XXX. ¡ESTO NO ERA ALGO QUE SE PUDIERA CURAR TOMANDO MEDICAMENTOS!

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—YA CALCULABA QUE deberías estar llegando —dijo el abuelo, parado en la puerta del patio con una sonrisa—. Despacio, la última vez le rompiste una rueda a la maleta.

—Me muero de hambre. —Fang Chi entró en el patio, tiró la maleta al suelo y puso el transportín sobre una mesa—. ¿Hay algo de comer?

—Sí, sí, sí. —La abuela salió del interior de la casa—. Pareces un muerto de hambre recién reencarnado, iré a buscarte algo.

Aunque Fang Chi solía regresar en sus vacaciones, ninguna de esas veces lo emocionaba tanto como volver para el Año Nuevo. El olor a petardos al entrar al pueblo, combinado con la sensación de alegría por las festividades, lo hacía sentirse especialmente feliz.

Había restos de petardos rojos por todo el patio. Fang Chi pateó algunos, levantando una nube de fragmentos, y después de que la abuela lo regañara un par de veces, llevó contento la maleta al interior de la casa.

Sus padres estaban dentro, ocupados con los preparativos para el Año Nuevo. Junto a la pared había varias cajas de juegos pirotécnicos apiladas. Al verlo entrar, su madre sonrió.

—Ya llegaste. Escuché a Chico ladrar desde lejos.

—Fue a la parada a recibirme —dijo Fang Chi con una sonrisa.

—Lleva tus cosas arriba. Aquí está todo desordenado, aún no terminamos —dijo su padre, dándole una palmada en el hombro—. Tu abuela ya preparó tu cuarto.

—Sí. —Fang Chi subió las escaleras con su maleta. Luego se volvió y gritó hacia el patio—: ¡No abran la bolsa que está en la mesa! ¡Hay un gato adentro!

—¿Por qué trajiste un gato? —Su madre frunció el ceño—. ¿No hay suficiente desorden en casa?

—Lo recogí hace tiempo, y como no hay nadie que me lo cuide, lo traje conmigo —explicó Fang Chi—. No estará suelto, traje una correa.

—Hasta recogiste un gato… —estaba diciendo su madre en la planta baja.

Fang Chi no escuchó bien lo que decía, ya había subido corriendo las escaleras y arrojado la maleta en su habitación.

Cuando estaba a punto de darse la vuelta para salir, se detuvo en seco y giró la cabeza para mirar la fila de pequeñas macetas en el alféizar de la ventana. Antes no estaban ahí. Sus abuelos, al ser mayores, no tenían tiempo para cuidar plantas.

¿De repente tenían tanta energía?

Fang Chi sonrió y salió de su habitación.

Sus abuelos vivían en la planta baja, mientras que en el primer piso había tres habitaciones. Aparte de la que él ocupaba, una estaba llena de trastos y la otra era la que sus padres habían usado antes, pero luego construyeron su propia casa y quedó vacía. Nunca la habían arreglado, así que, allí estaba, acumulado polvo.

 Cuando Fang Chi pasó por esa habitación, algo le pareció diferente. Ya en la escalera, retrocedió y miró de nuevo, por fin dándose cuenta de qué era lo que había cambiado.

El candado de la puerta había sido retirado y sustituido por una cerradura con manija. Y no cualquier cerradura, sino una dorada y ostentosa, que contrastaba fuertemente con la vieja puerta de madera.

¿Qué pasaba con sus abuelos?

¿O fue cosa de sus padres?

Extendió la mano y giró la manija. La puerta no estaba cerrada con llave, así que se abrió con facilidad.

Cuando echó un vistazo al interior, se quedó atónito.

La habitación estaba impecable, con las ventanas limpias y brillantes. También había una fila de pequeñas macetas con plantas en el alféizar, y las ventanas, que antes estaban vacías, ahora tenían cortinas grises con patrones discretos.

La habitación, que antes solo acumulaba polvo, ahora estaba llena de cosas: una cama, un escritorio con su silla, y una de esas sillas que con solo mirarlas daban ganas de acostarse en ellas. Sobre el escritorio había una computadora portátil y, en una esquina, un aparato grande que parecía una caja fuerte.

Fang Chi se quedó de pie en la puerta, incapaz de volver a sus sentidos. ¿Qué estaba pasando?

