XVI. ¿TIENES ALGÚN TIPO DE PARANOIA O QUÉ?

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SUN WENQU SENTÍA QUE entre él y Fang Chi había una especie de incompatibilidad predestinada, como si sus signos estuvieran en conflicto o, peor aún, como si en una vida pasada le hubiera hecho a Fang Chi algo tan atroz que ni los cielos ni la humanidad podían perdonar.

Ni siquiera había pasado tanto tiempo desde que se conocieron y en todos sus recuerdos juntos ya predominaban los golpes.

El codazo que Fang Chi le propinó esta vez no fue particularmente fuerte, pero el ángulo fue endemoniadamente preciso, levantándole la barbilla de un golpe. Sun Wenqu, que ya estaba mal parado, perdió el equilibrio por completo y, como era de esperarse, cayó de espaldas al suelo.

«Se acabó», pensó. Su nunca se estrellaría contra una piedra y sus menos de treinta años de vida terminarían de la manera más absurda: por haber visto a alguien orinar sin querer.

Sin embargo, la reacción de Fang Chi fue rápida. En cuanto los pies de Sun Wenqu resbalaron y cayó hacia atrás, alargó la mano, lo agarró por el cuello de la camiseta y lo atrajo hacia adelante de un tirón, salvándolo de la caída.

—Ay… —Sun Wenqu se sostuvo del árbol para recuperar el equilibrio, suspirando aliviado y sobándose la barbilla—. ¿Por qué esa reacción tan exagerada? No es como si supiera que de verdad estabas orinando.

—¿Cuántos años tienes? —Fang Chi bajó la cabeza y se subió la cremallera del pantalón, luego se giró para mirarlo con evidente desagrado—. Si tú y Fang Ying realmente fueron compañeros de clase, por más joven que seas, como mínimo ya deberías tener unos veintiocho-veintinueve, ¿no?

Sun Wenqu se apoyó contra el árbol y lo miró, torció la comisura de la boca y no dijo nada.

—¿Podrías actuar de acuerdo a tu edad? —Fang Chi se dio la vuelta y se fue.

Sun Wenqu permaneció parado debajo del árbol durante mucho tiempo, totalmente atónito.

El impacto de ser reprendido por un niño por primera vez hizo que fuera incapaz de regresar a sus sentidos por un largo rato. Y cuando por fin aterrizó en la realidad y se le ocurrió enfadarse, notó que ya había pasado demasiado tiempo y el fuego en su interior parecía haberse extinguido.

—Yo… —suspiró Sun Wenqu—. Mierda.

Cuando regresó al camino, el grupo justo estaba por ponerse en marcha de nuevo.

—Wenqu, ¿qué hacías ahí? —preguntó alguien.

—Orinar —respondió él.

El camino se iba haciendo más difícil a medida que se iba empinando y estrechando mientras subían con lentitud. La humedad del bosque hacía que la brisa fresca se sintiera pegajosa, y más de uno, que al principio había sentido algo de frío, ahora sudaba.

El paisaje seguía siendo impresionante. Raíces gruesas y enmarañadas emergían de la tierra, entremezcladas con rocas de formas extrañas. Pequeños trozos de sol se filtraban entre las hojas y caían en motas dispersas sobre el musgo húmedo.

El grupo, que al principio aún reía y conversaba, fue quedándose en silencio poco a poco. Incluso los que se consideraban más fuertes sacaron sus bastones de trekking. En cualquier punto del camino, bastaba con acercarse a alguien para escuchar su respiración entrecortada.

 Sun Wenqu se sintió como un toro, apoyado en su bastón y siguiendo a Fang Chi a cierta distancia y a través de unas cuantas personas.

Fang Chi era el único que no usaba un bastón de trekking entre la veintena de personas. Caminaba al frente del grupo, con un machete en la mano para cortar las ramas y enredaderas que se interponían en el camino.

Él no había mentido: sin un guía, sería imposible recorrer ese camino, pues uno ni siquiera sabría a dónde ir. Había tantas bifurcaciones que podrías tomar el rumbo equivocado si no tenías cuidado. De hecho, algunas de esas rutas parecían más transitadas y accesibles que el sendero correcto.

