Volumen 5. Cap 32

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Volumne V La isla de la Diosa Luna

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Volumen V — La Isla de la Diosa Luna

Capítulo 32 — El anuncio que salvó la vida

 

Shanier avanzaba por una callejuela oscura donde el aire fresco empezaba a levantarse. Llevaba encima una gabardina fina de marca, color albaricoque, vieja pero elegante. Se moría de hambre y, para colmo, le apetecía una cerveza helada o algo parecido para despejarse, aunque en el bolsillo solo le quedaran unas cuantas monedas.

El mes pasado había salido de la prisión de la isla Rikers. Su condena era de once años, pero, según las normas, podía quedar en libertad tras cumplir dos tercios. En realidad solo había estado siete años y cuatro meses. Y aun así no sentía que hubiera obtenido ninguna ventaja: en siete años pueden desvanecerse demasiadas cosas, como los ahorros de toda una vida, la posición dentro de la banda, o aquellas chicas hermosas que habían jurado amarlo hasta la muerte.

Al recordar aquellas peleas sangrientas, una época turbulenta llamada la “Guerra Roja y Azul”, volvía a ver a los dos grandes grupos criminales de Nueva York. Los Lame y los Blood, lanzándose a una guerra encarnizada por el territorio. No solo disparaban hacia afuera: dentro de cada bando, las facciones aliadas chocaban sin descanso, mientras pequeños grupos periféricos intentaban sacar tajada de la carnicería, disputándose como aves de rapiña las migajas caídas de entre los dientes de los dos tiburones en combate.

En ese ambiente, la sangre de cualquier miembro de una banda parecía inflamarse como petróleo, y Shanier no era la excepción. El sector que él dirigía dentro de los Blood terminó en una gran pelea con una rama de los Lame. 

Todo comenzó cuando uno de aquellos tipos le silbó a una de sus novias y le soltó un “hey, bitch”. Shanier lo apuñaló once veces con sus propias manos. Lo que debió haber sido una riña personal, escaló enseguida hasta convertirse en un enfrentamiento entre bandas.

Y, a decir verdad, cosas así ocurrían todos los días: extorsión, tráfico de drogas y peleas eran para ellos como las tres comidas diarias. Pero justo entonces el FBI y los SWAT estaban colaborando para aplastar las organizaciones criminales y necesitaban unos cuantos chivos expiatorios que sirvieran de advertencia. 

Shanier tuvo la desgracia de ser elegido como uno de los blancos. Dos informantes, pagados por ambos bandos vendieron su paradero a la policía, y el FBI lo atrapó con las manos en la masa.

Para librarse, gastó una suma exorbitante en contratar a un abogado estrella. El juicio se prolongó durante tres años y, al final, le informaron que, siendo el Gobierno federal el acusador, no había más salida que declararse culpable. El Gobierno federal siempre tiene razón: aunque uno estuviera allí de paso comprando salsa de soja y lo arrestaran por error, una vez en el tribunal, declararse culpable era cuestión de proteger el prestigio del Estado. Por supuesto, siempre quedaba negociar qué delito admitir, cuántos años obtener, canjear amigos rufianes para reducir la pena, o llenar de oro la balanza de la diosa Justicia para que el peso se inclinase de tu lado… pero eso ya era otro asunto.

En resumen, Shanier gastó la mayor parte de sus ahorros en aquel juicio y consiguió convencer a la diosa de mármol frente al tribunal, para que sus cuarenta años se convirtieran en once. Pasó tres años en el centro de detención durante el proceso y, tras la sentencia, cumplió el resto en Rikers. 

Salió de prisión con las manos vacías.

Aún tenía la ilusión de levantarse de nuevo, pero la realidad le demostró que las desgracias, al igual que la buena suerte, rara vez llegan solas. Su novia favorita, que era una cantante de segunda categoría, se llevó los últimos millones que le quedaban y huyó a México con un guardaespaldas afroamericano. La facción que él había dirigido dentro de los Blood fue absorbida por otros grupos, y cuando intentó contactar a sus antiguos subordinados tras salir de prisión, el nuevo líder casi lo ata y lo arroja a la bahía de Sheepshead. 

Buscó ayuda entre antiguos amigos, pero muchos habían desaparecido o no tenían cómo mantener contacto. Los pocos que pudo encontrar no estaban mejor que él y apenas pudieron prestarle billetes sueltos. Y los que habían prosperado se negaron siquiera a recibirlo.