No fue hasta que vio una mesa de trabajo y los restos de barro pegado a ella que una idea increíble empezó a tomar forma en su mente.

Eso era… un torno de alfarería.

¿Sun Wenqu?

Con esta posibilidad absurda en la cabeza, Fang Chi salió disparado hacia el patio y le gritó a su abuelo:

—¿Qué pasó con la habitación de arriba? ¿Quién está viviendo ahí?

—¿Ah? —El abuelo, que estaba inclinado molestando a Sir Amarillo, se sobresaltó por el maullido del gato y luego por el grito de Fang Chi. Se giró, parpadeó confundido y luego sonrió—. Sun Shuiqu. ¿No sabías que alquiló esa habitación?

—¿Qué? —La voz de Fang Chi se quebró, casi convirtiéndose en un chillido.

—Dijo que te lo había contado —respondió el abuelo, pareciendo confundido por su reacción—. Ya lleva un mes viviendo aquí. ¿De verdad no lo sabías?

—Yo… —Fang Chi sentía que su cerebro había dejado de funcionar—. No, no lo sabía.

—Dijo que buscaba inspiración para algo, no sé exactamente qué. Cuando llegó, hizo un montón de macetas y plantó flores —dijo el abuelo, sonriendo—. También cambió todo el cableado de la casa, dijo que temía que no soportara esa máquina suya…

—¿Dónde está? —Fang Chi finalmente recordó preguntar.

—No sé, por la montaña, paseando, supongo —dijo el abuelo—. A esta hora siempre…

Antes de que su abuelo terminara de hablar, Fang Chi ya había salido corriendo del patio antes de que pudiera terminar la frase.

—¡¿Y no vas a comer, pequeño revoltoso?! —gritó la abuela detrás de él.

Fang Chi corrió por el camino que llevaba a las montañas detrás del pueblo, con Chico siguiéndolo de cerca, haciendo silbar al aire con su velocidad.

De repente, el teléfono de Sun Wenqu estaba fuera de servicio.

De repente, la casa de Sun Wenqu estaba a la venta.

De repente, Sun Wenqu desapareció.

¡De repente, Sun Wenqu estaba viviendo en la casa de sus abuelos!

¿Qué estaba pasando?

¡Un loco, un maldito chiflado, eso pasaba!

¡Esto no era algo que se pudiera curar tomando medicamentos!

¡Necesitaba un exorcismo!

No había nadie en la ladera de la montaña, pero el terreno era suave y los caminos estaban bien marcados, tanto que incluso los grupos de señoras senderistas los usaban. Sun Wenqu, que no tenía ni media fibra atlética, como mucho podría haber caminado por aquí.

Fang Chi siguió el camino y se adentró en la montaña.

Una vez dentro, el sendero no tardaba mucho en llegar a un arroyo. En esta época del año, el caudal era bajo, pero el agua de manantial no se congelaba y tenía su propio encanto. Fang Chi tenía la sensación de que a Sun Wenqu le gustaría ese lugar, así que siguió el camino de frente hasta el arroyo.

Y, en efecto, ahí había alguien envuelto en un abrigo grueso, agachado junto al arroyo casi seco.

—¡Sun Wenqu! —rugió Fang Chi, deteniéndose.

Chico, a su lado, también ladró un par de veces.

El ruido debió asustar a la persona en cuestión, porque primero se tambaleó hacia adelante, metiendo las manos en el agua, y luego se levantó de un salto, frunciendo el ceño mientras sacudía las manos y pisaba fuerte.

—¿Qué quieres con papá?

Era Sun Wenqu.

Más delgado, con un aire de cansancio en la cara.

Sin embargo, esa sonrisa ladina que curvaba sus labios y sus comentarios irritantes seguían siendo los mismos de siempre.

—Tú… —Fang Chi lo miraba fijamente, con un montón de palabras atascadas en su garganta, compitiendo por salir, pero al final no logró decir nada.

—Cuánto tiempo sin verte. —Sun Wenqu se acercó a él y abrió los brazos—. ¿Un abrazo para celebrar el reencuentro?

Fang Chi no sabía con exactitud qué estaba sintiendo ahora mismo. Solo veía la sonrisa de Sun Wenqu con una extraña sensación de irrealidad. Después de una pausa de dos segundos, avanzó y lo abrazó.