—Oye, pequeño guía, ¿por qué esos caminos parecen más usados? —preguntó alguien.

—Son caminos para leñadores y cazadores —respondió Fang Chi—. No las sigan. Es muy importante que no se separen del grupo. Ni siquiera podrán usar sus teléfonos si se quedan atrás, a veces aquí no hay señal.

Sun Wenqu le echó un vistazo a Fang Chi. Este niño no tenía ni siquiera un poco de dificultad para hablar en este momento, su voz sonaba casi igual que de costumbre.

Él mismo no se sentía agotado todavía, pero quiso comprobar cómo sonaba su propia voz en ese momento, así que preguntó:

—¿Y si… me quedo atrás?

—Espera en el mismo lugar hasta que vaya por ti —respondió Fang Chi, mirándolo de reojo.

—Oh… —Sun Wenqu se escuchó a sí mismo jadear y perdió las ganas de seguir hablando.

Avanzaron un tramo más hasta que Fang Chi se detuvo.

—Más adelante hay un pequeño estanque de agua cristalina, de buena calidad…

Antes de que terminara de hablar, el grupo de moribundos recuperó su espíritu y corrió enseguida.

Sun Wenqu también aceleró el paso y, en cuanto empezó a escuchar el murmullo del agua, mezclado con el canto ocasional de los pájaros, una sensación de frescura recorrió su cuerpo, como si todo su ser se hubiera expandido de golpe.

—¡Cuidado con los pies! —advirtió el líder del grupo—. ¡El camino está resbaladizo, tengan cuidado!

Sun Wenqu vio que Ma Liang también corría con entusiasmo y no pudo evitar reírse.

—¡Eh, Liang-zi! Así que tus piernas funcionan mejor que tu boca, vaya…

Ma Liang se giró y le sonrió.

—Así que tu resistencia era pu-pura charla, ya hasta estás sin a-aliento, vaya…

—Estás muerto. —Sun Wenqu aceleró el paso, intentando alcanzarlo.

—Oye… espera un momento —lo llamó Fang Chi.

—¿Mmm? —Sun Wenqu se detuvo. Fang Chi lo había ignorado durante todo el camino, y ahora que lo llamaba, Sun Wenqu se preguntó si solo había sido un descanso de medio tiempo antes de recibir otra paliza.

—Toma. —Fang Chi sacó un tubo de metal delgado y plateado de su bolsillo y se lo entregó.

—¿Qué demonios? —Sun Wenqu lo tomó.

—Es un silbato —dijo Fang Chi—. Si te pierdes, sopla y te escucharé.

—No voy a perderme. —Sun Wenqu sonrió con impotencia—. ¿En serio parezco tan inútil?

—No tanto. —Fang Chi retrocedió un paso y lo miró de arriba abajo—. Pero quién sabe.

Sun Wenqu estaba a punto de decir algo cuando, de repente, se oyeron unos gritos por delante. Levantó la vista sin entender lo que pasaba y, antes de que pudiera reaccionar, vio a una persona deslizarse cuesta abajo desde una pendiente, sentada como si estuviera en un tobogán.

 Además, quizá por lo extraña que fue la forma en que cayó, su cabeza quedó envuelta en la bufanda y siguió gritando a todo pulmón mientras se deslizaba.

El líder intentó detenerle a mitad de camino, pero no lo consiguió y en su lugar fue derribado al suelo. Por suerte, no fue arrastrado cuesta abajo también.

—¡Mierda! —Sun Wenqu se quedó paralizado un momento. Tras dudar un poco, al final optó por intentar detenerle en lugar de apartarse. Si esa persona seguía bajando a tal velocidad, aunque no cayera por un barranco, seguramente acabaría estrellándose contra un árbol.

Sin embargo, no había lugar para su valentía. Antes de que la persona encapuchada lo alcanzara, Fang Chi ya había dado un paso desde el costado. Luego, estiró la mano y agarró a la persona por debajo de las axilas.

