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CUANDO LOS abuelos se levantaron a practicar baduanjin por la mañana, Fang Chi también se despertó, aunque no se movió. Estaba tan cálido bajo la manta que no quería salir de ahí.
Se dio la vuelta, se cubrió la cabeza con la manta e intentó dormitar un poco más. Pero al arroparse, percibió un tenue aroma a leche de coco.
¿Sun Wenqu?
Fang Chi abrió los ojos, medio adormilado, y miró la manta sobre él.
Rayas grises y azules.
No había duda: era el edredón de Sun Wenqu.
Se incorporó de golpe, pero el sofá era demasiado estrecho. Al apoyar la mano en el costado para sostenerse, tocó el vacío y terminó cayendo directo al suelo.
Se levantó de un salto y sacudió el edredón con fuerza.
Ahora sí que se le había ido todo el sueño.
¿Cómo había terminado el edredón de Sun Wenqu sobre él?
Fang Chi echó un vistazo hacia arriba, luego salió corriendo al patio trasero y se paró detrás de sus abuelos, moviendo brazos y piernas junto con ellos.
—Abuelo —susurró—, ¿de dónde salió la manta con la que dormí?
—¿No sé? —El abuelo se volteó para mirarlo—. ¿Y tú por qué estabas durmiendo en el sofá?
—Será porque tus ronquidos son música para los oídos —comentó la abuela.
—Es que tomé un poco de licor —se rio el abuelo.
Fang Chi charló un rato con los abuelos, luego volvió a la sala, dobló bien el edredón de Sun Wenqu y lo llevó en brazos escaleras arriba.
Sun Wenqu solo tenía ese edredón. Si se lo había prestado, significaba que él se había quedado sin nada para cubrirse. No sabía cuándo se lo había bajado, ni si había podido dormir en toda la noche.
Esta vez no le importó si Sun Wenqu estaba haciendo cerámica o si lo interrumpiría; tocó con fuerza la puerta varias veces.
—Voy —respondió Sun Wenqu desde dentro.
—Apúrate. —Fang Chi volvió a tocar, esta vez más bajo—. ¿Qué te pasa?
La puerta se abrió y lo recibió un Sun Wenqu en pijama.
—¿Qué me pasa de qué?
—¿Otra vez no dormiste? —Fang Chi entró y arrojó el edredón sobre la cama. La tetera ya tenía forma, con líneas de colores tenues trazadas sobre ella. Aún no se distinguía bien el diseño, pero se veía hermosa. Frunció el ceño—. Te quedaste despierto toda la noche, ¿verdad?
—Dormí demasiado en la tarde, no podía pegar ojo en la noche. —Sun Wenqu sonrió—. Ahora tampoco tengo sueño.
Fang Chi lo observó: su cara no lucía mal y no se le veían los ojos rojos ni nada raro, así que no dijo más. Solo se acercó a Sir Amarillo, que estaba agazapado sobre la mesa, y le pellizcó la oreja.
Sir Amarillo le soltó un zarpazo sin ninguna contemplación y se escapó saltando a la cama.
—¿Cómo supiste que estaba durmiendo en la sala? —preguntó Fang Chi, mirando a Sun Wenqu.
—Fui al baño —respondió Sun Wenqu—. Al pasar por la sala casi me da un infarto. Estabas ahí, durmiendo como un pulpo.
—¿Ah, sí? —Fang Chi se rascó la cabeza—. Creo que no me muevo cuando duermo.
—Eso crees tú. —Sun Wenqu se rio—. Te dejé la manta porque noté que hacía más frío en la sala.
—Gracias…
—No hay de qué. —Sun Wenqu bostezó—. Prepárame un tazón de fideos, ¿sí?
—Mmm. —Fang Chi asintió, luego pensó un momento y añadió—: Hoy tenemos que ir a visitar a nuestros familiares y dar los saludos de Año Nuevo. No habrá nadie en casa al mediodía… Si quieres comer algo, dime y te lo dejo listo. Yo vuelvo por la tarde.
—No es necesario —respondió Sun Wenqu—. Iré a la sede del condado. Tu abuelo me dijo que ya hay autobuses hoy.
—¿A la sede del condado? —Fang Chi parpadeó, sorprendido—. Hoy solo hay dos autobuses, uno por la mañana que va y otro por la tarde que regresa. ¿Vuelves en la tarde?
