XLIV. ¡DIOS, QUÉ GUAPO!

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FANG CHI PREPARÓ primero la pasta de sésamo y se la llevó a Sun Wenqu. Este estaba recostado contra el cabecero, con la computadora portátil en el regazo; al verlo entrar, no pudo evitar reír otra vez.

—¿Qué fue eso de hace rato?

—Me caí, ¿qué más? —Fang Chi dejó el tazón sobre la mesa y se frotó la frente—. Quería saltar los últimos escalones, pero calculé mal y pisé en falso.

—¿No te torciste el tobillo? —Sun Wenqu se bajó de la cama y se sentó junto a la mesa. Se inclinó a oler la pasta de sésamo—. Huele muy bien.

—Nunca en mi vida me he torcido el tobillo —respondió Fang Chi mientras salía de la habitación—. Come, no está demasiado dulce. No le puse mucho azúcar para que no engordes.

—Si engordo, pues engordo. ¿Qué más da? —Sun Wenqu se llevó una cucharada a la boca.

—No te verías bien si engordas —dijo Fang Chi, y salió de la habitación.

Sun Wenqu ya iba por la mitad del tazón cuando Fang Chi regresó con un cuenco de fideos humeantes.

—¿Qué hiciste? —le preguntó Sun Wenqu en cuanto lo vio.

—Fideos con salchicha y huevo. Al sacarlos les puse un poco de cebollín. —Fang Chi revolvió los fideos—. Me encanta este sabor.

—Espera. —Sun Wenqu se comió en dos segundos lo que quedaba de la pasta de sésamo y luego extendió el tazón vacío frente a él—. Dame un poco.

—… ¿No te llenaste? —Fang Chi se sorprendió. Según el apetito habitual de Sun Wenqu, un tazón de pasta sésamo después de la cena ya debería bastarle hasta el desayuno.

—Comí algo dulce y ahora quiero algo salado —dijo Sun Wenqu—. Solo un poco, no me entra más.

Fang Chi le compartió un poco de fideos y caldo.

—¿Vas a dormir otra vez en la sala esta noche? —le preguntó Sun Wenqu.

—… No, en el cuarto de mi abuelo. —Fang Chi bajó la cabeza para seguir comiendo—. Tú no vas a desvelarte hoy, ¿verdad?

—No, me dormiré en un rato. Hoy usé demasiado la cabeza.

—¿Usaste demasiado la cabeza? —Fang Chi lo miró—. ¿Desde cuándo la usas?

Sun Wenqu sonrió y chasqueó la lengua.

—¿Así me hablas?

—¿Fue por la conversación con el tío Liang-zi? —Fang Chi sonrió.

—Algo así. —Sun Wenqu se acostó en la cama—. Últimamente no deja de ponerme en dilemas… Pensar en el sentido de la vida cansa mucho. Hacía años que no le daba tantas vueltas a estas cosas.

—Entonces… —Fang Chi dudó un momento—. ¿Te molesta si me quedo aquí a estudiar un rato?

—No. Es raro verte así de aplicado. Es conmovedor.

Fang Chi bajó a lavar los platos y luego se quedó un rato viendo la partida de mahjong en la sala. Fang Hui, con una taza de té en una mano y semillitas de girasol en la otra —adoptando pose de experto—, terminó perdiendo dos rondas seguidas. Fang Chi no pudo evitar reírse.

—¿Es gracioso? —Fang Hui se volteó para mirarlo—. ¿Te parece gracioso?

—¡Mucho! —Fang Chi se estiró y subió las escaleras mientras reía—. Me hiciste la noche con esas dos regaladas. Si aguantas otro par de rondas, me dará para reír hasta el próximo Año Nuevo.

—Solo sabes reírte como tonto —gruñó Fang Hui.

