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LOS ABUELOS PREPARARON UNA mesa llena de platillos. El padre de Fang Chi comentó que era demasiada comida y sugirió guardar parte para recalentar al día siguiente, pero la abuela se negó.
—Si sobra, sobra, ¡lo comeremos mañana de todas formas!
—Pero entonces serían sobras. Si las guardamos ahora… —intentó argumentar su padre, pero fue interrumpido.
—Sobras o no, ¡qué importa! Mi nieto ha vuelto para el Año Nuevo, que coma todo lo que quiera. ¡Deja de quejarte! —dijo la abuela—. En un par de días habrá aún más sobras. ¿Qué clase de Año Nuevo sería si no las hay?
—Sobras, sobras… —Fang Chi se rio mientras comía—. Que sobren.
—Que sobren entonces —dijo su madre, riendo también—. ¿Cuándo ha sido distinto? Además, papá y mamá no prepararon esto para ti, sino para su querido nieto mayor.
—Así es —dijo la abuela.
Fang Chi no había visto a sus padres en mucho tiempo, así que se sentía algo incómodo y no habló mucho. Si hubiera estado solo con sus abuelos, habría charlado durante toda la comida, pero con sus padres presentes, se limitaba a escuchar.
—¿Cómo va el negocio? —preguntó el abuelo.
—Tirando —respondió su madre—. El último contacto que nos pasó mi tía nos dejó una buena ganancia. Dijo que cuando volvamos tenemos que agradecérselo bien.
—No trabajen demasiado duro —dijo la abuela—. El dinero nunca termina de ganarse.
—El dinero que debemos ganar, tenemos que ganarlo. Fang Chi tiene que ir a la universidad, y luego necesitará dinero para casarse y comprar una casa. Todo eso cuesta dinero —dijo su madre—. Hay que ir ahorrándolo.
—Yo puedo pagar la matrícula. —Fang Chi mordió un muslo de pollo.
—La universidad es carísima. —La abuela chasqueó la lengua—. Además, no creo que entres en una muy buena. Mejor ve a ayudar en la tienda, así te ahorras preocupaciones, encuentras una buena chica y te casas. Yo solo espero poder cuidar de mis bisnietos.
—Déjalo seguir sus propios deseos —intervino su madre, sonriendo.
—Solo digo que… —La abuela quiso seguir, pero el abuelo le dio una suave palmada en el brazo. Ella lo miró, descontenta—. ¡¿Qué pasa?!
—No entiendes. En la universidad encontrará una pareja con intereses comunes —dijo el abuelo con seriedad.
—¿Por qué gastar tanto dinero solo para encontrar novia? —replicó la abuela.
—Compartir intereses es clave para una buena convivencia —insistió el abuelo.
—Entonces tendré que esperar muchos años más —suspiró la abuela.
—Aunque no vaya a la universidad, tampoco puede casarse ahora —dijo su padre mientras le servía comida a la abuela—. No te preocupes tanto por el futuro.
—Entonces, cuando vayas a la universidad, busca a la adecuada y tráela para que la abuela la vea. —Ella le dio unas palmaditas a Fang Chi en el brazo.
Fang Chi sonrió sin decir nada.
—¡Este niño! —La abuela le dio otra palmadita—. En los momentos cruciales, siempre parece estar en otro mundo.
—El pescado está delicioso —comentó Fang Chi.
—¡Haré que tu abuelo te lo prepare todos los días! —dijo la abuela de inmediato.
Después de la cena, sus padres se quedaron charlando un rato con los abuelos antes de irse a descansar a la casa nueva. El abuelo encendió la televisión para ver las noticias y la abuela se sentó a tejer pantuflas con ganchillo.
Cada invierno, ella tejía un montón de pantuflas para la familia, incluso hacía varias para niños pequeños, aunque nadie sabía para cuáles.
Fang Chi recogió los platos y fue a lavarlos.
Conversaciones como la de la cena las venía escuchando desde que estaba en la secundaria. Y la abuela hablaba del tema todavía con más frecuencia luego de que el vecino, que solía llevarlo a correr por las montañas cuando era niño, se casó a los veinte años y tuvo un hijo un año después.
Fang Chi podía entenderlo. Su abuela no tenía mucha educación y veía la vida de manera sencilla. Solo esperaba que él pudiera establecerse pronto, seguir el camino tradicional de casarse y tener hijos. No aspiraba a que lograra grandes riquezas o éxito, solo quería que viviera una vida tranquila y estable.