Sun Wenqu lo rodeó con los brazos y le dio dos palmaditas en la espalda. Luego, en voz baja, le susurró al oído:

—¿Me estabas buscando?

Esa voz fue como una descarga eléctrica en el cuello de Fang Chi. Medio cuerpo se le quedó entumecido y, de repente, despertó del aturdimiento. Con un empujón, se separó de Sun Wenqu y exclamó:

—¡Tú de verdad estás loco! ¡Estás completamente loco! ¡Ve a tratarte, te lo suplico!

Sun Wenqu se echó a reír y se apoyó contra un árbol, incapaz de detenerse. Le tomó un buen rato calmarse lo suficiente como para decir:

—No quiero.

Fang Chi le dio una mirada mortal, tratando de calmar sus pensamientos después de la conmoción momentánea.

—¿Qué pasó? —preguntó—. ¿Por qué vendiste tu casa?

—Para empezar, nunca fue mi casa —respondió Sun Wenqu con una sonrisa. Metió las manos en los bolsillos y comenzó a caminar por el sendero, pisando las hojas secas que crujían con suavidad bajo sus pies—. Era de mi hermana mayor. Si quería venderla, la podía vender.

—¿Y dónde estuviste viviendo entonces? —Fang Chi fue tras él.

—¿Al lado tuyo? —dijo Sun Wenqu.

—No, no. —Fang Chi caminó más rápido para ponerse a su lado y lo miró de reojo—. ¿Dónde vivías antes de venir a mi casa?

—¿En la casa de mi hermana? —Sun Wenqu sonrió—. Me mudé de allí y vine aquí.

—Tú… —Fang Chi sentía que no podía entender en absoluto lo que esta persona tenía en la cabeza—. ¿Y qué vas a hacer después?

—Ya veremos —dijo Sun Wenqu, bajando la mirada hacia el camino—. Voy a quedarme aquí unos meses más. Pensaré en ello cuando llegue el momento.

—¿Y qué estás haciendo aquí? —preguntó Fang Chi—. ¿Cerámica? Vi herramientas en tu habitación.

—Sí. —Sun Wenqu giró la cabeza hacia él—. Primero déjame advertirte, no me espíes. Tus abuelos nunca lo hacen.

Fang Chi se quedó atónito por un momento, en silencio, antes de responder:

—Oh… Igual, tampoco es que fuera a entender nada. ¿Acaso crees que voy a robarte tus técnicas?

—No es eso. —Sun Wenqu frunció el ceño—. Es que… no me gusta que otros me miren mientras hago algo. No importa lo que esté haciendo, nunca me ha gustado. Ir al baño, bañarme, dormir, cambiarme de ropa, escribir, pintar o hacer cerámica; todo es lo mismo para mí.

—¿Lo mismo…? —Fang Chi estaba un poco desconcertado—. No te preocupes, no voy a espiarte.

Recordó la primera vez que había visto a Sun Wenqu escribiendo. En realidad, ni siquiera llegó a ver bien qué era, porque Sun Wenqu arrugó el papel y lo tiró antes de que pudiera fijarse. Debía de ser por lo mismo: no le gustaba que lo miraran.

«Qué manía más rara», pensó Fang Chi.

—¿Cambiaste de número? —preguntó, recordando de repente.

—Ajá —respondió Sun Wenqu—. Me aburrí del otro.

—Oh —soltó Fang Chi—. Sobre el dinero, se lo di a Ma Liang y él me devolvió el pagaré.

—Pensé que no podrías pagar. —Sun Wenqu sonrió.

—Faltaban diez mil, pero los puse de mi bolsillo. —Fang Chi se subió un poco el cuello del abrigo—. Fang Ying me lo devolverá después del Año Nuevo.

—Yo ni siquiera te estaba presionando. —Sun Wenqu lo miró de reojo.

—No se trata de que me presiones o no. —Fang Chi pateó una piedrecita en el suelo—. Deber tanto dinero es una carga. Cuanto antes lo pague, antes estaré tranquilo.

—¿Tienes miedo de que te moleste? —Sun Wenqu sonrió de manera burlona.

Fang Chi vaciló un momento.

