XVII. AL MENOS COMPÉNSALO CON TU COEFICIENTE INTELECTUAL…

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FANG CHI CAMINÓ ENTRE los árboles. Ese pedazo de bosque no era gran cosa para él, aunque los lugareños en general evitaban internarse demasiado. El mayor problema era el terreno bastante empinado. Además, debajo de las espesas capas de hojarasca y ramas rotas, a menudo solían formarse varios niveles ocultos por la vegetación en descomposición, tan gruesos que casi no se distinguían. Si uno no tenía cuidado y pisaba en el lugar equivocado, podía resbalar y caer hasta el fondo.

De hecho, una caída no sería un problema. Sin embargo, para alguien como Sun Wenqu, que había crecido en la comodidad y jamás había vivido en un entorno salvaje, podía ser un verdadero desastre.

Fang Chi avanzó lentamente en la dirección que Li Bowen había indicado, examinando las huellas que ambos habían dejado en el suelo.

Parecía claro que caminaron en fila, uno detrás del otro. Y si continuaron recto en esa dirección, se habrían encontrado de frente con una capa de terreno falso.

Fang Chi frunció el ceño y aceleró el paso. El bosque era antiguo, y en cada paso tenía que sortear gruesas raíces y ramas caídas.

No entendía nada, ¿por qué tuvieron que adentrarse tanto para recoger leña cuando podían conseguir mucha cerca del borde del bosque? En esa zona, además, la humedad era tan alta que resultaba casi imposible encontrar ramas secas que pudieran usarse como leña.

Aparte de eso, tampoco entendía por qué Sun Wenqu, que era tan perezoso como una serpiente, había seguido a Li Bowen hasta un lugar como ese, sobre todo teniendo en cuenta que era bastante obvio que la relación de esos dos no parecía ser muy buena.

El bosque estaba tranquilo y la luz comenzaba a desvanecerse. En las montañas, una vez que el sol empezaba a ponerse, sucedía mucho más rápido que en terreno llano.

Fang Chi aguzó el oído, atento a cualquier sonido. Si Sun Wenqu llevaba el silbato que le dio, y si no era un completo idiota ni se había desmayado en la caída, ya debería estar usándolo para pedir ayuda.

Avanzó un poco más. Calculando su velocidad y la de Sun Wenqu y Li Bowen, ese debía ser el punto más alejado al que podían haber llegado. Justo en ese momento, de repente escuchó un débil silbido.

El sonido era tan diminuto que por un momento no pudo determinar de dónde provenía. Cuando intentó concentrarse para ubicarlo mejor, el silbido ya se había apagado.

Fang Chi solo pudo estimar que venía del frente, así que apresuró el paso, saltando sobre las raíces y corriendo en esa dirección. Sacó su propio silbato del bolsillo y lo hizo sonar.

Esta vez, el silbido en respuesta llegó desde el frente izquierdo. Seguía sonando muy bajo. Fang Chi lo comprendió de inmediato: no es que el sonido viniera de muy lejos, sino que era intrínsecamente bajo.

O Sun Wenqu estaba demasiado débil para soplar fuerte, o estaba herido.

—¡Sun Wenqu! —gritó Fang Chi, examinando el suelo con atención. Pronto encontró un área donde las hojas podridas habían sido pisoteadas cerca de una pendiente. Probó el terreno con el pie—. ¡¿Estás ahí abajo?!

Mientras retiraba las enredaderas y capa de hojas secas con las manos, escuchó otra vez el silbido, seguido de la voz de Sun Wenqu:

—Estoy abajo.

—¿Estás herido? —preguntó Fang Chi, arrojando su mochila al suelo y sacando de ella un rollo de cuerda, cuyo extremo ató rápidamente a la raíz de un árbol robusto.

—No —respondió Sun Wenqu, con voz débil.

—Entonces, ¿te paso una cuerda para que subas? —Fang Chi se sintió aliviado al saber que no estaba herido, pero aun así sacó el botiquín de primeros auxilios de su mochila y lo colgó de su cintura.

—De ninguna manera —respondió Sun Wenqu—. Yo soy el titular de tu contrato de venta.

