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Al cabo de un rato, la víctima como lo habían llamado antes, retiró la cabeza de la ventanilla y, con voz baja, preguntó a Yu Xiaowen:
—¿Por qué? ¿Por qué quieres otro beso? —Yu Xiaowen parpadeó, desconcertado, y, tironeando de su cuello de camiseta, murmuró con gravedad—: …Aunque a ti no te afecte, esto es jodidamente molesto.
Se inclinó hacia él.
—Lo haces a propósito. Lo sé.
Yu Xiaowen se incorporó, y la botella cayó al suelo con un golpe sordo. Se acomodó a horcajadas sobre las piernas de la víctima, tomó su rostro por la fuerza y lo obligó a enfrentarlo.
—¿Estás contento al verme así? Pero esto tiene un precio.
Parpadeó varias veces para aclarar la vista nublada y se acercó lentamente, mirándolo con una amenaza silenciosa.
Sus respiraciones se mezclaron. Vio cómo el otro entreabrió un poco la boca, sin pronunciar palabra. Sus colmillos blancos reflejaron un destello frío.
A lo lejos, se escucharon voces:
—En Manjing no se puede salir sin paraguas ni un solo día…
Yu Xiaowen y la víctima se miraron, y enseguida él estiró la mano y cerró la ventanilla sin decir nada.
Yu Xiaowen solo pasó un instante incómodo. Luego volvió a su lugar, se sentó y, torpemente, lo abrazó con ambos brazos.
—Tú también abrázame —ordenó.
La víctima no se movió, así que Yu Xiaowen tomó sus brazos y los acomodó sobre su espalda como si estuviera posando a un maniquí. Luego apoyó la cabeza en su hombro, estiró un poco más el cuello y se acercó de manera vengativa.
—Así. Hasta que acabe el tiempo —dijo—. Aunque no te guste, ¡respira bien hondo! Hoy vas a comerte la fruta podrida sí o sí. Hmph. Cara de muerto. Joder…
Pero enseguida, con la voz temblorosa, preguntó:
—¿Cuánto falta?
—Ocho minutos —respondió la víctima y tras un silencio, él continuó—: Quiero preguntarte por ese omega al que no pueden marcar.
Yu Xiaowen enmudeció.
Aquí sufriendo la vida… y el alfa superior pensando en un caso clínico.
Aunque frustrado, respondió con desgana:
—Vale, pregunta. Pero no sé mucho, ¿eh? No te voy a poder contestar todo.
Yu Xiaowen sintió que el otro bajaba la cabeza, y el calor de su aliento cayó sobre su nuca, haciéndole encogerse de forma involuntaria y apretar los brazos. Entonces, notó que los brazos que lo rodeaban también se estrecharon con la misma intensidad, como si hubieran recibido la orden de replicar el abrazo. Aquello le resultó tan triste como divertido.
Alzó la vista para examinar el rostro del otro en la penumbra. El otro también lo miró un rato, y entonces el médico preguntó en voz baja:
—Si no se le puede marcar, ¿qué pasaría si otro lo muerde?
—Nada —respondió Yu Xiaowen de inmediato.
Pasaron unos segundos y el otro volvió a preguntar:
—¿Y cómo estás tan seguro? ¿Sabes si lo han mordido?
—Sí, lo sé —dijo Yu Xiaowen.
En su espalda, la presión del brazo del otro se redistribuyó; una parte se deslizó hacia arriba y, a través de la delgada tela de la ropa, acarició sus vértebras cervicales. Los dedos incluso rozaron su glándula, que ardía. Él encogió el cuello y alzó la cara, mirando confuso a la víctima. La víctima también lo miraba. Parecía esperar a que continuara.
—Mi amigo, hace poco —comenzó Yu Xiaowen, con la respiración entrecortada—, bueno, justo antes de que yo te chantajeara, un canalla lo mordió. Ese tipo incluso intentó marcarlo.
La víctima no contestó y Yu Xiaowen soltó una risa burlona:
—Hay que admitir que esta enfermedad tiene sus… ventajas en ciertos momentos.
La sensación en su nuca se volvió aún más extraña. Yu Xiaowen frunció el ceño e intentó esquivarla. Pero la víctima le sujetó la cara, impidiéndole moverse.