—No exactamente…

—¿Entonces puedo seguir molestándote? —dijo Sun Wenqu de inmediato, con una sonrisa que se extendió hasta sus ojos.

—De verdad, ve a que traten tu locura, ¿sí? —Fang Chi lo miró con mucha sinceridad.

Caminaron un rato por el sendero hasta que el padre de Fang Chi lo llamó por teléfono. Dijo que la abuela estaba preocupada de que su nieto mayor pasara hambre y lo llamaba a comer.

—¿Vas a volver? —Fang Chi colgó y se preparó para regresar.

—Sí, yo también tengo hambre. Tu abuelo hace un pescado asado buenísimo… —Sun Wenqu se frotó el vientre—. Y dijo que habrá muchos platos todavía más increíbles para la cena de Año Nuevo…

—¿No vas a ir a tu casa para la Nochevieja? —Fang Chi se dio la vuelta bruscamente.

—No. —Sun Wenqu negó con la cabeza.

—¿No irás a casa? —preguntó Fang Chi otra vez, sorprendido—. ¿Te vas a quedar aquí para el Año Nuevo? ¿Lo pasarás aquí? ¿En mi casa?

—Sí-sí-sí, ¿qué pasa? —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. Me quedaré aquí hasta la primavera. Si tienes tanta envidia, ¿por qué no abandonas la escuela?

—No es eso… ¿No vas a pasar el Año Nuevo con tu familia? —Fang Chi seguía asimilándolo.

Sun Wenqu se detuvo de repente, le agarró la barbilla y se acercó a su cara, pronunciando cada palabra con lentitud:

—Así es, no voy a casa. Hace muchos años que no paso el Año Nuevo en casa. Para mí, el Año Nuevo es solo comer. ¿Puedes dejar de preguntar?

—De acuerdo —dijo Fang Chi, apartando su mano.

Los dedos de Sun Wenqu estaban fríos. Probablemente aún no se le habían calentado después de meter las manos en el agua.

Caminaron de regreso a casa, y justo cuando llegaban a la puerta del patio, escucharon la voz de la abuela, gritando a todo pulmón:

—¡Dijo que no lo abrieran! Lo dijo, lo dijo muy claro, ¡pero igual tuviste que abrirlo! ¿Qué, te picaban las manos?

—¿Abrir qué? —Sun Wenqu se quedó un momento en blanco.

—¡Sir Amarillo! —Fang Chi se alarmó de inmediato y corrió hacia el patio—. ¿Qué pasó?

—¡Tu gato amarillo se escapó! —La abuela señaló el transportín vacío—. Le dije que no lo abriera, se lo dije, pero tu madre insistió en ver si estaba sucio… ¡Si lo acaricia y lo tiene en brazos todo el día, ¿cómo va a estar sucio?!

—Siempre lo defiendes, siempre lo consientes —refunfuñó su madre, algo molesta—. Los gatos tienen muchas bacterias. Solo abrí una rendija, ¿quién iba a pensar que saldría disparado?

Fang Chi la miró, sin saber qué decir. Solo pudo preguntar:

—¿Hacia dónde corrió?

—Saltó sobre la pila de leña y se fue por la pared —respondió su madre con un suspiro—. Olvídalo, a ver si vuelve solo. A fin de cuentas, es solo un gato callejero común, ¿no?

—Mmm, es un gato común —respondió Fang Chi, luego se dio la vuelta y salió otra vez del patio.

—¿Sir Amarillo se escapó? —Sun Wenqu lo siguió al trote.

—Mmm. —Fang Chi le dio una mirada. Era la primera vez que veía a Sun Wenqu correr y le pareció algo asombroso—. ¿Así que sabes correr?

—Graciosito. —Sun Wenqu lo miró y, de repente, dio un pequeño salto—. También puedo saltar, ¿quieres arrodillarte y adorarme?

—No sé a dónde habrá ido. —Fang Chi no tenía cabeza para seguirle el juego. Volvió a concentrarse en la fuga de Sir Amarillo.

Ese gato doble cara, que a ratos se comportaba como una niñita y a ratos como un noble tirano, había pasado un día lleno de sustos: primero lo metieron en el transportín, luego tuvo que soportar el ruidoso autobús lleno de gente, más tarde, se asustó por los ladridos de Chico y, finalmente, lo examinaron uno por uno los abuelos, su madre y su padre…

Con semejante experiencia, no sabía si podrían encontrarlo otra vez.