—Eso sí, no estoy a tu nivel —asintió Fang Chi—. Todo serio, súper concentrado, exprimiendo tu cerebro al máximo… ¿para qué? Para regalar la partida. ¡Pum, pum, pum! Solo faltó una más y hacías fuegos artificiales. Seguro ya perdiste todo el dinero del Año Nuevo.

Fang Hui, furioso, golpeó las fichas y se puso de pie.

—¡Ya basta de discutir! —dijo la abuela desde la otra mesa, ordenando sus fichas—. No puedes ganarle.

—¡No juego más! —gritó Fang Hui, pateando la silla y dejándose caer en el sofá, donde empezó a apretar botones del control remoto sin cesar.

—¿Ya no juegas? —Hu Ying, que había estado observando mientras masticaba semillitas de girasol, ocupó su lugar de inmediato—. Perfecto, me toca.

Fang Chi subió las escaleras. Al abrir la puerta se quedó quieto un momento. Sun Wenqu ya estaba dormido, envuelto en su edredón y con la cara hacia la pared. Sir Amarillo se había hecho bolita entre su cuello y la almohada.

—¿Ya te dormiste? —preguntó Fang Chi en voz baja, cerrando la puerta con mucho cuidado.

—Casi —respondió Sun Wenqu con voz adormilada—. Estudia tranquilo.

—Oh. —Fang Chi apagó la luz principal, se sentó frente al escritorio y abrió su libro, ajustando la lámpara hacia sí.

Cada vez que estudiaba bajo la luz de la lámpara, Fang Chi experimentaba una sensación de profunda calma. Era como si la luz creara un caparazón: dentro del círculo iluminado estaba su mundo, y fuera de él, un silencio inmenso.

Sin embargo, no recordaba haber estado tan concentrado como ahora desde hacía mucho tiempo. Tal vez fueran las palabras de Sun Wenqu, tal vez porque pronto volvería a la escuela, tal vez simplemente porque podía oír la respiración tranquila de Sun Wenqu justo al lado.

No supo en qué momento se quedó dormido Sun Wenqu, ni cuándo terminó la partida de mahjong en la planta baja, ni cuándo entró Fang Hui en su cuarto para dormir.

Solo cuando escuchó los suaves ronquidos de Sir Amarillo se detuvo y miró la hora en su teléfono.

Ya eran más de la una.

«Qué sorpresa».

Estos últimos días habían estado llenos de sorpresas…

Pero, aunque era bastante tarde, no sentía mucho sueño. Bajó con pasos silenciosos. Ni siquiera había llegado al pie de la escalera cuando oyó los ronquidos de su abuelo, como si estuviera cantando.

Fang Chi sonrió, entró en su habitación y lo acomodó de costado. Luego fue a la cocina, encontró un tazón con alitas de pollo y se comió algunas compartiendo con Chico.

Después de comer, se lavó la cara y volvió a subir, regresando a la habitación de Sun Wenqu.

Sin embargo, tal vez porque ya había comido, cuando intentó seguir leyendo, el sueño empezó a vencerlo. Resistió hasta las dos y media, pero al final no pudo más y se levantó para irse a dormir.

Y una vez más, apenas estaba bajando las escaleras cuando escuchó los ronquidos del abuelo. Se quedó ahí durante cinco minutos, sin moverse… y terminó por dar media vuelta  y regresar a la habitación.

No sabía si fue intencional o no, pero Sun Wenqu dormía pegado a la pared, dejando un espacio amplio en la cama, suficiente para que alguien más cupiera ahí.

Fang Chi bajó por una cobija e intentó meterse en la cama sin hacer ruido.

Pero como buen señorito mimado de vida disoluta, la cama de Sun Wenqu tenía un colchón tan mullido que, por más cuidado que tuviera al acostarse, este seguía hundiéndose.

Después de dos pequeños movimientos, Sun Wenqu se volteó, quedó boca arriba y giró la cabeza hasta meter media cara en el pelaje de Sir Amarillo.