Siete años después, el mundo entero había cambiado. Pero la monotonía de la vida en prisión difumina la noción del tiempo, de modo que todo aquello le pareció ocurrir de la noche a la mañana: un despertar en soledad absoluta.

Pasó de la ira a la envidia, de culpar al mundo a lamentarse, hasta acabar exhausto. La escasez súbita y la caída feroz en su nivel de vida lo devolvieron a las necesidades más básicas: comer, tener ropa, encontrar un techo. Y todo eso requería dinero, precisamente lo único de lo que carecía.

¡El dinero! Cuando no hacía falta se apilaba en la caja fuerte como montones de papel; cuando realmente se necesitaba, ¡era endemoniadamente difícil de conseguir! ¿Buscar un trabajo cualquiera? ¿En una gasolinera? ¿en una cadena de comida rápida…? Ni pensarlo. No estaba dispuesto a rebajarse así. Después de haber vivido años siendo atendido, no iba a ponerse ahora a servir a otros. ¡Prefería morir!

Llegó hasta una máquina expendedora en la esquina. Dudó un momento y, al final, echó las pocas monedas que le quedaban para comprar una latita de café. La bebió con extremo cuidado, saboreando aquel café en lata que antes le había dado asco, mientras calculaba, con la mente en blanco, qué camino tomar a partir de ahora.

El vidrio de la máquina devolvía su reflejo borroso: un tipo alto, de aspecto duro; cabello corto, dorado y castaño; ojos largos, profundos y verde oscuro. Cuando vestía con elegancia, era un hombre de notable atractivo. Pero ahora, desastrado y arruinado, aquel atractivo se había reducido. Aun así seguía por encima de la media… aunque su expresión amarga y resentida daba a su nariz recta y labios apretados, un aire de hombre destinado a la mala suerte.

Si no quería morir de hambre en la calle, tenía que aceptar la realidad. 

Acepta la realidad, Shanier. Se juró en silencio ante el reflejo de la máquina expendedora que, aunque tuviera que robar o asaltar a alguien, debía conseguir su primer dinero, empezar desde cero y volver a escalar hasta el lugar que le pertenecía.

Como si Dios hubiera escuchado ese clamor en su corazón y, movido por un súbito acto de misericordia, le hubiera abierto una ventana, Shanier descubrió de pronto un volante pegado en la pared detrás de la máquina: letras negras sobre fondo blanco anunciaban que cierta organización dedicada a la protección del medio ambiente buscaba un grupo de voluntarios para participar en una actividad de conservación de fauna salvaje, en una región remota, con “cierto grado de riesgo”. Duraría tres meses, e incluía comida, alojamiento y transporte. Las condiciones eran tan generosas que resultaban difíciles de creer.

Shanier no era un jovencito recién salido de la escuela que buscaba su primer empleo. Sabía muy bien cuán turbio era el mundo y cuán retorcido estaba el corazón humano. Le dedicó al anuncio una lectura minuciosa, buscando entre líneas posibles trampas, y en seguida encontró algo inusual: no exigían ningún tipo de estudios, experiencia ni condiciones físicas. Solo insistían repetidamente en que los aspirantes debían tener “espíritu de entrega por la causa ambiental”. ¿Qué tipo de “entrega”? ¿Acaso lo mandarían a una selva virgen y lo obligarían a vivir como un salvaje? Shanier soltó una risita amarga. En aquel momento, su estilo de vida ni siquiera alcanzaba el nivel de un salvaje: al menos ellos no tenían que preocuparse por conseguir comida.

Su mirada se quedó fija un buen rato sobre la cifra del salario. Contó los cuatro ceros que seguían al número 3, una vez y otra. Finalmente tomó una decisión. Por muy duro que fuera, al fin y al cabo solo eran tres meses. Y en cuanto al “cierto grado de riesgo”… ¡Qué demonios! ¿Acaso existía un lugar más peligroso que las duchas de la prisión? 

Allí había peleado no menos de diez veces, rompiendo cabezas contra baldosas y tubos metálicos. Fueron siete u ocho, si la memoria no le fallaba, para disipar de una vez por todas los “intereses” dirigidos a su trasero. Aunque, claro, aquello sólo impedía la acción: los ojos lascivos seguían presentes, por todas partes. Pero él ya había desarrollado una inmunidad total y ni siquiera se tomaba la molestia de responder a miradas sin capacidad real de hacer daño.

Arrancó el volante, tiró la lata vacía de café y se puso en marcha siguiendo la dirección indicada.