Antes, cuando la escuchaba decir esas cosas, solo se reía.
Pero hoy, por alguna razón, sintió cierta inquietud.
Cuando terminó de limpiar la cocina, salió al patio y encendió un cigarrillo.
Las manos se le estaban congelando un poco. Probablemente nevaría por la noche. Pero Chico, un perro mestizo de pelo corto y áspero, estaba sentada en el suelo, apoyada contra su pierna, dándole una sensación de calma.
Después de unas cuantas caladas, apagó el cigarrillo. Hacía demasiado frío.
—Vamos, adentro. —Fang Chi frotó la cabeza de Chico.
Al verlo entrar, la abuela le hizo señas.
—Ven, déjame ver si tus pies han crecido de nuevo.
—No… —Fang Chi se acercó y comparó su pie con la suela que la abuela había tejido—. ¿Cómo van a seguir creciendo los pies todo el tiempo?
—Cuando subas, pregúntale a Shuiqu qué talla de calzado usa. Le haré un par también —dijo la abuela.
—Ajá —respondió Fang Chi, y subió las escaleras.
Al llegar arriba, cuando estaba por llamar a la puerta de la habitación de Sun Wenqu, se detuvo. Tras pensarlo un momento, decidió regresar primero a su cuarto.
Se acercó a mirar más de cerca las macetas en el alféizar de la ventana. Antes no había prestado mucha atención, pero al observarlas, se dio cuenta de que si no le hubieran dicho que las había hecho Sun Wenqu, habría pensado que eran compradas, parte de un juego completo y bastante caro, del tipo que usarían los jóvenes hipsters para aparentar.
¿Mono, eh?
Fang Chi sonrió, se agachó y abrió un cajón, rebuscando en su interior.
Ese cajón nunca se tocaba sin importar quién ordenara la habitación. Dentro guardaba sus «tesoros»: una colección de pequeños objetos que había acumulado desde la infancia y que le gustaba revisar cada vez que volvía a casa.
Sacó de una cajita un pequeño hueso de unos tres o cuatro centímetros. De niño, era su posesión más preciada.
Lo había encontrado en la montaña y, aunque no sabía de qué animal era, le pareció hermoso y perfectamente conservado. Se lo mostró a un profesor de la escuela, quien lo ayudó a limpiarlo y blanquearlo. El proceso duró varios días, y desde entonces lo había guardado como un tesoro.
Con el hueso en la mano, fue hasta la habitación de Sun Wenqu y llamó a la puerta.
Sun Wenqu abrió casi al instante.
—Justo iba a bajar los platos.
—Déjalo para después —dijo Fang Chi. Vaciló un instante antes de tenderle el pequeño hueso—. Toma, para ti.
—¿Qué es? —Sun Wenqu lo examinó y se quedó perplejo—. ¿Un hueso?
—Ajá. —Fang Chi sonrió—. Lo encontré de niño, tómalo como una curiosidad. Aunque no sé si…
—Gracias —lo interrumpió Sun Wenqu enseguida, mirando el hueso de cerca—. ¿Lo puliste? Tiene una forma muy simétrica.
—No, ya estaba así cuando lo encontré. Me pareció bonito y me lo llevé. —Fang Chi se rascó la cabeza, un poco avergonzado. Desvió la vista hacia la computadora portátil sobre la mesa.
—No era en serio lo de que me dieras algo, solo te estaba tomando el pelo —dijo Sun Wenqu con una sonrisa—. Pero esto es bastante interesante. Me gusta.
—Entonces, bien. —Fang Chi aspiró hondo y tomó los platos de la mesa—. ¿Llevo esto abajo?
—No, deja. —Sun Wenqu lo detuvo—. Lo lavaré yo mismo más tarde. Alquilo aquí, no estoy en un hotel.
—Oh. —Fang Chi dejó los platos y los palillos.
Sun Wenqu seguía examinando el pequeño hueso en silencio y Fang Chi se quedó parado en la habitación sin saber qué decir. Sir Amarillo estaba acurrucado en la almohada de Sun Wenqu y maulló con un tono zalamero.
De repente, Fang Chi se sintió incómodo.
Desde que volvieron a verse, ni Sun Wenqu ni él habían mencionado lo ocurrido aquella noche. No sabía qué pensaba Sun Wenqu al respecto, pero él… lo había olvidado.
Sí, lo olvidó.
