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FANG CHI NO SOLÍA HABLAR de sus asuntos con personas que no conocía bien. No solo porque no sabía cómo conversar con ellos, sino también por la cautela que había desarrollado tras años de vivir solo.
Sin embargo, cuando Sun Wenqu le preguntó, aunque breve, todavía le respondió:
—Escalada.
—¿Escalada? —Sun Wenqu lo miró con una expresión entre sorpresa y duda.
—Ajá. —Fang Chi notó que la reacción de Sun Wenqu era un poco extraña, así que añadió—: Es como subir por una roca con una cuerda…
—Sé lo que es la escalada. —Sun Wenqu se rio.
—Oh —soltó Fang Chi.
—¿Dónde entrenas?
—En… un club.
Probablemente, Sun Wenqu notó que no quería hablar del tema, así que no insistió. Bajó la cabeza y siguió comiendo.
—Es demasiado, no puedo terminar todo. Se lo daré a los gatos más tarde.
—¿Gatos? —Fang Chi estaba atónito.
—Los callejeros de la urbanización. —Sun Wenqu señaló hacia la ventana—. Solo en la entrada hay como cinco o seis, todos con sus crías a cuestas.
—Entonces, la comida para gatos que tienes… —Fang Chi pensó por un momento—. ¿También la compraste para alimentarlos?
—Si no, ¿para quién sería? ¿Para mí?
—No sería raro. A mí me parece bastante sabrosa.
—¿La has probado? —Sun Wenqu dejó sus palillos y lo miró.
—No por gusto. —Fang Chi se levantó, fue al gabinete y sacó la bolsa de comida para gatos—. Es que Sir Amarillo no quería comer, así que probé algunas croquetas y no estaban mal.
—Pero él comió gustoso lo que le di. —Sun Wenqu reprimió una carcajada—. ¿Quieres probar para ver si notas la diferencia?
Fang Chi no dijo nada, metió la mano en la bolsa, sacó una croqueta y se la llevó a la boca.
—¡Por Dios! —Sun Wenqu apartó la mirada—. ¿Eres idiota?
—Saben casi igual. —Fang Chi miró la bolsa—. Supongo que esta es de mejor calidad.
—Todavía hay otra bolsa en el gabinete, puedes llevársela a Sir Amarillo —dijo Sun Wenqu—. Los gatos de por aquí no son quisquillosos, comen de todo.
—Olvídalo, seguro es carísima. —Fang Chi le devolvió la mirada—. Demasiado cara como para dársela a los gatos…
—Entonces cómetela tú. —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. Total, también lo vas a comer, así no parece tan caro, ¿verdad?
—… Gracias, me llevaré esta media bolsa.
—Tienes que comer dos tazones de fideos para estar satisfecho, ¿media bolsa es suficiente? Llévate una entera —dijo Sun Wenqu—. En cualquier caso, tu tío Liang-zi lo trajo, no costó nada. No sé de dónde la habrá sacado.
—Oh —asintió Fang Chi.
Sun Wenqu puso los restos de fideos en un cuenco —seguramente su cuenco especial para gatos— y salió a alimentar a los callejeros, mientras Fang Chi recogía la mesa y llevaba los platos a la cocina.
Cuando terminó de lavar, se giró y notó un pequeño papel pegado en el marco de la puerta de la cocina, que decía: «Limpia el piso».
Antes no había notado que había una nota allí. La miró con atención y suspiró. El carácter de Sun Wenqu era de verdad un poco imposible de discernir.
Bueno, a limpiar.
La casa donde vivía Fang Chi tenía un viejo suelo de baldosas, tan desgastado que el diseño casi había desaparecido. Por lo general, solo barría; no era de los que trapeaban con frecuencia, así que no era un experto en ello.
Por suerte, la casa de Sun Wenqu estaba muy limpia. Con barrer una vez y pasar el trapeador bastaba.
—Qué limpio. —Sun Wenqu regresó después de alimentar a los gatos y miró el piso. Luego le pasó otra bolsa de comida para gatos—. ¿No tienes que ir al autoestudio nocturno?
—Tengo, ajá. —Fang Chi metió la bolsa en su mochila—. Es que si me iba justo después de comer, te enojarías y romperías platos otra vez.
—Ay… —Sun Wenqu se rio y se apoyó en la pared con los brazos cruzados—. ¿Y si te digo que no te vayas esta noche? ¿Me harías caso?
Fang Chi lo miró un momento, luego se cargó la mochila en la espalda, abrió la puerta y salió.
—Me voy.