—Entonces diviértete ahí abajo. —Fang Chi no sabía si reír o llorar.

—Oh, bueno —dijo Sun Wenqu—. De todos modos, ya llevo un buen rato «divirtiéndome» aquí.

Fang Chi no dijo nada más. Después de asegurarse de que el nudo de la cuerda estuviera bien hecho, limpió el área de malezas, hojas y ramas caídas. Luego, sujetó la cuerda y empezó a descender.

Parecía que Sun Wenqu había resbalado y caído rodando. La zona donde aterrizó era un canal de agua, formado por la erosión de las lluvias. Por suerte, la pendiente no era demasiado empinada.

Después de deslizarse unos cinco o seis metros, Fang Chi divisó la chaqueta roja de Sun Wenqu. Parecía que la caída había sido tan brusca que incluso perdió una prenda…

Unos metros más abajo, Sun Wenqu estaba medio recostado sobre un montón de hojas secas.

—¡¿No dijiste que no estabas herido?! —De un vistazo, Fang Chi vio que Sun Wenqu tenía un corte en la pierna, justo donde se había subido el pantalón. Sin demora, soltó la cuerda y saltó a su lado.

—Si te hubiera dicho que estaba herido, te habrías lanzado de cabeza y habríamos terminado los dos atrapados aquí abajo —respondió Sun Wenqu.

—Yo… claro que no. —Fang Chi frunció el ceño mientras abría el botiquín de primeros auxilios—. Además de este corte, ¿te duele en algún otro lugar?

—No —suspiró Sun Wenqu—. Pero este corte ya duele lo suficiente.

Fang Chi limpió la herida con habilidad, aplicó un poco de medicamento y la vendó.

—¿Puedes apoyarte en ella? —preguntó.

—No sé. —Sun Wenqu movió la pierna—. Primero pásame mi chaqueta, que hace un frío de mierda.

Fang Chi trepó unos metros y se la alcanzó.

—¿Tanto frío tenías que apenas podías soplar el silbato? Si no hubiera estado prestando atención, no lo habría escuchado.

—Qué va, ya es un milagro que pudiera hacer sonar esa cosa. —Sun Wenqu hizo una mueca mientras se ponía la chaqueta—. Me duele todo el cuerpo. Cada vez que soplaba el maldito silbato, me dolía el pecho y la espalda.

—¿Podrás subir con la cuerda? —le preguntó Fang Chi, tirando de ella.

Sun Wenqu no contestó. Solo se apoyó en una rama y lo miró.

Se sostuvieron la mirada por un momento, hasta que Fang Chi suspiró.

—No puedes subir, ¿verdad?

—Incluso si estuviera ileso, no estoy seguro de poder subir así.

—Entonces te cargaré. —Fang Chi trepó rápidamente por la cuerda, alcanzando la cima en un par de  movimientos.

—No, espera. —Sun Wenqu se quedó atónito al verlo—. ¿Vas a cargarme o solo imaginaremos que lo haces?

—¡Estoy buscando el arnés! —respondió Fang Chi, algo desesperado.

Sun Wenqu no dijo una palabra, observando cómo Fang Chi trepaba con facilidad por las ramas y las rocas, impulsándose con los brazos y piernas. En pocos movimientos, ya estaba arriba. Entrecerró un poco los ojos.

Fang Chi bajó enseguida con la cuerda y el arnés. Mientras se lo colocaba a Sun Wenqu, este le preguntó:

—Oye, en la pared de fotos del club, esa tan imponente, ¿hay alguna tuya?

—Creo —respondió Fang Chi mientras le ajustaba las correas—. Tal vez una o dos. De competiciones.

—¿Hay una en la que estás de espaldas, colgado de una roca?

—Ajá. —Fang Chi le dirigió una mirada—. ¿Por qué?

—Vaya piernas largas… —Sun Wenqu se rio, bajó los párpados y recorrió sus piernas con la mirada.