Una hora después, encontró un edificio de cuatro plantas, ni viejo ni nuevo. Subió por unas escaleras estrechas manchadas de suciedad hasta el segundo piso y entró en una sala amplia destinada a recibir aspirantes. Enseguida se le acercaron unos empleados, le entregaron varios formularios y le pidieron que los rellenara con atención.

En los apartados de “familiares” y “dirección de contacto”, Shanier dudó un instante y escribió la verdad: “ninguno”. Luego entregó los documentos. Lo condujeron a otra sala todavía más grande, donde debía esperar el resultado. Le informaron que la revisión sería rápida y que decidirían allí mismo si lo contrataban.

Había allí unas cuarenta o cincuenta personas, todas matando el tiempo a la espera. 

Shanier recorrió el lugar con la mirada: un afroamericano vestido con una camiseta de fútbol americano tres tallas mayor y unas zapatillas mugrosas; un hombre de clase trabajadora, en traje, pero con el rostro cansado; un anciano delgado con el cabello ya blanco, intentando ocultarlo bajo un gorro; y varios jóvenes que, sin duda alguna, habían crecido en barrios marginales y sobrevivido en la calle. No pudo evitar que algo le llamara la atención: ¿por qué una organización ambiental pondría su anuncio en las esquinas más miserables de los barrios atrasados? ¿No querían contratar a gente de un perfil más… elevado?

Quizá aquí hay trampa, pensó. Tal vez el sueldo era humo y, al cobrarlo, sería muchísimo menos. O tal vez las medidas de seguridad o higiene no cumplían los estándares del gobierno, y por eso evitaban anunciarlo de manera oficial. Pero no tenía intención de irse. De hecho, ya no tenía a dónde ir.

La espera se alargó, y la gente empezó a ponerse inquieta. En ese momento, el personal entró con comida: pan, pizza, sándwiches, café, zumos. Había de todo y en abundancia, lo suficiente como para provocar una pequeña estampida.

Shanier tampoco fue tímido: tomó más de lo que podía comer y devoró la comida hasta quedar lleno. Luego, con la pereza propia de quien ha comido demasiado, pensó en encender un cigarrillo. Sin mucha esperanza, pidió tabaco al personal… y para su sorpresa se lo dieron. Distribuyeron cajetillas pequeñas a todos los que querían fumar. Aunque eran de una marca mediocre, aquello levantó el ánimo general.

Con el estómago lleno, Shanier tuvo por fin humor para observar detenidamente a los demás, entreteniéndose en adivinar cuáles podrían convertirse en compañeros temporales. Al cabo de un rato, su mirada se detuvo en una figura en la esquina de la sala.

Era un joven asiático de ropa chillona, de unos veintitrés o veinticuatro años, que parecía chino o japonés. Estaba repantigado en una butaca, con las piernas cruzadas, jugueteando sin prisa con una baraja de cartas. Bajo la luz blanca del fluorescente, su perfil quedaba perfectamente recortado: pestañas largas y espesas, un mentón afilado, todo ello delineado con una precisión casi pictórica, como si un artista hubiera puesto especial cariño en trazar esas líneas finas y hermosas.

Los ojos de Shanier brillaron. Lo observó con interés, esperando que el chico girara la cara para mostrarle el rostro de frente.

Y no tardó en cumplir su deseo. El joven pareció notar la mirada persistente y se volvió un poco para echarle un vistazo.

Shanier, tras verlo bien, inclinó la cabeza a modo de saludo cortés y apartó el rostro. El chico era guapo, sin duda. Pero no alcanzaba ese nivel de belleza que deslumbraba al instante. Además, la ropa barata y estrafalaria, junto con aquel tinte rubio chillón, rebajaban bastante el efecto. Shanier siempre había pensado que, en el caso de los asiáticos, el mejor color de cabello era el negro; los tonos demasiado claros, en una piel no suficientemente blanca, eran una derrota total del buen gusto.

Ese joven asiático le recordaba a un pájaro con las plumas mal combinadas, un caos de colores chillones. Le daban ganas de agarrarlo y volver a pintarlo entero, como habría hecho ocho años atrás. Pero ahora ya no tenía ni el tiempo, ni el ánimo, ni el dinero para “educar” a los chicos y chicas guapos. En realidad, era él quien estaba siendo educado, lentamente, por la crueldad del mundo.

En ese momento, el personal entró de nuevo y empezó a repartir placas con números a algunos de los aspirantes. Solo entregaron veinticuatro. Los demás fueron despedidos con amabilidad.

