Shh, no hables. Cap 47. Reencuentro

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Capítulo 47. Reencuentro

Los días que siguen una rutina siempre pasan rápido.

Tras un año y medio de tratamiento, Yu Xiaowen prácticamente ya no necesitaba ningún apoyo farmacológico; bastaba con acudir periódicamente al hospital para aportar datos sobre su estado físico. Medio año atrás, además, había empezado un programa de ejercicio regular bastante intenso, con la intención de acercarse poco a poco a la condición física que tenía antes de enfermar. Ahora se levantaba muy temprano cada mañana y, pasara lo que pasara, empezaba corriendo vueltas en el descampado junto al dormitorio, para luego entrenar en las barras paralelas y la barra fija.

Últimamente corría cada vez más rápido. En todo el equipo de seguridad había siete u ocho Alfa, y ninguno conseguía alcanzarlo. Incluso cuando corría el rumor entre susurros de que quien lograra alcanzar al capitán Hao Dali durante las vueltas tendría permitido oler su feromona Omega, que era una auténtica rareza dentro del equipo, y todos se frotaban las manos llenos de entusiasmo, nadie había conseguido jamás la supuesta “recompensa”.

Todos terminaban desplomados en el suelo, agotados, mientras el capitán Omega se remangaba, dejaba al descubierto unos antebrazos firmes y bien formados, y se marchaba con pasitos ligeros, sonriente.

—A ver quién vuelve a inventar rumores guarros sobre mí, ¿eh? ¿Quieren oler feromonas? Pues casense de una puta vez.

El camarada Hao Dali, un nombre imponente, ya en su segundo mes tras haber sido ascendido a jefe de la tercera escuadra del grupo de seguridad, recibió un encargo de cierta envergadura.

El principal responsable del grupo, el señor Ye —es decir, el superior directo del agente Ye Yisan—, había comprado un crucero en el puerto insular de C. Planeaba celebrar oficialmente la ceremonia de botadura en un gran puerto de la isla llamado Puerto Secreto.

Por esas fechas se celebraría en la isla un gran evento de subastas; se decía que acudirían magnates y celebridades de muchos países. Por ello, el señor Ye tenía la intención de agasajar a los invitados a bordo del crucero y, si a todos les interesaba, ofrecerles continuar el viaje directamente en el mismo barco para asistir al lanzamiento del nuevo fármaco de M Pharmaceuticals y a la exposición de medicamentos y biotecnología de ese año.

Era una jugada que mataba varios pájaros de un tiro, y el señor Ye le concedía enorme importancia. Tenía dinero, muchísimo dinero, pero M era un país pequeño, y no abundaban las ocasiones en las que un empresario de M pudiera ejercer de anfitrión ante el mundo y lucirse con orgullo. Por eso movilizó a los mejores elementos de seguridad, servicio y otros departamentos de sus distintas empresas, decidido a que todo saliera perfecto.

La tercera escuadra de Yu Xiaowen fue seleccionada para participar en ese viaje. Al enterarse de que la isla estaba en C, él sintió una expectación difícil de disimular.

Cuando llamó a Ye Yisan para informarle, no pudo evitar preguntar:

—San’er, el río y el mar están conectados, ¿no? ¿Habrá alguna posibilidad de ir siguiendo el agua hasta Jiangcheng para echar un vistazo?

—No —respondió Ye Yisan, ocupado organizando asuntos de un viaje de trabajo—. Esta vez tengo otra misión importante y no podré ir a la isla.

Luego añadió:

—La isla está en el mar del sur; Jiangcheng está en el norte, junto al río.

—¿El mar del sur? —repitió Yu Xiaowen—. Entonces, ¿el clima de la isla no será parecido al de S?

Al oír que volvía a mencionar S, Ye Yisan se quedó un instante en silencio antes de decir:

—Es muy probable que en esta ocasión haya invitados de S. Cuida tu identidad. Si se descubre, los dos estaremos acabados. Y no hablemos ya de que el propio señor Ye estará a bordo.

—No pasará nada —Yu Xiaowen guardó silencio un momento antes de responder—. La gente que conocí en el pasado no iría jamás a una subasta. Tranquilo.

Días después, realizaron una formación a bordo del crucero. A la tercera escuadra le asignaron un trabajo excelente: serían una unidad móvil, con acceso a todas las cubiertas y zonas. Todos estaban encantados.