Fang Chi no estaba seguro de si ya se había acostumbrado a esos comentarios extraños suyos, o si era porque Sun Wenqu estaba lesionado en ese momento, o si era porque su principal preocupación ahora mismo era sacarlo de ahí, en cualquier caso, se limitó a bajar la cabeza para mirar sus propias piernas antes de decir:

—Sí, ese ángulo hace que se vean más largas.

Sun Wenqu no esperaba una respuesta tan directa. Se quedó en blanco un instante antes de echarse a reír.

—Qué honesto.

—Listo. —Fang Chi le ajustó el arnés y se lo enganchó a sí mismo—. No te muevas demasiado y dobla un poco las piernas.

—¿De verdad puedes llevarme así? —Sun Wenqu estaba un poco preocupado—. ¿Sabes cuánto peso?

Fang Chi no contestó, se envolvió la cuerda alrededor de su cintura y empujó con las piernas. De repente, Sun Wenqu sintió que sus pies dejaban el suelo.

Fang Chi no pareció encontrar ninguna dificultad al trepar, deteniéndose solo un par de veces para ajustar la ruta. En cuestión de minutos, ya lo había llevado de vuelta al punto desde donde había caído.

—Unos sesenta y cinco kilos, más o menos —dijo Fang Chi mientras desenganchaba el arnés.

—¿Qué? —Sun Wenqu se apoyó en él con una mano, parado en una sola pierna.

—Tú. —Fang Chi tomó la mano que Sun Wenqu tenía sobre su hombro y la guió hacia el tronco de un árbol cercano para que pudiera apoyarse. Luego se agachó y guardó todas sus cosas en la mochila.

—Es más que eso. —Sun Wenqu sonrió—. Oye, tu mochila es un cofre del tesoro, ¿eh? Tienes de todo ahí.

—No hay de otra, me tocó encontrarme a alguien como tú. Todo es útil y necesario. —Fang Chi guardó el equipo en su mochila, la dejó junto a un árbol y se agachó frente a él—. Sube.

—¿No te llevarás tu mochila? —Sun Wenqu se echó sobre su espalda.

—Si quieres bájate. —Fang Chi se puso de pie y comenzó a caminar fuera del bosque con él a cuestas.

—Gracias… —murmuró Sun Wenqu sobre su espalda. El camino era complicado; incluso Fang Chi tenía problemas para mantenerse firme mientras lo cargaba—. Nunca pensé que tendría tan mala suerte hoy.

—¿Por qué vinieron hasta aquí en primer lugar? —Fang Chi frunció el ceño—. ¿No les dije que no se alejaran? No tuviste mala suerte hoy, al contrario. Si hubieras seguido resbalando hasta el fondo, eso habría sido mala suerte. No habría sido solo un corte y perder la ropa…

 —Vaya capacidad pulmonar tienes. Hasta cargándome puedes darme sermones. —Sun Wenqu se rio. Luego de reírse un rato, se quedó en silencio y pasó un tiempo antes de que volviera a hablar—: Estaba buscando un hongo.

—¿Qué hongo? —preguntó Fang Chi—. ¿Ese rojo que mencionaste antes?

—Mmm… —Sun Wenqu se sintió un poco avergonzado. Un hombre adulto, correteando por el bosque en busca de hongos como si fuera un niñita. Si hubiera encontrado alguno, habría estado bien, pero no lo hizo y encima terminó cayendo por un barranco.

Cuando Fang Chi estaba por salir del bosque, vio a un grupo de personas acercándose. Ma Liang, al ver que Sun Wenqu estaba siendo cargado, se alarmó tanto que incluso se olvidó de tartamudear y corrió hacia ellos casi a rastras.

—¿Qué pasó? ¡¿Dónde te lastimaste?!

—Vaya, qué elocuente —dijo Sun Wenqu, riendo—. No es nada, solo un corte y un golpe en esta vieja espalda…

— ¡¿Te caíste?! —Li Bowen casi tropieza al correr hacia ellos—. ¡¿Por qué no gritaste?! ¡Si te hubiera pasado algo, estaría acabado!

Sun Wenqu sonrió sin decir nada.

—¡Ayuden a bajarlo, rápido! —gritó Luo Peng.