—Déjamelo a mí —dijo Sun Wenqu.

—¿Eh? —Fang Chi se detuvo.

—Sígueme, yo lo encontraré. —Sun Wenqu alzó la cabeza y empezó a caminar pegado a la pared. Tras avanzar unos pasos, dobló por un callejón.

—¿Sabes por dónde fue? —Fang Chi fue tras él.

—Por supuesto, corrió a lo largo de la pared. Es pequeño y estaba asustado, no habría bajado y vuelto a subir. —Sun Wenqu chasqueó la lengua y aceleró el paso—. Con ese nivel de lógica, ¿cómo vas a pasar el examen de ingreso a la universidad?

Fang Chi estaba a punto de replicar cuando de repente escuchó un maullido. Levantó la cabeza de golpe.

—¡¿Lo oíste?! ¿Era Sir Amarillo?

—Sí, lo oí. —Sun Wenqu se giró y suspiró—. Fui yo. —Luego, maulló de nuevo hacia él—. ¿Lo escuchaste?

Fang Chi abrió la boca, pero no pudo decir nada. En sus dieciocho años de vida, jamás había visto a nadie imitar el maullido de un gato tan bien como Sun Wenqu. Incluso viéndolo con sus propios ojos, le costaba creerlo.

Sun Wenqu siguió avanzando, maullando de vez en cuando. Cuando estuvo por llegar al final del callejón, entre sus maullidos se escuchó otro maullido de respuesta.

—¡¿Ese es Sir Amarillo?! —preguntó Fang Chi en voz baja. Para ser honesto, después de escuchar el maullido de Sun Wenqu, sentía que su gato no era tan gato como Sun Wenqu.

—Sí. —Sun Wenqu señaló al frente. Bajo el alero de la cocina de un patio vecino, asomaba la punta de una cola amarilla—. Es Sir Amarillo.

—Debe estar asustado. —Fang Chi siguió a Sun Wenqu—. ¿Cómo lo bajo?

—Ya te dije que me lo dejaras a mí. —Sun Wenqu se acercó, tomó algunos ladrillos de junto a la pared, los puso debajo de Sir Amarillo y se paró sobre ellos.

Fang Chi no se atrevió a acercarse. Conociendo a ese gato ingrato, seguro que si lo veía saldría corriendo otra vez.

Si Sun Wenqu era una serpiente en esta vida, en su vida pasada debió haber sido un gato.

Maulló un par de veces y Sir Amarillo le respondió. Durante los siguientes minutos, los dos, humano y gato, se comunicaron a través de maullidos, hasta que, poco a poco, Sir Amarillo salió de debajo del alero.

Cuando Sun Wenqu alargó la mano y volvió a maullar, Sir Amarillo se frotó contra sus dedos.

—Muy bien. —Sun Wenqu lo atrapó en un solo movimiento y lo metió dentro de su abrigo.

A Fang Chi no podría importarle menos estar celoso; en su lugar, suspiró aliviado.

—Eres un genio. En tu vida anterior debiste ser el rey de los gatos.

—¿Por qué no lo dejaste en una tienda de mascotas? Es mucho problema traerlo contigo, no es como un perro —dijo Sun Wenqu—. Además, tu madre no soporta a los gatos.

—A mi mamá no le gusta ningún animal pequeño. Dice que sueltan pelo y ensucian. —Fang Chi sonrió—. No importa, lo tendré en mi habitación.

—Déjalo en la mía. —Sun Wenqu abrazó al gato, negándose a soltarlo—. Me servirá para calentar la cama.

—¿No tienes calefacción en tu habitación? —Fang Chi de repente se puso nervioso. Esa habitación había estado desocupada demasiado tiempo y no sabía si el radiador seguía funcionando.

—Sí, pero soy muy delicado —dijo Sun Wenqu.

—Ah… —Fang Chi se quedó sin palabras—. Eso se nota.

Cuando llegaron a la casa, el abuelo ya estaba ocupado preparando la cena mientras que la abuela seguía regañando a su madre.

—Ya lo encontramos. —Fang Chi señaló a Sun Wenqu—. El rey de los gatos lo recuperó con solo un par de maullidos.

