No disponible.
Editado
Aquella noche, Lu Kongyun volvió a soñar.
Se frotó los ojos y despertó. Seguía en la lujosa cabina del crucero. La puerta del balcón estaba entreabierta, y la brisa nocturna hacía ondular suavemente las cortinas.
Se incorporó, fue hasta la maleta y sacó el marco de fotos que llevaba encima. Regresó a la cama y se tumbó de nuevo, sosteniéndolo entre las manos. En la imagen aparecía un puente. Lo contempló largo rato, pensativo.
También había considerado la posibilidad de que aquella persona siguiera viva. Al fin y al cabo, incluso los cuentos más disparatados nacen de la sabiduría popular, extraída de la realidad. ¿Y si…? Tal vez el mundo entero le había mentido; tal vez, como policía, simplemente había ido a infiltrarse en una misión de extrema importancia.
Pero ¿cómo explicar entonces su enfermedad?
¿Y todo lo que ocurrió después? Si Yu Xiaowen estuviera vivo, no habría tenido corazón para dejar a sus compañeros sumidos en el dolor y la desesperación, sin poder defenderse ni explicarse. No habría dejado de buscar la verdad. No habría dejado de volver.
No habría podido abandonar…
Lu Kongyun volvió a mirar la fotografía dentro del marco y las palabras escritas debajo:
Es una ciudad realmente hermosa, me gusta mucho. Y estoy muy feliz de poder ir con la persona que más amo ><
Clavó la vista en esos cuatro caracteres. ¿Cómo podría haberlo abandonado…?
…Giró la cabeza y miró otra vez a su lado. Esta vez estaba completamente despierto. Junto a la cama no había nadie.
Lu Kongyun, te echo mucho de menos.
Te deseo.
Bésame. Es una orden.
Así que Yu Xiaowen estaba muerto. Tenía que ser así.
Al llegar a esa conclusión frunció el ceño, se levantó de nuevo y fue a abrir el botiquín. Sacó una de las jeringas, pero tras pensarlo un momento volvió a guardarla. Tenía que controlar la dosis.
Encendió el ordenador y buscó un artículo que había leído antes: “Experimentos sobre la empatía electro cardíaca interpersonal y el entrelazamiento cuántico en gemelos”. El artículo no era especialmente bueno: la base teórica era endeble, los datos experimentales poco rigurosos y no estaba publicado en ninguna revista de prestigio. Sin embargo, los hechos citados eran reales, y eso había dejado una impresión profunda en Lu Kongyun.
Tomó esos materiales como palabras clave y volvió a buscar artículos relacionados. Abrió un bloc de notas y, tras evaluarlos, fue anotando los que consideró aprovechables.
Cuando volvió a levantar la vista, el cielo sobre el mar ya empezaba a clarear. Cerró el ordenador y regresó a la cama.
Pasó el día entero y llegó la tarde. Aún faltaba un rato para la hora acordada para cenar con Hao Dali y los demás, pero Lu Kongyun ya estaba listo desde hacía tiempo y se dirigió al restaurante reservado.
Una vez calmado, Yu Xiaowen también reflexionó seriamente durante un buen rato. Incluso se planteó si aquella insólita teoría de los “gemelos” no sería una prueba deliberada por parte de Lu Kongyun.
Pero ¿qué sentido tendría esa prueba? ¿Con qué propósito? Si realmente pensara que él era Yu Xiaowen, con su posición podría hacer lo que quisiera; no tenía necesidad alguna de andar dando rodeos.
Tras pensarlo bien, Yu Xiaowen decidió seguir la corriente por el momento. Ya que el otro se atrevía a plantear esa suposición, él no podía sino aceptarla. Revelar su verdadera identidad era imposible; solo pondría en peligro a Ye Yisan y al hermano mayor de la familia Dai.