El grupo lo ayudó a bajar de la espalda de Fang Chi y juntos lo sacaron del bosque.

Fang Chi regresó al bosque para recoger su mochila.

Aparte del corte en la pantorrilla, Sun Wenqu no tenía heridas graves, solo algunos moretones de los golpes contra las piedras al caer. Seguramente, mañana estaría cubierto de moretones.

Después de revisar a Sun Wenqu y asegurarse de que no había otros problemas, todos continuaron preparando la cena. El fuego ya estaba encendido, y varias linternas de emergencia iluminaban el área, creando un ambiente animado.

—¿Es grave la herida en la pierna? —Li Bowen se agachó junto a Sun Wenqu.

—No, solo un rasguño. No es gran cosa —dijo Sun Wenqu.

—De verdad que… —Li Bowen frunció el ceño. Parecía que quería decir algo más, pero se quedó en silencio, visiblemente frustrado.

—Ya ba-basta. —Ma Liang, sentado a un lado, lo miró de reojo—. ¿Ahora se te da por arrepentirte con ta-tanto ímpetu?

—Espera, Liang-zi, ¿qué insinúas? —Li Bowen lo miró.

—Justo lo que has e-entendido —respondió Ma Liang con mucha calma.

—Tú… —Li Bowen se puso de pie.

—Suficiente los dos —intervino Sun Wenqu—. ¿Encima van a pelear? ¿Mañana bajamos la montaña con tres heridos atados en un solo montón rodando cuesta abajo?

Ma Liang guardó silencio. Li Bowen lo miró un momento, pero tampoco dijo nada más.

 

 

Fang Chi habló un rato con el líder del grupo y luego se acercó. Le pasó a Sun Wenqu una botella de bebida energética junto con dos pastillas antiinflamatorias. Después, miró a Li Bowen.

—Ese hongo, déjame ver la foto.

—Fue solo un caso aislado… —Li Bowen sonrió con incomodidad.

—Déjame ver. —Fang Chi estiró la mano.

Li Bowen dudó un poco antes de sacar su teléfono y mostrarle la imagen.

—Mi papá solía burlarse de nosotros cuando éramos niños… ¿Alguna vez has visto un hongo así?

—¿Fue tomada aquí? —preguntó Fang Chi después de mirar la foto.

—Sí, pero no por esta zona. —Li Bowen señaló la montaña—. Fue por la ruta de senderismo que sube desde el lado este del pueblo.

—Oh, nunca lo había visto antes —respondió Fang Chi y no dijo nada más.

Li Bowen se quedó de pie en silencio por unos segundos. Luego suspiró, le dio una palmada en el hombro a Sun Wenqu y se fue a ayudar a Zhao He con la carne asada.

—Gra-gracias, en serio. —Ma Liang miró a Fang Chi—. Sobrino mío.

—El pescado ya está listo. —Fang Chi señaló con la barbilla—. ¿Quieren comer?

—Iré por un, un poco. —Ma Liang se puso de pie—. A tu querido padre le encanta… comer pescado.

Fang Chi observó a Ma Liang alejarse antes de girarse hacia Sun Wenqu.

—En esta montaña no crecen ese tipo de hongos.

—¿Eh? —Sun Wenqu se sorprendió.

—Crecí en estas montañas. —Fang Chi lo miró—. Y nunca antes había visto ese tipo de hongo.

—Dicen que crece debajo de las agujas de pinos…

—Si digo que nunca lo he visto, entonces no lo hay. Cuando era niño, incluso desenterré fragmentos de cerámica del fondo del río. No puede ser que en toda la montaña solo haya crecido un hongo de ese tipo. —Fang Chi habló en voz baja—. Además, las agujas que aparecen en la foto son de pino blanco, y aquí no hay de ese tipo, todo lo que tenemos son pinos aceiteros. ¿Captas?

Sun Wenqu no dijo nada.

—Un poco más de sentido común, ¿sí? —Fang Chi se puso de pie y comenzó a alejarse—. Si tienes baja inteligencia emocional, al menos compénsalo con tu coeficiente intelectual…

Sun Wenqu tardó mucho en reaccionar y luego gritó a la espalda de Fang Chi:

—¡Oye! ¡Muy audaz ahora, ¿no?!