—¿Es el gato de Shuiqu? —preguntó la abuela.

—¡Es mi gato! —exclamó Fang Chi con frustración.

—¿Y por qué tu gato le hace caso a él? —preguntó la abuela de nuevo.

—¡Ay! Sí, sí —dijo Fang Chi, exasperado, y entró a la cocina—. ¡Mi gato me araña a mí, pero a él lo lame! ¡Seguro recogí a un tonto!

Sun Wenqu se rio un buen rato en el patio antes de subir las escaleras con Sir Amarillo en brazos.

Una vez arriba, no volvió a bajar. Fang Chi habló con todos los miembros de la familia, y cuando llegó la hora de la cena, todavía no vio aparecer a Sun Wenqu.

—Voy a llamarlo. —Fang Chi estaba a punto de subir las escaleras.

—Ah, no hace falta. —La abuela lo detuvo—. Siempre come solo en su cuarto. Dice que está buscando inspiración. No ha bajado a comer en todo este mes.

—Oh… —Fang Chi no lo entendía del todo. Antes, Sun Wenqu comía a gusto con su familia, ¿por qué ahora se encerraba para comer solo?

—Yo le guardo una porción aparte y luego él viene a buscarla. —La abuela bajó la voz—. Ay, ese niño… Es el señorito de alguna familia rica, ¿verdad? Con lo que ha dado para la comida de un mes nos alcanzaría para seis. Le dije que pidiera lo que quisiera, pero su lista de platos es igual a lo que solemos hacer en casa.

—Devuélvele un poco, entonces. —Fang Chi se sorprendió. Qué tipo más despreocupado.

—Intenté devolvérselo, pero no lo aceptó —dijo la abuela, haciendo un sonido de desaprobación—. Tu abuelo dice que lo meterá en su mochila en secreto cuando se vaya.

—¿Dónde está la comida? —Fang Chi dudó un momento—. ¿Qué tal si se la llevo?

—En la cocina. Ve a buscarla —dijo la abuela.

Fang Chi subió las escaleras con dos platos, una sopa y una cazuela de arroz. Llegó a la puerta y la golpeó con el pie.

—Oye.

—¿Oye? ¿Cómo que oye? —respondió Sun Wenqu desde dentro—. Di, «papá, ábreme».

—Mi papá está abajo —dijo Fang Chi.

—Oh… —Sun Wenqu abrió la puerta—. Se me olvidó.

—¿De verdad vas a comer aquí dentro? —Fang Chi entró y dejó la comida en la mesa.

—Ajá —asintió Sun Wenqu—. Últimamente siempre como aquí.

—¿Por qué? Es más agradable comer todos juntos y charlar —dijo Fang Chi, mirándolo.

—No, gracias. No estoy de humor. —Sun Wenqu sonrió—. Suelo perder los nervios fácilmente cuando estoy de mal humor, Si me pongo raro, seguro arruino el apetito de los demás.

—Bueno… Está bien. —Fang Chi iba a bajar, pero se fijó en el alféizar de la ventana—. ¿Eso lo hiciste tú?

—Ajá, son dos series. —Sun Wenqu se sentó en la silla y miró fijamente el torno.

—¿Dos series? —Fang Chi no entendió.

—Dos series de piezas, trabajos —dijo Sun Wenqu, sin apartar la vista del torno—. Mi serie se llama «Guapísimo», porque soy guapo. La otra, la de allá, se llama «Mono».

—¿Por qué Mono…?

—Porque no se me ocurre qué otro animal es tan bueno escalando aparte de un mono. —Sun Wenqu lo pensó un momento—. ¿Una cabra montesa, tal vez?

Mono está bien. —Fang Chi dejó escapar un suspiro—. Disfruta tu comida. Yo bajaré.

—Sube cuando hayas terminado de comer —dijo Sun Wenqu.

Okay, ¿pasa algo? —preguntó Fang Chi.

—Tengo algo para ti —dijo Sun Wenqu, mirándolo.

—¿Otra vez? —Fang Chi se sorprendió.

—Oh, cielos, si te da vergüenza, regálame algo tú también. —Sun Wenqu chasqueó la lengua.

—… Entiendo. —Fang Chi cerró la puerta y se fue.

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