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Fang Chi:
¿Ya llegaste?
Sun Wenqu:
Sí.
Fang Chi:
¿Al hotel o donde Ma Liang?
Sun Wenqu:
Donde Ma Liang. ¿Todavía no duermes?
Fang Chi:
Estoy acostado. Solo quería saber si llegaste, ahora ya me duermo.
Sun Wenqu:
Entonces duerme, ya son más de las 12.
Fang Chi:
Ok, buenas noches.
Sun Wenqu:
Buenas noches.
(…)
Fang Chi:
Avísame cuando te vayas mañana.
Sun Wenqu:
Lo haré. Tranquilo. Buenas noches.
Fang Chi:
Buenas noches.
Fang Chi dejó el teléfono junto a la almohada y apagó la luz del cuarto.
Sir Amarillo, como de costumbre, dormía sobre la almohada. Fang Chi lo empujó un poco a un lado para recostarse, le tocó la punta de la nariz y le dijo:
—Ey, ¿no hueles a alguien en mí?
Los ojos de Sir Amarillo brillaban en la oscuridad.
—El olor de tu persona favorita, Sun Wenqu. —Fang Chi sonrió—. ¿Puedes olerlo? Si fuera Chico, ya lo habría olido desde que estábamos abajo. Ustedes los gatos no dan la talla.
Sir Amarillo cerró los ojos.
—Buenas noches —murmuró Fang Chi, ajustándose la manta
Creía que no podría conciliar el sueño esa noche, pero contra todo pronóstico, se durmió. Quizá de puro cansancio, o de exceso de emoción, cayó dormido como un muerto.
También había pensado que no soñaría, pero al contrario, no paró de soñar. Tal vez porque la visita de Sun Wenqu había sido demasiado breve, y su subconsciente quiso compensarlo en sueños.
En cuanto al contenido de esos sueños… no fue ninguna sorpresa: desvergonzados hasta decir basta.
Tanto así que cuando sonó la alarma, su único pensamiento fue: «Carajo, me voy a quedar impotente. Un timbre tan fuerte un día de estos acabará traumatizándome».
Cuando fue a apagarla, notó que esa interfaz de alarma tenía algo raro. Y entonces vio el nombre de Sun Wenqu en la pantalla.
No fue hasta que escuchó el «¿hola, hola?» que salía del teléfono que comprendió de golpe: eso no era el despertador, ¡era una llamada!
Miró la parte superior de la pantalla: como era de esperase, la alarma ya había sonado hacía rato.
Se incorporó de un salto y contestó:
—¿Hola?
—¡Dios durmiente! —Sonó la voz de Sun Wenqu.
—¿Qué hora es? —Fang Chi se deshizo de las mantas y se levantó de la cama de un brinco.
—Casi las siete —respondió Sun Wenqu—. ¿Vas a llegar tarde?
—Parece que sí. —Fang Chi se puso las pantuflas y corrió al baño. Justo cuando iba a bajarse el pantalón para orinar, se detuvo y dijo al teléfono—: Espera un segundo.
Luego presionó silenciar.
Cuando terminó, volvió a hablar:
—¿Ya te vas?
—Sí —respondió Sun Wenqu.
—¿Tan temprano? —Fang Chi se quedó quieto unos segundos. Mientras se vestía a las carreras para no llegar tarde, su reticencia a colgar porque no quería que se terminara el momento lo hacía ir de un lado a otro por la casa con el teléfono sujeto entre hombro y mejilla.
—Liang-zi insistió en que condujera de vuelta, así que lo haré. Pero hoy está nevando, así que voy a ir lento. Por eso salgo antes —explicó Sun Wenqu—. Tú alístate tranquilo, colgaré.
—¡No, no! —Fang Chi alzó la voz, ansioso.
—Ey, estoy abajo. Baja cuando estés listo y te llevo a la escuela. —Sun Wenqu suspiró.
—¿Qué? —Fang Chi se quedó mudo un instante, luego corrió a la ventana y la abrió de un tirón. Efectivamente, ahí estaba el Beetle rojo estacionado junto a la acera. No pudo evitar que una sonrisa le desbordara el rostro—. Ahora bajo.