Lo lujoso que era aquel crucero no hacía falta describirlo. El personal de servicio, acostumbrado en M a las fincas privadas y al boato del señor Ye, ya no se sorprendía. Pero los invitados distinguidos no pudieron evitar expresar su asombro ante el poder económico de aquel magnate farmacéutico de un país tan pequeño.

Por la noche, Yu Xiaowen y Daguang recibieron una orden del jefe de seguridad: debían vigilar la entrada del salón de banquetes, atentos por si los invitados necesitaban algo. El señor Ye, recién llegado a la isla, tenía que atender ciertos compromisos y se retrasaría, así que algunos invitados habían llegado antes y ya estaban sentados, charlando.

Entró una dama, seguida por una criada que cargaba con una silla de mimbre. Yu Xiaowen intentó ayudar a llevarla, pero la criada lo rechazó. Tras meter la silla, retiraron una de las sillas del comedor y la sustituyeron por aquella de mimbre.

Después de unos saludos, la dama se sentó. Se quitó los guantes de seda de gusano de hielo y la criada los recogió, para luego ofrecerle un abanico de gasa.

Al tomarlo, dejó al descubierto una muñeca blanca como el jade, adornada con un brazalete de un verde intensísimo.

Aunque los ricos de M también eran refinados y sabían disfrutar, carecían de esa delicadeza casi antigua. Daguang observaba con curiosidad; Yu Xiaowen le dio un ligero empujón con la mano para impedirle quedarse mirando fijamente.

—Eh, que no se te caigan los ojos —le susurró.

Daguang apartó la vista de inmediato.

—Hace calor todavía —comentó la dama.

Una camarera le sirvió enseguida el té rojo de las Seis Joyas, una especialidad de M, preparado con valiosas hierbas medicinales para nutrir el cuerpo y aliviar el bochorno.

Los invitados que habían llegado antes empezaron a hablar, como era natural, de la gran subasta de esos días.

—¿Quién creen que fue el que “encendió el farol celestial” por el rosario de jadeíta? —preguntó un anciano de aspecto distinguido.

—Sea quien sea, desde luego no entiende de jade —respondió la dama, agitando el abanico; el brazalete verde brilló con un destello.

—Tiene dinero, pero no entiende el valor —asintió otro hombre—. Muchas piezas se pagan a precios que son un auténtico desperdicio. Por ejemplo, ese rosario de jadeíta: de toda una piedra “dragón” solo se extrajo una cuenta. Por eso, una sola bolita se remató al precio de un brazalete entero.

El anciano negó con la cabeza.

—Decenas de millones por una cuenta hecha de un recorte.

—A mí, en realidad, ese rosario me gusta bastante —dijo la dama—. Combina bien con el de sándalo rojo que llevo. Pero encender el “farol celestial” por él… no vale la pena.

—Ese comprador seguramente venía solo por esa pieza —comentó el anciano.

—¿Y el de Haicheng no fue todavía peor? Él… —otro hombre se acercó al anciano para hablarle en voz baja, y Yu Xiaowen ya no alcanzó a oír.

Al cabo de un rato, su walkie-talkie sonó: el jefe de seguridad le ordenaba dar una vuelta por la zona ajardinada de descanso.

Le dijo algo a Daguang y se dirigió hacia allí.

La zona ajardinada estaba en la cubierta superior del crucero. El camino más rápido era subir desde el área del banquete hasta la cubierta, caminar hacia la popa y luego tomar el ascensor hasta el jardín con piscina del último nivel.

Ya había oscurecido. La mayoría de los invitados estaban en el salón de banquetes o en el bar, socializando y divirtiéndose. En cubierta había algunas personas a las que les gustaba el aire, pero no eran muchas. El interior estaba bañado de luces; en cambio, en la cubierta solo brillaban pequeñas luminarias dispersas, creando una atmósfera amplia y serena, muy parecida a la del puerto.

Yu Xiaowen caminaba deprisa, sin fijarse especialmente en nada, hasta que en las sombras vio una figura que, sin saber por qué, captó su atención durante unos segundos. Cuando pasó a su lado, oyó a aquel invitado, apoyado en la barandilla y con la cabeza inclinada hacia el mar, decir en un susurro casi imperceptible:

—Buenas noches.