Durante ese período de tiempo, había estado muy ocupado estudiando para los exámenes y, en los últimos días, preocupado por la repentina desaparición de Sun Wenqu… Y cuando se volvieron a ver, en realidad fue en la casa de sus abuelos. En el momento en que lo vio, solo sintió alivio y una inexplicable alegría. De hecho, no pensó en absoluto en el momento embarazoso que pasaron antes.
O tal vez, se forzó a no pensar en ello.
Pero ahora, en esa habitación ya impregnada con aroma de leche de coco, con Sun Wenqu parado frente a él —especialmente con Sun Wenqu comportándose de manera tan normal y sin ninguna de sus extravagancias—, de pronto volvió a su mente aquel suave toque.
Y con eso, una sensación de cosquilleo recorriéndole la piel junto a un corazón acelerado.
De inmediato, sintió que no podía quedarse allí más tiempo.
—Esto podría… —Sun Wenqu seguía examinando el hueso—. Si se perfora a los lados y se pasa un cordón, se podría usar como collar.
—¿No es un poco tonto? —dijo Fang Chi—. Un collar de hueso… Chico también tiene uno.
—Claro que si lo usas tú, sí que parece tonto. —Sun Wenqu sonrió—. Pero si lo uso yo, no. Todo depende de la persona y del estilo que tenga. Y tú tienes estilo de mono.
—Yo mejor… me voy a estudiar… —Fang Chi se dio la vuelta y se preparó para salir.
—Oye, espera, te iba a dar algo. —Sun Wenqu lo detuvo—. Parece que tenemos una conexión especial. Lo mío también es para llevar colgado del cuello.
Al escuchar «conexión especial», Fang Chi sintió un ligero nerviosismo.
—Lo mío no es un colgante… solo es un… hueso.
—Vaya, ¿hacía falta recalcar eso? —Sun Wenqu entrecerró los ojos y recogió algo de la mesa antes de entregárselo—. Toma, lo hice sin pensar cuando no tenía inspiración. Uno para ti y otro para Liang-zi.
Al oír que Ma Liang también tenía uno, Fang Chi sintió cierto alivio y extendió la mano para recibirlo.
Era una pequeña pieza de cerámica blanca de doble cara en forma de trébol de cuatro hojas, colgada de un cordón de cuero negro. En el frente tenía marcadas las delicadas vetas de las hojas, y en el reverso… había una inscripción.
Una frase en letras muy pequeñas.
Cuando Fang Chi la leyó, pudo evitar reírse.
—En serio, no tienes remedio.
—Abracadabra, Cielo y Tierra, bendíganme[1], ¿no es bueno? —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. Es para que el estudiante de bajo rendimiento pase con éxito el examen de ingreso a la universidad.
Fang Chi no respondió. Se quedó mirando el colgante con cierta fascinación.
—Está bien, ve a estudiar. —Sun Wenqu le hizo un gesto con la mano y recogió los platos de la mesa.
—Oh… —Fang Chi reaccionó, respondió con un murmullo y salió apresurado.
—¿Qué pasa? ¿Aprendiendo a marchar? —comentó Sun Wenqu desde atrás.
—¿Ah? ¿De verdad? —Fang Chi se detuvo un momento y miró sus piernas. ¡¿Estaba tan nervioso?!
—No, solo te estaba molestando. —Sun Wenqu pasó a su lado con los platos en la mano.
Fang Chi lo ignoró y se escabulló de vuelta a su habitación en dos pasos rápidos.
Estaba un poco molesto.
No porque Sun Wenqu estuviera actuando de manera extraña y burlona otra vez.
Sino porque su nerviosismo y su torpeza quedaron en evidencia frente a Sun Wenqu.
Se sentía muy avergonzado.
No, no era solo vergüenza.
Era pánico; no tener idea de qué hacer.
Como cuando orinas en la carretera detrás de un arbusto y de repente un coche te enfoca al completo con sus faros. No sabes si seguir o subirte la cremallera.
Esa noche, el abuelo y la abuela se quedaron despiertos hasta tarde, quizá porque estaban felices de tener a su hijo y a su nieto en casa. Estuvieron charlando hasta casi las diez antes de que el abuelo se fuera a dormir.
La abuela, en cambio, tomó un plato de panes rellenos de dulce recién hechos y se lo llevó a Fang Chi.
—Tu abuelo acaba de hacerlos, todavía están calientes —dijo la abuela—. Cómetelos si tienes hambre, y lleva un par a Shuiqu.
