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La mirada de Chi Cheng era como el filo romo de un cuchillo, rozando ásperamente el rostro de Wu Suowei, cuyo cuero cabelludo ardía por el tirón. Sobre su línea de visión estaba el cuello abierto de Chi Cheng, revelando un pecho viril con músculos firmes que se alzaban con cada respiración, como olas gigantes azotando el frágil corazón de Wu Suowei.
En realidad, Wu Suowei quería decir, No tengo ese tipo de pensamientos hacia ti.
Pero su maestro estaba justo afuera, y sus enseñanzas resonaban en sus oídos, Busca la oportunidad de atacar, siempre que te protejas a ti mismo primero.
Chi Cheng lo empujó con más fuerza, dejando el torso de Wu Suowei pegado al escritorio, la cintura al borde de quebrarse.
—Desde que era un vendedor ambulante—, dijo Wu Suowei.
El rostro de Chi Cheng se inclinó hacia él, y Wu Suowei, sin tiempo para esquivar, rozó involuntariamente la leve barba de Chi Cheng con sus labios finos, forzándose a darle un beso en la mejilla. Chi Cheng lo recibió con satisfacción; Wu Suowei lo dio con irritación.
—¿Quieres decir que todos esos encuentros casuales fueron planeados por ti?
Los “encuentros casuales” a los que Chi Cheng se refería eran esa secuencia de Wu Suowei derramando gachas, actuando como actor callejero, haciendo de ladrón, y manejando ilegalmente. Wu Suowei contraatacó en su mente, ¡Obviamente tú, maldito, los arreglaste a propósito, y ahora me echas la culpa a mí!
Pero, por el bien del plan general, Wu Suowei oscureciendo su conciencia murmuró un “mm”.
—¿Por qué no decir directamente que te gusto?— El miembro de Chi Cheng presionaba contra el vientre de Wu Suowei.
Wu Suowei entró en pánico, sus ojos escaneando directamente hacia afuera, pero el imponente cuerpo de Chi Cheng lo tenía atrapado sin escapatoria.
La mano grande de Chi Cheng apretó con fuerza la parte más blanda del trasero de Wu Suowei, y al ver que sus orejas estaban completamente rojas, preguntó con malicia:
—¿Te da vergüenza?
Wu Suowei, con el rostro tenso, no dijo nada.
Entonces, sin previo aviso, los labios de Chi Cheng se sellaron sobre los suyos.
El cuerpo de Wu Suowei se estremeció violentamente.
Bajar la cremallera de los pantalones de Chi Cheng era fácil, pero abrir su boca era difícil. Él solo usaba la parte inferior de su cuerpo para conquistar a otros; sus manos eran herramientas auxiliares, que usaba dependiendo de su humor. Su boca, en cambio, era territorio prohibido. Todos esos años, aparte de sus queridas serpientes, nadie más la había tocado.
Y hoy, por un pequeño bastardo que había planeado todo con malicia, quebró su propio precepto.
La lengua de Chi Cheng era gruesa y poderosa. Con solo un leve movimiento, Wu Suowei ya se había perdido. Los dedos de Chi Cheng tiraban de las puntas del cabello corto de Wu Suowei, besándolo cada vez más feroz, cada vez más profundo, besándolo hasta que Wu Suowei ya no podía respirar bien, no podía escapar, no podía dejar de…
Un maestro es un maestro y hasta para besar tenía mil trucos.
En este momento, Wu Suowei repentinamente descubrió con tristeza que esos largos besos que en años pasados consideró apasionados y embriagadores, ahora eran pisoteados como hierba vil por estos escasos segundos.
Chi Cheng tomó la mano de Wu Suowei y la llevó hasta su entrepierna, clavando en su rostro una mirada como de un águila.
—¿Quieres ver?—, preguntó Chi Cheng.
Wu Suowei entró en pánico, sus ojos escapándose hacia afuera, y sin querer soltó:
—¿Debería… querer verlo o no?
—… ¿A quién le preguntas? — preguntó Chi Cheng
Afuera, Jiang Xiaoshuai estuvo a punto de reírse del enojo.
Golpeó la puerta con la mano y anunció en voz alta:
—¡Me voy!
Apenas su pie cruzó el umbral, esa actitud despreocupada se esfumó. Jiang Xiaoshuai sólo quería abofetearse, ¿Qué diablos te pasa? ¿Por qué te pones tan celoso con el cariño ajeno?
Wu Suowei fue arrastrado a la cama por Chi Cheng y como dos monjes, se sentaron uno frente al otro en posición de meditación.
—¿Has visto el pene de otro hombre antes?— preguntó Chi Cheng.
El rostro de Wu Suowei se sonrojó al instante. No era que fuera conservador, es que jamás le habían hecho esa pregunta. Antes, entre amigos sólo bromeaban preguntando ¿has visto las partes de una mujer?. Que de pronto surgiera una pregunta tan fuera de lo común, realmente lo tomó por sorpresa.
—Sólo en el baño de hombres— respondió.
Chi Cheng tenía un cigarrillo colgando de los labios mientras sus manos, con naturalidad, desabrochaban ese cinturón que había azotado incontables traseros. Bajó la cremallera, revelando unos calzoncillos de compartimento oculto. Sobre la tela asomaban vellos rebeldes, negros, brillantes y espesos, ocultando ese verdadero prodigio que hacía a las mujeres secretamente humedecerse y a los hombres sentir vergüenza de sus propias insignificancias.
La garganta de Wu Suowei se secó. No por el deseo, sino por la sorpresa.
Todos los hombres comparan en secreto sus herramientas, pero antes siquiera de que Chi Cheng se bajara los calzoncillos, Wu Suowei ya se había encogido como una gamba. ¿Cómo es posible que, siendo ambos hombres, el suyo sea tan grande?
Chi Cheng sacudió la ceniza del cigarro con un dedo antes de volver a colocárselo entre los labios. La mano ahora libre tiró del elástico de los calzoncillos.
El corazón de Wu Suowei se retorció como un pretzel.
Chi Cheng lanzó una mirada a Wu Suowei, expulsando una bocanada de humo entre sonrisas. Sin prisa, bajó el frente de la ropa interior hasta dejar los testículos al descubierto, exhibiendo sin pudor su monumental miembro viril.
Wu Suowei solo tuvo un pensamiento, ¿Tu madre te crió comiendo mierda? ¿Cómo carajos lograste crecer tan… robusto?