× Capítulo 47: ¡Hoy el cielo está tan azul! ×

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Mientras esperaba a Chi Cheng, una chica hermosa se quedó parada a cierta distancia mirando fijamente a Wu Suowei. Después de rondar por un buen rato, finalmente reunió el valor para acercarse y preguntó, con algo de nerviosismo: 

—Chico guapo, ¿me podrías dar tu número?

Justo en ese momento, Wu Suowei vio el auto de Chi Cheng acercándose.

—Lo siento— respondió con una sonrisa caballerosa.

La chica se alejó desanimada, y Wu Suowei suspiró en silencio mientras miraba su figura que se alejaba.

Qué lindo trasero, qué lástima…

Cuando Chi Cheng bajó del auto, su mirada se quedó pegada a Wu Suowei. La ropa que llevaba puesta dejaba al descubierto todas sus virtudes; hombros anchos, cintura estrecha, culo firme, piernas largas…

Así que, después de encontrarse, lo primero que Chi Cheng dijo fue:

 —Vestido así….

Esas pocas palabras dejaron a Wu Suowei sin habla.

¿Así? ¿Así cómo? ¿Me está halagando o insultando? Con esa mirada burlona y ese tono sarcástico, parece que la situación no es muy buena… Después de este torbellino de pensamientos, la mente de Wu Suowei quedó completamente desordenada. Todo el conocimiento teórico que había preparado de antemano resultaba tan inútil al ponerlo en práctica.

Y así, los dos caminaron en silencio durante media hora.

Wu Suowei lanzó una mirada de reojo a Chi Cheng. Su expresión era calmada y su mirada indiferente, pero en su corazón no pudo evitar apretar los dientes. ¡Maldito, tu realmente estas muy tranquilo! ¡Yo no sé qué decir, pero al menos tú podrías soltar algo!

Chi Cheng deliberadamente no hablaba. Conocía las pequeñas intenciones de Wu Suowei. Quería ver exactamente qué tan fuerte era la determinación de este hombre, y cuán preparado estaba, para atreverse a citarlo en un lugar como este, donde solo ancianos y ancianas pasean.

Los dos hombres, como guardias de seguridad patrullando, dieron vuelta tras vuelta al parque.

Finalmente, Wu Suowei se cansó y se sentó en una gran roca.

Chi Cheng se sentó a su lado.

Los dos estaban tan cerca que, si no hablaban, realmente alcanzarían el punto máximo de la incomodidad.

Así que Wu Suowei aclaró su garganta y finalmente logró exprimir una frase:

—Hoy el cielo… está tan azul…

Al terminar de hablar, Wu Suowei inmediatamente quiso darse dos bofetadas. ¿Qué demonios estoy hablando con otro hombre? ¡Debo abrazarlo! ¡Darle algunos mordiscos! ¿Qué miedo da besar a un hombre? No me golpeará, ni me llamará pervertido… Apretó los puños, giró la cabeza y enfrentó directamente las líneas duras del perfil de Chi Cheng. En un parpadeo, todos sus pensamientos desaparecieron.

En contraste con la incomodidad de Wu Suowei, Chi Cheng tenía otras impresiones.

En más de veinte años, nunca había habido alguien que frente a él exclamara lo azul que estaba el cielo hoy… Había escuchado demasiados cumplidos vacíos, estaba acostumbrado al coqueteo, pero de repente, ante esta torpe frase tan forzadamente pronunciada, se sintió extrañamente valioso.

Al levantarse, Chi Cheng notó que Wu Suowei tenía tierra en el pantalón y casualmente le dio unas palmadas.

Wu Suowei estuvo a punto de agradecer, pero Chi Cheng no paraba. Al principio eran palmadas desordenadas, pero luego adquirieron ritmo, como si estuviera tocando un tambor, cada golpe dado con especial entusiasmo.

—Ya debe estar limpio…— recordó Wu Suowei con rostro serio.

Al detenerse, Chi Cheng no pudo evitar comentar: 

—No eres gordo, pero tienes bastante carne en el culo.

Dicho esto, le dio otra palmada en el trasero a Wu Suowei, esta vez con toda su fuerza.

Wu Suowei hizo una mueca de dolor y lanzó una mirada fría a Chi Cheng. Estuvo a punto de insultarlo, cuando recordó las enseñanzas de Jiang Xiaoshuai: Si un hombre toca tu trasero de cualquier forma, significa que está interesado. Debes aprovechar la oportunidad y responder con todo tipo de insinuaciones.

Al pensar esto, Wu Suowei notó que Chi Cheng también tenía tierra en el pantalón.

Solo extiende la mano y dale unas palmadas… se sugirió a sí mismo, atreviéndose a alargar la mano antes de retirarla por falta de audacia, maldiciendo en su corazón su propia cobardía. Tras unos pasos se animó de nuevo: ¡Extiende la mano con valentía! Solo son dos masas de carne envueltas en tela, no tienen veneno, ¿qué temes?…

Chi Cheng, al ver la mirada contenida de Wu Suowei y su frente sudorosa, pensó que había sido demasiado brusco.

—¿Te dolió?— preguntó de repente.

La mano de Wu Suowei, que ya había entrado en contacto con la tela del pantalón de Chi Cheng, se retiró bruscamente.

—No duele, solo está un poco adormecido— dijo Wu Suowei.

—Adormecido…— Chi Cheng saboreó la palabra. 

—¿Necesitas que te lo cure?

Wu Suowei también era hombre, ¿acaso no podía entender la mirada de Chi Cheng? En su mente no paraba de gritar: ¡Di que “sí”! ¡Di que “sí”! ¡Qué buena oportunidad! Tal vez si superas este obstáculo, su relación dé un paso más.

Chi Cheng extendió su mano.

Pero Wu Suowei, como si fuera un reflejo condicionado, agarró bruscamente la mano de Chi Cheng.

—Gracias, realmente no es necesario, ya no está nada adormecido.

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