 

 

Durante el día, cuando veía a esa veintena de personas, pensaba que eran una multitud. Ahora, al caer la noche en esta profunda montaña —aunque no le gustaba el ruido—,  sentía que la cantidad de gente era miserablemente pequeña.

Cuando terminaron de comer, sin que nadie lo dijera, todos se levantaron y movieron las tiendas de campaña que antes estaban dispersas, apiñándose para sentirse más seguros.

—¿Hay lobos aquí por la noche? —preguntó alguien con preocupación.

—No —respondió Fang Chi.

—¿Y zorros u otro pequeño animal feroz? —Zhang Lin se envolvió en su bufanda y se acurrucó junto a la hoguera.

—Tranquilos. —Fang Chi le sonrió—. Tienen miedo de la gente, no se acercarán.

—¿Y qué pasa si una damisela como yo, tan delicada y sin novio que la acompañe, tiene que ir al baño por la noche? —Zhang Lin hizo un gesto coqueto con los dedos—. ¿Qué hago entonces?

—Llamas a otra damisela que tenga novio —dijo Fang Chi sin levantar la vista, cavando un pequeño agujero junto al fuego para enterrar batatas—. Eso bastará.

—¡Brillante! —Todo el grupo se rio.

La noche en las montañas era muy tranquila. Solo se oía el canto de algunos insectos y, de vez en cuando, el leve murmullo de algún ave desconocida. El sonido del viento moviendo las ramas de los árboles le otorgaba a la noche una quietud particular.

Si uno miraba hacia arriba, podía ver un cielo lleno de estrellas brillando con destellos plateados.

Debido a que habían estado ocupados todo el día, aquellos que en un principio planearon relajarse junto al fuego, queriendo jugar una ronda de cartas, bebiendo un poco y charlando, no tardaron mucho en caer rendidos.

Sun Wenqu también estaba muy cansado y estaba a punto de volver a su tienda para dormir, cuando notó que Fang Chi seguía sentado a un lado, jugando un juego en su teléfono.

—¿No vas a dormir? —le preguntó en voz baja.

—En un rato —respondió Fang Chi—. Si necesitas ir al baño por la noche, llámame.

—Oh, ¿así de vengativo eres? —Sun Wenqu se rio.

—¿Eh? —Fang Chi no entendió lo que quería decir.

—Te vi una vez, ¿y ahora quieres devolverme el favor? —Sun Wenqu no podía dejar de reír.

Fang Chi lo miró.

—Entonces ve saltando tú solo.

—No hay problema. —Sun Wenqu se metió en su saco de dormir dentro de la tienda, riéndose—. A mí no me importa que mires.

Fang Chi no le prestó más atención y siguió concentrado en su juego.

 

 

Sun Wenqu estaba muy cansado, pero incluso después de estar tumbado en la tienda durante un rato, no pudo conciliar el sueño. Seguía sintiéndose incómodo. Así que, al final, sacó un enjuague bucal de su mochila y salió.

Fang Chi seguía jugando con su teléfono. Al verlo enjuagarse la boca, chasqueó la lengua.

—Qué delicado.

—¿Quieres? —Sun Wenqu agitó la botella en su mano.

—No. —Fang Chi sacó el paquete de chicles de su bolsillo y también lo agitó—. Yo uso esto.

Sun Wenqu Wenqu volvió a meterse en la tienda, pero dos segundos después, envuelto en su saco de dormir, asomó de nuevo la cabeza.

—Oye, acabo de darme cuenta de algo.

Fang Chi lo miró.

—¿No tienes una tienda de campaña? —Sun Wenqu echó un vistazo a los alrededores. Casi todos ya estaban dentro de sus tiendas y no parecía haber ninguna vacía.

—No —dijo Fang Chi—. No la necesito.

—Entonces, ¿dónde dormirás? —Sun Wenqu se sorprendió.

—En un saco de dormir —respondió Fang Chi—. Cargar una tienda es demasiado pesado.