Al ver cómo el número de personas en la sala se reducía de golpe, Shanier comprendió que, incluidos él mismo, los veinticuatro que quedaban debían de ser quienes habían pasado la revisión preliminar. Lo extraño era que los que parecían relativamente más presentables habían sido eliminados en su mayoría, y los que quedaban eran tipos desaliñados, con un aspecto más propio de vagabundos.

Durante las entrevistas individuales, los seleccionados eran llamados uno por uno a un cuartito contiguo. Todos entraban, pero ninguno regresaba, lo que hizo que la inquietud creciera en el ambiente y que la gente empezara a cuchichear. Shanier, convencido de que no tenía gran cosa que decirle a esa clase de gente, prefirió quedarse junto a la máquina de café, rellenando el vaso una y otra vez.

En el sofá cercano, el joven asiático seguía jugueteando con su baraja de cartas con dibujos de mujeres desnudas. Shanier, aunque lamentaba su absoluta falta de porte, no tuvo más remedio que admitir que, entre aquel grupo de aspecto miserable y gusto estético doloroso, resultaba casi un primor raro de ver.

Lo pensó un instante y decidió acercarse a presentarse. Y, si la situación avanzaba un poco más, quizá aquello podría contarse incluso como un encuentro fortuito agradable.

—Hola, ¿quieres café? —preguntó al acercarse al sofá, tendiéndole un vaso limpio y lleno, con un tono amistoso.

El joven alzó la vista y tomó el vaso sin agradecerlo; solo curvó los labios con una sonrisa ligera.

Pero, en cuanto sonrió, Shanier sintió como si un fogonazo eléctrico le recorriera el cuerpo desde la punta de los dedos que se habían rozado.

Toda incoherencia desapareció: la ropa barata, el gusto horrible, la combinación estrafalaria, incluso el color de pelo teñido y peor aún, con las raíces negras ya creciendo, oh, esa asquerosa doble tonalidad. Todo quedó suavizado, a pesar de que la sonrisa del otro no era más que una mueca fingida y perfunctoria.

De pronto, sintió verdadero interés por conocerlo más a fondo: su identidad… y su cuerpo.

—Me llamo Shanier —dijo, ofreciéndole la mano con entusiasmo—. Puede que en los próximos tres meses seamos compañeros y hasta trabajemos en pareja. ¿Qué tal si nos conocemos un poco?

El joven le estrechó la mano con indiferencia.

—Luo Yi.

Shanier se sentó a su lado, apoyando el brazo en el respaldo de la silla como había hecho incontables veces al intentar ligar con chicos o chicas guapos.

—Supongo que te atrajo el anuncio —comentó—. Dicen que es por el medio ambiente. Y bueno, siendo sinceros, yo también pienso que la humanidad le exige demasiado a la Tierra… talar bosques sin mesura, cazar animales salvajes…

—No. A mí no me interesa nada de eso del medio ambiente —lo interrumpió Luo Yi sin rodeos.

Shanier ocultó hábilmente su incomodidad y sonrió.

—¿Entonces qué te interesa? Quién sabe, tal vez tengamos aficiones en común…

—El dinero —respondió el joven asiático con total franqueza—. Solo me interesa el dinero.

Pasó la mirada por la apariencia de Shanier, con un juicio casi quirúrgico, y añadió con tono despreocupado:

—Ya sé lo que quieres. ¿Quieres acostarte conmigo? Bien, doscientos por sesión, quinientos por pasar la noche. Los juguetes se cobran aparte. Hace tiempo que no trabajo de esto, pero como eres guapo, quizá considere aceptar tu pedido.

Era… un prostituto.

Shanier se quedó sin palabras. No es que jamás hubiera tratado con trabajadores sexuales que hablaban de precios sin pizca de vergüenza, pero no esperaba encontrarse con uno justo en ese momento. Y, de pronto, todas sus fantasías de educar o de vivir un encuentro ardiente se hicieron añicos: el otro era un servicio público, un autobús al que cualquiera podía subir. No valía la pena invertir tiempo en limpiar el motor ni repintarlo.

Le subió una rabia sorda y absurda: quizá porque, si quería ser sincero consigo mismo, ni siquiera podía permitirse pagarlo. Ni por una noche, ni por una vez.

Casi de inmediato cambió el semblante y se levantó, dejando caer:

—Perdona, aún no he llegado al punto de tener que pagar por resolver mis necesidades.

El otro, sin mostrar la menor ofensa por la discriminación profesional, apuró el café. La taza chirrió levemente en su mano y se la devolvió.

—Hazme el favor, ¿me sirves otro?

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