—No. Regreso mañana. —Sun Wenqu le dio una palmada en el hombro—. Tu tío Liang-zi llegó y se quedará allí. Hoy pasaré el rato con él y mañana volveremos juntos.
—¿Qué? —Fang Chi se quedó completamente en blanco.
—Esta noche puedes dormir en mi cuarto. No hace falta que te quedes en el sofá —añadió Sun Wenqu.
—¿No vas a volver esta noche? —Fang Chi aún no lo asimilaba.
—Mjm. —Sun Wenqu asintió y luego, girándose hacia él, le preguntó—: ¿Qué pasa?
—Yo… —Fang Chi no supo qué decir. De pronto sintió un vacío extraño en el pecho. Se sentó en la silla junto a la mesa, tomó un bolígrafo y empezó a girarlo entre los dedos—. Nada.
—¿Piensas que será aburrido ir a visitar a tus familiares? —Sun Wenqu sonrió y le revolvió el cabello.
—Mmm, aburridísimo. Apenas conozco a esos parientes, no hay tema de conversación. —Fang Chi suspiró.
—Pero recibirás sobres rojos. —Sun Wenqu volvió a revolverle el cabello.
—¿Qué tan grandes pueden ser esos sobres rojos? No son nada tentadores. —Fang Chi sonrió—. Ni juntándolos todos llegan a la cantidad de tu sobre… ¿Cuánto había en ese?
—¿Aún no lo has contado? —Sun Wenqu se apoyó en la mesa.
—No, me dio vergüenza. Solo sentí que era bastante. —Fang Chi se palpó el bolsillo interno de la chaqueta.
—¿Todavía lo traes encima? —Sun Wenqu soltó una carcajada.
—Ha estado en mi bolsillo todo el tiempo. Si ni me he cambiado de ropa.
—No es tanto, solo 2666.[1] Tuve que cambiar el dinero en el banco del pueblo y me tuvieron ahí una eternidad. El servicio fue pésimo.
—… Es demasiado, ¿no? ¿Todos los niños ricos y ociosos como tú siempre lo hacen así?
—¿Quién dijo eso? Para nosotros, los niños ricos y ociosos, menos de 5000 es una vergüenza. —Sun Wenqu dio unos golpecitos a la mesa. Sir Amarillo saltó desde la cama y él lo recogió en brazos—. Es solo por el buen augurio.
—Oh. —Fang Chi asintió.
Después de eso, ambos guardaron silencio. Fang Chi no estaba de buen humor. Ya de por sí, visitar a los familiares era aburrido, pero ahora Sun Wenqu se iría al centro y no volvería hasta mañana.
«Qué fastidio».
—Ey. —Sun Wenqu dio unas pataditas a la pata de la silla—. Tengo hambre.
—¿Mmm? —Fang Chi alzó la cabeza—. Ah.
Se puso de pie y salió de la habitación, yendo a la cocina a preparar los fideos.
Solo cuando el agua empezó a hervir cayó en la cuenta: «¿Ma Liang viene?».
—Sí, la última vez que vino le encantó este lugar —dijo Sun Wenqu mientras comía.
—¿Qué tiene de divertido con este frío? —Fang Chi no lo entendía.
—Tú no sabes, ya sea en el pueblo o en la sede del condado, el ambiente festivo se siente más que en la ciudad. Además, aquí se pueden encender fuegos artificiales. Es divertido —explicó Sun Wenqu—. Este año él y su esposa no fueron a casa de sus papás, lo pasaron solos, así que no tienen nada mejor que hacer.
—¿… Y cuántos días se quedará?
—No lo sé, tal vez uno o dos. También tengo que hablar con él de unos asuntos. Como trajo auto, moverse entre el condado y el pueblo no será un problema. —Sun Wenqu lo miró—. ¿No vas a comer?
—Sí. —Fang Chi bajó la cabeza y revolvió los fideos con los palillos antes de llevarse un bocado a la boca.
—¿Cuándo regresas a la escuela? Podrías ir en su auto, así no tendrías que apretujarte con otros.
—… No hace falta. Vuelvo el seis.
—Bueno.
