XLI. JE-LOU-KI-DI

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CUANDO REGRESARON a la casa, el abuelo ya estaba cociendo los dumplings. Todos los miembros de la familia estaban charlando en la sala, a excepción de Hu Ying y Fang Hui, que discutían en el patio.

Fang Chi no prestó mucha atención a lo que decían. Total, Fang Hui siempre era así: se creía muy listo y cada vez que encontraba a alguien con una opinión distinta a la suya, necesitaba debatirlo, como si no pudiera demostrar su superioridad intelectual si no lo hiciera. Hu Ying, por lo general, no solía seguirle la corriente, sino que desviaba la conversación: si él decía uno, ella decía dos; si él hablaba del este, ella mencionaba el oeste; si él comentaba sobre asuntos nacionales, ella hablaba sobre qué pantalones comprar mañana.

Cada uno discutía por su cuenta con entusiasmo. Pero en cuanto Fang Chi entró al patio, Hu Ying dejó de hablar, lo saludó con un «gege Xiao-Chi» y luego miró detrás de él.

—Hermano mayor Sun —saltó sonriente al lado de Sun Wenqu—, justo a tiempo, ¡vamos a comer los dumplings!

—Mm, ya tenía hambre —respondió él con una sonrisa.

—Todavía no terminamos de hablar —dijo Fang Hui desde un lado—. ¿Acaso las mujeres pueden ser irracionales solo porque sí? La liberación femenina no significa que…

—No quiero seguir hablando contigo. —Hu Ying apartó la mirada.

—El concepto de feminismo no puede generalizarse así. Tú dices que… —Fang Hui no quería soltar el tema.

—¿Ya llegaron a ese nivel de debate? —Fang Chi no pudo evitar reírse al escucharlos.

—¡Ay, qué pesado! —Hu Ying frunció el ceño y murmuró—: Ni siquiera sé cómo terminamos hablando de eso. De verdad que le encanta hacerse el interesante.

—Tú dices que…

Fang Hui quería seguir, pero Sun Wenqu lo interrumpió:

—¿De verdad te parece necesario ponerte a debatir en Año Nuevo? ¿No te cansas? ¿Atacar así a otros te hace sentir muy intelectual y culto, muchacho? Well, good luck finding a woman that will reason with you, aunque con tu nivel actual, lo dudo. ¡Ay, qué grandes están los dumplings hoy! —soltó Sun Wenqu de manera atropellada antes de seguir a Fang Chi a la cocina.

Fang Hui se quedó con la boca abierta, sin saber qué decir. De seguro no entendió nada; Sun Wenqu había hablado demasiado rápido, mezclando chino e inglés con una pronunciación impecable y fluida.

En la cocina, Fang Chi estuvo riéndose un buen rato.

—¿Qué fue eso que dijiste? —preguntó.

—Las sagradas escrituras. —Sun Wenqu sonrió.

—¿Eso de antes era mandarín? —Fang Chi no terminaba de entender.

—Dios mío, menos mal que en el examen de ingreso no evalúan comprensión auditiva. —Sun Wenqu chasqueó la lengua y recogió una bandeja de dumplings—. ¿Estos van a la sala?

—Sí. —Fang Chi asintió.

Durante el almuerzo, Fang Hui habló poco. Tenía una expresión de profundo sufrimiento por lo que consideraba una reunión de personas sin remedio. A Fang Chi le pareció tan gracioso que se comió diez dumplings más de lo habitual. El relleno, preparado por la abuela, era casi pura carne, su favorito.

—Abuela, eso es favoritismo —comentó Fang Yun entre risas mientras comía—. En esta casa solo a Xiao-Chi le gustan estos dumplings que parecen albóndigas gigantes.

—¿Quién dijo eso? A mí también me gustan. —La abuela se comió uno—. Esta noche te haré un kilo de dumplings vegetarianos, ¿no estás siempre diciendo que quieres adelgazar?

—Qué cruel. —Fang Yun se apoyó en ella—. Dime, ¿me veo más delgada?

—Claro que sí, por eso tienes que comer más carne. —La abuela le metió un dumpling en la boca—. Come, anda.