—Mmm —respondió Fang Chi, tomando uno y mordiéndolo.
Había pasado la noche entera resolviendo exámenes de práctica y ni siquiera terminó uno. Se distraía con frecuencia, aunque tampoco sabía a dónde iba su mente. Lo que sí era cierto es que distraerse le había dado hambre.
—¡No te lo acabes tú solo! —La abuela le dio un pequeño empujón—. Llévale algunos a Shuiqu.
—Mmm —repitió Fang Chi, pero siguió comiendo.
—¡Ve de una vez! —La abuela, impaciente, le dio una palmada en la cabeza—. ¡Pequeño revoltoso!
—Ay, ya voy —dijo Fang Chi. Con un pan en una mano y el plato en la otra, se puso de pie y salió de la habitación. Caminó hasta la puerta de Sun Wenqu y la golpeó con la punta del pie.
—No está cerrada —se oyó desde dentro.
—Eh, mis manos están ocupadas, no puedo abrirla —dijo Fang Chi, aún comiendo.
La abuela resopló y abrió ella la puerta.
Dentro de la habitación, Sun Wenqu estaba recostado en la silla con el torso desnudo, la cabeza echada hacia atrás y las piernas apoyadas sobre la mesa. Tenía un lápiz entre los dientes y, cuando la puerta se abrió, miró por encima del hombro.
Acto seguido, se enderezó de golpe como si se hubiera golpeado el dedo meñique del pie, agarró la playera que tenía al lado y se la puso a toda prisa.
—¡Dios santo, abuela! ¿Por qué no está durmiendo todavía?
—Hicimos pan dulce para ustedes dos —dijo la abuela con una sonrisa—. ¿De qué te avergüenzas? Ya estoy acostumbrada de tanto ver a Fang Chi.
—¿Ah, sí? —Sun Wenqu sonrió de lado y miró a Fang Chi—. Yo aún no lo he visto.
—Solo tomen un baño juntos y listo —dijo la abuela.
—Cierto… —Sun Wenqu se recostó de nuevo en la silla.
—Abuela. —Fang Chi la empujó suavemente hacia la escalera—. Deberías darte prisa en ir a dormir, baja con cuidado.
Cuando Fang Chi entró en la habitación de Sun Wenqu, descubrió que este se había vuelto a quitar la playera y seguía sentado en la silla con el torso desnudo.
—¿Dónde está Sir Amarillo? —Fang Chi dejó el plato en la mesita junto a Sun Wenqu.
—Está bajo las cobijas —respondió Sun Wenqu, tomando un pan dulce—. ¡Ah, qué delicia! ¿Lo hizo el abuelo?
—Mmm, cómelo mientras está caliente. El pan dulce de mi abuelo es el mejor del mundo —dijo Fang Chi, levantando la manta de Sun Wenqu. Ahí estaba Sir Amarillo acostado cómodamente en la cama—. Este gato…
Se arrepintió de haber levantado la manta casi de inmediato. Al hacerlo, no solo el aroma a leche de coco lo envolvió, sino que también vino mezclado con el propio olor de Sun Wenqu.
—… sin corazón. —Fang Chi volvió a bajar la manta y se quedó de pie junto a la cama, intentando ordenar su mente.
—Oye. —Sun Wenqu estiró la pierna y le tocó el trasero con la punta del pie—. Tráeme un poco de agua. No, mejor…
—Sí. —Fang Chi se giró de inmediato y salió de la habitación—. Chocolate, ¿verdad?
—¿Hay? —preguntó Sun Wenqu desde atrás.
—Sí, traje un poco.
Fang Chi bajó corriendo las escaleras.
En la sala no había nadie, solo Chico, rascándose con un aire de profunda satisfacción; tan absorta que ni siquiera se dio cuenta de que Fang Chi pasó junto a ella. Siguió rascándose de espaldas a él.
—Oye, ¿estás bien? —Fang Chi se le acercó de nuevo y le dio una suave patada.
Chico se asustó y, al girarse, perdió el equilibrio y cayó de bruces.
—Qué tonta. —Fang Chi se rio y entró corriendo en la cocina. Chico salió disparada tras él y empezó a dar vueltas a su alrededor.
La casa no estaba muy bien surtida de ingredientes: solo había chocolate y leche, pero nada de maní ni nueces trituradas. Fang Chi buscó un buen rato y lo único que encontró fue un frasco de pimienta.