Después de comer, ayudó a sus abuelos a organizar los regalos y productos de Año Nuevo que llevarían. Fue solo cuando casi habían terminado que el resto de la familia llegó.
La mayoría de las visitas familiares eran para los hermanos mayores del abuelo. En teoría, los ancianos no tendrían por qué salir de casa; los más jóvenes deberían encargarse de ir y venir. Pero a los abuelos les gustaba tomárselo como una excursión. Además, sentían que, a su edad, cada encuentro era valioso, ya que podría ser el último. Así que, cada año, les gustaba hacer el esfuerzo de visitarlos para charlar sobre sus recuerdos de infancia. Ya después, cuando las piernas no dieran más, se quedarían en casa a esperar las visitas como dioses del templo.
Por suerte, vivían cerca. Fang Chi le pidió prestado un coche al señor Zhang. Conducir unos minutos bastaba para llegar.
—Hay menos autobuses por el Año Nuevo, así que habrá mucha gente. Ten cuidado —le advirtió la abuela a Sun Wenqu en el patio trasero—. Y el lugar para esperar el bus no es el de siempre, hay que caminar un poco más… ¿Cómo te lo explico? Está por…
—Yo lo acompaño —la interrumpió Fang Chi al acercarse.
—Todavía no se va —respondió la abuela—. ¿Lo vas a sacar al frío desde ahorita?
—Vayan ustedes primero. Que papá y mi segundo tío manejen. Después de despachar a Shuiqu, iré por mi cuenta. Pediré prestada una moto —dijo Fang Chi, decidido.
—Está bien, como quieras. —La abuela le dio una palmadita y entró en la casa—. Antes, si te pedíamos que llevaras a Fang Hui, no te movías ni a palos. Ahora bien diligente, ¿no?
—Fang Hui es un pedazo de mierda. —Fang Chi chasqueó la lengua.
—¡Ay, este mocoso! —La abuela retrocedió y le dio una palmada en la espalda—. ¡Como te oiga se va a armar una pelea!
—No puede ganarme —replicó Fang Chi—. Con una sola mano lo mandaría volando en un triple mortal.
—¡Qué molesto eres! —La abuela le dio otra palmada.
Con tanta gente en casa, salir era un caos. Todos gritaban al mismo tiempo, sin orden alguno. Su padre y el segundo tío se abrieron paso entre el desorden para cargar las cosas al coche y luego ayudar a los abuelos a subir.
—¡Vamos, vamos, súbanse ya! —gritó su padre.
El segundo tío trajo otro coche, y sumado al prestado por el señor Zhang, eran dos en total. La discusión sobre quién iría en cuál se prolongó un buen rato. Al final, Hu Ying y Fang Hui terminaron en el mismo auto, a lo que ella protestó:
—¡Quiero cambiar, quiero ir con el abuelo!
—¡Vamos, arranquen! —Fang Yun tiró de ella—. ¡Si seguimos así, nunca saldremos!
Cuando los coches se marcharon, Fang Chi se quedó en el patio, sintiendo que al fin había paz. Todo ese lío tomó una hora y hasta Chico se había escondido en algún lugar para escapar del bullicio.
—¡Sun Wenqu! —llamó desde el patio. No sabía si estaba arriba o en el patio trasero.
—¡Aquí! —La voz de Sun Wenqu llegó desde el patio trasero, acompañada por los ladridos de Chico.
Fang Chi fue hacia allí y lo encontró jugando con ella.
—Pensé que todavía faltaba un rato. —Fang Chi sacó su teléfono y miró la hora—. Pero con todo este alboroto, ya no hace falta esperar. Prepárate, ya puedes irte.
—¿Preparar qué? —Sun Wenqu lo miró.
—Pues lo que te vas a llevar, ¿no? ¿No vas a la sede del condado? —preguntó Fang Chi—. ¿No llevarás una mochila o algo?
—Me meto un calzoncillo al bolsillo y ya —respondió Sun Wenqu—. ¿Qué más voy a llevar? Si no me voy tanto tiempo.
—Oh —soltó Fang Chi.
No sabía por qué, pero esa respuesta le mejoró el humor de inmediato.
—¿Y si vienes conmigo al condado? —Sun Wenqu sonrió de repente—. Llevas toda la mañana mosqueado porque me voy de escapada sin avisarte, tengo esa sensación.