—…

Yu Xiaowen dudó de si había oído bien. Por reflejo profesional, se detuvo y se dirigió a aquella silueta:

—Señor, ¿necesita ayuda…?

El invitado se volvió. Sus miradas se encontraron.

—…

No supo cuánto tiempo se quedaron inmóviles.

El invitado, con el rostro rígido, dio unos pasos hacia él. Yu Xiaowen tampoco era capaz de mover las piernas. Como un conejo atrapado, abrió los ojos de par en par y vio cómo el otro se le acercaba sin detenerse.

Se plantó frente a él. Y Yu Xiaowen creyó oír el sonido de gotas cayendo sobre la cubierta.

…¿Era una alucinación auditiva, provocada por la reaparición de un recuerdo antiguo? ¿La interminable temporada de lluvias de Manjing?

El otro bajó la cabeza; él, de forma inconsciente, también miró hacia abajo. A la luz tenue distinguió manchas oscuras salpicadas en la cubierta. Pero no era lluvia. Con años de experiencia como policía criminal, incluso podía deducir la altura por el patrón de las salpicaduras… Alzó de nuevo la vista hacia el rostro del hombre: bajo la nariz y junto a la boca se extendía la misma mancha oscura.

—¡Eh! ¿Pero cómo…?

¿Otra vez sangrando por la nariz?

La palabra “otra” estuvo a punto de escapársele. Ese instante de lucidez lo dejó helado. En medio de la confusión, no pudo decidir si podía pronunciar ese término fatal. Cerró la boca con fuerza y, cuando el otro, con la misma rigidez de hacía dos años, volvió a desplomarse sobre su hombro, lo sostuvo en silencio.

—…

El hombre, con los ojos en blanco, forcejeó para sacar una tarjeta de su bolsillo y se la puso en la mano, apretándosela.

Yu Xiaowen quiso retirarla para ver el número, pero no pudo soltarse. Justo entonces pasó un camarero, y le pidió ayuda.

—¡Eh, amigo! Ven a echar una mano.

Pero no consiguió zafar su mano de aquella garra rígida, casi cadavérica. No le quedó otra que pedirle al camarero que se agachara para comprobar el número de la habitación.

—Zona A, 208 —leyó el camarero, con expresión grave—. Zona A… ¡Este paciente es un invitado importante! ¿Avisamos de inmediato al señor Ye?

—… ¡Todavía no! —dijo Yu Xiaowen apresuradamente—. Avisarle ahora tampoco serviría de nada. ¡Que llamen a un médico a la 208! Yo me lo llevo primero.

—¡Sí, sí! —respondió el camarero, echando a correr.

Yu Xiaowen sacó un par de servilletas, las enrolló como cebollinos y se las colocó con rapidez en las fosas nasales al otro. Luego cargó a Lu Kongyun sobre el hombro y se dirigió al ascensor. Por el intercomunicador avisó para que alguien más se encargara de la ronda del jardín. En el ascensor había otros invitados, que le preguntaron si necesitaba ayuda. Él negó con la cabeza.

—Gracias. El invitado se mareó un poco por el balanceo y se cayó. Disculpen las molestias.

Llegó a la puerta de la A208. Alzó la mano que seguía entrelazada con la suya y pasó la tarjeta; los dos entraron casi empujándose contra la puerta. Lo dejó sobre la cama. Su mano seguía atrapada en la del otro: imposible retirarla.

Había visto la lista de invitados antes, y Lu Kongyun no figuraba en ella. Pero también era cierto que algunos recibían la invitación solo después de que el señor Ye llegaba a Hong Kong… así que él no tenía porqué saberlo. Resultaba… razonable.

Pero ¿Lu Kongyun viniendo a una subasta? ¿A subastar un juego de matraces de edición coleccionista, o qué?

La cabeza de Yu Xiaowen era un caos.

Tranquilo.

Siempre había pensado que, con tal de no volver a S, la probabilidad de encontrarse con alguien del pasado era prácticamente nula. Su círculo había sido minúsculo: nunca salió del país, y ni siquiera cruzaba provincias salvo para persecuciones transregionales.

Y, sin embargo, cuando se topó con un viejo conocido, fue directamente uno de peso pesado.