Después de comer, todos ayudaron a recoger entre risas. Hasta que fuera la hora de preparar la cena no habría mucho más que hacer. La segunda tía organizó dos mesas para jugar al mahjong. Fang Chi pensó en preguntarle a Sun Wenqu si quería jugar, pero al mirar a su alrededor no lo vio por ninguna parte.

—¿Te unes, Xiao-Chi? —le preguntó el segundo tío.

—Hoy… mejor no, no quiero regalar mi dinero —respondió Fang Chi, riendo.

Imaginó que Sun Wenqu había subido, así que él también subió las escaleras.

La puerta de la habitación de Sun Wenqu estaba abierta. Fang Chi dudaba si charlar un poco con él o simplemente volver a su cuarto, pero recordando lo desordenado que lo había dejado Fang Hui, no le daban ganas de estar allí. Entonces vio que Sun Wenqu hablaba por teléfono.

Mejor regresaba a su cuarto.

Justo cuando estaba a punto de irse, Sun Wenqu le hizo una seña con la mano desde dentro.

—Pasa.

—Estás al teléfono… —Fang Chi se rascó la cabeza y entró en la habitación.

—Es Liang-zi —dijo Sun Wenqu—. No hay problema.

—Oh —respondió Fang Chi. Se sentó junto al escritorio y abrió al azar una página de su Banco de preguntas de matemáticas de tercer año para vacaciones de invierno (nivel dios). Pensaba resolver algunos ejercicios para sentirse menos improductivo. Con suerte, alcanzaría la iluminación.

Sun Wenqu estaba recostado en la ventana. Por lo que decía, parecía estar hablando con Liang-zi sobre unas teteras.

Fang Chi no quería escuchar la conversación, así que se puso los auriculares. Ya había «espiado» suficiente a Sun Wenqu haciendo cerámica; no quería ser tan descarado y entrometerse también en sus asuntos con Ma Liang.

Aun así, cuando Sun Wenqu hablaba de temas serios, con expresión neutra y sin ese aire medio burlón que solía tener, imponía bastante: ese tipo de presencia que hace a uno sentir la brecha entre ambos.

—¿No tienes dónde estar? —Sun Wenqu le quitó uno de los auriculares al colgar.

—Ajá. —Fang Chi seguía mirando el banco de preguntas—. Cuando se vayan el tercer día, tendré espacio.

—¿Y estas noches dónde piensas dormir?

—Pues… —Fang Chi bajó un poco más la cabeza—. Me amontonaré con mi abuelo, supongo.

—Oh. —Sun Wenqu le puso el dedo índice en la frente y se la levantó—. ¿No te da miedo quedarte ciego? Estás lamiendo el papel con tanto empeño.

—Lamer es muy saludable. —Fang Chi se enderezó.

—Sigue estudiando —dijo Sun Wenqu y, sin más, se quitó la ropa de un solo movimiento.

Fang Chi se atragantó. Antes de que pudiera reaccionar, Sun Wenqu ya se había quitado también el pantalón y lanzado a la cama. Fang Chi empezó a toser sobre la hoja del banco de preguntas.

—¿Qué tienes? —le preguntó Sun Wenqu, ya metido bajo el edredón.

—Nada. —Fang Chi lo miró de reojo—. ¿Duermes… sin ropa?

—¿Qué creías? —respondió Sun Wenqu—. ¿Que iba a seguir usando la ropa con la que ya dormí anoche?

—Ah… —Fang Chi volvió a inclinarse al instante sobre su hoja—. Bueno, duerme.

Anoche.

Anoche.

Para ser honesto, Fang Chi no recordaba muy bien lo que había pasado la noche anterior.

O tal vez sí lo recordaba, pero al pensar en ello, sentía como si todo estuviera envuelto en un lente tembloroso, borroso, haciéndole dudar si había sido sueño o realidad.

No.

Tal vez sí sabía que era real, solo que no se atrevía a creerlo.

Fang Chi clavó la mirada en la hoja de ejercicios mientras su lápiz garabateaba cálculos en el papel borrador.

Sun Wenqu no dijo nada, ni una sola palabra. Al hablar de anoche, actuaba como si no hubiera pasado nada.