—¿Yo? —preguntó Fang Chi.
—Sí. —Sun Wenqu se acercó a él y examinó de cerca su rostro—. Lo tienes escrito en la frente: «Se va al centro y ayer ni siquiera me avisó».
Fang Chi se rio.
—Pues sí. ¿Por qué no dijiste nada ayer?
—Se me olvidó. Yo soy así. Cuando trabajo, pierdo la noción de las demás cosas. —Sun Wenqu esbozó una sonrisa.
—No llevas a Sir Amarillo, ¿verdad?
—No. Esta noche puedes dedicarte a ganarte su afecto. Si no, cuando te vayas, es posible que no quiera ir contigo.
—No le quedará de otra. Lo meteré en el transportín y se vendrá conmigo, le guste o no —dijo Fang Chi sin darle importancia—. Ya me rendí en intentar acercarme a él.
—¿Regresas a la escuela el seis? —Sun Wenqu se agachó y le dio un toquecito en la frente a Chico—. Pensé que te quedarías hasta después del quince.[2]
—Tenemos clases de refuerzo. Podría ser peor: podrían habernos dado vacaciones solo para Año Nuevo y hacernos volver al día siguiente —suspiró Fang Chi.
—Cuando vuelvas, debes trabajar más duro. Total, solo es un corte. Lávate bien el cuello y, después del tajo, te sentirás mejor[3] —dijo Sun Wenqu.
—Qué cosas dices. —Fang Chi soltó una risa.
Sun Wenqu no tenía mucho que empacar. Y, de hecho, solo tomó un calzoncillo, lo metió en una bolsa hermética, se lo guardó en el bolsillo y quedó listo para salir.
Fang Chi salió con él y Chico, caminando despacio hacia la entrada del pueblo.
Ese día había dejado de nevar y el sol, por fin, asomaba, aunque el viento seguía algo fuerte.
El pueblo estaba animado: en la entrada, unos niños lanzaban petardos, y cada explosión arrancaba una oleada de gritos emocionados.
—¿Tú eras así de pequeño? —preguntó Sun Wenqu mirando a los niños.
—Más o menos —respondió Fang Chi, aspirando aire frío—. Pero prefería subir a la montaña. Mi abuelo me llevaba a ver el paisaje nevado.
—¿Y era bonito? —Sun Wenqu volvió la vista hacia las montañas a lo lejos.
—Para nada. Me caía cada vez, por poco me mato —respondió Fang Chi.
El autobús de hoy no era el habitual. Había que seguir un sendero desde la entrada del pueblo hasta una bifurcación para tomar un autobús de otra localidad que pasaba por ahí.
A Fang Chi siempre le pareció que la distancia era larga, pero mientras hablaban, sin darse cuenta, ya habían llegado.
—Demonios. —Sun Wenqu se llevó la mano al cuello de repente.
—¿Qué pasa? —Fang Chi estaba confundido.
—Olvidé ponerme la bufanda. Por eso sentía que iba desnudo —dijo Sun Wenqu—. ¿Da tiempo de volver a buscarla?
—Ni de broma —suspiró Fang Chi, se quitó su propia bufanda y la envolvió alrededor del cuello de Sun Wenqu—. Usa la mía. La tejió mi abuela, es bastante cálida.
—Hum. —Sun Wenqu se la ajustó.
Apenas estuvieron parados unos minutos en el borde de la carretera cuando el autobús se acercó desde la distancia.
Fang Chi levantó la mano para que se detuviera. Luego se volvió hacia Sun Wenqu, con la intención de decirle algo, pero no encontró las palabras, así que solo dijo:
—Sube. Al condado son diez yuanes. Aumentaron el precio por las fiestas.
—Hum. —Sun Wenqu sonrió. Cuando estaba a punto de subir, le dio un golpecito en la cara a Fang Chi con la mano—. Anda, regresa ya, hace un frío del demonio.
—Todavía tengo que ir a dar los saludos de Año Nuevo. —Fang Chi reaccionó rápido y le dio también un golpecito en el dorso de la mano.
—¡Ay! —Sun Wenqu retiró la mano y se la frotó—. ¿Tienes idea de lo fuerte que pegas?
—No. —Fang Chi retrocedió unos pasos—. Ya sube.