Revisó las provisiones que el abuelo había guardado para el Año Nuevo y, entre ellas, encontró una bolsa de anacardos. Eso serviría.
Puso los anacardos en un plato, los trituró con una cuchara y los mezcló con el chocolate derretido.
Después de un buen rato, finalmente terminó de preparar el chocolate. Tomó la olla y salió de la cocina, preguntándose por qué Chico ya no estaba pegado a sus talones.
Al asomarse al patio, la vio sentada al lado de Sun Wenqu, los dos mirando el cielo con las cabezas juntas. Sun Wenqu llevaba un abrigo militar grueso y un gorro estilo Lei Feng.
Realmente un espectáculo único.
—¿Qué hacen? —preguntó Fang Chi, sorprendido—. ¿Anhelan la luna como perros tontos?
—La Vía Láctea. La última vez que vine no la miré bien. —Sun Wenqu señaló el cielo—. Estos días la he estado observando, es tan hermosa…
—Yo la he visto desde pequeño. —Fang Chi se acercó con la olla y alzó la vista—. Desde muy joven podía reconocer muchas estrellas y constelaciones.
—¿Ya está listo? —preguntó Sun Wenqu, mirando la olla en sus manos.
—Sí. ¿Comemos adentro? —Fang Chi encogió el cuello.
—Prefiero comer aquí —dijo Sun Wenqu, alzando una mano y extendiéndole un vaso.
Fang Chi suspiró y le sirvió el chocolate.
—¿Es suficiente para ti? Si ya no quieres, me comeré el resto.
—Es suficiente.
Chico seguía moviendo la cola al lado, esperando su parte. Fang Chi fue a la cocina y le sacó una salchicha pequeña.
Al principio, pensó que hacía demasiado frío para estar en el patio, además de la incomodidad de estar a solas con Sun Wenqu… Pero, aunque ya había entrado con la olla en la casa, en lugar de quedarse adentro, simplemente se puso otra chaqueta y un gorro antes de volver a salir.
«Saldré a fumar un rato», pensó.
Fang Chi se acuclilló en los escalones, encendió un cigarrillo y lo sostuvo en la boca.
—¿También fumas cuando no estás preocupado? —preguntó Sun Wenqu, luego dio un sorbo a su chocolate y, sacando un pan dulce de su abrigo militar, le dio un mordisco.
Fang Chi lo miró y terminó atragantándose con el humo, tosiendo tanto que perdió las ganas de fumar. Al final, apagó el cigarrillo y señaló a Sun Wenqu.
—¿Dónde demonios metiste el pan?
—Aquí. —Sun Wenqu abrió el abrigo, mostrando el plato con los panes sobre su regazo—. Hay que mantenerlo caliente.
—… Dame uno.
—Agarra tú. —Sun Wenqu comía con una mano el pan y con la otra sostenía el chocolate—. Tengo las manos ocupadas.
—Oh. —Fang Chi se puso de pie.
Solo cuando estuvo frente a Sun Wenqu se dio cuenta de que ese «agarra tú» no era tan fácil como sonaba.
Tenía que abrirle el abrigo a Sun Wenqu y tomar el pan de su regazo.
—Tómalo —dijo Sun Wenqu, levantando los brazos—. No te quedes ahí.
Fang Chi dudó un momento. Luego se inclinó y abrió el abrigo de Sun Wenqu. Para demostrar que no tenía ninguna otra intención y que tampoco estaba nervioso, no se molestó en guardar distancia y eligió una postura natural.
Pero cuando estaba por agarrar el pan, Sun Wenqu se inclinó ligeramente hacia adelante y, de repente, le cantó bajito al oído:
—Baby, open your heart…
La voz de Sun Wenqu, magnética pero no demasiado grave, sonaba muy bien. Fang Chi sintió que le temblaban los dedos y casi tira el plato. Agarró el pan y dio un paso atrás de inmediato, pisándole la pata a Chico.
Chico aulló y él se apresuró a dar otro paso atrás.
—Won’t you give me a second chance… —Sun Wenqu soltó una carcajada a mitad de la canción. [2]
—No entendí nada, te aviso. —Fang Chi le mostró una sonrisa burlona antes de volver a su sitio y morder el pan, saboreando con calma el relleno dulce.
—No importa. —Sun Wenqu se recostó de nuevo—. Seguro puedes adivinar.
Fang Chi no dijo más y siguió masticando su pan dulce.
