No disponible.
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Al día siguiente por la tarde, mientras Chi Cheng buscaba algo, volvió a encontrar aquellos dos caramelos. No le gustaban los dulces y hacía mucho tiempo que no comía caramelos, así que los que Wu Suowei le había metido los había tirado al cajón sin más. Ahora que los volvía a encontrar, se quedó mirando el conejo blanco del envoltorio un buen rato y, rompiendo todos sus precedentes, desenvolvió el caramelo.
Justo cuando Fang Xin entraba por la puerta, vio a Chi Cheng meterse el caramelo en la boca.
—¿Eh? ¿No decías que no comías caramelos?— preguntó Fang Xin, sorprendido.
—¿Quién ha dicho que no los como?— lo miró Chi Cheng con desdén.
—El otro día, cuando Er Guazi se casó y repartió tantos caramelos de boda en el trabajo, no tomaste ni uno. Entonces te pregunté y dijiste que no comías caramelos.
—Eso fue el otro día— dijo Chi Cheng.
Fang Xin no supo qué contestar. Y miró fijamente el caramelo que quedaba.
—Hace años que no como un White Rabbit. No sé si seguirá sabiendo igual a como lo recuerdo…
—Sí.
La respuesta corta y contundente de Chi Cheng fue un duro golpe para Fang Xin, quien había intentado pedir el caramelo educadamente.
Fang Xin, negándose a rendirse, dijo con una sonrisa burlona.
—Dame uno.
—No quedan.
Con estas palabras de Chi Cheng, cualquier persona normal ya habría entendido la indirecta, pero Fang Xin era terco por naturaleza. Señaló el caramelo y protestó obstinadamente:
—¿No es esto mentir descaradamente? ¡Lo tengo justo delante de mis ojos! ¿Cómo que no quedan?
Chi Cheng alzó los párpados y miró a Fang Xin:
—¿Quieres el caramelo o los ojos?
Fang Xin se quedó paralizado durante tres segundos y luego huyó rápidamente.
[====✧×✧====]
Durante las siguientes semanas, Wu Suowei siguió yendo a jugar baloncesto allí. Sin importar si Chi Cheng tenía turno de mañana o de noche, si estaba nublado o llovía, Wu Suowei siempre aparecía puntual. A veces practicaba solo, otras veces se unía a partidos improvisados. Pero no importaba cuán visible fuera la posición de Chi Cheng, si él no hablaba primero, Wu Suowei jamás le dirigía la palabra por iniciativa propia.
Cuando Chi Cheng tenía turno nocturno y el campo de baloncesto quedaba vacío excepto por ellos dos, Wu Suowei seguía colando bocadillos en los bolsillos de Chi Cheng a escondidas. La mayoría de las veces eran tiras de tofu seco, ocasionalmente un par de paquetes de habas fritas, o bolsitas de patas de pollo en escabeche picante… Con el tiempo, Chi Cheng desarrolló iniciativa propia y sin esperar a que Wu Suowei se los regalara, directamente buscaba en su mochila y se apropiaba de todo lo que encontraba.
Wu Suowei también le traía a Xiao Cu Bao varios tipos de carne de caza.
Los dos parecían tener una sutil complicidad.
Ninguno preguntaba al otro por qué regalaba, ni por qué tomaba, como si darle algo a escondidas fuera lo más natural del mundo, y coger cosas de su mochila fuera algo completamente justificado. Ni siquiera intercambiaban palabras de más, como si hubieran venido aquí exclusivamente a jugar baloncesto y comer.
Recientemente, los vientos arenosos eran fuertes y el clima estaba seco. Chi Cheng, que pasaba todo el día de guardia en el exterior, había desarrollado una capa de piel seca en la cara. Ese día, mientras rebuscaba en la mochila de Wu Suowei, encontró un frasco de Dabao (crema facial), todavía en su caja sin abrir, con una etiqueta de precio de 9.9 yuanes pegada.
—¿Es para mí?— preguntó Chi Cheng deliberadamente.
Wu Suowei fingió no oír, haciendo girar el balón de baloncesto con agilidad en sus manos.
Chi Cheng recogió una piedra del suelo y acertó con precisión en una de las orejas de Wu Suowei. Su voz áspera y grave llegó hasta él:
—A partir de ahora, debería llamarte Dabao.
—¿Por qué?— El balón en las manos de Wu Suowei se detuvo por un instante.
El carácter agresivo en los ojos de Chi Cheng se disipó por completo ante su propia sonrisa: —¡Porque te veo todos los días!
En la mente de Wu Suowei surgió el eslogan publicitario de Dabao: “Dabao, nos vemos mañana; Dabao, nos vemos todos los días”.
¡Mierda! ¿Me está insultando? Inmediatamente refutó con mal humor:
—No te creas que esos productos de cuidado de la piel importados y caros son tan buenos. En realidad, nada supera a Dabao que es barato y efectivo.
Chi Cheng no respondió, solo siguió sonriendo.
Wu Suowei se acercó con el rostro sombrío y alargó la mano para arrebatar la caja de Dabao que Chi Cheng sostenía:
—Si no lo quieres, devuélvemelo. ¡Ni siquiera quería dártelo!
Como resultado, no solo no recuperó la caja, sino que además terminó atrapado él mismo.
Chi Cheng agarró con fuerza el cuello de la camisa de Wu Suowei, arrastrándolo violentamente hacia sí. Su mirada áspera, como con bordes desgastados, escudriñó el rostro de Wu Suowei antes de pronunciar suavemente dos palabras:
—Lo quiero.
Si lo quieres, ¿para qué me arrastras?… Wu Suowei forcejeó para liberar su cuello. Bajo esa mirada deliberadamente intensa, sentía como si el Monte Tai estuviera aplastándolo. Por un instante, estuvo a punto de ceder, de patear a Chi Cheng y huir. Pero al recordar los viejos y nuevos rencores, se obligó a aguantar.
Chi Cheng escrutó el cuerpo de Wu Suowei. Aunque llevaba un conjunto deportivo descolorido, zapatillas deportivas lavadas hasta perder su tono original, las manos llenas de tierra y el rostro cubierto de sudor… Chi Cheng aún lo consideraba demasiado puro, tan puro que no encontraba por dónde empezar.
Finalmente, Chi Cheng deslizó su mano hacia la cintura de Wu Suowei y tiró violentamente hacia arriba.
¡Le aplastó los huevos!
Las venas de la frente de Wu Suowei se hincharon mientras su puño se estrellaba contra el rostro de Chi Cheng.
La sonrisa de Chi Cheng tiñó de negro la interminable noche.