Cuando el autobús llegó a la sede del condado, Ma Liang y su esposa ya estaban esperándolo en su coche fuera de la terminal. En cuanto bajó, Sun Wenqu los vio.
—Oye, guapo, ¿va-vas a… ese? ¿Qué, qué era? Ah, olvídalo. Guapo, ¿ne-necesitas un ave…?
Ma Liang trató de hablar, pero no lograba hilar las palabras y su esposa terminó interrumpiéndolo:
—¡Amigo! ¿Vas a algún lado? ¿Necesitas un aventón? Si vamos para el mismo lado, podemos llevarte. Será más barato que los taxis turísticos —dijo Hu Yuanyuan de corrido.
Ma Liang le dio un pulgar hacia arriba.
—¿Ustedes ya hicieron un viaje? —Sun Wenqu se echó a reír.
—Queríamos, pero estábamos esperándote. —Hu Yuanyuan le dio una palmada a la minivan—. Con solo estacionar aquí, en media hora nos preguntaron como quince personas. Estás arruinando nuestro negocio.
La sede del condado tenía mucho más movimiento que el pueblo. Aunque ya había pasado la hora del almuerzo, no les costó nada encontrar un restaurante que se viera decente.
—Pensé que ganarías algo de peso pasando el Año Nuevo aquí. —Hu Yuanyuan tecleaba en su teléfono mientras miraba de reojo a Sun Wenqu—. Pero sigues igual. Esa cara delgada y fatigada bajo el viento tiene una belleza trágica. Otra vez no dormiste, ¿verdad?
—Ajá. —Sun Wenqu se rio con ganas.
—Ese trabajo no es urgente, no hace falta que te mates. Deberías engordar un poco, con lo bien que se come en estas fechas, pero no has subido ni un gramo —suspiró Hu Yuanyuan.
—Creo que se… se notará más adelante. Engordar lleva su ci-ciclo —dijo Ma Liang.
—Parece que a ti ya te llegó ese ciclo. —Sun Wenqu le palmeó el vientre.
—Sí, llegó a los nueve meses y medio —asintió Hu Yuanyuan—. Y encima ahora cuesta conseguir niñera. Estoy desesperada.
Hu Yuanyuan ordenó varios platos y una botella de vino, luego volvió a concentrarse en su teléfono.
—Ustedes hablen tranquilos, pueden tomar sin miedo que yo manejo. Estoy lidiando con un cliente que tiene cero comprensión y llevamos veinte minutos intentando entendernos —dijo.
Sun Wenqu le sirvió un poco de sopa de pato en su tazón.
—Pensé que vendrías co-con tu… hijo. —Ma Liang le sirvió vino en su copa.
—Está con su familia visitando parientes —respondió Sun Wenqu con una sonrisa—. Andas muy pendiente, ¿eh?
—So-solo un poco —dijo Ma Liang—. Lo que pasa es que tú nu-nunca me das tran… quilidad.
—¿Ha habido algún problema estos días? —preguntó Sun Wenqu.
—No —respondió Ma Liang, levantando su copa y chocándola contra la de él—. Sun Yao vino a bu-buscarme una vez, preguntando dónde esta-tabas. Le dije que debías estar du-durmiendo debajo de algún… puente.
Sun Wenqu bebió un sorbo de vino y se rio.
—Qué buen amigo eres. ¿No te gritó?
—No, ella es muy e-elegante para eso. Nunca le grita a na-nadie, solo da se-sermones. Me sermoneó hasta que me quedé do-dormido, entonces se fue.
—Ya tienes agallas, ¿eh? —Sun Wenqu se rio durante mucho tiempo—. Si no le das cara ahora, cuando tome las riendas del negocio de mi padre, lo primero que hará será echar abajo tu estudio de porquería. Te va a exprimir hasta dejarte seco.
—No me asusta. —Ma Liang lo señaló—. Te te-tengo a ti.
Sun Wenqu no dijo nada, solo lo miró.
—Si aceptaras traba… trabajar conmigo —dijo Ma Liang mientras comía—, ni Sun Yao ni el a-anciano me harían temblar.
—Yo solo prometí ayudarte con ese juego de té —le recordó Sun Wenqu.
—Entonces vete a do-dormir debajo de un… puente —replicó Ma Liang.