Se alistó y aseó a toda velocidad. Justo antes de salir, cuando agarraba su mochila, vio a Sir Amarillo sentado en la mesa, mirándolo con desdén. Se acordó de que no le había dado de comer.
Le echó agua fresca y croquetas en el cuenco, luego levantó al gato y lo puso delante del plato.
—Come, me voy. No volveré al mediodía.
Sir Amarillo metió una pata al cuenco, sacó varias bolitas de alimento y, como si estuviera revisando que no estuvieran envenenadas, las inspeccionó. Solo después de asegurarse, bajó la cabeza y comenzó a comer.
—Tú y tus remilgos —murmuró Fang Chi mientras cerraba la puerta.
Cuando bajó, Sun Wenqu justo estaba por dar la vuelta con el coche.
—No hace falta que gires, podemos salir por la puerta trasera —le dijo Fang Chi, golpeando la ventanilla. Sun Wenqu detuvo el coche. Él abrió la puerta y subió—. Sales por ahí, giras a la derecha y listo.
—Desayuna. —Sun Wenqu señaló el asiento trasero.
Fang Chi estiró la mano y agarró una bolsa. Dentro había grandes wonton de carne humeantes y leche de soya, todo en recipientes térmicos dobles para conservar el calor.
—¿Ahora los puestos de desayuno usan envases tan elegantes? —preguntó Fang Chi, abriendo uno.
—Ya quisieras —respondió Sun Wenqu—. Lo compré en esa cafetería carísima a la que nunca entra nadie, la que está frente al estudio de tu tío Liang-zi.
—Estás loco. —Fang Chi se rio mientras sostenía el recipiente y lo miraba—. ¿Por qué viniste?
—Liang-zi dijo que para salir de la ciudad tenía que pasar por aquí, así que me desvié un poco a ver si te encontraba —respondió Sun Wenqu—. Menos mal que vine, ¿o planeabas no ir a la escuela hasta mañana?
—Tampoco tanto, quizás en la tarde. —dijo Fang Chi con una sonrisa.
—Come, que esto solo mantiene el calor media hora. Pronto se enfriará. —Sun Wenqu condujo hacia la salida trasera de la vecindad.
—¿Y tú ya comiste? —preguntó Fang Chi.
—Sí —contestó Sun Wenqu—. Tu tía me preparó fideos esta mañana.
—Mi tía… —Fang Chi tardó unos segundos antes de darse cuenta de a quién se refería—. Ah, ya.
—¿Sigues yendo a la escuela corriendo? —Sun Wenqu lo miró de reojo.
—Mjm, me gusta correr —respondió Fang Chi entre bocados—. A la salida camino un rato con un compañero y después corro de vuelta. Si no me muevo en todo el día, me desespero.
—¿Ese estudiante de ayer? —preguntó Sun Wenqu—. También los vi juntos la última vez.
—Mmm… —Fang Chi dudó un momento antes de asentir—. Es… mi mejor amigo de la preparatoria.
—Nunca te escuché mencionarlo —observó Sun Wenqu.
—Tampoco mencioné a nadie más —replicó Fang Chi. Los wonton estaban deliciosos y se los comió uno tras otro. En un abrir y cerrar de ojos, los terminó todos y, sosteniendo el recipiente, miró a Sun Wenqu—. Ve más despacio, quiero beber el caldo.
—¿No tienes leche de soya ahí? ¿Qué tiene de bueno ese caldo? —Sun Wenqu miraba al frente—. Espera al semáforo en rojo.
—A mí me encanta cualquier tipo de caldo: de fideos, de dumplings, de wonton, hasta los llenos de purina de la olla caliente… —enumero Fang Chi.
Sun Wenqu detuvo el auto.
—¡Bebe de una vez! Cómo hablas.
Fang Chi inclinó la cabeza hacia atrás y se lo bebió de un trago. Después agarró la leche de soya y empezó a tomarla despacio.
—Ah… Esto sí es vida.
—Niño —dijo Sun Wenqu, sonriendo—, ¿qué sueles desayunar?