—¡Mañana no me hagas llamarte para recordarte que vengas, preséntate solo! —gritó Sun Wenqu a través de la puerta—. ¿Es que no puedes dejarle un poco de dignidad a tu amo?
La impresión que Fang Chi le daba a Sun Wenqu no era la de un buen estudiante. Una vez, cuando la mochila de Fang Chi no estaba bien cerrada, pudo ver de reojo que tenía cigarrillos dentro, aunque él mismo nunca olía a humo.
Sin embargo, si solo se fijaba en su horario y rutinas, sí se podía decir que Fang Chi era un buen estudiante. Siempre iría puntual al autoestudio nocturno y, de vez en cuando, incluso sacaría un libro para leer con calma mientras esperaba a que terminara de comer.
Debido a esto, cada vez que Sun Wenqu intentaba domarlo, sentía como si estuviera interfiriendo con el desarrollo de la flor en ciernes de la patria.
Así no tenía gracia.
Al principio, había pensado que estos tres meses serían una buena oportunidad para darle una lección a ese pequeño chantajista y demostrar su majestuosidad como justiciero del pueblo, ayudándolos a deshacerse de una calamidad.
El resultado fue que después de casi medio mes, esa majestuosidad no había logrado alzarse todavía. Fang Chi ya ni siquiera se enfrentaba a él; aceptaba todo sin discusión. Era como si solo hubiera cambiado a la señora de la limpieza por un jovencito para que hiciera el trabajo en su lugar.
La calma era tal que, incluso después de haber terminado el dibujo oficial, no encontraba el momento adecuado para dárselo a Fang Chi.
***
—Wenqu, es este sábado, ¿tienes tiempo? —preguntó Luo Peng al teléfono.
—¿Sábado? ¿Para qué? —Sun Wenqu se sintió muy confundido por la pregunta.
—¿Hola, Cresta del Cuervo? ¿No habíamos quedado? —dijo Luo Peng—. No te atrevas a decir que ya no quieres ir. Ya le dije al guía el número de personas, somos veintiuno en total.
—Oh, sí, iré. —Sun Wenqu lo recordó. Justo llevaba días aburrido—. ¿Tengo que preparar algo?
—No, Bowen ya te consiguió un equipo de montaña y lo dejó en mi casa. —Luo Peng sonaba entusiasmado—. Solo llévate un cambio de ropa y unos zapatos de senderismo cómodos. Esta vez conseguimos un guía local que conoce muy bien la zona.
—Mmm. —Al principio, la idea lo animó, pero cuando escuchó que Li Bowen le había preparado el equipo, su buen humor cayó por los suelos de inmediato, aunque no sabía por qué.
Después de colgar, se quedó mirando al vacío por un rato.
«Ya qué, mejor vamos a comprar un par de zapatos».
Antes tenía unos zapatos de senderismo, que usó cuando su padre lo confinó en las montañas, pero en menos de un año quedaron destrozados. Los usó durante un año entero, soportando las vicisitudes de la vida… Al final, el gerente Zhang le compró un par de Huili cuando fue al condado del pueblo, los clásicos de suela blanca con rayas rojas.
Al pensar en comprar zapatos, Sun Wenqu entrecerró los ojos.
***
Cuando Fang Chi llegó corriendo a la casa de Sun Wenqu, este estaba parado en el jardín regando las flores, pero no estaba vestido con su habitual pijama, sino que se había puesto de calle.
—¿Vas a salir? —preguntó Fang Chi desde fuera, sin cruzar la reja.
—Vaya, vaya. —Sun Wenqu también lo miró—. ¿Tan ansioso estás de que salga que ni siquiera entras al jardín?
Fang Chi abrió la puerta y se acercó.
—¿Vas a salir? —preguntó de nuevo.
—Sí —asintió Sun Wenqu—. Pero te llevaré conmigo.
—¿Eh? —Fang Chi lo miró, confundido.
—No tomará mucho tiempo. Vamos a comprar unas cosas y luego te puedes ir —dijo Sun Wenqu, dejando la regadera a un lado.
—¿Comprar qué? —preguntó Fang Chi—. ¿Me estás llevando para que te ayude a cargar tus cosas?
—Esa imaginación. —Sun Wenqu se rio—. ¿Por qué no mejor me sostienes un paraguas mientras camino?
Salieron juntos de la urbanización. Sun Wenqu llamó un taxi y fueron al centro comercial. Fang Chi tuvo la sensación de que su noche de estudio estaba en peligro.