Sun Wenqu se rio y le habló con voz exageradamente melosa:
—Qué malo eres.
—No-no me hagas eso. —Ma Liang le dio un golpecito en la mano—. Mi espo… mi esposa está aquí.
Sun Wenqu se atragantó y se dio vuelta riendo y tosiendo al mismo tiempo.
—No necesitas ser tan blando con él —le dijo Hu Yuanyuan a Ma Liang—. A este tipo de personas, que no responden ni al palo ni a la zanahoria, es mejor dejarlas de lado. Ya vendrá él solo cuando se vea acorralado o cuando seamos nosotros los que estemos sin salida.
—¿Yo no respondo al palo ni a la zanahoria? —preguntó Sun Wenqu riendo.
—Tú solo respondes a lo que se te antoja. —Hu Yuanyuan puso un trozo de costillas en su plato—. Come, que estamos en plenas fiestas, no dejes que Liang-zi siga hablando de estas tonterías.
Cuando estaba con Ma Liang y su esposa, Sun Wenqu siempre se sentía relajado, incluso si el futuro se veía completamente incierto.
De todos modos, nunca lo había tenido muy claro.
También se sentía cómodo estando con Fang Chi, pero de un modo diferente.
Ma Liang conocía todo sobre él y entendía lo que pensaba, y eso le daba paz, no le agotaba el corazón. En cambio, aunque Fang Chi no lo comprendía tanto —o quizá justamente por eso—, cuando estaba a su lado sentía una especie de seguridad, y hasta podía dormir más profundo que de costumbre.
Era una sensación muy agradable si lo pensaba.
Solo que algo había empezado a cambiar en Fang Chi, y Sun Wenqu no sabía si eso era bueno o no.
Almorzaron tarde para empezar, y entre la charla y la bebida, apenas se dieron cuenta de que el sol ya estaba ocultándose. Ma Liang miró su teléfono.
—Mierda, bien podríamos ce-cenar de una… vez.
—Entonces pidamos más comida aquí mismo —sugirió Hu Yuanyuan.
—No, mejor cambiemos de lugar —propuso Sun Wenqu con una sonrisa—. Hay que variar un poco.
—De acuerdo. —Ma Liang pagó la cuenta y se puso de pie.
Hu Yuanyuan quería comer barbacoa. Los tres iban en el auto dando vueltas sin rumbo por el centro y, aunque sentían que ya habían recorrido medio condado, no encontraron ningún restaurante de ese estilo.
—Oye, ¿por qué no trajiste el otro auto? —se quejó Sun Wenqu, encogido en el asiento trasero—. Esta chatarra ni siquiera tiene calefacción, me estoy congelando.
—Ten, ten uno. —Ma Liang, sentado en el asiento del copiloto, tomó un calentador de manos del regazo de Hu Yuanyuan y se lo pasó.
—Qué pequeño. —Sun Wenqu se lo pegó en la cara y luego en las orejas un rato.
La temperatura de la bolsa no estaba mal. Cuando la presionó contra su oreja, tuvo la fugaz sensación de que era como la mano de Fang Chi calentándolo.
—¿Por qué no llamas a mi sobrinito y le preguntas? —sugirió Hu Yuanyuan, inclinando la cabeza—. Él es de por aquí, seguro sabe.
—Hum. —Sun Wenqu sacó su teléfono.
—Solo estaba esperando que alguien di-dijera eso —comentó Ma Liang.
—Entonces sigamos dando vueltas. —Sun Wenqu volvió a guardar el teléfono en su bolsillo.
Ma Liang se rio; pero justo en ese momento, el teléfono de Sun Wenqu vibró en su bolsillo.
Lo sacó y miró la pantalla. La llamada era de: «Hijo querido».
—¿Hola? —contestó.
—¿Están comiendo ya? —Fang Chi hablaba con la boca algo llena, como si estuviera masticando.
—Todavía no, no encontramos lugar. —Sun Wenqu miró por la ventana—. ¿Ya volviste?
—Mmm, apenas.
—¿Ya comiste?
—No. —Se escuchó el sonido de alguien masticando—. Solo crema de maní con chocolate.
—… ¿Qué pretendes con eso?
—Que te antojes. —Fang Chi se rio.
—Ah, ¿así que ahora te crees muy listo? —Sun Wenqu chasqueó la lengua.