—Oh… —Sun Wenqu volvió a meterse en su tienda.

Seguía sin poder dormir. Abrió la pequeña ventana de la tienda y se quedó mirando el pedazo de cielo nocturno que parecía un lienzo.

Fang Chi era el único que quedaba afuera. A través de la abertura de la tienda, Sun Wenqu lo vio yendo a agregar un poco de leña a la hoguera antes de extender una colchoneta aislante, meterse en el saco de dormir y acostarse con total comodidad.

 Sun Wenqu sonrió. Un niño que creció de forma salvaje en las montañas era, en efecto, diferente de la gente a su alrededor. Tenía algo especial, aunque no sabría decir exactamente qué, y a menudo lograba sorprenderlo.

No pasó mucho tiempo antes de que el entorno dejara de ser tan silencioso.

Ronquidos, chasquidos de labios, rechinar de dientes e incluso alguna que otra frase en sueños… Para alguien como Sun Wenqu, cuyo sueño era ligero y al que le costaba dormirse más que contar todas las estrellas del cielo, aquello le arrebató cualquier atisbo de somnolencia.

Después de estar quieto un rato, sintió ganas de orinar.

Se arrastró fuera del saco de dormir, salió de la tienda, se puso los zapatos y se quedó dudando entre llamar a Fang Chi o simplemente encontrar un lugar y hacerlo rápido.

De hecho, la herida en su pierna estaba bien, ya no le dolía ni le molestaba demasiado. En comparación con ese corte, los moretones y golpes en su cuerpo eran más incómodos.

Intentó dar unos pasos. Apenas había avanzado unos tres metros cuando el saco de dormir de al lado se incorporó.

—¡Dios, qué susto! —Sun Wenqu ya había encontrado la oscuridad a tres metros de distancia bastante aterradora, pero cuando ese «capullo de gusano» se movió de golpe, sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.

—¿No te dije que me llamaras? —Fang Chi abrió el saco de dormir y se lo quitó. Luego caminó hacia él y tomó su brazo antes de pasárselo por los hombros—. Si te vuelves a caer, no podré bajarte mañana.

—No es para tanto. La pierna ya no me duele. —Sun Wenqu sonrió—. Solo que… da un poco de cosa.

Fang Chi sacó una linterna, la encendió y la sostuvo con la boca, luego le pasó el brazo por la cintura y lo llevó medio a cuestas, medio a rastras, hasta la parte trasera de una gran roca cercana en unos pocos pasos.

—Aquí está bien —dijo Fang Chi con la linterna en la boca. Cuando Sun Wenqu se estabilizó, la puso sobre la roca—. Rápido y sin rodeos.

Sun Wenqu se quedó quieto tras la roca sin hacer nada.

Fang Chi sé giró.

—¿No vas a orinar?

—¿No vas a mirar? —preguntó Sun Wenqu.

—¿Estás mal de la cabeza? —susurró Fang Chi.

—Bueno, si no vas a mirar, ¿crees que puedes pararte un poco más lejos? —Sun Wenqu se rio—. Me da mucha vergüenza que escuches la transmisión en vivo y en directo.

—Increíble. —Fang Chi se giró y se alejó unos pasos—. ¿Tú, sintiendo vergüenza?

Sun Wenqu no respondió. Era la primera vez en su vida que orinaba con tanta concentración, por miedo a que algo saltara desde la oscuridad si tardaba demasiado.

Cuando terminó de subirse los pantalones, echó un vistazo hacia Fang Chi. Este estaba de espaldas, con la cabeza inclinada hacia el cielo, mirando las estrellas con expresión absorta.

Sun Wenqu se apoyó en la roca y no se apresuró en llamarlo. No sabía por qué, pero aunque Fang Chi seguía siendo un niño a sus ojos, a veces lograba transmitirle una sensación de seguridad. Era el tipo de presencia que hacía que uno se sintiera tranquilo, como si, al verlo, ya no tuvieras que preocuparte por lo que pudiera emerger de la oscuridad detrás de ti.

 

 

 

Traducido por alekmma
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