Los dos comieron su refrigerio nocturno en silencio, sin intercambiar más palabras. Pero, para sorpresa de Fang Chi, la falta de conversación no lo hizo sentir incómodo.
—¿Sueles hacer ejercicio en la mañana? —preguntó Sun Wenqu después de terminar su pan y sacudirse las manos.
—Mmm, corro. —Fang Chi encendió otro cigarrillo y le dio el último trozo de su pan a Chico.
—Acompáñame a correr mañana —dijo Sun Wenqu.
Fang Chi le dio una mirada.
Para Fang Chi, esas palabras sonaron muy extrañas. No era una pregunta como «¿quieres ir a correr?», tampoco estaba sugiriendo «¿vamos a correr?», sino un simple y directo «acompáñame a correr».
Y, sin saber bien por qué, Fang Chi sintió ganas de aceptar. Sun Wenqu era un inútil, si corría por la montaña, era capaz de tropezarse y desaparecer entre los árboles.
—Mmm —asintió Fang Chi y luego preguntó—: ¿Sales a correr todos los días?
—Sí. Tu abuelo se levanta a las cuatro y media para hacer los ejercicios de Baduanjin[3] en el patio trasero con tu abuela. —Sun Wenqu sonrió—. Para cuando terminan a las cinco y media, yo ya no puedo dormir, así que salgo a correr.
—Con razón estás más flaco… ¿Quieres que hable con ellos? —Fang Chi se sintió un poco culpable—. Quizás puedan cambiar de lugar u horario para practicar.
—No es necesario. —Sun Wenqu se estiró y bostezó—. He estado durmiendo temprano últimamente y también duermo un rato al mediodía, no me afecta.
—Ah, ya —asintió Fang Chi.
—¿Estoy más flaco? —Sun Wenqu lo miró—. Solo he perdido dos kilos, ¿y te diste cuenta?
—Parece… que has adelgazado. —Fang Chi tosió un poco.
Sun Wenqu sonrió, entró a la casa, agarró su ropa y se fue a bañar.
Fang Chi también volvió a su habitación, se tiró en la cama y se forzó a leer su libro de texto un rato. Alcanzó a leer, con suerte, tres líneas antes de quedarse dormido abrazado al libro.
Estar en casa le daba una sensación de tranquilidad; tal vez saber que Sun Wenqu estaba bien también contribuía a esa sensación.
Durmió muy profundamente esta vez.
Por la mañana, cuando alguien lo empujó, murmuró con fastidio:
—No molestes.
—Oh, te molestaré en serio entonces. —La voz de Sun Wenqu Wenqu sonó desde arriba—. ¡Sir Amarillo, Arañazo!
Fang Chi, todavía medio dormido, ni siquiera tuvo tiempo de sorprenderse por el hecho de que Sun Wenqu hubiera entrado a su cuarto y estuviera parado junto a su cama. Fue solo cuando sintió las garras de Sir Amarillo presionando su frente varias veces que finalmente abrió los ojos.
Sun Wenqu estaba de pie junto a su cama, vestido con ropa deportiva. Su conjunto tenía un enorme dibujo de un oso de dibujos animados en el pecho y otro más pequeño en la manga. Además, llevaba un gorro de lana con un pompón en la punta.
Fang Chi lo miró adormilado por un largo rato antes de soltar:
—¿Desde cuándo hacen ropa de niños en tallas tan grandes?
Notas:
[1] La expresión “天灵灵地灵灵” (tiān líng líng dì líng líng) es una frase que se utiliza en contextos mágicos, espirituales o supersticiosos en la cultura china. A menudo se asocia con rituales, invocaciones o hechizos, y suele usarse para invocar protección, buena suerte o bendiciones de fuerzas superiores (como el cielo y la tierra). Es similar a un conjuro o una fórmula mágica.
[2] Open Your Heart – Canción de Westlife.
[3]Ba Duan Jin (八段锦) es una antigua rutina de ejercicios de Qi Gong (气功) que se practica en China para mejorar la salud y el bienestar. Su nombre significa “Ocho Piezas de Brocado”, haciendo referencia a la suavidad y la belleza de los movimientos, comparados con un fino brocado de seda.
Se compone de ocho ejercicios diseñados para estirar los músculos, fortalecer el cuerpo, mejorar la circulación y equilibrar la energía interna (Qi). Es una práctica suave, adecuada para todas las edades y niveles de condición física.