Hace un par de días, Chen Xiang lo buscó diciendo que un grupo de excursionistas iría a la Cresta del Cuervo el sábado y necesitaban un guía local.
Ese sitio estaba a solo veinte minutos de la casa de sus abuelos, así que cuando Chen Xiang le preguntó si quería el trabajo, aceptó sin dudarlo. Su plan era estudiar con más seriedad estos días para compensar el tiempo que perdería el fin de semana.
Pero Sun Wenqu no parecía interesado en pasear por el centro comercial. En cuanto bajó del taxi, fue directo al quinto piso, donde estaba la sección de artículos para exteriores.
—Necesito zapatos de montaña —dijo—. ¿No eres todo un experto en esto?
—Promedio —respondió Fang Chi. Sabía que Sun Wenqu iba al gimnasio a diario, pero como en su casa se comportaba como una serpiente enroscada anidando en el sofá, nunca imaginó que también practicara actividades al aire libre—. ¿Vas a hacer montañismo?
—Para estar preparado, quién sabe cuándo iré. —Sun Wenqu sonrió.
—Oh, ¿y cuál es tu presupuesto? —preguntó Fang Chi. Luego se rascó la cabeza—. Aunque supongo que eso no te importa.
—Solo elige —dijo Sun Wenqu.
Sin restricciones de presupuesto, elegir era más fácil. Fang Chi lo llevó directamente a una tienda y pidió que le trajeran el modelo de botas que él siempre había querido, pero que nunca se había animado a comprar.
Mientras Sun Wenqu se probaba los zapatos, Fang Chi lo observaba con satisfacción desde un costado, como si estuviera cumpliendo un capricho propio.
—Son transpirables, impermeables y con buen agarre —empezó a explicarle—. La suela también…
—No necesito esos detalles —lo interrumpió Sun Wenqu—. Me quedo con estas.
—Oh. —Fang Chi no dijo más.
Había pensado que alguien tan quisquilloso como Sun Wenqu —experto en encontrar defectos— haría más preguntas, o al menos lo haría explicar más solo para molestarlo. Pero desde que entraron a la tienda hasta que pagaron y salieron, no pasaron ni veinte minutos.
—Vamos a comer algo. —Sun Wenqu le pasó la caja de zapatos.
—Oh. —Fang Chi tomó la caja y la cargó.
—¿Qué comemos…? —Sun Wenqu caminaba adelante, pensando—. ¿Algo sencillo?
—Ajá. —A Fang Chi le daba igual.
—El otro día fui con tu tío Liang-zi a un restaurante de comida tu-tu-tu-turca, y no estaba mal. —Sun Wenqu lo miró de reojo—. ¿Quieres probar?
—¿Podemos… comer algo más sencillo? —preguntó Fang Chi.
—¿Como qué?
—Fideos, dumplings.
—Vaya, qué fácil eres de contentar —suspiró Sun Wenqu—. Bueno, vamos al patio de comidas del centro comercial por fideos.
—Está bien —asintió Fang Chi.
Caminaron hacia el patio de comidas. Aunque no era fin de semana, había bastante gente. Fang Chi miraba alrededor, preocupado por si tendrían que hacer fila.
Justo cuando estaba pensando en buscar el lugar con menos gente, una figura familiar pasó entre la multitud.
—Espera. —De repente, Fang Chi agarró el brazo de Sun Wenqu—. Un momento.
—¿Mmm? —Sun Wenqu se dio la vuelta.
—Dame un minuto. —Fang Chi se quedó mirando a la multitud.
Era Fang Ying. Llevaba el teléfono pegado a la oreja mientras caminaba hacia un cajero automático. En la otra mano tenía la billetera y parecía a punto de sacar una tarjeta.
—Un minuto —repitió Fang Chi, apartándose de Sun Wenqu y abriéndose paso entre la gente a toda prisa.
Fang Ying no se había comunicado con él en todo este tiempo. Él la llamó dos veces, pero ella no contestó. Aunque sabía que Fang Ying no desaparecería así sin más, también estaba seguro de que devolver el dinero no estaba entre sus prioridades.
La siguió hasta el cajero automático y observó cómo introducía la tarjeta. Cuando terminó de ingresar el PIN y esperaba la siguiente operación, Fang Chi se acercó, le agarró la mano y la apartó a un lado.
—¡Oye! —Fang Ying dio un brinco y soltó un grito. Al reconocerlo, lo miró con sorpresa—. ¿Xiao-Chi?