Con amplia experiencia como infiltrado, Yu Xiaowen había pensado que, si iba a ser Hao Dali, debía construir la imagen de un guardia respetuoso y educado. Pero en su primer encuentro con Lu Kongyun ya había dejado al descubierto, sin el menor disimulo, su antigua faceta de chantajista; ahora, forzar un personaje sería aún más extraño.
Así que decidió dejarlo fluir. Total, apenas se verían unas pocas veces antes de que regresaran a su país.
Lo importante, pensó, era advertirle a Lu Kongyun que no hablara demasiado de él con Dai Lanshan, para evitar que algo se filtrara.
Por eso, antes de la cena, fue a esperarlo con antelación en la cubierta, cerca de la entrada del restaurante.
Aburrido, sacó una pequeña flor fragante del cesto decorativo y la mordisqueó, con las manos en los bolsillos, mirando alrededor sin rumbo fijo. Muy pronto vio aparecer a Lu Kongyun, vestido con traje formal, observándolo con una expresión grave.
El corazón se le aceleró. Se quedó inmóvil un instante, la flor detenida entre los labios, luego la tomó con los dedos, la hizo girar un par de veces y la cerró en el puño.
Levantó la mano y saludó con un gesto, dio unos pasos y se detuvo frente a él. Miró sus ojos durante un momento, como ausente, y después curvó los labios con una sonrisa.
—Señor Lu… —dijo—, es como un sueño. Jamás imaginé que nos conoceríamos de esta manera. Y fíjese: he oído decir que me recogieron en la frontera cuando era pequeño… ¡Así que resulta que tengo un hermano gemelo!
—…
El señor Lu abrió la boca, pero no llegó a decir nada. Tenía muy mal aspecto.
Yu Xiaowen lo observó con disimulo y pensó que su problema con las feromonas aún no debía de estar del todo curado.
El supuesto gemelo del antiguo chantajista, vestido ahora con uniforme de seguridad, lo miraba mordisqueando una pequeña flor aromática. Luego la bajó a la mano y sonrió.
La escena le resultaba terriblemente familiar, pero aquella flor no era una flor de frambuesa roja. Como si todo fuera igual y, al mismo tiempo, completamente distinto.
El gemelo del exchantajista se acercó y empezó a hablarle. Dijo algo, pero Lu Kongyun no lo escuchó con atención. En su cabeza resonaban otras voces.
…Te amo de verdad. Al principio no tenía nada, no estaba atado a nada, y tampoco apreciaba tanto mi vida. Pero en cuanto pensé en que… si algún día ya no pudiera volver a verte, el corazón se me haría pedazos, dolería incluso más que mi propio cuerpo. ¿Lo sabías?…
Los ojos color té del otro, que eran idénticos a los del chantajista brillaron levemente, como si le formularan una pregunta.
Tras observar un momento más, preguntó con voz firme y algo elevada:
—¿Estás bien?
—Estoy bien —respondió Lu Kongyun.
El cielo fue oscureciendo poco a poco y comenzó a caer esa llovizna fina y persistente tan común en el mar.
El jefe de seguridad miró alrededor, echó a correr y tomó una sombrilla del paragüero situado junto a la entrada del restaurante. Regresó a toda prisa y, con total naturalidad, se acercó para colocar la sombrilla sobre las cabezas de ambos. Sobre ellos empezó a sonar el susurro delicado de la lluvia.
El jefe de seguridad se pasó la mano por el flequillo ligeramente húmedo y alzó la vista hacia él.
—Está lloviendo. Vamos, entremos y esperamos dentro.
Entrecerró los ojos. En su tono había ese matiz autoritario tan habitual en él, impropio de un guardia dirigiéndose a un invitado distinguido. Pero parecía no darse cuenta en absoluto.
Lu Kongyun lo miró y dio un paso atrás casi imperceptible, aun cuando medio hombro suyo quedó expuesto a la lluvia.
Unos segundos después, respondió en voz baja:
—De acuerdo.