Fang Chi se quedó paralizado en una postura a medio camino entre acostarse y hacer abdominales, como un ladrón sorprendido. No se atrevió a bajar del todo hasta que notó que la respiración de Sun Wenqu se estabilizaba de nuevo. Solo entonces se acostó con cautela, soltó un suspiro de alivio y cerró los ojos.

El sonido de la respiración de Sun Wenqu, mezclado con los ronquidos suaves de Sir Amarillo a su lado, le daba a Fang Chi una inexplicable sensación de comodidad y calma.

Giró la cabeza para mirar el rostro semioculto de Sun Wenqu.

No alcanzaba a distinguir sus facciones: con las luces apagadas, la habitación estaba sumida en una oscuridad casi total.

Sir Amarillo parecía haber desaparecido en la sombra, y apenas se atisbaba la piel clara de Sun Wenqu.

En realidad, no necesitaba verlo con claridad. Fang Chi podía trazar en su mente, sin ningún problema, cada detalle del rostro de Sun Wenqu, incluyendo la manera en que fruncía el ceño cuando dormía.

Atrapado por la somnolencia, mantuvo los ojos abiertos, observando la silueta borrosa de Sun Wenqu mientras en su mente desfilaban imágenes sin control:

Sun Wenqu explicándole ejercicios mientras se inclinaba sobre el escritorio; su cintura al descubierto cuando se acostaba boca abajo en la cama; su expresión concentrada frente al torno de cerámica; su tono severo al regañarlo; la sonrisa ladina que a veces le dedicaba…

Y también… aquella escena algo borrosa pero que aceleraba su respiración al recordarla: Sun Wenqu debajo de él, inmovilizado en la cama…

Fang Chi cerró los ojos con fuerza, se giró de espaldas a él y se cubrió la cabeza con la cobija.


 

Por la mañana, Fang Chi despertó muy temprano. Al abrir los ojos se encontró con la mirada juiciosa de Sir Amarillo, que estaba apoyado en la almohada y lo observaba con los ojos entrecerrados.

Una vez que se ubicó, descubrió que su brazo descansaba sobre la cintura de Sun Wenqu, por encima de las cobijas. Lo retiró de inmediato.

Sir Amarillo seguía mirándolo con desdén. Cuando Fang Chi acarició la punta de la cola, el gato no lo golpeó, pero sí la retrajo con un movimiento rápido.

Fang Chi bostezó, se incorporó y miró a Sun Wenqu.

Este tenía toda la cabeza enterrada bajo el edredón; ni siquiera se sabía por dónde respiraba. Fang Chi se preocupó un poco y lo empujó suavemente un par de veces.

—Mmm… —Sun Wenqu murmuró algo dentro de el edredón, se dio la vuelta y asomó un ojo. Lo miró unos segundos—. ¿Mmm?

—¿No te estás ahogando ahí? —preguntó Fang Chi.

Sun Wenqu no respondió. Lo miró con la vista perdida un instante más y volvió a cerrar los ojos para seguir durmiendo.

Resignado, Fang Chi le bajó el edredón hasta dejarle la nariz al descubierto, asegurándose de que pudiera respirar antes de levantarse.

Ese día, su segundo tío y su tía regresarían a sus hogares. Tras el desayuno, la sala se llenó de equipaje y paquetes con productos típicos que los abuelos insistían en que se llevaran.

Mientras ayudaba a amarrar todo, Fang Chi se sintió un poco decaído.

No es que le costara despedirse de sus tíos, pero sabía lo vacía que quedaría la casa para sus abuelos una vez que todos se hubieran ido.

Entonces se dio cuenta de que tener a Sun Wenqu viviendo allí era bueno. Aunque la mayor parte del tiempo apenas salía de su habitación, al menos seguía habiendo otra persona en casa.

—Lleven todo al auto. El señor Zhang acaba de estacionarse en la entrada —dijo la abuela, dándole una palmada.