El impulso hizo que él mismo se resbalara un poco, pero reaccionó rápido y se aferró a una rama cercana, logrando estabilizarse.

El deslizamiento y los gritos se detuvieron al mismo tiempo.

Dos segundos después, la persona sentada en el suelo empezó a forcejear desesperadamente para quitarse la bufanda de la cabeza mientras seguía gritando.

Sun Wenqu suspiró, se acercó y le quitó la bufanda de un tirón.

Era Zhao He.

—Pensé que eras Zhang Lin. —Sun Wenqu no pudo evitar reírse—. ¿Por qué estás envuelta en esto también?

—¡¿Estás bien?!  —La voz ansiosa de Li Bowen llegó desde arriba.

—¡Me asusté muchísimo! —chilló Zhao He con la voz temblorosa.

Li Bowen ya estaba bajando corriendo, pero al escucharla, se puso tan nervioso que tropezó, cayó de culo y se deslizó cuesta abajo con estrépito.

—¡Te dije que no pisaras esa piedra! No te torciste el tobillo, ¿verdad?

—No. —Zhao He se puso de pie con cuidado. Su pantalón estaba cubierto de barro y musgo.

El pequeño estanque era sorprendentemente hermoso. No era muy grande, pero sí profundo, con aguas tan claras que se veían las hojas en el fondo.

El grupo se sentó alrededor para descansar y comer algo.

Para sorpresa de todos, Ma Liang sacó dos pasteles de su mochila y le pasó uno a Sun Wenqu. Eran de crema, aunque la crema ya estaba toda aplastada contra la caja.

—¿En qué estabas pensando? —preguntó Sun Wenqu, divertido. Comer pastel junto a un estanque en medio del bosque le parecía surrealista.

—Pregúntale a tu cu-cuñada. —Ma Liang sonrió—. Ella lo pre-preparó. Uno… uno para cada uno.

Sun Wenqu se lavó las manos con el agua del estanque y mordisqueó su pastel. Cuando se giró, vio que Fang Chi estaba sentado detrás de él, así que le preguntó en voz baja:

—¿Se puede beber esta agua?

Fang Chi estaba distraído mirando sus manos. Al escuchar la pregunta, levantó la cabeza y lo observó un instante antes de responder:

—Si rodeas esa roca y caminas unos metros, hay un manantial. Ahí el agua es potable.

—¿Dónde? —Sun Wenqu se puso de pie, sin estar seguro de a qué se refería esa descripción—. ¿Están bien tus manos?

—Sí, solo algunas espinas, las quito y ya. —Fang Chi sacó una botella de agua de su mochila—. Bébela.

Sun Wenqu la agarró y bebió la mitad del agua, luego se agachó a su lado.

—¿Dónde está el manantial? Quiero ver.

Fang Chi se levantó y lo llevó a escalar una roca grande al lado del pequeño estanque. El suelo en esa área estaba mojado y después de caminar una corta distancia, Fang Chi apartó la hierba y algunas hojas del suelo.

—Aquí.

Sun Wenqu se inclinó para mirar y se sorprendió.

—¿Tan pequeño?

En el suelo había un pequeño charco, de unos treinta centímetros de lado, con piedras de colores y arena fina en el fondo. También se podían ver burbujas de aire diminutas que emergían constantemente desde abajo.

Se quedó mirando, ensimismado, sintiendo que resultaba casi irreal por lo hermoso que era.

—Mmm. —Fang Chi recogió un poco del agua en sus manos y la bebió—. El agua de ese estanque se filtró de aquí.

—Déjame probar. —Sun Wenqu también recogió un poco de agua.

—Mejor no. —Fang Chi lo detuvo—. Solo bebe mi agua.

—¿Por qué? —Sun Wenqu realmente quería probar el agua de un manantial de montaña. Antes, en las montañas terrosas donde se había quedado, los manantiales eran escasos y, cuando encontraba uno, el agua solía estar turbia y llena de lodo.

—¿No tienes problemas estomacales? —le preguntó Fang Chi—. No bebas cualquier cosa.

Sun Wenqu lo miró en silencio por un rato, solo sonriendo.