Aunque, pensándolo bien, también era el más “ligero” de todos. De entre la gente que conocía, Lu Kongyun era precisamente el que menos le importaría verlo. Verse era como no verse. Así que que este chantajista se descubriera… en realidad equivalía casi a no descubrirse.

Además, ¿un funcionario de S trasladado de puesto, trabajando como guardia de seguridad en un crucero de M? Con lo listo que era, ¿no iba a notar algo raro?

… ¿Y si mejor me tiro al mar?

… Diré que aquí pagan bien. Me invento cualquier cosa; total, a él nunca le importó adónde fuera yo. Igual hasta se siente aliviado de que este bastardo se haya ido al extranjero, fuera de su mismo pasaporte.

Sí.

Se inclinó para mirar la puerta abierta: no pasaba nadie.

Volvió a intentar retirar la mano. La del otro, como agarrotada por el desmayo, parecía bloqueada; por más que tiraba, no cedía. Así que Yu Xiaowen, con una sola mano libre, tanteó hasta encender la pequeña lámpara de la mesilla, que proyectó una luz amarillenta.

Entonces giró la cabeza y miró el rostro del otro.

… Todo era sangre.

¿Había entrado otra vez en período de susceptibilidad, como la última vez? ¿Y aún así salía a deambular?

A Yu Xiaowen le subió una irritación sorda. ¿Por qué siempre era igual, este hombre? ¿Nunca aprende?

Sacó los rollitos de papel de la nariz y los tiró a la papelera. Tomó una toallita húmeda de la mesilla y empezó a limpiarle el rostro con cuidado. Allí por donde pasaba, la cara recuperaba su limpieza, volviendo a ese aspecto sereno y distante.

Yu Xiaowen lo miró un rato. Luego, poco a poco, retiró la toallita de su mano y, casi sin darse cuenta, dejó que la yema de sus dedos la sustituyera en parte.

La percepción se le concentró en unos pocos milímetros cuadrados de la yema de los dedos. Siguiendo el recorrido de la toallita, sintió la mejilla del otro, la línea de la mandíbula y los labios suaves, cerrados.

Se concentró por completo en esa sensación. No pensó nada, no hubo malicia alguna; simplemente había vuelto a ver algo que creía no volver a encontrar jamás, y quiso tocarlo para comprobar si seguía siendo igual que en su memoria, permitir que una realidad largamente ausente se reencontrara con el recuerdo.

¿Estaba más delgado…? En realidad, nunca lo había tocado de verdad; todo era borroso.

Cuando terminó de limpiarle el rostro, volvió en sí y retiró los dedos. Entonces se dio cuenta de que el otro, en algún momento, había abierto los ojos en la penumbra. Apenas había movimiento respiratorio: solo lo miraba en silencio.

A Yu Xiaowen se le atragantó el aliento, sin saber si lo que sentía era más vergüenza o más terror.

Intentó incorporarse.

En ese instante, un brazo le rodeó con brusquedad la cintura y lo presionó hacia abajo. Lu Kongyun pareció activarse con ese gesto súbito y preciso: volvió a respirar, y lo hizo de forma agitada. Entrecerró los ojos, húmedos, alzando el rostro para mirar a la persona suspendida sobre él, con los labios entreabiertos.

Yu Xiaowen lo vio pasar la lengua por los afilados colmillos y recordó la escena de la última vez que su período de susceptibilidad se desbordó. Se impulsó de inmediato para levantarse, pero una fuerza que no admitía resistencia volvió a presionar su nuca, obligándolo a acercarse peligrosamente al rostro del otro. El doctor Lu alzó la cabeza, mirándolo con una atención depredadora.

Los dedos de Yu Xiaowen se cerraron de golpe.

—… ¡Hao Dali! —Sonó desde la puerta una voz femenina, reprimida y urgente, cargada de pánico. Al mismo tiempo, la luz se encendió de golpe.

—¡Ay, ay, ay! ¡Hao Dali, ¿qué cree que está haciendo con el invitado?!

El jefe de servicio del crucero había llegado justo con el médico. Al enterarse de que el huésped de la A208 se había desmayado, revisó el registro, vio el nombre y acudió de inmediato, lívido. Lo que encontró fue a un guardia de seguridad del complejo presionando al hijo de un alto cargo militar de S mientras este estaba inconsciente, aprovechándose de la situación.

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