica… He perdido un montón de pacientes por eso.

—Pues deja de atenderlos —respondió dándole una palmada en el hombro—. Si se asustan y se van, es que no necesitaban tratamiento de verdad.

Gao Yuting se quedó callado.

Trabajando en inteligencia militar, Lu Qifeng parecía arrastrar siempre encima un olor a sangre imposible de lavar.

Lu    Kongyun llegó a la puerta del chantajista y llamó. Pasó un buen rato sin que nadie abriese.

El suero de la verdad también tenía un efecto sedante, así que era muy probable que, tras la inyección, el chantajista se hubiera quedado dormido. Pero un policía criminalista nunca se separaba de su teléfono y tenía buen oído. Si lo llamaba, seguro que despertaría.

Así que Lu Kongyun lo llamó. Y, efectivamente, el otro contestó al instante, soltando una ráfaga de voz ronca:

—Toc, toc, toc… ¡Toca a tu abuela! ¿No te dije, joder, que debajo del felpudo hay una llave…?

Colgó.

Por supuesto, el chantajista jamás le había dicho a Lu    Kongyun que allí hubiera una llave.

Seguramente era culpa del té con leche.

Lu    Kongyun se agachó, levantó el felpudo y encontró la llave. Abrió la puerta y entró.

La sala estaba iluminada por una bombilla débil y mortecina. Lu Kongyun se quitó el impermeable y lo colgó en la entrada. Caminó primero hacia la papelera y miró dentro. Allí, como esperaba, se distinguía una bola oscura: el envoltorio de un suero de la verdad militar Ts-4.

Cuando se marchara, se llevaría la basura para no dejar evidencias.

La puerta del dormitorio estaba abierta y la habitación, a oscuras.

Entró. A la tenue luz del salón, vio una silla junto a la cabecera de la cama; se sentó en ella.

El bulto que yacía en la cama extendió una mano fuera del colchón, justo hasta rozarle la rodilla, y le dio unos golpecitos. Mientras se revolvía entre las sábanas, murmuró con una voz suave y pastosa:

—¿Es que no puedes dejar que tu maestro duerma una noche entera en su día libre…? ¿De verdad no puedes vivir sin mí? Entonces, cuando yo no esté, ¿qué…? ¡Ay! ¡Ah!

Una mano lo agarró con fuerza de la muñeca y tiró de él. El hombre casi salió despedido de la cama.

—Yu Xiaowen.

El bulto quedó inmóvil unos segundos. Luego aspiró hondo y encendió la lámpara de la mesita.

El chantajista apareció bajo la luz amarillenta. Tenía la cara hinchada, las ojeras profundas y el pelo hecho un desastre. Miró a Lu Kongyun con expresión aturdida. Después sus ojos se movieron; tomó rápidamente la pegatina inhibidora de color rojo oscuro que había en la mesa y se la pegó en la nuca, intentando también arreglarse un poco el pelo.

—Estoy soñando —murmuró.

Lu Kongyun lo observó: su cuerpo tambaleante, esa liviandad borrosa de quien parece haber perdido el alma… era el estado típico posterior al suero de la verdad.

—Sí. Es un sueño. ¿Cómo te sientes? —preguntó en voz baja.

—¿Cómo me siento? —repitió el chantajista, confundido. Y de pronto se mostró conmovido—. ¿Viniste especialmente a verme? Estoy bien.

Lo miró con más atención.

—Tú también te ves bien.

—Estoy muy bien —respondió Lu Kongyun. Le soltó el brazo, recostándose en la silla—. Y gracias por tu medicina.

El rostro del chantajista se tensó un instante, pero enseguida sonrió, frotándose los ojos.

—Eso sí, el Dr. Lu en versión fría y distante… se me hace más familiar.

—Yu Xiaowen.

—¿Hm?

—Sé que tu fuerza mental es muy alta. Pero yo también tengo formas de tratar contigo.

—¿Eh? ¿Para qué querrías tratar conmigo? —levantó una ceja.

—…Si no cooperas, puedo marcarte temporalmente —dijo Lu Kongyun.

Tal como esperaba, en los ojos del chantajista surgió un destello de sorpresa y cierta inquietud.

Lu Kongyun cruzó los brazos.

—Pero si cooperas durante el interrogatorio, no lo haré. Lo que quiero saber es algo sencillo; no tienes por qué ocultarlo.

Esta vez, el chantajista guardó silencio. No sabía qué estaría pensando, pero finalmente asintió.

—¿Tu cumpleaños?

—Catorce de febrero —respondió.

—¿Comida favorita?

—Mariscos.

Lu Kongyun continuó:

—Entonces, ¿qué le ves de bueno a Lu Qifeng?

—¿Eh? ¿Por qué preguntas eso…? —Yu Xiaowen se rascó la cara, perplejo—. Si insistes en que te diga algo bueno de tu hermano… supongo que es parecido a tu padre.

Bostezó y volvió a acurrucarse entre las sábanas, blando como una babosa.

—Y también que se parece un poco a ti.

Yu Xiaowen ladeó la cabeza para mirar a Lu Kongyun, que tenía los dedos clavados en la esquina de la mesa.

