× Capítulo 42: ¡Justo a ti es a quién estoy engañando! ×

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Chi Cheng no habló, simplemente se quedó mirando fijamente a Wu Suowei durante cinco minutos enteros.

Sería una mentira decir que Wu Suowei no estaba nervioso, cualquiera que sea mirado así sentiría escalofríos en su corazón, además la mirada de Chi Cheng era como una picadora de carne, que con solo un descuido trituraría tu voluntad en pedazos.

Después de un largo silencio, Chi Cheng finalmente habló.

—Estos días, ¿por qué no has ido a jugar?

Wu Suowei se llevó la mano a la frente, vaya, resulta que acumulo emociones durante tanto tiempo, solo para preguntar esto.

De hecho, esas palabras insolentes que Chi Cheng había dicho antes, eran solo el preámbulo para esta pregunta difícil de pronunciar. Lo que realmente le preocupaba era solo esta pequeña cosa ¿por qué ya no ibas a buscarme?

Wu Suowei respondió con indiferencia: 

—No hay razón, simplemente ya no quiero jugar.

La expresión de Chi Cheng cambió, dejó a Xiao Cu Bao, se acercó a Wu Suowei y lo miró fijamente.

—¿Entonces, antes por qué sí querías jugar?

Wu Suowei sintió que una nube oscura se cernía sobre su cabeza, aplastándole el pecho hasta ahogarlo.

Como no obtuvo respuesta después de un largo rato, Chi Cheng de repente le dio una palmada a la gran frente de Wu Suowei, tirándolo por completo sobre el sofá. La frente de diamante de Wu Suowei, tan dura como es, al chocar violentamente con la palma de Chi Cheng, apenas si pudo soportarlo.

Chi Cheng lo miró desde arriba, y su tono de voz repentinamente se volvió más pesado.

—¡Habla!

Wu Suowei apretó los dientes con fuerza, negándose rotundamente a emitir un solo sonido, dejando a cierta persona consumiéndose de ansiedad.

Jiang Xiaoshuai tosió levemente, aliviando con precisión la tensión en el ambiente.

—No te acerques tanto a él, está resfriado. No vaya a ser que te contagie.

—¿Resfriado? —preguntó Chi Cheng.

Los ojos de Wu Suowei, que hasta hace un momento brillaban claros, de pronto se enturbiaron. El cansancio se asomó en sus cejas, pero aun así siguió mirando fijamente a Chi Cheng, transformándose en la imagen de alguien agotado que, a pesar de todo, insiste en aparentar fortaleza.

—¡No escuches sus tonterías, estoy perfectamente bien!

—¿Mis tonterías? —Jiang Xiaoshuai siguió echando leña al fuego. 

—Salía corriendo bajo el viento y la lluvia, volvía empapado en sudor, y luego se exponía al frío y a las tormentas… ¿Cómo no iba a resfriarse? Para atrapar unos cuantos sapos salvajes, se cayó a un arroyo en pleno invierno y terminó con una fiebre de cuarenta y un grados…

Wu Suowei refuto con complicidad: 

—¡Jiang Xiaoshuai, cierra la boca de una vez!

Jiang Xiaoshuai continuó con su sermón:

—¡La idiotez es como una adicción! Mientras él anda por ahí con calzoncillos llenos de agujeros, mete todas las cosas buenas en los bolsillos de otros. Pero cuando le da fiebre, ni siquiera se atreve a aparecer, por miedo a contagiar a los demás… —Volviéndose hacia Chi Cheng, dijo—: Señor Weimeng, dime, si este idiota se hubiera congelado hasta morir en ese arroyo, ¿cuánto habría perdido el mundo de los imbéciles?

En la mente de Chi Cheng apareció la imagen de esa noche lluviosa, cuando Wu Suowei saltaba solo en la cancha de baloncesto.

—¡Hermano Wu!

La voz clara del joven discípulo llegó desde la puerta.

¡Justo en el momento preciso! Wu Suowei aprovechó para apartar a Chi Cheng, se arregló la ropa y miró al muchacho.

—¿Qué pasa?

El rostro del joven discípulo lucía algo preocupado.

—Otras diez de nuestras serpientes han muerto.

Esta vez, Wu Suowei sí reaccionó. Se levantó de un salto del sofá, se puso los zapatos apresuradamente y mientras salía a toda prisa, le preguntó a su joven discípulo: 

—¿Qué pasó? ¿Cómo es que murieron otra vez?

Chi Cheng lo siguió.

Al llegar a las dos habitaciones y ver aquellas serpientes medio muertas, Chi Cheng le preguntó a Wu Suowei: 

—¿Tú también crías serpientes?

Wu Suowei estaba tan ansioso que rechino los dientes, sin siquiera tener tiempo de contestar.

Chi Cheng levantó una serpiente, la miró por encima y la tiró de vuelta.

—No te molestes. Ninguna de estas serpientes tuyas sobrevivirá.

Wu Suowei pareció enterarse recién ahora de esta noticia, y sus ojos se enrojecieron de la desesperación. 

—¿Por qué? Cuando mi maestro me las vendió, me dijo que todas eran serpientes salvajes, que les diera alimento silvestre primero. Todo este tiempo les he dado comida silvestre, solo dos veces les di alimento de cautiverio.

—No tiene nada que ver con el alimento —dijo Chi Cheng con frialdad.

—Es que la especie de serpientes es mala. Te estafaron.

—¡Tonterías! —Wu Suowei argumentó con vehemencia.

—Fui aprendiz allí durante dos meses, y nos hicimos muy cercanos. ¿Acaso estafarían a un conocido? ¡Debe ser que comieron algo malo!

Inmediatamente después, le ordenó a su joven discípulo picar los sapos y ratas salvajes del cubo cercano para dárselos después a las serpientes.

Chi Cheng no perdió más palabras con Wu Suowei. Envolvió el cubo con un brazo y salió directamente. Su Erbao llevaba días antojado, ya era hora de variarle la dieta.

Wu Suowei gritó, desesperado: 

—¡¿Qué vas a hacer?!

Chi Cheng respondió como si fuera lo más natural del mundo: 

—De todas formas, tus serpientes no van a sobrevivir, así que no desperdicies comida.

Wu Suowei lo persiguió hasta la puerta.

Chi Cheng se detuvo junto a la puerta del auto y de pronto, soltó una pregunta:

—¿En qué criadero de serpientes aprendiste el oficio?

Wu Suowei respondió con solemnidad:

 —¡El Criadero de Serpientes Wang! Si no me crees, ve y pregunta. Tiene una reputación excelente. Jamás harían algo así.

Chi Cheng no dijo nada más. Simplemente arrancó el auto y se fue.

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