—Ya voy —respondió Fang Chi, y empezó a cargar las cosas hasta el coche, acomodándolas en el maletero.

Dentro, la tía daba interminables indicaciones a la abuela: que descansara más, que no se preocupara demasiado por la limpieza, que llamara si necesitaba algo.

—¡Ay, ya sé, ya sé! ¿Cuántos años tienes para hablar como una anciana? —replicó la abuela, mirando el reloj—. ¡Vayan ya o perderán el autobús!

Fang Chi condujo el coche prestado por el señor Zhang y, en dos viajes, llevó a todos hasta la parada.

Xiao-Chi, regresas a la escuela en unos días, ¿verdad? —preguntó el segundo tío.

—Mmm. —Fang Chi asintió.

—Ya es el último semestre. Esfuérzate. —El segundo tío encendió un cigarrillo—. Entra a una buena universidad, haz que los abuelos se sientan orgullosos.

—Mmm. —Fang Chi sonrió.

—Regresa ya. No te quedes aquí esperando —dijo la tía—. Mejor ve a repasar.

—No pasa nada por unos minutos —respondió Fang Chi.

El autobús llegó muy puntual, pero estaba abarrotado de gente. En cuanto se subieron con todo el equipaje, ya no cabía un alma más.

«Al menos irán calentitos», pensó Fang Chi, y levantó una mano para despedirse del autobús. Luego se dio la vuelta para caminar de regreso.

Cuando estaba a mitad de camino, Chico corrió a su encuentro. Fang Chi le frotó la cabeza.

—¿Dónde te metiste? Qué raro que no nos siguieras.

Chico ladró dos veces. En esa calle desierta, el eco rebotó lejos.

Cuando llegó a casa, ya solo estaban sus padres y los abuelos sentados en la sala conversando.

—Te arreglé un poco el cuarto —dijo su madre.

—Necesito cambiar las sábanas. —Fang Chi subió las escaleras—. Y el cubrecama.

—Sabía que ibas a decir eso. Dejé las limpias listas. Cámbialas tú mismo —dijo ella.

—Oh —respondió Fang Chi.

Aunque el Año Nuevo aún no terminaba, todo parecía haber vuelto a la rutina. Solo cuando sonaban petardos se daba cuenta de que aún estaban en plenas fiestas.

Con el regreso a clases acercándose hora tras hora, Fang Chi sentía una inquietud difícil de explicar.

Inquietud por separarse de los abuelos, por lo que lograría en este último semestre, por lo que vendría después…

Y también por Sun Wenqu. Fang Chi se tumbó sobre el escritorio. No lo vería en bastante tiempo, ¿verdad?

Levantó la mirada y vio la maceta en el alfeizar de la ventana. Se preguntó si Sun Wenqu se acordaría de mandarle una foto cuando la planta floreciera.

* * *

Estos últimos días, Sun Wenqu parecía haber vuelto a su estado habitual: encerrado en su habitación, absorto en la alfarería.

Cuando Fang Chi subió para llevarle la comida, vio que el horno eléctrico —ese que parecía una enorme caja fuerte— estaba encendido. ¿Estaría cociendo el juego de té?

—¿Vuelves a la escuela mañana? —preguntó Sun Wenqu mientras comía.

—Mmm. —Fang Chi asintió.

—¿Seguirás entrenando? —Sun Wenqu mordisqueaba una costilla.

—Solo los domingos por la tarde. El resto de los horarios fueron cancelados —dijo Fang Chi, mirándolo—. ¿Está rico?

—Delicioso —respondió Sun Wenqu, y levantó la vista hacia él—. Si dejas de entrenar, competir y trabajar como guía… ¿tendrás suficiente dinero?

—Ajá. —Fang Chi sacó su teléfono y abrió una aplicación—. Lo tengo todo calculado. Guardé el dinero del Año Nuevo, ya pagué el alquiler hasta mediados de año. Solo necesito para comida y materiales de estudio, es suficiente. Ah, y tengo que llevar a castrar a Sir Amarillo, ya está llegando a la edad de volverse loco.