—Cualquier cosa que pueda meterme: xiaolongbao, jiaozi al vapor, tofu dulce… Hay puestos afuera del vecindario, o a veces como con mis compañeros en la entrada de la escuela. —Fang Chi se limpió la boca con una servilleta.
—¿Y en la noche? ¿Comes algo?
—Ya casi no. Me preocupa engordar —respondió Fang Chi riendo.
—Qué vanidoso. —Sun Wenqu chasqueó la lengua y le pellizcó la mejilla.
A media cuadra de la escuela, Fang Chi miró por la ventana.
—Déjame aquí, caminaré el resto.
—¿Qué pasa? —Sun Wenqu estacionó al costado de la calle—. Puedo dejarte en la entrada.
—Mejor no, si luego… mis compañeros nos ven… —dijo Fang Chi con un poco de vergüenza, abrazando su mochila.
—¿Y qué si nos ven? —preguntó Sun Wenqu, sin entender.
—Es que… prefiero que no… que no me vean. —Fang Chi se enredaba con las palabras—. Es que… ya sabes…
Sun Wenqu sonrió y le apretó el hombro.
—Está bien, camina.
—Conduce con cuidado. —Fang Chi abrió la puerta, pero volvió a cerrarla—. ¿Conoces el camino?
—Sí, no soy un idiota sin sentido de la orientación —suspiró Sun Wenqu—. Por favor, no actives el modo mamá gallina.
—Me voy entonces. —Fang Chi bajó del auto, pero justo antes de cerrar la puerta, miró a ambos lados y volvió a entrar. Tomó del brazo a Sun Wenqu, lo jaló hacia sí y le dio un beso rápido en la comisura de los labios—. Avísame cuando llegues.
—Hum. —Sun Wenqu sonrió.
Fang Chi cerró la puerta, se colgó la mochila y se fue caminando con paso ligero hacia la entrada de la escuela.
Sun Wenqu volvió a sonreír y se preparó para dar la vuelta, pero al mirar hacia la acera, aflojó el pie del acelerador.
El compañero de clase de Fang Chi —aquel que había visto un par de veces, ese que llamó su mejor amigo—, caminaba unos diez pasos detrás de él.
Según su relación, lo lógico sería que lo alcanzara para saludarlo. Pero en lugar de eso, lo seguía a distancia, uno delante y el otro detrás…
Sun Wenqu entrecerró los ojos un momento, luego pisó el acelerador y dio la vuelta en dirección a las afueras de la ciudad.
Eso que Fang Chi había dicho sobre no querer que sus compañeros lo vieran, probablemente se refería a uno en particular.
* * *
Fang Chi sentía que no había comido tanto en el desayuno, pero, por alguna razón, se sentía bastante lleno. Y cuando tenía el estómago lleno, su humor también mejoraba.
Al entrar por la puerta de la escuela, alguien le dio una palmada en el hombro derecho. Por reflejo, empezó a girar hacia ese lado, pero enseguida reaccionó y volvió la cabeza hacia la izquierda.
Como era de esperarse, Xiao Yiming estaba allí sonriéndole.
—¿Ya desayunaste?
—Sí —respondió Fang Chi con una sonrisa—. ¿Tú trajiste algo?
—Ajá —asintió Xiao Yiming—. ¿Todavía tienes espacio?
—Pues claro —dijo Fang Chi—. Si ahora no me entra, seguro que en el recreo sí. Y si no en el recreo, seguro que al mediodía.
—Ay. —Xiao Yiming sonrió mientras sacaba una bolsa de comida de su mochila—. Mi mamá cocinó alitas de pollo ayer y me dijo que te trajera unas. Ahora están calientes, pero si las quieres comer al mediodía, puedes calentarlas en el microondas de la oficina del profe Li.
—Me comeré una ahora. —Fang Chi sacó una y siguió caminando mientras comía.
—Mi mamá dice que si vas a seguir comiendo fideos todo el tiempo, mejor que vayas a mi casa. Ella cocinará un guiso de carne para ti —dijo Xiao Yiming.
—Vaya, ¿me tomas por un emperador? —Fang Chi se chupó los dedos. Quiso limpiárselos en el pantalón, pero recordó que hoy no llevaba vaqueros. Consideraba que los vaqueros disimulaban mejor la mugre.