—¿Qué pasa?

—“Se parece un poco a mí” —repitió Lu Kongyun.

—Pues sí. Son hermanos de sangre. Es normal.

La silla crujió suavemente.

—Así que lo mencionaste porque estabas pensando en él. En mi casa. Pensando en él —dijo Lu Kongyun.

—¿Hace un momento? ¿En tu casa? —Yu Xiaowen parpadeó—. ¿Cuándo lo mencioné?

—Piénsalo otra vez. Fue cuando entré al baño para traerte la pulsera.

El chantajista hizo memoria. Y de pronto pareció recordarlo.

—Ah… oh, sí. Creo que sí.

Silencio.

Después de un rato, Lu Kongyun preguntó:

—Entonces lo admites. En “ese momento” estabas pensando en él.

Yu Xiaowen se quedó perplejo.

—¿Estás enfermo? ¿Por qué iba a pensar en él? Si pienso en ese jefe de espías, uno se deshidrata del susto. ¿Cómo te iba a tratar, entonces?

Se incorporó un poco, visiblemente molesto. Incluso el vello fino de sus orejas parecía haberse erizado.

Su cuello también estaba tenso.

Lu Kongyun volvió a fijar la mirada en su rostro.

—Entonces lo que hiciste fue mencionar a mi hermano a propósito para provocarme y hacer que mi periodo de sensibilidad estallara.

—¿De dónde mierda sacaste esa teoría absurda? —bufó el chantajista.

Lu Kongyun se inclinó hacia él.

—Dices que quieres ayudarme, pero cuando estoy al límite, te pones a llamar a otro hombre delante de mí. Es normal que explote. Me cuesta no sospechar de tus intenciones.

El chantajista se quedó sin palabras, apretando las sábanas entre los dedos hasta hacer pequeños montículos.

—Intenciones… —murmuró al cabo de un rato. Y, tumbándose sobre la almohada, se quedó mirando el techo. Su pelo negro, suave, se derramó sobre la tela blanca. Se disculpó con sinceridad, aunque con un matiz distante, como si faltara algo—. Fue un descuido mío.

Se humedeció los labios pálidos.

Lu Kongyun lo observó. Usar un suero de la verdad fuera del periodo de celo le había ahorrado a él la necesidad de asistirlo y lidiar con el caos físico de siempre, pero también parecía haberle arrebatado cierta posición de control.

—Aun así, no has respondido por qué mencionaste su nombre de repente —dijo Lu Kongyun, frotándose las puntas de los dedos sobre la rodilla—. Yu Xiaowen, no tienes que inquietarte. No es nada grave, ¿verdad? Solo dímelo. No pasa nada. Tus relaciones con otros alfa no tienen nada que ver conmigo.

Mostró los colmillos y sonrió con amabilidad, guiándolo a cooperar con el interrogatorio.

—Solo quiero saber si tiene algo que ver con que me estés chantajeando.

El chantajista se encogió al ver aquella expresión amable.

—No tiene nada que ver. Solo recordé una escena, y en esa escena estaba tu hermano. No estaba consciente, así que se me escapó —respondió, retirándose poco a poco entre las sábanas para alejarse de él. Sus ojos lo miraron de reojo—. Ya estás… recuperado, ¿no? Algo te he ayudado, digo yo. ¿Y me vienes a montar un drama por una estupidez sin importancia? Aburrido. Me voy a dormir. Vete ya. A estas horas, un alfa y un omega solos… está mal.

El chantajista volvió a envolver su cuerpo con la manta, revolviéndola sin parar. Lu Kongyun metió la mano y atrapó el tobillo que intentaba escaparse.

—No duermas.

El chantajista se quedó en silencio de inmediato. Miró fijamente el punto donde la mano de Lu Kongyun se había colado bajo la manta.

Lu Kongyun titubeó y trató de retirar la mano, pero el otro se le adelantó.

—¿Qué haces? ¿Quieres pelear otra vez? —bramó el chantajista, forcejeando—. Qué manera de pagar favores, ¿eh? ¡Ya no me gustas!

Lu    Kongyun apretó aún más.

—…No pedí que te gustara. 

—¡Suéltame! —El chantajista redobló la fuerza, agarró su móvil de la almohada e hizo como si grabara algo—. ¿No te da miedo que deje evidencia de que agrediste a un policía, Lu Kongyun?

El alfa no aflojó. Pero, de pronto, el chantajista fue deteniendo sus movimientos. Lo miró. Luego miró las sábanas.

Lu Kongyun bajó la mirada también.

Sobre la superficie lisa del cubrecama habían empezado a aparecer pequeñas gotas rojo oscuro. Se quedó un instante paralizado; después sintió cómo un líquido cálido descendía por la punta de su nariz. Llevó los dedos al bozal de mordida y rozó la piel bajo la nariz.

—…

Una explosión de sensibilidad en plena fase alfa, más el baño caliente y la dosis fuerte de medicina… lo más sensato sería calmarse, respirar hondo, mantenerse quieto, preferentemente acostado.

Si él fuera el médico del paciente, esa sería la recomendación que daría.

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