«Bueno, más los 10,000 yuanes que Fang Ying me debe», pensó, aunque no lo mencionó. Le daba miedo que Sun Wenqu se molestara.

—¡Sir Amarillo! —Sun Wenqu se echó a reír y se giró hacia el gato, que dormía panza arriba entre dos almohadas—. ¡Te llegó la hora!

—Al mariquita qué va a importarle eso. —Fang Chi chasqueó la lengua y, tras dudar un poco, añadió—: Oye… si esas pequeñas plantas en mi habitación florecen, ¿podrías tomarles foto y mandármela?

—Claro. —Sun Wenqu sonrió—. ¿Qué más quieres ver? Dímelo y le tomo foto para ti: el abuelo cocinando, la abuela tejiendo, el abuelo peleándose con su rival amoroso… Lo que sea. Solo no me pidas el amanecer en la montaña.

—Tampoco es tan complicado. —Fang Chi se rio—. No es que extrañe a mis abuelos hasta ese punto.

—Entonces te mando una selfie —dijo Sun Wenqu y, sin más, se tomó una foto con el teléfono y se la envió—. ¿Qué tal?

Fang Chi miró la foto en su teléfono y sonrió.

—Está bien. Guapo.

—¿No puedes ponerle un poco más de entusiasmo a esos elogios? —refunfuñó Sun Wenqu—. Es tan forzado, se nota a leguas que estás celoso.

—¡Ay Dios, qué guapo! ¡Maestro Sun, es usted tan apuesto! —gritó Fang Chi de repente con dramatismo, sosteniendo el teléfono, antes de largarse a reír—. ¿Así te parece bien?

—Esa actuación fue demasiado exagerada. —Sun Wenqu se sobresaltó, al punto de que la comida en sus palillos cayó sobre la mesa—. Ya, baja a cenar. Mañana te vas a la escuela, ¿no? Deberías dormir temprano.

—Mmm… —Fang Chi suspiró y salió de la habitación.

Mientras bajaba las escaleras, sacó su teléfono otra vez y miró la foto de Sun Wenqu. En realidad, su actuación tampoco había sido tan exagerada. Sun Wenqu sí era atractivo. Solo había levantado el teléfono y tomado una foto sin preocuparse por el ángulo, la iluminación o la expresión, y aun así salió muy bien: su belleza natural resultaba evidente.

Tch.

Fang Chi bajó las escaleras en un par de saltos.

La cena fue igual de abundante que siempre, como si la partida del segundo tío y la tía no hubiera afectado nada. La mesa estaba llena de platos y varios eran nuevos, todos con las cosas favoritas de Fang Chi.

—Esta vez que viniste no engordaste nada. —La abuela le pellizcó los brazos—. No hay nada de carne aquí, me estás preocupando.

—¿No tengo carne? —Fang Chi esquivó las manos de la abuela, riendo—. Hasta he engordado un poco estos días porque reduje la intensidad del entrenamiento.

—No parece. —La abuela le llenó el tazón con más comida—. Esta vez no comiste como otras veces. Ni se te ocurra ponerte a dieta como esas chicas.

—No estoy a dieta, de verdad. —Fang Chi masticó un bocado y habló con la boca llena—. ¿Ves? Como mucho.

Después de la cena, la abuela lo llamó a su habitación y le dio un sobre.

—¿Qué es? —Fang Chi lo abrió y vio que era un fajo de billetes—. ¿Y esto por qué?

—Es que es la primera vez que te veo estudiar con esa dedicación. Me dio un susto. —La abuela lo miraba preocupada—. Te sientas ahí y no te mueves ni cuando te llamamos. ¿No te estarás quedando sin cerebro?

—… Todavía tengo, mi masa encefálica es muy espesa —respondió Fang Chi con resignación.