—No habrás fingido tu dolor de estómago para engañarme, ¿verdad? —Fang Chi frunció el ceño.

—No, aunque no esperaba… —Sun Wenqu no continuó y volvió a sonreír—. Entonces les diré a los demás que vengan a probar.

—No —dijo Fang Chi de inmediato.

—¿Eh? —Sun Wenqu se sorprendió.

—Me preocupa que lo estropeen si se emocionan. —Fang Chi seguía frunciendo el ceño—. En la ruta de senderismo de señoras mayores que mencionaron, todos los manantiales fueron destrozados, pisoteados, hechos un desastre. Este… mejor que no lo vean.

—Muy bien. —Sun Wenqu se sentó en el suelo—. ¿Entonces nos quedamos aquí y jugamos un rato a escondidas?

—¿Jugar a qué? —Fang Chi pareció asustarse y retrocedió un poco.

—Jugar con el agua. —Sun Wenqu lo miró y, de repente, estalló en carcajadas, tratando de reprimir la voz para dejar de reír, pero siendo incapaz—. Hablando en serio, querido hijo, ¿tienes algún tipo de paranoia o qué?

—¿Por qué no mejor hablas de tus problemas mentales? —Fang Chi volvió a su sitio con bastante torpeza y se puso de nuevo en cuclillas.

Sun Wenqu se recostó contra una roca, escuchando las risas y las charlas provenientes del estanque cercano. Había una indescriptible sensación de soledad envolviéndolo.

—¿Creciste aquí? —preguntó.

—Ajá —respondió Fang Chi—. Estuve en casa de mis abuelos hasta el primer ciclo de secundaria, y subía a estas montañas cada pocos días.

—¿Nunca te sentiste solo? —Sun Wenqu apoyó la cabeza en sus brazos—. El aire es agradable, el agua clara, el paisaje hermoso, el cielo azul, el sol brillante…

—No —interrumpió Fang Chi rápidamente—. Todo eso me hace sentir muy feliz.

—Ya veo —suspiró Sun Wenqu.

—Si te sientes solo, es porque llevas una vida solitaria. —Fang Chi se puso de pie—. Vamos, señor solitario, es hora de partir. Nos queda una hora más.

No sabía si fue porque había aumentado su resistencia; o porque estaba demasiado cansado como para notarlo; o porque alguna frase de Fang Chi le había dado justo en el clavo. En cualquier caso, la siguiente hora de camino se le pasó volando mientras miraba el paisaje, hacía fotos y examinaba los insectos y frutos desconocidos de la ruta. Sun Wenqu terminó el recorrido sin problemas.

Lo que sí lamentó fue no haber encontrado esos pequeños hongos rojos que Li Bowen le había mostrado en su teléfono. En cambio, solo vio un montón de hongos que parecían vómito. Fang Chi comentó que eran comestibles, pero a Sun Wenqu le dieron náuseas solo de pensarlo.

—¡Muy bien! —El líder aplaudió al frente—. ¡Llegamos! Cinco minutos de descanso, luego montamos el campamento.

Todos vitorearon, arrojaron sus mochilas al suelo y se dispersaron, algunos acostándose, otros sentándose sobre las rocas.

—¡Qué bien se siente! —Zhang Lin suspiró mientras se miraba en el espejo para retocarse el maquillaje—. Definitivamente ha valido la pena venir.

—Cuando regresemos, tendrás que enseñarnos esas fotos artísticas tuyas, con ropa de montaña y esa bufanda —le dijo Sun Wenqu con una sonrisa.

—Eres el más molesto. —Zhang Lin chasqueó la lengua—. Bowen me tomó unas a medio cuerpo que quedaron preciosas.

—Quédense en esta zona, no se alejen. Ya no hay señal. —Fang Chi volvió a advertirles—. Mejor no entren al bosque. Hay muchos desvíos y algunos caminos están cubiertos de hojas. Si se caen, será muy difícil encontrarlos.

—Oh, qué miedo —dijo Zhao He en voz baja, sacando su teléfono—. Es cierto, no hay señal.