La víctima le apretó las mejillas hasta que su boca se abrió de golpe, y la saliva se le escapó por la comisura de los labios. Yu Xiaowen sintió el calor húmedo. Estaba seguro de que aquel hilo de agua que le llegaba hasta la barbilla debía brillar como si su cerebro tuviera algún problema que tratar, mientras el otro no dejaba de observarlo.
Arrebatado por la vergüenza y la rabia, pegó sus labios a los del otro. Contaminación. Fricción.
Luego se separó, esbozó una sonrisa y alzó la cara para mirarlo.
La víctima pasó el dedo por su barbilla, limpiando la saliva que delataba sus posibles problemas mentales. Luego, con el dorso de la mano, se frotó lentamente sus propios labios, borrando también el brillo que había quedado en ellos.
La víctima empujó su hombro y Yu Xiaowen terminó siendo presionado contra el asiento trasero, no demasiado espacioso. Yu Xiaowen, viendo que lo dominaba desde arriba, sentía que se le cortaba la respiración, pero, por instinto, estiró la mano para agarrarle la parte delantera de la chaqueta y tirar de él hacia sí.
La víctima no opuso resistencia. Bajó la cabeza y se acercó para mirarlo.
—Yu Xiaowen.
Era la segunda vez desde que subieron al coche que pronunciaba su nombre sin motivo aparente.
La cabeza y el cuerpo de Yu Xiaowen palpitaban, hinchados. Sus dedos, que aún agarraban la chaqueta, encontraron la fría cremallera del uniforme de combate y, sin pensar, la bajaron un poco.
—¿Mm? Lu Kongyun —entonces, él también pronunció el nombre del otro.
Su mano, la que estaba haciendo travesuras, fue inmovilizada, entrelazando los dedos con los de la víctima, y apretada contra la puerta del coche. Al cabo de un rato, Yu Xiaowen jadeó:
—Ve a ocuparte de tu… juguete erótico. Estoy a punto… a punto de no poder aguantar más.
—…
La víctima se incorporó lentamente. El móvil en su bolsillo no había dejado de vibrar en ningún momento. Entonces, se pasó la mano con fuerza por el cabello, sacó el teléfono de un tirón, bajó del coche y cerró la portezuela de un golpe.
Lu Kongyun caminó un trecho por el aparcamiento. Miró el nombre que brillaba en la pantalla del móvil: Lu Qingchuan. Lo miró un rato, hasta que la pantalla se apagó. Sabía que el otro volvería a llamar. Así que, por el momento, no hizo nada. Se sentó en un guardacilindros cercano y se puso a respirar profundamente.
Se frotó el punto ‘Tianying’ y el punto ‘Sibai’. Se pasó los dedos alrededor de las cuencas de los ojos. (NEd.: O lo que es lo mismo: Se masajeó algunos puntos de presión alrededor de los ojos: primero uno cerca de la nariz, luego otro debajo del ojo, y finalmente pasó los dedos alrededor de las cuencas).
Cuando el móvil vibró por tercera vez en su bolsillo, exhaló otro profundo suspiro, lo sacó y atendió la llamada.
Su voz había recuperado la normalidad:
—Diga.
Al oír que contestaba, el otro habló de inmediato, con un tono frío:
—[ Lu Kongyun. ¿Es que te has vuelto loco? ]
—¿Qué pasa?
—[ ¿Que “qué pasa”? Pareces muy tranquilo. En el sistema del ejército, todos están conectados de una forma u otra. ¿Y tú le pegas a quien sea, así como así? ] —replicó L Qingchuan.
—Él se lo buscó.
Al otro lado, Lu Qingchuan soltó un bufido y preguntó:
—[ ¿Y cómo está ese mocoso ahora? ]
—No lo sé. Lo llevé al hospital y me fui. —respondió Lu Kongyun
La reacción del otro fue de sorpresa:
—[ ¿Te fuiste? ¿Adónde fuiste? ]
La reacción le pareció un poco extraña. Pero Lu Kongyun, adoptando la mentalidad de que si la mentira funcionaba, mejor, y si no, tampoco importaba, dijo:
—Volví a la academia militar. Ahora estoy en el dormitorio.
—[ ¿Cómo que volviste a…? ] —Lu Qingchuan subió el tono dos octavas, pero luego volvió a la normalidad—: [ Lu Kongyun, Lu Yue fue con varios mandos del ejército al campo de entrenamiento para organizar las entrevistas. Dijeron que no estabas.]