Xiao Yiming sí los llevaba, así que tras dudar un segundo, le restregó los dedos en el pantalón.
—¿Crees que no me atrevo a quitarme el pantalón y azotarte con él? —Xiao Yiming lo miró como si quisiera matarlo.
—No me lo creo —dijo Fang Chi.
—Pues nada, olvídalo. —Xiao Yiming se rio.
El mensaje de Sun Wenqu llegó al mediodía. Fang Chi estaba almorzando con Xu Zhou, Xiao Yiming y otros compañeros en un pequeño restaurante de ollas calientes frente a la escuela.
Últimamente, se juntaban de vez en cuando para compartir el gasto y comer allí. Era calentito, rico y les daba un pequeño respiro entre clases.
Sun Wenqu había enviado un mensaje de voz. Fang Chi inclinó la cabeza para escucharlo: «He llegado. ¿Ya comiste? La abuela está preparándome unos dumplings, ¿envidia?».
Fang Chi dudó un momento, se levantó y se alejó de la mesa para responderle también con un mensaje de voz.
—Eh, Fang Chi, ¿a dónde vas? —le gritó alguien.
Fang Chi no respondió, solo agitó el teléfono en el aire.
—¿En serio? ¿Vas a hacer una llamada? ¿Y tienes que alejarte de nosotros? —Xu Zhou se volteó para mirar a Xiao Yiming—. Está saliendo con alguien, ¿verdad? ¡Seguro que sí!
Apenas lo dijo, varios compañeros se animaron al instante. Todos clavaron la vista en Xiao Yiming. En tales momentos, cualquier mínimo chisme bastaba para entusiasmar a estos pobres desgraciados que se ahogaban en un mar de ejercicios y exámenes.
Fang Chi se sintió algo tenso. No se dio la vuelta, pero prestó atención a lo que decían.
—¿Bromeas? ¿De dónde sacaría tiempo? —dijo Xiao Yiming—. Con este horario de seis a doce de la noche, si quiere tener una relación, solo podría ser con su gato.
Todos se echaron a reír.
—Estaciona en el patio trasero, ahí hay un cobertizo. Como tu auto es pequeño, entra bien —dijo Fang Chi al teléfono—. Yo estoy comiendo olla caliente con unos compañeros, no te envidio ni un poco.
Después de enviar el mensaje, se quedó un rato esperando junto a la ventana. La respuesta de Sun Wenqu no tardó en llegar: «¿No te bastó con la olla caliente de ayer? ¿Otra vez?».
Solo con oír hablar de la olla caliente de ayer… Fang Chi sintió un cosquilleo que le bajó por las piernas. Se recompuso y miró hacia la mesa, justo en el momento en que Xiao Yiming se volteaba para mirarlo.
Desvió la mirada rápidamente y respondió: «Anda, ve a comer tus dumplings».
Con la partida de Sun Wenqu, la vida de Fang Chi volvió a la monotonía de libros y bancos de preguntas.
En realidad, en esta visita, el tiempo que pasaron juntos ni siquiera sumaba al que Fang Chi dedicaba a estudiar en un solo día. Pero con su marcha, se quedó con una sensación extraña, como si algo faltara.
Comenzó a usar la pluma estilográfica que Sun Wenqu le había regalado para resolver problemas. Escribía bien, con trazo fino, haciendo que su normalmente caótica letra luciera más legible.
Sun Wenqu debió sumergirse en el trabajo nada más regresar. Seguían sin hablar mucho, generalmente unas cuantas líneas por la noche, cuando Fang Chi regresaba corriendo después del autoestudio nocturno.
Y aunque, como antes, la conversación no era demasiado profunda, le daba una sensación de tranquilidad. Incluso desapareció esa incomodidad que sentía antes, esa timidez inicial al contactarlo, esa sensación de no saber qué decir.
Se sentía bien.
Una noche, durante las clases complementarias, Xiao Yiming y él estaban uno frente al otro, inclinados sobre la mesa resolviendo ejercicios. Xiao Yiming alzó la vista y le preguntó:
—¿Cuándo compraste esa pluma?
—¿Mmm? —Fang Chi miró su mano—. Me la regaló un amigo.