Fang Chi lo miró de reojo: Sun Wenqu estaba acostado de lado, cara a la pared, jugando con Sir Amarillo, como tranquilizándolo antes de dormir. En momentos así, siempre daba la impresión de ser un niño.

Antes lo había considerado inmaduro, infantil, a veces incluso medio chiflado. Pero, al conocerlo mejor, descubrió que había otro lado de él, más profundo e insondable. Solo en esos momentos se daba cuenta de que Sun Wenqu no era un igual, sino un hombre diez años mayor, con talento, personalidad y, probablemente, una historia interesante detrás.

—Si vas a estudiar, concéntrate. Si no tienes ganas, no pierdas el tiempo sentado ahí como tonto. Mejor descansa un poco o vete a jugar un par de partidas de mahjong —dijo Sun Wenqu de repente, aún de espaldas.

—¿Eh? —Fang Chi se sobresaltó y lo miró—. Yo… estoy concentrado.

—¿Concentrado en qué? —Sun Wenqu se giró hacia él—. Estás haciendo ejercicios de matemáticas y el lápiz ni siquiera se ha movido. ¿Acaso eres un genio que lo resuelve todo en su mente? Vaya…

—Aaaaah. —Fang Chi se rascó la cabeza—. Ya empiezo, está bien, ya empiezo.

—Hazlo en serio. Veo que en tu familia nadie espera gran cosa de tu examen de ingreso a la universidad, así que el peso lo llevas tú solo —dijo Sun Wenqu—. Si no te preocupas , nadie más lo hará por ti. En el peor de los casos, siempre puedes ayudar en la tienda. Pero si de verdad quieres un buen resultado, entonces esfuérzate; si no, mejor deja de atormentarte y sigue con tu vida.

Fang Chi lo miró sin decir nada.

—¿Entendiste? Si entendiste, asiente. Si no, ven aquí y déjame darte un coscorrón. —Sun Wenqu lo miraba directamente.

—Entendí… —Fang Chi asintió.

—No te distraigas pensando en cosas innecesarias. Después del examen tendrás tiempo de sobra para darle vueltas a las cosas. —Sun Wenqu volvió a girarse hacia la pared.

Fang Chi se quedó en silencio un buen rato. Se puso los auriculares y concentró todos sus sentidos en su hoja de ejercicios.

Continuó así hasta antes de la cena. Tres horas seguidas sin parar. Completó dos hojas de ejercicios, aunque, por supuesto, dejó en blanco las preguntas que no entendía.

Sun Wenqu y Sir Amarillo estuvieron durmiendo todo el tiempo, sin moverse ni un poco, casi como si no existieran.

Cuando Fang Chi se quitó los auriculares, recién entonces escuchó la respiración suave y tranquila de Sun Wenqu. El que sí hacía ruido era Sir Amarillo, que dejaba escapar pequeños ronquidos como si tuviera algo bloqueándole la nariz.

Fang Chi se levantó a estirarse; tenía el cuerpo un poco entumecido. Al oír los ronquidos del gato, empezó a preocuparse. Sir Amarillo no solía roncar… Se acercó a la cama para ver qué le pasaba, pero el gato estaba hecho un ovillo junto a la cara de Sun Wenqu, por lo que no podía distinguir bien su posición.

—Sir Amarillo —lo llamó en voz baja—. ¿Sir Amarillo?

El gato no reaccionó y siguió roncando. Fang Chi se inclinó un poco más hacia la cama.

—¿Mariquita? —susurró—. No te estás asfixiando, ¿verdad?

Desde ese ángulo solo veía una oreja y la punta de la cola de Sir Amarillo, así como un tercio del perfil de Sun Wenqu. No tuvo de otra que arrodillarse sobre la cama y apoyarse en un brazo para asomarse justo por encima de Sun Wenqu.

Al fin pudo verlo bien: la nariz de Sir Amarillo estaba aplastada contra el brazo de Sun Wenqu.

—Te vas a asfixiar así —susurró Fang Chi. Extendió la mano y, con mucho cuidado, lo movió un poco hacia un lado.

El gato movió la cola con cierta reticencia.

Cuando la punta de esa cola rozó la barbilla de Sun Wenqu, Fang Chi supo que estaba en problemas.