—El abuelo tostó semillas de sésamo. Mañana te haré pasta de sésamo, que el chocolate engorda.
—¿Y aun así lo estás comiendo?
—La cantidad de ejercicio que hago yo, un perro salvaje, no es comparable a la de una serpiente como tú. Siempre pensé que en invierno entrarías en hibernación.
Sun Wenqu soltó una carcajada.
—Perro salvaje, necesito preguntarte algo.
—Dime —dijo Fang Chi, y se oyó cómo tomaba otro sorbo ruidoso de chocolate.
—¿Dónde hay barbacoa en este condado? —preguntó Sun Wenqu, mirando por la ventana—. Hasta he visto restaurantes de pollo al estilo Xinjiang, pero nada de barbacoas.
—Cerca de la estación de autobuses hay uno —respondió Fang Chi—. Se llama algo como «Reino de la barbacoa Jin» o «Coreano no sé qué».
—La estación de autobuses, autobuses… ¿Eso es cerca de donde me esperaron ustedes? —preguntó Sun Wenqu, mirando a Hu Yuanyuan.
—Sí. —Ma Liang se golpeó la pierna—. Dimos tre… menda vuelta para na-nada.
—¿Saben cómo llegar? —preguntó Fang Chi.
—Claro, tu tío Liang-zi es un GPS humano —respondió Sun Wenqu con una sonrisa.
—Entonces… —Fang Chi dudó un momento—. Bueno, vayan a comer.
—Aún no llegamos. —Sun Wenqu frotó el calentador de manos.
—Oh. —Fang Chi hizo una pausa, y entonces, al fondo, se oyó la voz de la abuela llamándolo—. Tengo que ir a comer.
—Ve —dijo Sun Wenqu.
—Tú… tú y el tío Ma… Liang-zi, ¿a qué hora regresan mañana? —preguntó Fang Chi—. Mi abuela acaba de decir que estarán para el almuerzo, ¿es cierto?
—Sí, es que tu tío Ma Liang-zi se muere por probar la comida de tu abuelo. Ya le he hablado maravillas varias veces —respondió Sun Wenqu con una sonrisa.
—Entonces… —Fang Chi dudó otra vez—. Entonces…
—¿Mmm? —Sun Wenqu levantó la cabeza y notó que Ma Liang lo estaba mirando sin pestañear.
—¿Sabes cómo llegar? —preguntó Fang Chi—. ¿Quieres que vaya a recogerlos?
—Por supuesto que sé cómo llegar. —Sun Wenqu se rio apenas lo escuchó—. ¿Cómo no voy a saber si son solo unos cuatro pasos?
—Oh. —Fang Chi no dijo nada más.
—Bueno, ven a recogernos —cedió Sun Wenqu—. Te llamo cuando estemos cerca.
—Está bien. —Fang Chi se alegró—. Iré a cenar entonces.
—Mmm. —Sun Wenqu colgó y miró a Ma Liang—. ¿Querías decir algo?
—Él está por to-tomar el examen de ingreso a la universidad —comentó Ma Liang.
—Lo sé. —Sun Wenqu se guardó el teléfono—. Regresará a la escuela el seis.
[1] En la cultura china, el número 2666 se considera de buen augurio, especialmente en el Año Nuevo. 2 y 6 tienen sonidos similares a palabras como «doble de suerte y prosperidad» y «fluir sin obstáculos», y la repetición de 6 refuerza el deseo de que todo marche sin contratiempos: triple suerte, riqueza y felicidad. Además, la suma 2+6+6+6=20 suena parecido a «te amo» (Ài nǐ – 爱你). También suena similar a (爱来爱去都是你 – ài lái ài qù dōu shì nǐ) «En el ir y venir del amor, siempre estás tú». Por eso, al 2666 se utiliza a menudo entre parejas para expresar su aprecio y amor mutuo; también usado comúnmente como bendición a los recién casados para que tengan una vida matrimonial tranquila.
[2] Se refiere al día quince del primer mes lunar, cuando se celebra el Festival de los Faroles. Muchos lo consideran el cierre no oficial del Año Nuevo Chino.
[3] Una metáfora algo violenta (pero común en el registro coloquial chino) para transmitir un mensaje de “relájate, esto será rápido y luego todo estará bien”.