—¿Un regalo de cumpleaños?
—Sí. —Fang Chi asintió.
—Muy apropiado. —Xiao Yiming sonrió.
—Tu regalo también fue muy apropiado —respondió Fang Chi.
Xiao Yiming le había regalado un antifaz térmico. Se enchufaba y proporcionaba calor. Se lo ponía antes de dormir, con un temporizador de media hora. Le resultaba bastante cómodo.
—¿Te sirvió? —preguntó Xiao Yiming.
—Ajá. —Fang Chi sonrió—. Hasta las ojeras desaparecieron.
—No puede ser tan milagroso —dijo Xiao Yiming riendo, y volvió a bajar la cabeza para escribir.
En los días siguientes, Sun Wenqu no tuvo oportunidad de volver a la ciudad. En cambio, Ma Liang fue dos veces. Antes de su segunda visita, incluso llamó a Fang Chi para preguntarle si quería que le llevara algo.
—No —respondió este.
—Qué po-poco romántico —dijo Ma Liang—. Bueno, ¿quieres mandarle algún… mensaje?
—No vivimos en la antigüedad —respondió Fang Chi.
—¿Algo que quieras que te tra-traiga de vuelta entonces? —insistió Ma Liang.
—Eso pregúntaselo a Sun Wenqu —replicó Fang Chi.
—¡Oye! —Ma Liang soltó una carcajada—. ¿Estás… celoso de mí… o qué? ¿Y ese to-tonito?
—Bueno, tráeme algo de carne seca —cedió Fang Chi tras pensarlo—. Gracias, tío Liang-zi.
Habían brotado unas cuantas florecillas en los parterres junto a la acera. Fang Chi les tomó una foto y pensó en recordarle a Sun Wenqu que no se olvidara de mandarle una foto de las flores en las macetas «MONO».
Esa noche tenía clases complementarias, pero cuando llegó al aula, no vio a Xiao Yiming.
Por lo general, él siempre llegaba antes para aprovechar y consultar dudas al profesor. Fang Chi le mandó un mensaje preguntándole por qué aún no había llegado, pero no obtuvo respuesta.
Cuando la clase estaba a punto de empezar, Fang Chi envió algunos mensajes más, pero tampoco obtuvo respuesta. Luego, hizo una llamada, pero nadie respondió del otro lado.
Frunció el ceño. ¿Qué le pasaba a Xiao Yiming?
Esa noche tenían dos clases. En el descanso después de la primera, el profesor llamó a la madre de Xiao Yiming. Ella dijo que estaba enfermo, que se sentía mal y que por eso no había ido a la tutoría.
«¿Enfermo?». Fang Chi se quedó pasmado. Durante todo el día no había notado que Xiao Yiming estuviera mal. Incluso esa tarde, después de clases, había comido castañas con entusiasmo. ¿Cómo es que se enfermó de la nada?
Y, además, ¿qué tipo de enfermedad le impedía responder mensajes o contestar llamadas?
¿Estaba en coma o qué?
Cuando salió de la clase, Fang Chi todavía no lo entendía. Con los auriculares puestos, corrió de regreso mientras seguía dándole vueltas al asunto, sintiendo una inquietud que no podía sacudirse.
Faltaban pocos meses para el examen de ingreso a la universidad. La semana pasada, una chica de la Clase 2, que era muy estudiosa, tuvo un colapso emocional en plena clase: lloraba y reía sin parar, y su familia tuvo que venir a buscarla. Desde entonces, no volvió a aparecer en la escuela.
Cada tanto, algún compañero caía enfermo o le daba fiebre. Los profesores decían que la presión era demasiado alta y, sumado a una salud física no muy robusta, hacía que en esos momentos fueran más propensos a enfermarse.
Fang Chi seguía corriendo de ida y vuelta todos los días. Primero porque le gustaba correr, y segundo porque le servía como ejercicio. No quería enfermarse en un momento tan crucial; sería un gran inconveniente.
Que Xiao Yiming de repente se enfermara así sin más, le generaba mucha ansiedad.