Justo cuando dejó al gato y trató de saltar lejos de la cama, Sun Wenqu frunció el ceño y abrió los ojos.

Fang Chi quedó paralizado en esa posición. Si se movía ahora, parecería demasiado sospechoso.

Sun Wenqu probablemente despertó de un sueño profundo. Parpadeó varias veces, observando a Fang Chi con la mirada perdida durante unos diez segundos antes de emitir un sonido:

—¿Mmm?

—Es que… Sir Amarillo estaba roncando —señaló al gato.

—¿Mmm? —repitió Sun Wenqu, igual de confundido.

—Nunca ronca, así que me preocupé de que se estuviera sofocando, ¿sabes? Como eso de la disnea del ensueño o algo así… —trató de explicar.

—… apnea del sueño —corrigió Sun Wenqu.

—Oh. —Fang Chi asintió.

—Pero está respirando con normalidad, ¿no? —Sun Wenqu miró a Sir Amarillo.

—Ajá. —Fang Chi se bajó de la cama—. Solo fue que lo oí roncar y me dio cosa. Cuando vi que tenía la nariz pegada a tu brazo, lo moví un poco.

—Dejaste tu capacidad para expresarte en manos de la madre naturaleza, ¿no? —bostezó Sun Wenqu, estirándose—. Una frase tan simple y te toma media vida decirla. ¿Qué hora es?

—Pasadas las cinco. —Fang Chi revisó su teléfono—. Ya casi toca preparar la cena.

—Dormí tanto… —Sun Wenqu se arropó otra vez, tumbado sobre la almohada y cerrando los ojos—. ¿Terminaste los ejercicios?

—Dos hojas enteras. —Fang Chi sentía que su eficiencia hoy no tenía precedentes—. ¿Me las revisas más tarde?

—Mjm —respondió Sun Wenqu—. Ve a cenar.

Fang Chi se levantó, pero se detuvo un momento.

—¿Y tú? —preguntó.

—Comeré aquí —respondió Sun Wenqu—. Tráeme unos cuantos dumplings después.

—¿No bajarás a comer con todos? —Fang Chi se sorprendió.

—No, ya no. —Sun Wenqu sonrió con los ojos cerrados—. No soy parte de tu familia. Es Año Nuevo, no es apropiado que siga comiendo con ustedes. Con celebrar la Nochevieja juntos ya es suficiente. ¿Acaso puedo colarme en cada comida?

—¿Y qué tiene de malo? —Fang Chi frunció el ceño.

—Creo que unos quince serán suficientes —dijo Sun Wenqu—. Los dumplings de hoy son bastante grandes; quince bastarán.

Fang Chi entendió que no cambiaría de opinión y suspiró.

—Bueno. También te traeré algún acompañamiento.

—Si hay acompañamientos, con diez dumplings es suficiente —dijo Sun Wenqu, sonriendo.

A la abuela no le sorprendió cuando Fang Chi le dijo que Sun Wenqu no bajaría a cenar. Cocinó los dumplings con rapidez y sirvió algunos acompañamientos en pequeños platos.

—Ese chico, Shuiqu, tiene un carácter especial, me parece.

—Mjm —asintió Fang Chi.

—No es solo por su carácter —intervino el abuelo—. También lo hace para no incomodarnos. Si hay alguien ajeno a la familia, tal vez no nos sintamos tan cómodos.

—Es un muchacho considerado —dijo la abuela, dándole una palmada en el brazo a Fang Chi—. Aprende algo, pequeño revoltoso.

—Él ya es bastante considerado —dijo el abuelo riendo.

—¡Y luego dicen que soy yo la que lo malcría! ¡Tú sí que lo estás malcriando! —replicó la abuela.

Cuando Fang Chi entró a la habitación de Sun Wenqu con la comida, este estaba en el teléfono, probablemente hablando con Ma Liang: era el único que lo llamaba a ese número.

—¿Se cree muy creativo o qué…? Ese tono de mierda ni siquiera se verá bien después de la cocción… —Sun Wenqu estaba tumbado en la cama—. Sí, dile que usamos ese color y punto. Cambió de idea ocho veces en tres días; dudo que recuerde cuál quería al final. Bueno, te dejo, mi hijo me trajo la comida.