El lugar donde acampaban parecía haber sido usado antes. Había algunas piedras desplazadas y la hierba mostraba señales de haber sido despejada, aunque no había demasiadas huellas de visitantes frecuentes.

Era una zona abierta, algo relativamente raro en las montañas. Lo mejor era que, un poco más adelante, desviándose por un camino más pequeño, encontrarías que incluso las colinas que antes los rodeaban desaparecían, dando paso a un extenso manto de flores amarillas y hierba.

Este lugar debía de ser impresionante al amanecer.

Tras descansar un poco, todos comenzaron a montar el campamento.

Las tiendas de campaña no eran grandes: las parejas usarían tiendas dobles, mientras que el resto de los caballeros, perros solteros, dormirían en individuales o compartirían una doble para mantenerse calientes.

Sun Wenqu y Ma Liang tenían tiendas individuales, así que las levantaron rápidamente.

Cuando Fang Chi comenzó a sacar cosas de su mochila, Sun Wenqu entendió por qué era tan pesada. Además de la comida que todos llevaban, su mochila contenía muchos otros alimentos y utensilios para hacer una barbacoa.

—Voy a construir un fogón. —Fang Chi terminó de arreglar las cosas y fue con el líder del grupo a buscar una piedra para encender el fuego.

Ma Liang, probablemente cansado, se acostó en su tienda con las piernas afuera, cerró los ojos y no se movió.

—Así que tu resistencia no era tan buena, vaya… —Sun Wenqu le dio una patada en el pie—. Un hombre joven y fuerte como yo todavía puede subir dos colinas más.

—Claro, si yo ca-casi no puedo a-ahorrar energías —dijo Ma Liang—. No puedo co-compararme con un joven en la flor de la vida… como tú, que por las noches solo pu-puede abrazar una almohada.

—Ya verás. —Sun Wenqu lo señaló con el dedo—. Te dibujaré un retrato cuando regresemos mañana, solo una gran boca.

Ma Liang, acostado en la tienda, se rio un largo rato.

—¿Ese di-dibujo de tu hijo aún no está terminado?

—Ya lo terminé. —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. Solo que no he encontrado la oportunidad para dárselo. Un día de estos, cuando lo haga enojar, se lo daré como disculpa.

—Estás… loco. —Ma Liang cerró los ojos.

El campamento estaba muy animado, con la gente corriendo corriendo de manera caótica; quién sabría lo que hacían. Algunas chicas estaban preparando la comida. Luo Peng y unos cuantos más seguían levantando tiendas de campaña. Más allá, Fang Chi y el líder del grupo, junto con algunas personas, estaban construyendo el fogón. Sun Wenqu dio algunas vueltas, pero no encontró nada que hacer.

De repente, vio a Li Bowen agacharse y dirigirse hacia el bosque.

—¿A dónde vas? —Sun Wenqu lo persiguió.

—Oh, a buscar algo de leña —respondió Li Bowen—. Hay muchos árboles en el bosque. Vi que hay pinos por allí. Las ramas de pino arden bien, ¿no?

—No te alejes demasiado. —Sun Wenqu recordó las palabras de Fang Chi—. Este bosque es muy profundo.

—Está bien, no iré muy lejos. Vuelve y ayuda a los demás. —Li Bowen agitó una mano, luego se dio la vuelta y siguió caminando—. De paso, veré si encuentro algún hongo.

Sun Wenqu, que se estaba dando vuelta para volver al campamento, se detuvo en seco cuando escuchó sus palabras. Tras dudar unos segundos, se giró y lo siguió.

—¿Habrá alguno aquí?

—No lo sé —contestó Li Bowen mientras se adelantaba—. La última vez también era un bosque parecido, creo. Debería haber preguntado a alguien qué tipo de hongo era. Tal vez lo vendan en el mercado.

—¿Por qué no le preguntaste a tu papá? —Sun Wenqu caminaba unos pasos detrás, moviéndose despacio. Ese bosque era más denso que el anterior, y como el sol ya comenzaba a bajar, la luz escaseaba entre los árboles.