—Tómalo, para que te compres algo bueno de comer, algún suplemento nutricional. No importa si no pasas el examen —la abuela le agarró el brazo—. Solo no te vayas a enfermar, ¿acaso la universidad lo vale?

—Ay… —Fang Chi sonrió y la abrazó—. ¿Por qué se preocupa por esas cosas? Tranquila, que soy fuerte como un roble. Hasta podría derribar a ochenta y seis Fang Hui’s sin ningún problema.

—¡Qué odioso! —La abuela le dio una palmada en la espalda, riéndose.

Como al día siguiente volvería a la escuela, Fang Chi no subió enseguida. Se quedó en la sala conversando. Su padre y su madre no dijeron mucho, pero los abuelos sí: como siempre, tenían mil cosas que recordarle. Aunque llevaba años fuera de casa, ellos seguían sin quedarse tranquilos.

No fue hasta las once que su padre los instó a descansar y los abuelos regresaron a su habitación.

—Ve a la cama temprano. —Su padre le dio una palmadita—. Mañana no hace falta que te levantes tan temprano. Ya que te vas después del almuerzo, aprovecha para descansar.

—Mmm, lo sé. —Fang Chi asintió.

Cuando sus padres se fueron, él subió.

La puerta de la habitación de Sun Wenqu estaba entreabierta. Justo iba a tocar, cuando escuchó el sonido de un erhu.

—¿Estás tocando? —Fang Chi empujó la puerta y asomó la cabeza.

—Hum. —Sun Wenqu estaba sentado en la silla, con el erhu en las manos—. Te tocaré un par de canciones para dormir, para que no digas que no cumplo mi palabra.

—Está bien. —Fang Chi sonrió, entró y cerró la puerta.

—Diez minutos —dijo Sun Wenqu—. Este instrumento suena fuerte, podría perturbar el sueño de tus abuelos si toco mucho tiempo.

—Está bien. —Fang Chi se sentó en el borde de la cama. El erhu que Li Bowen le había regalado se veía de gran calidad. Su sonido también era notable. Al parecer, era verdad que Sun Wenqu lo estaba usando solo porque era bueno—. ¿Qué vas a tocar?

—Tú solo escucha. De todos modos, no lo sabrías aunque te lo dijera. —Sun Wenqu sonrió de lado.

—Mmm. —Fang Chi se frotó la nariz.

Sun Wenqu apoyó el erhu sobre sus piernas, pensó por un momento y, con un suave movimiento del arco, una melodía melancólica comenzó a sonar.

A Fang Chi el erhu siempre le había parecido un instrumento triste. De hecho, muchos instrumentos tradicionales chinos llevaban esa soledad inherente. A veces, si se escuchaba con atención, hasta el suona transmitía esa sensación.[1]

Quizá porque había crecido con ese tipo de atmósfera, cada vez que Sun Wenqu tocaba el erhu, emanaba una especie de aura distinta. Era difícil de describir.

Soledad, tal vez. O alguna otra cosa.

La melodía que tocó esta vez no le sonaba. En realidad, fuera de Erquan Yingyue, Horse Racing y La Pastora —que Sun Wenqu guardó en su MP3—, nunca había prestado demasiada atención a otras piezas de erhu.

Y ahora tampoco es que estuviera escuchando con total atención. La música flotaba alrededor, lo envolvía. Sus ojos estaban fijos en Sun Wenqu, en sus dedos presionando las cuerdas, en su mano sosteniendo el arco.

Cuando Sun Wenqu se sumergía en algo con tal enfoque, lograba que uno se perdiera junto con él.

Sí que era relajante.

A Fang Chi de pronto le invadió un extraño deseo de quedarse en silencio, inmóvil, sumergido en ese estado de ensueño.

No fue hasta que Sun Wenqu se levantó de la silla frente a él que Fang Chi se dio cuenta, de golpe, de que el sonido del erhu se había detenido hacía tiempo.