Del otro lado, Ma Liang dijo algo y Sun Wenqu soltó una risa antes de colgar.

—Recién hechos. Te traje un poco de vinagre también —le dijo Fang Chi.

—Huele delicioso. —Sun Wenqu se bajó de la cama en ropa interior, se acercó a la mesa y aspiró el aroma—. En serio, tu abuelo tiene talento. Podría abrir un restaurante campestre sin problema.

—Ponte algo —murmuró Fang Chi.

Sun Wenqu era alto y un poco delgado, pero bien proporcionado… Era la primera vez que Fang Chi lo veía con tanta claridad y sintió que había perdido la capacidad de saber dónde poner sus ojos.

Pero…

—No tienes ningún tatuaje en el muslo —soltó sin pensar.

—¿Eh? —Sun Wenqu, con los pantalones a medio poner, miró hacia abajo y estalló en risas. Mientras se vestía, dijo—: Llevas años viviendo solo, deberías ser más escéptico. ¿Cómo es que sigues tragándote todo lo que digo?

—Es que es la primera vez que conozco a alguien tan impredecible como tú —contestó Fang Chi.

—Solo tengo tres tatuajes —dijo Sun Wenqu, sentándose a comer.

—¿Y el de tu pie? ¿Qué dice? —preguntó Fang Chi.

Hello Kitty —respondió Sun Wenqu mientras masticaba.

—¿Qué? —Fang Chi se quedó en blanco.

Je-lou-ki-di —repitió Sun Wenqu en un tono diferente.

—No, no es que no te entienda… —Fang Chi no sabía si reír o llorar—. ¿Te tatuaste a la gatita Kitty en el tobillo?

—Sí, pero en negro. No usé rosa. —Sun Wenqu tomó un dumpling y lo acercó a la boca de Fang Chi—. ¿Quieres probar?

Fang Chi todavía estaba procesando la imagen de un tipo adulto tatuándose a Hello Kitty en el tobillo… y encima parecía lamentar no haberlo hecho en rosa. Sin pensar, se comió el dumpling de un bocado.

—Buen chico. Ahora ve a cenar —le dijo Sun Wenqu.

—Oh. —Fang Chi tragó y, al salir, se golpeó con el marco de la puerta.

La cena de esa noche fue tan abundante como siempre, pero Fang Chi no comió mucho. Sentía que no tenía mucha hambre. Tal vez había estado tan concentrado toda la tarde resolviendo ejercicios que aún no lograba aterrizar del todo.

Esa comida, como todas durante las celebraciones de Año Nuevo, se alargó bastante. Aunque Fang Chi ya había terminado de comer, no se levantó de la mesa y se quedó charlando con su abuelo.

Con todo el ajetreo de los últimos días, casi no habían tenido la oportunidad de hablar tranquilos.

Hablar con su abuelo no era como con sus padres, que solo preguntaban si estaba bien y ya. El abuelo prefería escucharlo contar anécdotas divertidas del día a día.

—¿Aquel niño que lloraba en cuanto se subía al muro sigue yendo a entrenar? —preguntó el abuelo.

—Sí, sigue yendo. Ya no llora —respondió Fang Chi con una sonrisa—. Y lo está haciendo bastante bien, la verdad.

—Tú también lloraste una vez cuando eras pequeño, ¿te acuerdas? Fue subiendo la montaña, te quedaste colgado de unas rocas y no sabías cómo bajar. —El abuelo dio un pequeño sorbo a su licor—. ¡Dios, cómo lloraste! Me rompiste el corazón…

Fang Chi se rio.

—Pero ni así me ayudaste a bajar.

—Podías bajar perfectamente. Si te hubiese ayudado, no habrías aprendido a hacerlo solo y la próxima vez te habrías quedado atrapado otra vez. —El abuelo cerró los ojos un momento, disfrutando el licor—. Ahora has crecido y ya no lloras.

—De niño tampoco era muy llorón —replicó Fang Chi, sirviéndole un poco de comida.

—Ajá, el que lloraba era Fang Hui, ¿te acuerdas? —susurró el abuelo—. Ese sí que era un escándalo. Una vez que empezaba, no paraba. ¡Me daban ganas de lanzarlo por la ventana!