Lu Kongyun estaba sorprendido. ¿Había entrevistas sorpresa esta noche? Nadie en el dormitorio le había avisado; al parecer, su popularidad dejaba mucho que desear.
Al otro lado, Lu Qingchuan se movió, adoptando una postura más cómoda para regañarlo.
—[ Lu Kongyun, creía que al menos por tu ascenso mostrarías algún interés. Pero veo que, como siempre, no sirves para nada. Había tantos altos mandos presentes, y tú faltaste. Preguntan, y ¡paf! Ahora todos se han enterado de que mandaste al nieto de la familia Ding al hospital. Los jóvenes de la familia Ding no valen mucho, pero el abuelo tiene méritos de guerra. Ahora, con todo este escándalo, ¿qué imagen da esto de la familia Lu? ]
Lu Kongyun no dijo nada y Lu Qingchuan prosiguió:
—[Tú mandas a alguien al hospital, ahora mientes y nadie sabe dónde estás. ¿Qué pretendes? ¿Qué piensas hacer ahora?]
Lu Kongyun lo pensó y dijo:
—Retirarme del programa de ascenso. Volver a solicitar la plaza dentro de tres años.
Lu Qingchuan soltó una risa fría:
—[Vaya, qué valiente eres asumiendo responsabilidades. ¿Crees que solo te representas a ti mismo, Lu Kongyun? Vuelve a casa ahora mismo. Hablamos en casa] —tras decir eso colgó.
Lu Kongyun no volvió directamente al coche. Se sentó de nuevo en el guardacililndros. Se cubrió la cara con las manos.
Al cabo de un rato, se dio una bofetada.
Cuando se acercó al coche, vio que el chantajista también había bajado y estaba agachado junto a la pared, no muy lejos, arrancando un puñado de hierba húmeda por la lluvia y oliéndola con avidez, como si usara las malas hierbas como sales para despejar la mente. El chantajista ya llevaba la pulsera puesta en la muñeca. Al verlo regresar, el chantajista arrojó la bola de hierba de vuelta al matorral y se puso lentamente de pie.
Parecía que ya se había serenado bastante, aunque aún quedaban algunos vestigios de rubor en su rostro.
—¿Te ha buscado el instructor? —preguntó—. Entonces, date prisa en regresar.
Lu Kongyun no respondió. Examinó al chantajista de arriba abajo.
—¿Y piensas volver así a la comisaría?
—¿Que tiene de malo aspecto? —dijo el chantajista con las manos en los bolsillos y la cabeza ladeada—. Inteligente, adorable, lleno de energía.
—… No eres nada adorable. Eres malo, no podrías serlo más —Lu Kongyun abrió la puerta del acompañante—. Sube al coche. Te llevo a casa.
El chantajista lo miró, se tocó la pulsera y no se negó. Mientras se subía, dijo:
—No estaré molestándote, ¿verdad?
—Buena pregunta.
Lu Kongyun subió al asiento del conductor y se abrochó el cinturón. Aquellas bolas de papel húmedas del asiento ya habían sido retiradas. El aire acondicionado estaba encendido y el rastro del olor del Omega se estaba disipando poco a poco.
—¿Qué te pasa? —El chantajista lo miró.
Parecía haber notado su estado de ánimo inusual.
Lu Kongyun desvió el tema:
—Cuando bajé del coche, aún quedaban cuatro minutos. Cuenta como que he perdido.
—… Eres bastante sincero —dijo el chantajista—. Aunque mi victoria no sea muy honorable, ya que lo admites, no voy a rechazarla.
Lu Kongyun no dijo nada más. Con el rostro sombrío, condujo en silencio.
—Has salido así, por tu cuenta… ¿no te traerá problemas? —preguntó el chantajista.
—No —respondió Lu Kongyun—. Si los hubiera, ¿crees que habría salido?
El chantajista soltó una risita, luego guardó silencio, como si lo estuviera observando. Al cabo de un rato, dijo:
—Cuando vuelvas, no olvides medicarte. Eres médico, no un soldado. Tus manos están tan hinchadas que parecen bollos.
—Me da igual —dijo Lu Kongyun—. No me duelen.
—A mí me duele verlo. —El chantajista lo soltó así, sin más, con total naturalidad.