—Ve a dormir —le dijo Sun Wenqu.

—Mmm. —Fang Chi pellizcó la oreja de Sir Amarillo y se puso de pie.

—Buenas noches. —Sun Wenqu lo miró con una sonrisa.

—Buenas noches. —Fang Chi no logró descifrar el significado de esa sonrisa, así que le mostró los dientes en un gesto burlón, abrió la puerta y salió.

—Ya no sigas estudiando, vete directo a dormir —añadió Sun Wenqu desde adentro.

—Ajá —respondió Fang Chi, retirándose a su habitación.

Cuando se acostó en la cama, Fang Chi pensó que le costaría conciliar el sueño, pero contra todo pronóstico, en pocos minutos ya estaba soñando.

Claro que no recordaba lo que soñó. Por lo general, nunca recordaba lo que soñaba.

Durmió profundo, sin saber por qué. Cuando estaba entre el sueño y la vigilia, recordó las palabras de su padre sobre descansar más. Dio vueltas en la cama y volvió a dormirse.

«Un rato más, ¿para qué despertar? Si me levanto voy a empezar a pensar en que ya tengo que regresar a la escuela… Qué fastidio. Mejor dormir».

La siguiente vez que abrió los ojos ya eran casi las diez.

Fue el sonido de los ladridos de Chico en la azotea lo que lo despertó.

Por lo general, cuando lo iba a buscar para jugar, Chico no se subía a la azotea, sino que iba por dentro de la casa y se quedaba esperando frente a su puerta. Fang Chi se bajó de la cama, abrió las cortinas y miró afuera.

Sun Wenqu estaba de espaldas a la ventana, de pie en la azotea, sosteniendo un tazón con lo que parecían trozos de carne.

—Voy a contar hasta tres —decía Sun Wenqu—, tú ladras. Uno, dos…

Chico meneó la cola y ladró.

—No, aún no he dicho tres. —Sun Wenqu le señaló con el dedo—. Uno, dos, ¡tres! ¡Ladra!

Chico volvió a ladrar.

—¡Eso! ¡Qué inteligente! —Sun Wenqu le dio un trozo de carne.

Fang Chi abrió la puerta.

—¿No tienes nada mejor que hacer?

—¿Despertaste? —Sun Wenqu giró la cabeza—. Vaya, hoy sí que dormiste.

—Hasta siento la cabeza embotada. —Fang Chi se rascó la cabeza.

—Tu abuela ya está cocinando. Parece que habrá un banquete hoy. —Sun Wenqu sonrió.

El almuerzo fue, en efecto, un festín: todos los platos favoritos de Fang Chi, preparados en abundancia, con porciones extra guardadas en fiambreras para que pudiera llevárselas.

Ese día, Sun Wenqu no se enclaustró comiendo arriba como otras veces, sino que almorzó con ellos en la sala.

En realidad, lo que tenían que decirle los abuelos ya se lo habían dicho la noche anterior, así que ese mediodía fue puro atiborrarlo de comida. No paraban de servirle. Cuando terminaron de comer, Fang Chi pensaba que si se subía al autobús así, seguro terminaría vomitando del traqueteo.

—Ya organicé todo lo que tienes que llevar aquí —dijo su madre, señalando una bolsa.

—Todo esto es comida, ¿verdad? —Fang Chi se acercó a mirar. Cada vez que volvía a casa por Año Nuevo, terminaba llevándose toneladas de comida—. Esto me alcanzará hasta graduarme.

—Así te ahorras ir a comprar. Puedes echarle un poco a los fideos o al arroz al vapor y listo. Es práctico y más higiénico también —explicó la abuela—. Ah, hay un paquete especial para Xiao Yiming, está en la bolsa roja.

—Hum. —Fang Chi asintió.

—Ya casi es hora —dijo su padre, mirando el reloj—. Te llevaré.