Cuando llegó a casa, Sir Amarillo estaba sentado en el alféizar de la ventana, de espaldas a la puerta, espiando el mundo a través de una rendija en la cortina. Al oír que entraba, ni siquiera se dignó a girar la cabeza.
La escena de aquel día, cuando el gato se había refugiado en su ropa, parecía un sueño lejano que pasó sin dejar rastro. Desde entonces, había vuelto a su actitud de indiferencia, como si aquella vez hubiera sido un error, como si ese día se hubiera levantado con la pata izquierda.
Un par de días antes, cuando Fang Chi le mencionó a Liang Xiaotao que pensaba llevar a castrar a Sir Amarillo ese fin de semana, el gato —que lo había escuchado— empezó a ignorarlo por completo.
Ahora pasaba los días meditando frente a la ventana.
Fang Chi cambió la arena del arenero y bajó a tirarla. Mientras subía las escaleras, escuchó sonar su teléfono.
Por un momento, su corazón se aceleró y se apresuró a sacar las llaves para abrir la puerta. Pero al escuchar mejor, se calmó: no era Sun Wenqu. Había configurado un tono especial para sus llamadas: si hubiera sonado «Nuestra patria es un jardín, donde las flores son realmente hermosas», entonces sí habría sido él.
Entró en la casa y, mientras se cambiaba de zapatos, miró el teléfono que estaba sobre el zapatero. Era Xiao Yiming.
—¿Qué te pasó? —preguntó Fang Chi al contestar—. Tu mamá dijo que estás tan enfermo que no puedes ni levantarte de la cama.
—Algo así… —dijo Xiao Yiming.
—¿Qué tienes? —preguntó Fang Chi. La voz de Xiao Yiming sonaba débil, pero no daba la impresión de estar enfermo.
—¿Estás en casa? —le preguntó él. El sonido del viento se filtraba por el micrófono, como si estuviera caminando por la calle.
Fang Chi miró la hora.
—¿Dónde estás?
—Casi llegando a tu vecindario —dijo Xiao Yiming—. ¿Puedes traerme una chaqueta?
—¿Una chaqueta? —Fang Chi se quedó perplejo—. ¿Estás sin ropa?
—No tener chaqueta no significa estar desnudo. —Xiao Yiming suspiró—. Tráeme una chaqueta gruesa, por favor. Estaré ahí en unos cinco minutos.
—Está bien. —Fang Chi colgó.
No sabía qué le pasaba a Xiao Yiming, pero igual entró de inmediato y sacó del armario su chaqueta de plumas más gruesa. Casi nunca la usaba porque era demasiado larga y le estorbaba para correr.
La tomó en brazos y salió corriendo hacia la entrada del vecindario. Estaba a punto de llamar a Xiao Yiming para preguntarle desde qué dirección venía y así encontrarlo, cuando vio a una persona trotando desde la derecha.
Solo llevaba puesto un suéter grueso.
Aunque ya había llegado la primavera y unas cuantas flores empezaban a brotar aquí y allá, la semana pasada todavía había nevado, y el viejo viento del norte seguía cumpliendo su deber con diligencia. Vestirse así, aunque uno no estuviera enfermo, era como invitar a la enfermedad.
—¿Pero qué te pasó? —Fang Chi corrió hacia él y le metió la chaqueta en los brazos.
—Gracias —dijo Xiao Yiming mientras se la ponía. Se subió el cierre y, como si por fin pudiera respirar, se recostó contra un árbol al lado—. Uf, me moría de frío.
La mejilla izquierda de Xiao Yiming estaba un poco hinchada. A simple vista se notaba que eso, como mínimo, era producto de dos cachetadas bien dadas.
—¿Quién te golpeó? —preguntó Fang Chi.
—Nadie. —Xiao Yiming inhaló fuerte.
Fang Chi no dijo nada, solo lo miró fijo.
Pasó un buen rato antes de que Xiao Yiming suspirara.
—Mi mamá.
—¿Qué hiciste para enojarla tanto? —preguntó Fang Chi. La madre de Xiao Yiming podía ser bastante temperamental, pero era muy cariñosa con su hijo y, por extensión, muy amable con sus compañeros de clase y amigos.
—¿Tú qué crees? —Xiao Yiming lo miró de reojo.