—Le pregunté, pero ni se acuerda de que nos habló de ese hongo. Lo dijo al azar para entretenernos. —Li Bowen se rio.

—¿En serio? —Sun Wenqu sintió de repente una leve decepción. Algo que había significado tanto para él en el pasado, algo que aún le causaba emoción al recordarlo, resultaba ser solo un comentario sin importancia para la persona que se lo había contado—. Claro, solo estaba jugando con unos niños.

—Hay que apurarnos un poco —le dijo Li Bowen, acelerando el paso—. Vamos a ver el atardecer después. Desde aquí se ve espectacular, como una proyección súper gigante.

Sun Wenqu comenzó a agacharse para buscar ramas secas en el suelo, al mismo tiempo, buscaba un destello de color rojo bajo las hojas secas.

Los dos estuvieron hablando de manera intermitente y, en poco tiempo, Sun Wenqu ya sentía dolor en la espalda. No encontró ningún hongo, pero al menos tenía un buen botín de leña en las manos.

—Creo que ya es suficiente —dijo, enderezándose—. Volvamos…

Li Bowen, que había estado caminando frente a él hasta hace unos minutos, se había esfumado.

—¿Bowen? —llamó Sun Wenqu, pero nadie respondió. Miró a su alrededor y volvió a llamarlo, esta vez con más fuerza—: ¡Bowen!

El bosque estaba en silencio. Solo se oían los cantos de los insectos y los pájaros. No había rastro de voces humanas; el bullicio del campamento había desaparecido por completo.

—Mierda. —Sun Wenqu apuró el paso—. ¡Li Bowen!

Apenas terminó de gritar, sintió cómo el suelo bajo sus pies cedía. Antes de que tuviera tiempo de estabilizarse, la gruesa y mullida capa de hojas secas desapareció de repente bajo él.

Cuando el fogón estuvo listo, Fang Chi se sacudió el lodo de las manos y dijo:

—Tengo alcohol por allí.

—Pero no hay leña… No sé si alguien ha ido a buscar —comentó Luo Peng mientras se acercaba—. Yo había pensado traer carbón desde abajo.

—¿No te da pereza cargarlo? —Fang Chi sonrió y miró a su alrededor—. Iré a buscar un poco.

—No hace falta —le dijo Zhang Lin al tiempo que ensartaba carne en un pincho—. Hace un rato vi que Bowen y Wenqu fueron al bosque por ramas.

—¿Al bosque? —Fang Chi se giró de inmediato hacia ella.

—Ah… —Zhang Lin señaló un lugar—. Por allí, deberían estar recogiendo cerca del borde… ¿no?

—Entonces, ¿dónde están ahora? —preguntó Fang Chi. Sin perder tiempo, agarró su mochila y se la colgó al hombro antes de caminar en la dirección que Zhang Lin indicó.

—¿Qué, qué pasó? —Ma Liang los escuchó y salió arrastrándose de su tienda—. Iré contigo…

—Tú te quedas —ordenó Fang Chi.

Cuando llegó al borde del bosque, vio a Li Bowen salir con un gran montón de ramas secas.

Fang Chi miró detrás de él, pero no vio a nadie más.

—¿Dónde está Sun Wenqu? —preguntó.

—¿Ah? —Li Bowen se congeló—. ¿No ha salido?

Fang Chi no apartó la vista de él.

—¿Adónde fueron?

—No entramos muy profundo. Solo di un pequeño rodeo y salí. —Li Bowen se puso nervioso, dejó caer la leña y comenzó a caminar de regreso—. Yo iba delante de él. Cuando regresé, no lo vi. Pensé que había salido antes que yo…

—Quieto ahí. —Fang Chi dio un par de pasos y lo agarró del brazo, tirando de él hacia atrás. Luego, volviéndose hacia las personas del campamento, dijo con voz firme—: Si les digo que se queden, se quedan. Si les digo que no entren al bosque, entonces no entran. ¡Si alguien vuelve a hacerse el sordo, yo mismo lo bajaré a patadas de la montaña!

Antes de que los demás pudieran decir algo, Fang Chi se adentró en el bosque con la mochila al hombro.

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