—¿Hmm? —Fang Chi levantó la cabeza—. No… no hace falta. No me lleves.

—Pero tienes muchas cosas —dijo el abuelo.

—No hace falta, de verdad —repitió Fang Chi, y miró de reojo a Sun Wenqu—. Shuiqu puede ayudarme a cargarlas.

—¡Qué ocurrencia! —se quejó la abuela—. Él es nuestro invitado, ¿cómo le vas a pedir que cargue tus cosas?

—No pasa nada. —Sun Wenqu sonrió—. En casa de Fang Chi no soy un invitado. Además, me viene bien salir a estirar un poco las piernas.

La abuela dudó un poco, pero al final no insistió. Sun Wenqu tomó una bolsa y salió con Fang Chi.

Afuera hacía demasiado frío, así que el abuelo y la abuela solo los acompañaron hasta la puerta principal antes de que sus padres los hicieran volver adentro. Aun así, su padre salió de nuevo y gritó:

—¡Llámame cuando llegues!

—¡Lo sé! —gritó Fang Chi en respuesta.

Chico, que venía al lado de él también se giró y ladró un par de veces.

Cuando vio que su padre también regresaba a la casa, Fang Chi extendió la mano y tomó la bolsa que llevaba Sun Wenqu.

—Déjame llevarla —dijo él, riendo—. Si llevas todas las bolsas, ¿cómo se supone que voy a «ayudarte a cargarlas»?

—No es que no pueda con ellas —respondió Fang Chi, un poco avergonzado. Después de pensarlo un momento, le pasó el transportín del gato—. Lleva a Sir Amarillo un rato, entonces.

—¿Quién te suele acompañar cuando vuelves a la escuela? —preguntó Sun Wenqu, tomando el transportín.

—En Año Nuevo, mi papá me acompaña hasta el cruce —respondió Fang Chi—. Pero en días normales, no me acompaña nadie. Yo me voy solo. No está lejos. Solo Chico va conmigo.

—Ya veo. —Sun Wenqu esbozó una sonrisa—. ¿Entonces hoy me hiciste acompañarte por…?

—… Para charlar un rato —murmuró Fang Chi.

En realidad, si de charlar se trataba, tampoco había mucho de qué hablar. Fang Chi ni siquiera sabía qué decir para empezar, así que intercambiaron palabras sueltas de vez en cuando. Antes de darse cuenta, ya habían llegado a la intersección.

Justo a tiempo. El autobús tenía que estar por llegar.

—Intercambiemos —dijo Sun Wenqu, sacando su MP3 del bolsillo—. Dame el tuyo.

—¿Eh? —Fang Chi parpadeó, confundido—. ¿Por qué?

—Lo usas con frecuencia, ¿no? Caminando, estudiando… Es mejor que tengas uno de mejor calidad, con mejor sonido. También es más apropiado para presumir un poco —respondió Sun Wenqu—. Le puse algunas piezas relajantes para ayudarte a concentrarte. Escúchalas. Si no te gustan, cámbialas.

—Oh. —Fang Chi sacó su MP3 y se lo dio.

Estaba a punto de decir algo más cuando el autobús apareció al final de la calle.

—¿Por qué tan puntual hoy? —murmuró Fang Chi, con un repentino dejo de irritación.

—Avísame cuando llegues —dijo Sun Wenqu, dándole una suave palmadita en la mejilla—. Y no olvides lo que te dije: estos meses ponte las pilas. Si decidiste hacerlo bien, entonces hazlo como se debe.

—Hum —asintió Fang Chi. La mano de Sun Wenqu se sentía muy cálida.

Cuando Sun Wenqu volvió a meter la mano en el bolsillo, Fang Chi no pudo resistirse a persiguirla, sujetándola con suavidad por un instante.


 

Notas:

[1] La suona es un instrumento musical de viento de origen chino. También se conoce como trompeta china.

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