Fang Chi se echó hacia atrás en la silla, riendo tanto que casi se atraganta.

Esa noche, hablar con el abuelo lo hizo sentir muy feliz. No importaba si estaba estresado, cansado o con la cabeza llena de cosas: bastaba con charlar un rato con él para sentirse más liviano.

El abuelo no era de dar grandes discursos ni consejos profundos, solo hablaba de cosas cotidianas, pero de alguna manera eso le traía recuerdos de cuando era pequeño, recostado sobre su espalda, sintiendo el leve vaivén de sus pasos mientras le contaba historias.

«Esto debe ser la nostalgia de la que hablaba Sun Wenqu —pensó—. Recuerdos enterrados en la memoria».

—¿Dónde dormirá Xiao-Chi? —preguntó su tía desde el otro lado de la mesa—. Si no, puedo acomodarme con Xiao-Ying y así queda espacio.

La atención de Fang Chi volvió al presente. Tras dos días seguidos de reuniones y festejos, toda la familia estaba cansada. Esta noche nadie planeaba desvelarse y ya discutían cómo se repartirían las habitaciones.

Xiao-Ying ya es una señorita, necesita su espacio. Xiao-Chi puede quedarse con su abuelo —propuso su madre—. Así todos tendrán dónde dormir.

—¿Te acomodas conmigo? —le preguntó el abuelo, mirándolo.

—Mmm —asintió Fang Chi.

Mañana tendrían que visitar a familiares. Aunque todos vivían en el mismo pueblo, igual habría que madrugar. Así que, después de un rato más de conversación, todos se fueron a dormir.

El abuelo se fue primero a la habitación. Para cuando Fang Chi terminó de lavarse la cara y cepillarse los dientes, él ya estaba dormido, roncando.

Siempre pasaba lo mismo: si bebía un poco, roncaba.

—Señor, sus ronquidos son cada vez más majestuosos. —Fang Chi le dio unos golpecitos suaves en la cara y lo ayudó a recostarse de lado.

Se acostó en la cama también. Tenía sueño, pero no lograba dormirse.

Los ronquidos del abuelo eran rítmicos; cambiaban de volumen, a veces se detenían y luego volvían. Cuanto más los escuchaba, menos podía dormir.

Media hora después, Fang Chi se levantó de la cama y salió de la habitación con pasos ligeros.

Chico dormía justo fuera de la habitación, sobre una «cama» que el abuelo le había armado con unos sacos viejos. Al ver a Fang Chi salir, se levantó moviendo la cola.

—Sigue durmiendo. —Fang Chi le acarició la cabeza.

Con todos ya acostados, deambuló por la sala sin saber qué hacer. «¿Leer algo?». Pero todos sus libros de texto estaban en la habitación de Sun Wenqu.

Subió las escaleras con cuidado. Cuando vio la luz filtrándose por debajo de la puerta de Sun Wenqu, se detuvo. «¿Todavía despierto?».

Sacó su teléfono y miró la hora. Ya eran las doce. «¿Habrá dormido tanto esta tarde que ahora no puede conciliar el sueño?». Se acercó a la puerta y escuchó. No se oía ningún ruido. Iba a tocar, pero se detuvo. Dudó un momento, luego pegó un ojo a la rendija para espiar dentro.

Sun Wenqu estaba de pie frente al torno de cerámica, vestido con solo un pantalón de chándal. Llevaba audífonos, tenía un palillo de bambú entre los dientes —parecía ser alguna herramienta— y observaba absorto una tetera sobre la rueda.

Fang Chi bajó la mano.

Cada vez que Sun Wenqu entraba en ese estado, le parecía imposible interrumpirlo. Era como si algo lo separara del mundo que lo rodeaba, como si no hubiera espacio para entrar sin romper ese momento.

Tch.

Y decía que iba a tocarle el erhu.

Se dio la vuelta y bajó. En la mesa de la sala encontró una cajetilla de cigarros y salió al patio a fumar.

Cuando regresó adentro, se tumbó en el sofá y se cubrió con la manta que su abuela usaba al ver televisión.

Sería una larga noche.

Con el brazo por almohada, se quedó mirando el cielo oscuro a través de la ventana.

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