—Qué coincidencia, ¿verdad? —Fang Chi no le prestó atención. Mantuvo los ojos fijos en la pantalla y presionó la opción de consulta de saldo.
—Oye, ¿qué haces? —Fang Ying intentó apartarlo con impaciencia y extendió la mano para tapar la pantalla—. ¿Qué te pasa?
Saldo: 14,800 yuanes.
Fang Chi se volteó para mirar a Fang Ying.
—Devuelve el dinero.
—No he dicho que no lo haría. Todavía faltan dos meses, ¿no? —Fang Ying frunció el ceño—. Estoy reuniéndolo, ¿de acuerdo?
—Devuelve lo que tengas. —Fang Chi presionó rápidamente el botón de transferencia e ingresó su número de cuenta—. Si dejo el dinero contigo y después de tres meses quedan siquiera cien yuanes, me pongo tu apellido.
—¡Si ya te apellidas Fang! —Fang Ying trató de empujarlo sin éxito y acabó dándole un manotazo en el brazo—. ¡Eres un fastidio! Todavía tengo que pagar la matrícula de Xiao-Guo…
—Te dejé algo. —Fang Chi transfirió 10,000 yuanes a su cuenta y dejó 4,800 en la de Fang Ying—. Esto queda así por ahora. No me obligues a estar siguiéndote por todas partes.
—¿Me estás siguiendo? ¡¿O pusiste a alguien a seguirme? —Fang Ying abrió mucho los ojos y miró nerviosa a su alrededor. De repente, soltó otra exclamación—: ¡Dios mío! ¿Ese es Sun Wenqu?
Fang Chi miró en esa dirección. Sun Wenqu estaba apoyado en un poste de luz con los brazos cruzados, observando la escena. Al notar la mirada de Fang Ying, levantó una mano y la agitó con un gesto despreocupado.
—¡Madre mía! —Fang Ying se giró apresurada—. ¿Por qué estás con él…? ¿Acaso él puso a alguien a seguirme? ¡Mierda, ese bastardo sí que tiene tiempo libre!
—Tú… —Fang Chi la agarró de los hombros y la miró a los ojos—. Sabes muy bien cómo te he ayudado y cómo me la has jugado. Si te atreves a hacerlo de nuevo…
—¡No lo haré! —Fang Ying frunció el ceño—. ¡De verdad que no!
—Ni siquiera contestas mis llamadas —dijo Fang Chi.
—Es que todavía no había juntado el dinero y no quería que me presionaras. —Fang Ying suspiró—. Me da mucha vergüenza.
—No hay necesidad, no tienes porqué sentirte avergonzada conmigo. —Fang Chi se rio—. Si soy tan fácil de engañar, cualquier excusa que me des, te creo.
—No lo digas así. —Fang Ying desvió la mirada con algo de incomodidad.
—Cuando te llame, contesta. No pongas excusas.
—Sí, sí, lo haré.—Fang Ying dejó escapar un largo suspiro.
—Te escribiré un recibo por estos diez mil. —Fang Chi la soltó y sacó un cuaderno de su mochila para escribir el recibo.
—No hace falta. —Fang Ying sacó mil yuanes del cajero automático y se los guardó—. Puede que yo no sea muy confiable, pero mi sangre sí lo es.
Fang Chi la observó alejarse, mirando hacia atrás varias veces antes de perderse entre la gente. Luego, regresó junto a Sun Wenqu.
—Vamos.
—¿Qué hacías? —Sun Wenqu parecía decepcionado por no haber visto suficiente acción.
—Cobrar dinero. —Fang Chi habló en voz baja—. Justo me la encontré.
—¿Pero por qué tanta tensión? ¿Ella pensó que la estabas siguiendo? —Sun Wenqu soltó una risa.
—No pareces nada preocupado por esto. —Fang Chi lo miró—. Es mejor si piensa que la estoy siguiendo. Así no se esconderá y no tendré problemas para encontrarla.
—No te preocupes. —Sun Wenqu entrecerró los ojos—. Yo puedo encontrarla.
—¿Cómo?
—¿Cómo crees? —Sun Wenqu se inclinó cerca de su oído—. Gente como yo, escorias holgazanes sin oficio ni beneficio, tenemos tantas maneras.
La voz de Sun Wenqu era bastante agradable, pero esa forma de hablarle en la que podía sentir su aliento acariciándole la oreja, hizo que Fang Chi se tensara de golpe y se apartara antes de pensarlo.
Sun Wenqu lo miró, sonrió con satisfacción y siguió caminando.
El patio de comidas del centro comercial estaba muy concurrido. Encontraron un pequeño local en un rincón donde no había demasiada gente.
Sun Wenqu pidió dos tazones de wonton.
—¿Es suficiente?
—¿Quieres decir uno por persona? —preguntó Fang Chi.
—Aja —asintió Sun Wenqu.
—Con el apetito que tienes, ¿cómo pretendías comer comida tu-tu-tu-turca? —Fang Chi suspiró y se acercó al mostrador a revisar el menú en la pared—. Añada otro tazón de fideos fríos, un burrito, un panqueque de cebollín, un panecillo de sésamo y una canasta de siomai.
—Tú… —Sun Wenqu no supo qué decir.
—Es diferente cuando eres joven —dijo Fang Chi—. Comes como un cerdo sin tener que preocuparte por nada más.
—Qué rencoroso. —Sun Wenqu se rio durante un buen rato.
***
Como no iría a la escuela para el autoestudio del sábado ni domingo, Fang Chi se lo comentó al profesor Li el viernes. Este suspiró.
—¿Es que te hace falta dinero?
—No es eso. —Fang Chi se sintió algo avergonzado—. Es solo que… quiero ir a casa, a ver a mis abuelos.
—Tienes que ponerte las pilas después de este viaje —le dijo el profesor Li—. No dejes que tu familia se decepcione.
—Sí —asintió Fang Chi.
De hecho, su familia no tenía grandes expectativas puestas sobre él. Sus abuelos solo querían que fuera feliz y sus padres estaban bien mientras no se metiera en problemas. En cuanto a sus calificaciones o si podría entrar a una buena universidad, nadie esperaba mucho en realidad.
Era solo él quien aún tenía algunas exigencias para consigo mismo.
Llamó a Sun Wenqu para decirle que tenía que hacer algo el fin de semana y no podría ir a cocinar ni limpiar.
—¿Cómo así? —respondió Sun Wenqu con tono perezoso—. ¿Y qué voy a comer esos días?
—¿Qué comías antes de que cocinara para ti?
—Oh, pasaba hambre.
—Pues pasa hambre por dos días más… —dijo Fang Chi con impotencia—. De todas formas, ya llevas tantos años haciéndolo.
—Ay… —Sun Wenqu se rio—. Ahora estás muy arrogante, ¿eh?
—¿Qué tal si te pido comida a domicilio con anticipación? Que te la entreguen a la hora que quieras —sugirió Fang Chi.
—Olvídalo, prefiero pasar hambre —respondió Sun Wenqu—. Eres afortunado, nunca encontrarás un amo de esclavos tan comprensivo como yo.
—Te traeré algunos productos locales cuando regrese. —Fang Chi hizo una pausa y pensó por un momento—. Cosas de la montaña.
—Está bien —respondió Sun Wenqu de buen humor.
***
El grupo que iba a la Cresta del Cuervo no era desconocido para Fang Chi. Dos de ellos eran miembros antiguos del club. Aunque rara vez trabajaba como entrenador en el club, los conocía a todos.
Cuando Fang Chi llegó al punto de encuentro, ya casi todos estaban allí. Cuatro vehículos todoterreno estaban estacionados al borde de la carretera, y varios jóvenes charlaban junto a los autos.
—Xiao-Fang —lo saludó un hombre.
—Luo-ge. —Fang Chi conocía a este Luo Peng—. ¿Ya están todos?
—Falta uno. —Luo Peng señaló el primer auto—. El líder está en ese coche.
—Okay. —Fang Chi cargó su bolsa en la espalda y se dirigió al primer auto. Tenía que confirmar la ruta con el líder del equipo una vez más.
La puerta del auto estaba abierta y había varias personas charlando dentro. Fang Chi dejó su mochila en el suelo junto al vehículo y luego subió.
—Este es Xiao-Fang, un local. Entre todos los guías, nadie conoce la Cresta del Cuervo mejor que él. —El líder del grupo lo presentó a los demás en el auto—. Creció allí, ¿no es así, Xiao-Fang?
—Sí, solo llámenme Fang Chi —respondió Fang Chi mientras se sentaba.
La persona en el asiento del copiloto se dio la vuelta y le tendió la mano.
—Xiao-Fang, gracias por tu ayuda en esta ocasión.
Mientras Fang Chi le estrechaba la mano, le pareció que la voz le sonaba algo familiar. Al levantar la vista y ver el rostro, se quedó paralizado.
—Mi nombre es Sun Wenqu —dijo Sun Wenqu con una sonrisa en la cara—, pero tú puedes llamarme papi.